No es nostalgia. Es sabiduría.

Hubo un tiempo en el que la vida no se explicaba tanto…  se vivía.


Antes, nuestras abuelas no hablaban de equilibrio, inteligencia emocional, gestión emocional o mindfulness. Ellas simplemente decían lo necesario… y funcionaba.


Y quizá ahí está la solución a muchas de las cosas que hoy nos aquejan: no en lo complicado, sino en volver a lo que importa y funciona.


Hace años había un director en una de las empresas donde trabajaba que, cuando las cosas empezaban a complicarse, siempre decía esta frase:


Back to the basics.


Se refería a volver a los procesos básicos, a revisar si realmente se estaban haciendo bien o si, en el camino, ya nos habíamos desviado de alguno.


Casi siempre funcionaba.
Al menos servía para confirmar que aquello que sabíamos hacer y que nos daba resultados podía ayudarnos a retomar el rumbo; eso que necesitaba ser reforzado… no ignorado.


Hoy entiendo que no solo hablaba del trabajo.
Hablaba de la vida.


Porque realmente creo que lo mismo nos pasa a nosotros cuando algo se nos empieza a salir de control: necesitamos volver a lo básico.


A nuestros inicios.
A nuestras creencias, valores y, sobre todo, a nuestra esencia.
A esa maravilla que somos, cuidando la experiencia y todo lo que hemos aprendido para ser mejores.


Es darnos la oportunidad de mirar hacia adentro y preguntarnos qué dejamos de hacer: por error, por costumbre o simplemente por olvido.


A veces, un pequeño detalle que se desconecta de nuestra esencia es suficiente para descomponer toda nuestra realidad.


Pongo un ejemplo sencillo.
Una relación amorosa que ya no fluye como antes. Tal vez la solución no esté en algo complicado, sino en volver a lo básico: un buenos días, un beso, un “qué guapa” o “qué guapo estás”. Volverse a tratar como cuando iniciaron y se enamoraron.


Nos perdemos tanto en las rutinas, las exigencias y la vida “exitosa” que queremos construir, que olvidamos cosas tan simples como estar al pendiente de nosotros mismos, cuidarnos, retomar el ejercicio, comer mejor, ver a la gente que amamos o convivir con la familia y las personas que nos importan.


Se nos olvida, con quienes queremos, que lo que sentimos es más fuerte que los errores que se cometieron. Y con nosotros mismos, que nuestra propia compañía vale más que aparentar algo que no somos o fabricar una versión que no nos pertenece.


Estamos más preocupados por la opinión de los demás —que, por cierto, a muchos ni les interesamos— que por lo que realmente vemos frente al espejo.


Creo que la solución real a muchos de nuestros problemas está justo en esa frase: back to the basics.


Volver a pensar de forma sencilla, sin tanta complicación ni tanto drama. Regresar a lo que ya sabemos hacer bien.


Entender que quizá —solo quizá— la vida no es tan compleja como parece y no exige tanto de nosotros… más que vivirla.


Es retomar lo que somos, lo que hemos aprendido, esa carga fuerte y buena de sabiduría y potencial que tenemos. Todo eso que generaciones y generaciones antes han construido y transmitido a lo largo de los años.
Como esas frases cortas, dichas al pasar, que sin saberlo nos acomodaban la vida.


Así como los dichos que usa mi mamá, o los que muchas veces escuché decir a mi papá.
Si me leen seguido, se darán cuenta de que siempre hay algo que aprender en sus palabras.


Una de mis favoritas es: por algo los dichos están bien dichos.


Esos que son sabiduría milenaria que nos recuerdan como es llevar una vida más tranquila, sencilla y en paz. Y que existían mucho antes de esta nueva era de hablar de bienestar. Esos dichos que no buscan impresionar, controlar o reprimir. Buscan recordar y enseñar lo que realmente vale la pena.


