• Dejar huella no es marcar el camino, es hacerlo más amable para quien viene detrás.

    Dicen que nadie se lleva nada… pero sí deja mucho.

    Date unos minutos para contestar unas preguntas, por favor: ¿cuál es tu mejor recuerdo de la niñez o adolescencia? ¿Qué tienes guardado que quizá no tiene un gran valor económico, pero sí uno sentimental?
    ¿Cuál es tu lugar favorito, y por qué?


    Estas preguntas quizá te hayan llevado a un lugar bonito. A un momento que te recuerde que la vida, a pesar de todo, sigue siendo linda. 🌷

    Cuando recordamos, puedes notar que no sólo es el lugar lo que nos emociona, sino quién estuvo ahí, quién nos acompañó.
    Lo mágico no es el tiempo ni el espacio, sino las personas que lo hicieron especial.

    Los grandes recuerdos tienen que ver con las personas. Es más, quizá nosotros mismos somos un buen recuerdo de alguien por lo que hicimos. Y aunque a veces creemos que no hemos impactado, te aseguro que sí: tal vez, hay alguien que aún toma café en la taza que le regalaste, quien usa aquella pulsera que le diste o que sonríe al escuchar tu nombre. Sólo porque eres tú y el impacto que tuviste en su vida.

    También habrá quien nos haya impactado o hayamos impactado de manera negativa, eso es natural somos humanos y cometemos errores. Y como me dijeron alguna vez: María tampoco podemos ir por la vida tirando pétalos y brillitos.

    Lo sé, y es cierto. La verdadera belleza de dejar huellas bonitas está en la humildad de saber qué hacer cuando la nuestra se convierte en una huella difícil.


    Dejar una huella que cure no solo significa ser bueno, sino también ser valiente: el valor de volver sobre nuestros pasos para sanar lo que se pueda y evitar que sea el menor daño posible y un recuerdo negativo.

    Esto implica pedir un perdón sincero si dañamos, asumir la responsabilidad sin excusas y, sobre todo, aprender de ese tropiezo para no volver a lastimar.

    Así, incluso un error se convierte en una enseñanza, y la capacidad de corregirlo es, quizá, la huella más profunda y bonita que podemos dejar.

    Ya que estamos de paso en este mundo, intentemos … dejar huellas bonitas

    Pero ¿cómo se hace eso?

    No es tan difícil; de hecho, la belleza está en lo simple. Dejar huellas bonitas es una práctica diaria que requiere atención plena y bondad intencional.

    Es como un «kit» de acciones pequeñas, pero poderosas:


    🌻La huella de la escucha: Presta atención genuina. Guarda el celular, mira a los ojos a la persona que te habla y escucha de verdad, sin pensar en tu respuesta. El regalo de tu presencia es inmenso.


    La huella del reconocimiento: No solo celebres los grandes logros. Reconoce la lucha diaria, el esfuerzo invisible. Un simple mensaje de «Sé que estás dando lo mejor de ti» o «que bien te ves» puede ser un salvavidas.


    🕊️La huella del alivio: A veces, una huella bonita es hacer el camino más ligero para otro. Sé paciente con el mesero que tiene un mal día, ofrece ayuda sin que te la pidan, o simplemente cede el paso con una sonrisa.


    🤍La huella del abrazo que cura: Un abrazo que sana no busca solucionar, busca contener. Ofrece un espacio seguro sin juicios ni explicaciones. Es decir, sin palabras: «Estoy aquí contigo, y estoy bien con lo que sientas.»


    Hacerlo es cuidar cómo interactuamos con los demás. Es entender que no puedes llegar a la vida de alguien generando caos ni dejando vacío cuando te vas…

    Porque sí importa cómo somos. Importa que seamos buenos.

    Las personas buenas merecen buenas personas, y el universo, tarde o temprano, se encarga de juntarlas. 🌌


    Siempre he creído que al final seremos juzgados, no sólo por lo que hicimos, sino también por aquello que no hicimos y deberíamos haber hecho.

