A veces la oscuridad llega para enseñarnos a mirar distinto.

En ocasiones no es que estemos apagados… quizá estamos fundidos.


Hace unos días se fue la luz y la señal de celular por 17 horas en la zona donde vivo. No es raro que se vaya la luz,  pero sí que dure tanto.


Y ahí me di cuenta de cuán dependientes somos de estar «conectados».
¿Por qué nos genera tanto estrés quedarnos incomunicados?


La respuesta es incómoda, pero honesta: porque creemos que, si no estamos, el mundo se cae a pedazos. Que sin nosotros no se hará bien tal o cual cosa.


Qué grande puede ser nuestro ego. Vamos por la vida creyendo que todo se sostiene sobre nuestros hombros… y, en ocasiones, hasta queremos que así sea. Luego nos quejamos de lo cansados que estamos.


Antes, yo hubiera reaccionado distinto. Ansiedad. Revisar el celular aunque no hubiera señal. Sentir que me estaba quedando atrás. Como si no estar disponible fuera casi un error.


Pero esta vez fue diferente. Terminé un libro que llevaba días posponiendo. Limpié algo que había dejado para después. No terminé un video, ni unos escritos, ni unas publicaciones que «tenía que» hacer.


¿Y saben qué? No pasó nada.


Cuando regresó la luz, confirmé lo que en el fondo ya sabía: nada se rompió y todo encontró su lugar. Sin prisa, sin caos. Porque me enfoqué. Porque, sin distracciones, todo pesa menos y avanza más.


Quizá no estamos saturados. Estamos distraídos.


Una gran verdad es que el apagón no asustaba por la oscuridad. Asustaba por el silencio.


Ese silencio que, cuando todo se detiene, te pone frente a frente contigo misma (o). Sin pendientes que justifiquen el movimiento. Sin pantallas que llenen los huecos. Solo tú.


Y ahí está el miedo de verdad: no el de quedarse sin señal, sino el de descubrir que, sin hacer, sin responder, sin estar disponible… seguimos siendo.


Que no somos lo que producimos ni lo que hacemos. Que el mundo no nos necesita corriendo para seguir girando. Que importa más quienes realmente somos, que lo que logramos.


Y quizás, toda esa prisa, todo ese ruido, lo usamos para no escucharnos. Porque ponernos atención es difícil y conocernos parece una odisea. Cuanto miedo nos tenemos a veces. Se nos olvida que la luz que más importa es la nuestra.


Detenernos para conocernos no es perder el tiempo. Es la mejor inversión que podemos hacer.  Es ahí, en medio de esa penumbra, donde nos vemos cómo somos, donde nuestros miedos salen, pero también nuestras grandes fortalezas. Dónde nuestra dualidad se convierte en una hermosa mezcla de realidad.


Porque la oscuridad afuera asusta, pero adentro nos obliga a encender una luz interior, esa que cuando lo logramos, no se apaga tan fácilmente.


¿Por qué solo nos permitimos parar cuando no tenemos opción, cuando todo se ha puesto oscuro? Se nos olvida que nuestra propia luz puede iluminar más allá de nosotros mismos.



Gracias por seguir aquí y por leerme. Gracias por cada mensaje, cada comentario y todo ese cariño tan bonito que siempre tienen para mí. Esto no tendría el mismo sentido sin ustedes.


Ojalá la próxima vez que todo se apague, también puedan simplemente… estar. Y descubrir que el mundo, sin ustedes corriendo, sigue en su lugar. Y que en ese silencio, encuentres lo que ninguna pantalla puede darte: tu propia luz.


Un abrazo con mucho cariño.


María 📚🍀✨🕯️❤️

Nos leemos también en redes sociales. Y si necesitas compañía en el camino, permíteme acompañarte con mi libro digital Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma.


Te dejo donde puedes conseguirlo. Gracias siempre por permitirme estar cerca. 🤍

Posted in

Deja un comentario