Todo ese conocimiento de los abuelos hoy lo queremos aplicar llamándolo terapia, meditación o zen… cuando en realidad es experiencia, sabiduría y conciencia de lo básico, de lo que sí funciona.


Podría escribir un libro con todos los refranes y dichos que alguna vez escuché de mis padres. Y ahora que mi mamá ya es Tita (abuela), esa sabiduría parece haberse multiplicado… o quizá soy yo la que hoy está más abierta a escuchar.


Así que tal vez valga la pena volver a poner atención a esos refranes que tanto tienen que decirnos. Quizá ahí esté la respuesta y lo que realmente significa volver a nosotros y ser felices… simplemente vivir bien.


Como cuando decía la abuela:


Despacio que tengo prisa”, porque correr sin sentido nunca fue sinónimo de avanzar.


El que mucho abarca, poco aprieta”, una advertencia a tiempo contra el exceso y esa manía de querer llegar a todo, pudiendo hacer mejor lo que sí importa.


Cada cosa en su lugar”, no solo en la casa, también en la mente y en el corazón; darle espacio a lo que realmente importa.


Más vale poco de lo bueno que mucho de lo malo”, cuando la calidad de vida pesa más que la cantidad de cosas por hacer.


No por mucho madrugar amanece más temprano”, un recordatorio amable de que la vida tiene ritmos que no se pueden forzar. Todo llega a su tiempo.


El hábito no hace al monje”, porque volver a lo básico también es regresar a la esencia, no a la apariencia.


Y quizá el más sabio de todos: agradecer lo que hay.
Aunque no lo diga el refrán tal cual, era la enseñanza detrás de todo: agradecer una mesa puesta, una buena compañía, un consejo… incluso aquello que nos rompió, pero nos dio espacio para florecer.


No importa cómo le llamemos: simpleza, sabiduría o sentido común —aunque a veces sea el menos común de los sentidos—.
Es recordar todo eso que nuestros antepasados nos transmitían en voz bajita y con cariño, y que hoy reaparece en forma de apps, terapias o libros.


Porque antes la vida no se “optimizaba” ni se “estructuraba”. Simplemente se vivía.


En resumen, las recomendaciones de las Titas eran sencillas:

  • Comer comida de verdad.
  • Dormir cuando el cuerpo lo pedía.
  • Tomar un té antes de entrar en pánico.
  • Salir al sol aunque fuera unos minutos.
  • Arreglar la casa para acomodar también la cabeza.


La abuela sabía que no todo se resuelve corriendo, que no todo merece respuesta y que el silencio también cuida.


Sabía que agradecer es una forma de abundancia, que comer despacio honra la vida y que lo simple, casi siempre, es suficiente.


Hoy le llamamos mindfulness.
Ellas le llamaban vivir bien.


Tal vez no se trata de aprender algo nuevo ni de encontrar nuevas respuestas. Ni de sumar más conceptos, métodos o nombres para lo que ya sabemos hacer bien.
Y quizá, solo quizá, recordar lo esencial —lo que cuidaba el cuerpo, lo que calmaba la mente y lo que sostenía el corazón— sea una buena solución para estar mejor.


Porque volver a lo básico, con intención, quizá sea la forma más honesta de volver a nosotros.


Volvamos a lo que realmente importa, volvamos a la bondad; ahí es donde también se aprende a ser felices.

Gracias a todos por leerme, por compartir, por darle like y comentar. Gracias por todo lo que han hecho 🙏🏽.

Que lo bueno sea lo que siempre esté a su favor.

Un abrazo con mucho cariño…

María 📚❤️✨🍀🕯️✨

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2 respuestas a “Como decía la abuela…”

  1. Avatar de radiantc1da497ac9
    radiantc1da497ac9

    Que belleza, Dios te siga iluminando.

    Abrazos.

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    1. Avatar de María Q.✨️

      Gracias por tanto aprendizaje Tita.
      Abrazos ❤️

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