    Y como toda enseñanza cobra vida en una historia, déjame contarte un cuento……

    🌿 La huella que no se borra

    Cuentan que, hace mucho tiempo, un pequeño zorro cruzaba cada amanecer el mismo sendero del bosque.
    Le gustaba mirar hacia atrás y ver sus patitas marcadas sobre la tierra húmeda.
    Le hacía sentir que existía, que estaba dejando un rastro, que algo de él quedaba allí.

    Un día, un viejo búho que lo observaba desde lo alto le preguntó con voz serena:
    —¿Por qué te detienes siempre a mirar tus huellas, pequeño?

    El zorro sonrió y respondió:
    —Porque así sé por dónde he pasado.

    El búho lo miró en silencio y dijo:
    —Está bien saber por dónde has pasado… pero algún día entenderás que lo importante no es por dónde caminas, sino cómo caminas.

    El zorro no entendió del todo, pero esas palabras se quedaron rondando en su cabeza.

    A la mañana siguiente, cuando volvió a recorrer el camino, notó cosas que antes no veía: una flor pisoteada, un nido caído, una hormiga que trataba de salir del lodo.
    Por primera vez, en lugar de mirar solo sus huellas, miró lo que dejaba tras ellas.

    Ese día cambió su paso.
    Evitó las flores, ayudó a la hormiga, reparó el nido y compartió su fruta con un pájaro herido.

    Pasaron los días, y aunque el sendero seguía lleno de huellas, el bosque también se llenó de vida: brotaron nuevas flores, los pájaros volvieron a cantar y el aire olía distinto, más limpio, más amable.

    Desde su rama, el viejo búho lo observaba y sonrió.
    —Ahora sí, pequeño… esas son huellas que no se borran. 🕊️

    (⁠●⁠♡⁠∀⁠♡⁠)

    A veces creemos que dejar huella es hacer algo grande, visible o memorable. Pero las huellas más bonitas son las que se sienten, no las que se ven. Las que dejan el alma más ligera, el camino más amable y el mundo un poquito mejor que antes.

    Es entender que sin importar que el paso sea breve… El impacto puede ser eterno.

    Porque al final, seremos recordados, no por nuestros logros, títulos, nombre o dinero. Si no, por como hicimos sentir a los demás.

    Además, no olvides que tú también caminas sobre las huellas que otros dejaron. Honra esas huellas. Agradece su paso

    Te daré un consejo que le he escuchado a una persona que quiero mucho: siempre, trata de dejar todo mejor que como lo encontraste.

    Hablamos de todo, no importa que sea un lugar, un momento o un corazón.

    No es tan difícil: las cosas florecen cuando se sienten cuidadas.

    Y se amable, incluso cuando nadie te ve.
    Porque las verdaderas huellas… no necesitan testigos. 💫

    Vivir no se trata de hacer todo en virtud de y para los demás, pero sin duda, es un verdadero lujo ver que alguna de tus acciones han ayudado a que la vida de alguien más sea mejor.


    Gracias por siempre dejar huellas bonitas en mí, gracias por leerme, seguir el blog, compartir, darle me gusta, comentar o cualquier cosa que hagan para demostrarme que están conmigo.

    Gracias de todo corazón ❤️.

    Y nos vemos en la próxima…

    Con cariño

    María ✨📚🍀💕

    .

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  • Las historias nos unen, nos enseñan y, a veces, nos salvan.

    Hace un tiempo estaba platicando con mi hermana y con mi sobrina adquirida (hija de mi amiga). En medio de la conversación, ella dijo una frase que ya había escuchado antes, pero que en ese momento me sonó a sabiduría pura:

    “Una da consejos porque ya se amensó. Porque ya estuve ahí… ”

    No usó amensó, pero esta palabra nos servirá 🤭

    Ahí reconfirmé que sí podemos aprender y cambiar —nuestra vida, nuestra forma de ver las cosas o incluso nuestra realidad— a través de las historias o las vivencias de alguien más.

    Cuando éramos niños, quizá nos contaban historias o cuentos para poder dormir, pero en realidad lo que lograban era despertar algo en nosotros. Hay quien le llama imaginación, otros creatividad, y algunos ingenio.

