No huí. Decidí quedarme.

Hay momentos en los que la vida no pide fuerza, pide verdad y valentía.  Y hay ocasiones —en esos momentos cruciales— en que quizá, solo quizá, la única opción que nos quede sea… quemar los barcos.


Y suena contradictorio, porque se nos ha enseñado que rendirse nunca es opción. Que hay que pelear las batallas, morir en la raya, levantarse siempre, no descansar, salir a luchar una vez más.


Pero hay una noche… una en especial,
que parece una eternidad. Esa tan conocida y tan temida: la noche oscura del alma.

Una noche que no siempre llega con tragedias evidentes. A veces se presenta con algo pequeño: un incidente ligero, un drama mínimo, algo que para otros sería insignificante.


Sí… esa famosa gota que derramó el vaso.
Ese día en que te das cuenta de que todo sabe insípido, que los colores pierden su brillo, que la vida simplemente pasa
mientras una soledad fría se instala alrededor y todo comienza a perder sentido.


Ese ruido interno que no se calla. O esa ausencia que cala tan hondo que parece llevarse a todos consigo.


Conozco ese lugar. Y como muchos, no sé ni cómo llegué, porque para mí “No fue para tanto” lo que me había pasado, pero si lo era.


Pero no es lo que pasó. Es todo lo que se acumuló durante años. Todo lo que, por miedo a que doliera, se fue guardando como en una presa invisible. Hasta que una sola gota hizo que todo se reventara.


Y, sin darnos cuenta, comenzaron a desbordarse heridas antiguas, engaños que se creían sanados, miedos que se juraban superados. La verdad es que no se sanaron. Solo se escondieron. No se enfrentaron, no se gritaron, ni siquiera se confesaron aún a uno mismo.


Porque sí, todos cargamos una herida, un miedo o una culpa que no se le cuenta a nadie y se cree que puede ocultarse incluso de uno mismo.


Así, con los años, se va acumulando todo lo que no se trabaja, lo que no se mira, lo que no se sana.


Como ese botón que “luego se arregla”, esa puerta que “un día se compone”, esa mancha que “después se quita”… hasta que se vuelve parte de la casa, de lo nuestro, de nosotros y un día, todo colapsa.


Algo que sí les puedo decir y que he aprendido de todo esto: la noche oscura no es debilidad, no es falta de fe, no es un fracaso personal. Y, sobre todo, no se arregla fácil.


No se enciende una luz y ya.


Ella llega para avisarnos de que la realidad cambió —o tiene que cambiar—.


No llega con certezas, ni con verdades claras, mucho menos con manuales. Solo muestra que hay algo que ya no se puede sostener, que ya no puede seguir igual.


Ese instante donde todo se rompe, donde no se puede detener la caída, donde los intentos por mantenerse de pie ya no funcionan.


A veces ni siquiera llega de golpe. Empieza como una grieta. Por fuera todo parece estar bien, pero algo ya no encaja. Como un rompecabezas cuyas piezas ya no logran formar nada.


Después viene el vacío. Se pierde lo que sostenía. La identidad se diluye. Dónde ni siquiera el espejo parece que no nos reconoce.


Esta parte duele. Duele como cuando de niño alguien se pierde y quien debía llegar tarda más de lo esperado. Ese dolor de abandono. Esa soledad, que hace que duela incluso respirar.


Después viene el despojo. Las pérdidas. En la mayoría de las ocasiones aparece una pérdida económica fuerte. Y aunque solemos creer que es la más importante, no lo es, pero si es de las que más inestabilidad genera.


Aquí sí quiero pedirles algo importante: nunca le digas a alguien que está atravesando dificultades económicas que “el dinero no da la felicidad”.


Eso es crueldad. Cuando no se sabe cómo comerá mañana, cómo pagará un techo o cómo llegará a fin de mes, el dinero sí importa.


No se le pide a quien se ahoga
que aprenda a nadar.


Después, cuando la herida cicatrice,
tal vez se entienda que el dinero no lo es todo. Pero no antes.


Como decía Juan Gabriel:
“Todo lo que se soluciona con dinero, ha salido barato.”

