El mundo cambia cuando alguien decide no irse.

El mundo ha entrado en debate por una noticia reciente: a una joven, después de unos años, le han concedido la eutanasia en España sin tener una enfermedad terminal o cuadriplejia.


A mí la noticia me dejó un huequito en el corazón. No por juzgar si fue correcto o no. Sería irresponsable decir si estoy a favor o en contra, aunque tenga una opinión.


Me dolió otra cosa. Me dolió su desesperanza. Me dolió pensar que, como sociedad, estamos fallando a jóvenes, a adultos, a niños.


Me dolió imaginar que quizá tuvo gente cerca, pero no el respaldo suficiente. No de quienes podían sostenerla de verdad: las instituciones, la sociedad… nosotros.


Me dolió también por todas las personas que, en silencio y tristemente, desearían tener esa misma opción.


Porque la desesperanza existe. Porque pesa. Porque a veces gana.


Y lo digo porque la conozco. Hubo un momento en mi vida, hace poco, en el que, por un instante, pasó por mi mente la idea de dejar de luchar.


Pero no estaba sola. Tenía a una madre peleando hombro a hombro conmigo. Hermanas que confiaban en mí incluso cuando yo no podía. Tías que, con su cariño, me recordaban que no todo era tan oscuro. Mi compañero de vida, amigos que me sostenían… sin exigirme ser fuerte todo el tiempo.


Esa tribu… me ayudó a salvarme.


Me enseñó que, incluso rota, seguía siendo más fuerte de lo que creía. Lo mejor de todo, fue que me vieron y se quedaron, no para arreglarme, sino para sostenerme.


Y entonces no puedo evitar pensar:
¿Y si ella no tuvo eso?
¿Y si, como muchos, no tuvo a nadie que la sostuviera?


Porque a veces no es que las personas quieran rendirse… es que nadie les enseñó cómo quedarse.


Quizá puedan decirme que esta situación está muy lejos para hacer algo. Que de México a España hay un largo recorrido y pareciera que no había nada que nosotros – desde acá – pudiéramos hacer.


Pero mi abuela decía que sí: los problemas grandes, esos que no está en nuestras manos solucionar, hay que dejar que otros los atiendan.


A nosotros nos corresponde algo distinto:
arreglar lo nuestro y ser parte de la solución en nuestro mundo cercano. En nuestra familia, en nuestra gente, en quienes nos importan.


Porque es ahí donde realmente podemos sostener.


Y porque, tal vez, si atendemos los nuestros… los problemas grandes dejan de existir.


Problemas tenemos todos y nadie la está pasando fácil. Y eso hace muy complicado estar al pendiente de los demás, es más, hay días que no podemos ni con nosotros mismos. Pero nunca olvidemos algo esencial:


Nuestro dolor nunca debería restarle valor o importancia al dolor de los demás.


Porque se nos está olvidando acompañar, se nos está olvidando mirar, se nos está olvidando sostener.


Y se nos está olvidando que juntos pesa menos, que pertenecer a una comunidad, a una familia, a una tribu, cambia todo.


Porque dos siempre serán más que uno.
Porque solos podemos avanzar más rápido… pero juntos llegaremos más lejos.


Cuando realmente pertenecemos, dejamos de ser ajenos al dolor. Y también a la injusticia.


Les voy a contar una historia.


El primer día de clases, un profesor de leyes entra al salón y, sin explicación y con un tono duro, le pide a una alumna que se retire.


Ella, confundida y avergonzada, toma sus cosas y se va en silencio.


Nadie interviene. Nadie dice nada.


El profesor mira al grupo y dice:
“¿Ustedes vienen aquí para aprender a ejercer la justicia?”


Algunos asustados, pero todos muy seguros respondieron que sí.


A lo que el maestro los ve con cara molesta y dice: bueno, pues acaban de ver una injusticia… y no hicieron nada.


Y eso mismo hacemos todos los días. Decimos que tenemos valores. Que somos justos. Que somos buenos. Pero guardamos silencio. Volteamos la mirada. Seguimos de largo. Sé que también, desafortunadamente, a quien quiere ayudar le han hecho daño. Estamos en un círculo vicioso de no hacer por miedo y terminar siendo injustos sin quererlo.


Debe haber una forma que dejemos de ser indiferentes, de poder acompañar. Es imperante dejar de ignorar a quien sufre. Dejemos de aparecer solo cuando queremos juzgar decisiones, cuando tenemos  «algo que opinar».


El mundo no necesita más opiniones, necesita más presencia, más humanidad, más valentía. Más amor. Y la capacidad de ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor y por lo que vale la pena seguir luchando.


Porque si seguimos como vamos, quizá algún día nos pasará la bondad por enfrente y no sabremos reconocerla.


Pidámosle a Dios, o en quien creamos, que nos devuelva la esperanza.


Pero sobre todo pidamos que no nos quite la capacidad de sostener a otros cuando más lo necesitan. Ni a la gente que nos rodea, porque también nosotros necesitamos ser sostenidos, ser vistos, ser amados.


No siempre falta fuerza… a veces falta quien sostenga.


Hoy no pases de largo.
Hoy quédate, sobre todo para ti.



Detrás de esta historia hay una joven.
Una vida. Un dolor que no vimos a tiempo.


Confío en que allá arriba haya sido recibida con amor. Que sus dolores, sobre todo los del alma, hoy estén en calma. Y que por fin haya encontrado paz.


Y que su historia nos recuerde algo que no podemos seguir ignorando:

aún tenemos mucho por hacer.



Gracias por seguir aquí, por ser el mejor soporte que uno puede tener, gracias, porque hoy sé que mis pilares están leyendo esto, y esta también es mi forma de agradecerles y honrarlos.


Gracias también a todos los que me han leído y que, con sus comentarios, aún sin conocerme, me han dado la valentía y el empuje que se requiere para seguir intentándolo. Confiada en que todos estos escritos también puedan ser compañía, aún al otro lado del mundo.


Gracias por todo y por tanto. Nos leemos pronto. Un abrazo con mucho cariño.


María 📚❤️✨🍀🕯️


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