    Yo he aprendido que todos tenemos una historia que contar… y que sin duda puede servirle a alguien más. Puede incluso cambiarle la vida.

    A mí me encanta escribir historias, pero también escucharlas y leerlas.

    Las historias nos ayudan a vincularnos: con personas, personajes o creencias que nos hacen sentir que pertenecemos. Y la pertenencia tiene una función real en nuestro cuerpo —es parte de nuestro sistema nervioso y ayuda al nervio vago—.

    (No se asusten 😅, tiene nombre raro, pero aquí va el dato científico del día.)

    Según San Google, el nervio vago es el nervio craneal más largo y su función principal es conectar el cerebro con los órganos principales del cuerpo: el corazón, los pulmones y el sistema digestivo. Regula nuestro estado de descanso y recuperación.

    La estimulación del nervio vago puede tener efectos beneficiosos: controlar la epilepsia, reducir la depresión y la ansiedad, y mejorar la función cognitiva y digestiva.

    Ah, ¿verdad? 😉
    Y una de las formas de estimular ese nervio es a través de la sensación de seguridad y pertenencia, además de la meditación y ciertos ejercicios.
    Y justo ahí, las historias ayudan muchísimo.

    Hay muchas formas en las que una historia nos atrapa. Una de ellas es cuando nos permite ver reflejada nuestra propia realidad o complicación.
    Hay historias que son puertas o portales: nos dejan mirar eso que no veíamos de nosotros mismos.
    Otras, nos invitan a conocer nuevos mundos, otras formas de vida, otras realidades… y lo mejor de todo, nos hacen entender que existe una mejor manera de vivir. Que podemos tener una mejor historia.

    ¿Cuántas veces no hemos sentido que nos parecemos a cierto personaje —aunque sea de fantasía— o que alguna historia se parece a la nuestra?
    Eso nos confirma que todos sentimos miedo, dolor o alegría. Quizá nuestros caminos sean distintos, pero las emociones que nos mueven son las mismas.

    Hay una frase que me encanta: “Al para qué no le importa el cómo.”
    Y eso es lo que hacen las historias: nos ayudan a aprender o entender cosas que quizá no sabíamos cómo cambiar o cómo vivir.
    Nos dan opciones para que ese para qué se haga realidad… o simplemente nos devuelven la esperanza.
    Y eso es genial.

    Cuando nos permitimos escuchar una historia, practicamos la empatía: nos ponemos en los zapatos de alguien más y aprendemos a mirar la vida con otros ojos.
    Ahí está la verdadera magia: en descubrir que somos distintos, pero humanos de la misma manera.

    Además, leer o escuchar activa la mente, despierta la imaginación y, a veces, hasta cura el alma.
    Porque una buena historia te acompaña, te reconforta, te hace pensar… o simplemente te recuerda que no estás sol@.
    Que alguien más ya pasó por lo mismo y logró salir.

    Y cuando eso pasa, se despiertan también nuestras propias ganas de contar, de escribir, de imaginar mundos nuevos.
    De crear algo bueno.

    👉 Sin duda, toda gran idea suele nacer de una historia que alguien escuchó y decidió continuar.

    Por eso es tan importante cuidar las historias que elegimos leer o escuchar.
    Busquemos nutrir nuestro corazón y nuestro cerebro con aquellas que hablan de resiliencia, de logros, de entendimiento, de volver a creer.
    La vida ya es bastante complicada como para llenarnos de historias que no enseñan nada o que terminan sin luz.

    Y como hoy hablamos de historias, quiero contarte una que me encanta y que tiene mucho que ver con todo esto…

    (⁠●⁠♡⁠∀⁠♡⁠)

    Un hombre caminaba distraído y cayó en un pozo profundo.
    Intentó salir, pero las paredes eran altas y resbaladizas.

    Pasó un médico, lo vio y dijo:
    —Te traeré algo para el dolor.
    Y siguió su camino.