En medio de esas pérdidas, hay una aún más dolorosa: soltar quién se era. Esa versión que durante años nos sostuvo. La persona fuerte, la que controlaba todo, la que resolvía. Pero la que no se detenía a sentir.


Eran versiones valiosas, necesarias antes…
pero ya no verdaderas. Y ahí nos daremos cuenta de que la noche oscura no viene a castigar. Viene a desnudar, viene a mostrar lo que ya no es.


Después llega el silencio. El más duro… y quizá el más cercano al amanecer. Porque lo desconocido duele más que quedarse donde ya no se puede ser. Pero es necesario.


Aunque el silencio vuelve todo lento y confuso, es ahí donde realmente se aprende a ver y a escuchar. A confiar en lo que nace es bueno, cuando ya no queda nada que fingir.


En este momento es cuando pareciera que aunque se ora, se pide, se suplica, se buscan señales. Y el silencio es la única respuesta.


Pero es justamente en la oscuridad, en el silencio donde se forman nuevas raíces. Donde todo vuelve a empezar. Donde todo nace, a su tiempo y no hay que acelerarlo.


Y ahí llega la última etapa: soltarse.

No es rendición, no es derrota. Es descanso.

Es decir:
No sé quién soy ahora, pero confío en que no me perdí.


Y entonces… llega el momento de quemar los barcos. Ese acto de verdad, donde se entiende que volver ya no es opción sin traicionarse. Que un plan B es seguir negociando con lo que ya quedó pequeño.


Quemar los barcos es decirle al miedo:
no te voy a callar, pero tampoco te voy a obedecer.


Es prender fuego a las excusas elegantes,
a las versiones tibias, a los lugares donde se sobrevivía pero no se habitaba.


Cuando todo arde, arde la nostalgia de lo que fue y la comodidad de no elegirse del todo. Y ahí, desde la orilla, sin rutas de escape, sin salvavidas, nace una fuerza distinta. La de quien ya no huye. La de quien se queda a construir con las manos temblando pero el corazón despierto.


Porque cuando no hay regreso, aparece el compromiso. Y cuando no hay salvavidas,
se aprende a nadar hacia la propia verdad. Ahí se entiende que es mejor perderlo todo
que perderse a uno mismo.


Entonces aparece un hilo de luz. Nada vuelve a ser igual, ni las versiones anteriores, ni quien se es ahora. Te das cuenta que de esa noche no se vuelve siendo el mismo.  Y algo se alinea. Se comprende que no era un hoyo, era un túnel.


Algo que puedo decirte si estás viviendo esto, es que no estás rot@. No llegaste ahí por error. Y no intentes entenderlo todo hoy. No fuerces decisiones que todavía no están listas.


Sólo entiende que estas noches no se superan, se atraviesan.


Permítete el silencio, el cansancio, el no saber y entender que eso que duele no vino a perderte, vino a devolverte. Con más honestidad. Con más luz y más cerca de casa de lo que ahora imaginas.


La noche oscura del alma no es el final. Es el lugar donde comienza algo que, aunque aún no veas, es genial y ya te pertenece.


Porque te prometo que esto también pasará y al final lo que vendrá será una mejor versión de ti. 


(⁠◕⁠ᴗ⁠◕)

Y como siempre gracias por seguir aquí. Por compartir, por ser parte de todo esto. Gracias por todo y por tanto.

Gracias también a quien ha ido más allá y me ha apoyado en la tienda virtual, espero que te sea de utilidad lo que subo al igual que estos escritos en tu vida. Te dejo aquí el link.

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Un abrazo con cariño.

María 📚❤️🍀🕯️✨🙏🏽

Nota editorial:

Este texto no busca dar respuestas ni soluciones rápidas. Es una reflexión nacida desde la experiencia y el acompañamiento silencioso de quienes atraviesan procesos profundos de cambio.

Si este escrito llega a ti en un momento sensible, tómalo con calma, a tu ritmo. La noche oscura no se explica: se vive, se atraviesa y, con el tiempo, se transforma.
Desde este mundo, te acompaño, esperando que al igual que yo, confíes en ti y en que pronto… esto también pasará..

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