    Pasó un sacerdote y, al verlo, dijo:
    —Rezaré por ti.
    Y también siguió.

    Pasó un amigo, lo escuchó gritar, miró hacia abajo… y sin pensarlo, saltó al pozo.

    —¿Estás loco? —gritó el hombre—.
    ¡Ahora los dos estamos atrapados!

    El amigo sonrió y respondió:
    —Tranquilo. Yo ya estuve aquí antes… y sé cómo salir.

    (⁠●⁠♡⁠∀⁠♡⁠)

    Esto confirma que nuestras historias siempre pueden ayudar a alguien más, como dice mi hermana:

    «Porque yo ya estuve ahí…».

    Siempre ten la certeza de que tu historia puede ser el ejemplo que alguien necesita para no rendirse.

    Así que sigue contando tu historia, no sabes a quien puedas ayudar con ella, sigue conociendo historias, leyendo, oyendo y, sobre todo, cuéntate a ti mism@ una historia hermosa… y hazla realidad.

    Porque en el fondo, todos estamos buscando una historia que nos recuerde cómo volver a casa.


    Gracias, como siempre, por ser parte de esta increíble historia.
    Confío en que todo lo que les cuento pueda servirles de alguna forma… porque, al final, yo también ya me amensé antes 🤭.

    Como decía un buen amigo de la prepa:

    “Yo sirvo de ejemplo… de cómo no hacer ciertas cosas.” 🤪

    Que siempre tengan una hermosa historia que contar.
    Gracias por seguir aquí, por leerme, por suscribirse, compartir y hacer más grande todo esto.

    Gracias por todo y por tanto.


    Nos vemos en la próxima.
    Un abrazo grande, con cariño…

    María 📚❤️✨🍀

    .

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  • Aquí la magia comienza contigo 🌟

    “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.”

    — Julio Cortázar


    Siempre he sido amante de las palabras; lo aprendí desde niña. Si en algún lugar se hablaba mucho, era en mi casa 🫢. Desde el primero hasta la más chica, lo nuestro —lo nuestro— eran las palabras. Esa famosa frase de «me quedé sin palabras» no era precisamente nuestra cualidad.

    Fellus, mi papá, era un hombre que llevaba las palabras a otro nivel. Sus dichos eran sabiduría pura, y quienes lo recuerdan a la fecha, es precisamente por eso.

    Tenía un listado muy grande de dichos que son un tesoro. El más conocido quizá era «me caigo al mar»; era su expresión favorita para decir me lleva la… 😁.

    Hay una en especial que me encanta: cuando había que repartir algo, decía «a modo de que nos veamos». Pero si quería mucho de lo que estaban dando, te decía «como si ya no nos volviéramos a ver», y eso significaba que había que ser muy generosos con la porción.

    Yo llevé el tema de las palabras (y lo de hablar mucho) a otro nivel. Estudié comunicación; nunca la ejercí tan literal, pero lo mío, lo mío, eran las palabras. Aunque no sé si pueda presumir que comunicarme sea mi fuerte. Grandes historias terminaron por no hacerlo de la manera correcta —y me refiero a todo: amistad, trabajo, relaciones, etc.—.

    Con el paso de los años he entendido que la palabra es un arma muy poderosa: puedes hacer grande a una persona o destruirla.

    Si nos diéramos cuenta de que lo que expresamos es energía, cuidaríamos más lo que decimos.

    Las palabras, sin duda alguna, son magia pura…

    Abracadabra ✨

    Por cierto, ¿sabían que la palabra abracadabra tiene un origen muy antiguo y un significado más profundo de lo que parece?

    🌙 Se dice que proviene del arameo o del hebreo. Se cree que deriva de la frase “Avra kedabra”, que significa algo como:
    👉 “Crearé mientras hablo” o “Lo dicho se hará realidad”.

    Era una expresión del poder de la palabra. Quizá hoy la usemos como una broma o en trucos de magia para entretener, pero como verán, en la antigüedad significaba la fe o la creencia de que lo que se decía se haría realidad.

    Y esa es la magia real de las palabras… Todo lo que podemos transformar inicia con ellas. Las nuevas tendencias de cuidado y sanación tienen como una de sus herramientas más fuertes el cambio en la estructura de cómo hablamos o cómo usamos las palabras.

    Existen varias terapias donde la palabra es la principal aliada. Precisamente esto que estoy haciendo —escribir— es una de ellas. Es una terapia que puede sanarte o mejorarte.


    Aunque, miren, la palabra sanarte últimamente ya no me gusta tanto: si no estoy descompuesta, únicamente estoy desorientada y un poquito mal de la cabeza 🫣.

    Las palabras me han regalado cosas maravillosas. Me han permitido entablar conversaciones con personas que jamás imaginé conocer. Comúnmente, por mis trabajos, me ha tocado viajar sola, y las palabras me han permitido disfrutar o descubrir lugares increíbles.

    Irónicamente, quienes dicen que yo tengo el «don» de expresar y ellos(as) no, han dicho cosas tan lindas que las tengo guardadas para siempre en mi corazón. No necesitan ser expertos en comunicación para decir cosas hermosas.

    Y por el contrario, también me he topado con personas expertas en comunicar… y se les da muy bien el hacer daño.

    Hay también las frases mediocres —disculpen, pero para mí lo son— que utilizamos para escondernos o no superarnos, por ejemplo la de «así soy» o «soy sincero(a) y digo lo que pienso» sin importar el dolor que causen con lo que dicen, esas palabras realmente son basura.

    Sí, hay que ser uno mismo, sin moñitos ni filtros, pero nunca justificar con eso nuestros malos tratos. Qué horrible la gente que no cree que puede ser mejor. Todo está en eso: en creer en nosotros.

    Y la segunda frase se las puedo resumir así:
    Cualquier verdad que se dice sin tacto… es crueldad.

    Cuando uno se da cuenta de todo el poder que tienen las palabras, comienza a usarlas de mejor manera. Y es muy sencillo:

    Un “te creo” puede cambiar el rumbo de alguien que dudaba de sí.

    Un “no sirves” puede tardar años en borrarse.

    Incluso lo que no decimos también comunica: el silencio puede ser un grito o refugio.


    Las palabras crean realidades. Si le dices a tu cuerpo “no puedo”, ¿qué crees? Pues no va a poder, y no habrá quien logre que lo hagas… hasta que se desprograme esa creencia.

    Por el contrario, si dices “voy a intentarlo”, algo se reprograma en tu interior y se activa.

    Les contaré de una palabra que me encanta y cuya respuesta cambié después de lo que alguna vez escuché: la palabra es gracias.

    Ella contiene tanta energía que es un catalizador para lo malo o para generar más energía positiva. Cuando agradecemos, todo cambia. Se abre un vínculo con las personas y se reestructura hasta nuestra formas de ver las cosas.

    Normalmente, a la palabra Gracias en México respondemos «de nada». Y sí, es una manera coloquial de decir que no debes nada o que está bien, pero también es una forma de cortar el flujo de energía. Al decir «de nada», le restas poder al agradecimiento.

    Desde hace varios años yo respondo «con gusto», que por cierto es la manera en que en algunos países de Latinoamérica lo hacen. A mí me da la sensación de que la energía continúa… y de que es un placer ayudar.

    ✨ El poder de las palabras

    Pero, ¿cómo podemos hacer magia con la voz? ¿Cómo se puede crear o reprogramar con las palabras?
    No es tan difícil como parece, y no necesitas tener el «don» de la palabra: solo sentir y creer que lo que dices puede ser real y expresarlo con intención.

    Algunos tips que he encontrado por varios lugares —y que confío te pueden servir— son estos:

    1. Habla con intención.
    No digas por decir. Cada palabra que sueltas tiene un destino. Pregúntate si estás construyendo o rompiendo… y elige siempre crear. No lo olvides: las palabras son un arma muy poderosa; pueden construir o destruir un imperio.

    2. Cuida cómo te hablas.
    Este es el punto más importante: todo comienza contigo. Lo que te dices se queda viviendo dentro de ti. No te maltrates con frases duras; háblate como le hablarías a alguien que amas profundamente.
    Tú eres tu mayor bendición: trátate bonito. En la vida te toparás con muchas personas que te digan que no puedes; por favor, que una de ellas nunca seas tú.

    3. Evita el lenguaje de carencia. ¡Y no te quejes!
    No repitas “no tengo”, “no puedo” o “no merezco”. Las palabras también son semillas: siembra las que te abran caminos, no las que los cierren. Tu cerebro no entiende de bromas; si te quejas, te dará más motivos para seguir haciéndolo.

    4. Nombra lo que sientes.
    Lo que no se nombra se queda atascado. Decir “me duele” o “esto me da miedo” no te debilita, te libera. Nombrar es una forma de sanar.

    5. Elige palabras que eleven.
    “Gracias”, “te admiro”, “qué bonito esto que hiciste”. Son pequeñas chispas de luz que cambian el aire y suavizan las heridas.
    Siempre he creído que las cosas positivas que uno piensa de alguien más, son un regalo que le pertenece a esa persona. Si tú te las quedas, te estás quedando con algo que no es tuyo. Así que, si piensas algo bueno de alguien, dilo, deja que la magia circule.

    6. Aprende el poder del silencio.
    El silencio no siempre es ausencia; a veces, es respeto, y otras, defensa. Siente cuándo hablar y cuándo callar… ambos también comunican.
    Aprende algo que a mí me costó mucho tiempo: no todas las guerras se pelean; algunas es mejor evitarlas y guardar silencio.

    7. Declara lo que deseas.
    Di lo que sueñas, aunque sea en voz baja. Las palabras tienen memoria y saben encontrar el camino para hacerse realidad. Si lo crees, lo creas.

    8. No conviertas tu voz en dolor.
    Usa tus palabras para abrir, no para herir. Hay formas suaves de decirlo todo, incluso lo más duro. Importa tanto lo que dices que cómo lo dices.

    9. Escucha cómo suenas.
    Léete en voz alta. Si algo te suena frío, tal vez lo estés sintiendo así. Ajusta el tono: deja que tus palabras vibren bonito.

    10. Haz de tus palabras un ritual.
    Bendice con ellas, afírmate con ellas, encántate con ellas. Las palabras son magia: úsalas como tal.

    Recuerda: lo que no se nombra no existe, así que las palabras pueden ayudarnos a crear una gran historia… y hacerla verdad.

    Su poder no solo está en lo que decimos ni en cómo suenan. Su mayor encanto está en la intención con la que se pronuncian.

    Por eso, es importante entender que cada palabra puede ser una promesa, un conjuro o una herida:
    tú eliges qué magia quieres hacer con ellas.

    Así que cuida tus palabras, trata de que construyan y no destruyan aunque sean duras. La sinceridad, la verdad y la honestidad, no están peleadas con el respeto y el buen trato.

    Que tus palabras, sobre todo las que te dices a ti, se conviertan en un gran recuerdo para siempre 💕. No olvides que las personas podrán olvidar lo que dijiste, pero nunca como les hicieron sentir esas palabras.

    Lo que decimos … También nos escribe✨


    Gracias por seguir aquí, por leerme, por compartir para que llegue a más personas, por suscribirte y hacer realidad este sueño.

    Nos vemos en la próxima y que todo lo que digas y creas se convierta en magia 🪄 para ti.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚🍀✨💕

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  • “Aceptar lo que sientes también es una forma de amor propio.”


    Así es como hay que vivir definitivamente… Intensamente.

    Hace tiempo mi psicóloga me pidió ver Intensamente 2 (de Disney) como ejercicio  para mí terapia y responder algunas preguntas:
    ¿Qué me dejaba la película? ¿A qué emoción me parecía? ¿Qué me movía por dentro?

    Mientras la veía, fueron apareciendo imágenes que me ayudaron a reconocer varias cosas en mí.
    Me di cuenta que mi autoconcepto sobre cómo lidiar con las emociones estaba un poquito distorsionado.

    Les cuento de qué trata esto.

    🌈 Querer ser solo “Alegría”

    Tengo una tendencia muy clara a querer ser Alegría.
    Y no porque siempre ande feliz o sonriendo por todos lados (bueno… lo de la sonrisa sí 😅), sino porque, como en la película, trato de invalidar —sin querer— al resto de las emociones.

    Intentaré explicar mejor esto, pero antes: si aún no ven la película, se las recomiendo ampliamente.

    Durante toda mi vida he tenido una fijación por eliminar los momentos malos y comportarme como si nunca hubieran pasado, esto me daba una falsa sensación de control, aunque en realidad me alejaba de mi misma. Por ejemplo:

    • Me enojaba con alguien y quince minutos después ya estaba intentando resolverlo, sin darme tiempo de sentir.

    • Desarrollé un “don” para olvidar el pasado: cambiaba de escuela o ciudad y me adaptaba tan rápido que el lugar anterior parecía no haber existido. Y aún lo sigo haciendo.

    • Aplicaba la frase: “Si no me acuerdo, no pasó.”

    Les confieso algo: no tengo recuerdos de mi niñez. Antes de los 8 o 9 años, no recuerdo casi nada. Sé que fue buena, pero no podría contarles ningún suceso con detalle. Y eso me ayuda a confirmar que desde niña he sido muy buena para bloquear algunas cosas.

    Con el tiempo me volví experta en sonreír. En mostrar una cara de “todo está bien”.
    Y aunque eso parezca fortaleza o que no es tan malo, eliminar los recuerdos incómodos me dejó sin herramientas para manejar la frustración y aprender de los daños.

    Tampoco es que mintiera, realmente aprendí a ver las cosas con alegría. Les prometo que si soy una persona alegre y feliz y me ha ido bastante bien con eso, suelo divertirme mucho. El problema era cuando usaba esto como un escudo para no sentir dolor y terminaba sin vivir todo realmente.

    💔 Lo que no se reconoce, no se puede sanar

    Al evadir mis malos recuerdos, tampoco pensaba en los recuerdos que podía estar dejando en otros. Si algo me parecía negativo para mí, lo evitaba… pero quizás mis acciones se convertían en recuerdos dolorosos para alguien más, y yo ni cuenta me daba.

    Y lo que no se reconoce, no se puede controlar. Evadía la tristeza y la ansiedad, y cuando aparecían, lo hacían con tanta fuerza que me rebasaban y yo no tenía herramientas para manejarlas.

    Como buena Tauro (😁), soy aferrada. Si algo me parecía bueno, lo mantenía aunque ya no funcionara, al grado de evadir cosas importantes. Por ejemplo: dejé que mi vesícula casi se reventara por no querer ir al doctor, solo por miedo a escuchar que algo estaba mal.
    Esa negación me llevó a una cirugía de emergencia, provocando daños en otros órganos, una larga recuperación y un caos en mi familia que pudo evitarse. Y lo peor, un daño que para siempre tendrá consecuencias.

    Pero a todo esto:

    💭 ¿Qué son las emociones?

    Las emociones son reacciones automáticas que aparecen ante algo que vivimos o pensamos. Surgen en el cuerpo antes de que podamos explicarlas con palabras: el corazón se acelera, sentimos un nudo en el estómago, la piel se eriza o nos dan ganas de llorar o reír.

    Son respuestas instintivas, rápidas y necesarias para adaptarnos al entorno.
    Nos ayudan a reaccionar, a sobrevivir y también a entender lo que necesitamos.

    Las emociones son como una señal de alerta o una brújula interior que nos dice:
    “Algo importante está pasando aquí.”

    Y no las debemos confundir con los sentimientos, dejen les cuento cuál es la diferencia:

    Los sentimientos son la versión más consciente y duradera de las emociones.
    Aparecen después, cuando interpretamos lo que sentimos.
    Mientras la emoción es la chispa, el sentimiento es el fuego que queda encendido un rato más.

    Por ejemplo:
    Siento miedo (emoción) → pienso en lo que me da miedo → se convierte en inseguridad (sentimiento).

    Siento alegría (emoción) → lo interpreto como un momento de conexión → se convierte en felicidad (sentimiento).

    Los sentimientos mezclan emoción, pensamiento y experiencia.
    Son más profundos, más personales, y duran más tiempo.

    ✨ En resumen

    Emoción: reacción inmediata, corporal, rápida.

    Sentimiento: interpretación consciente y duradera de esa emoción.

    Las emociones te avisan de algo.
    Los sentimientos te ayudan a entender qué hacer con eso que sentiste.

    🌦️ Todas las emociones son necesarias

    Es difícil aceptar que todas las emociones son necesarias y naturales en nuestra esencia humana. Que vivirlas todas quizá no nos haga perfectos, pero nos hace ser reales.


    Tal vez conoces personas que siempre parecen enojadas; pero detrás de eso, muchas veces hay dolor.

    Por cierto, siempre he creído que la gente no es mala:
    la gente está triste, y su dolor la hace vulnerable.

    Por eso usa la ira para protegerse.

    Hay quienes usan el miedo y no hacer nada que los ponga en riesgo y van por la vida sin vivirla, o los que van con la tristeza a cuestas porque ya no pueden salir de ella.

    En mi caso, yo usaba la alegría —ese “no pasa nada”— para evitar la tristeza o la ansiedad.
    El drama se me da, pero la tristeza no; la ansiedad es mi amiga, pero la angustia no.


    Y así, varias emociones que no sabía manejar las escondía detrás de una sonrisa que me salía fácil… y de una alegría que, en el fondo, me ayudaba a sobrevivir.

    💬 “Hoy sí quiero enojarme”

    Recuerdo que una vez, una de las chicas que trabajaba conmigo llegó furiosa por un compañero.
    Me dijo:

    “No me salgas con que aquí no nos enojamos y entendemos por qué él es así, porque hoy sí quiero enojarme.”

    Aunque le di mil razones para no enojarse, en el fondo sabía que tenía razón. Era válida su emoción.

    No diré que era una “positiva tóxica”, pero sí tendía a ocultar la negatividad ante los demás. Digamos que iba por la vida con una sonrisa y huyendo de lo malo. Al grado de no enfrentar situaciones «negativas» y perder hasta personas o cosas que valían la pena por esa razón.


    Ese estuche de monerías era (y sigo siendo) yo, sólo que hoy intento ser más consciente de mis emociones y darles su lugar.

    🌻 Lo que aprendí (de la película y de la vida)

    Una sola emoción no puede definirte, somos el resultado de todas ellas y son las que nos hacen ser quienes somos.

    Incluso las emociones “negativas” pueden ayudarnos —y a veces, hasta salvarnos—.
    El encanto está en saber controlarlas.

    ✿ El aburrimiento puede ser un impulsor del cambio, fomentar la creatividad y el deseo de explorar nuevas metas.
    ✿ La ira puede ser una respuesta legítima ante la injusticia y, bien manejada, puede promover la defensa de una causa.
    ✿ La envidia puede transformarse en motivación para crecer.

    Como bien dice Google (y con razón):

    “Las emociones negativas tienen funciones positivas: nos advierten de amenazas, motivan la resolución de problemas y fomentan el autoconocimiento.”


    Así que no hay que tenerles miedo.
    Hay que Vivirlas, abrazarlas y canalizar las difíciles hacia nuestro bien.

    💫 Vivir intensamente

    •Las emociones tienen un propósito; aceptarlas nos hace más humanos.

    •Tratar de estar feliz todo el tiempo es agotador. Escuchar a las emociones difíciles también es una forma de crecer.

    •Todos llevamos dentro un pequeño equipo de emociones que nos guía. Aprender a escucharlas es parte del viaje.

    Vivir las emociones es perfectamente válido.
    Y eso, sentir de verdad, nos hace dignos y valiosos.

    ✨ Para cerrar, quiero compartirles una frase que dice Miedo —la emoción— en la película que me parece muy divertida y atinada y que yo uso al final de cada día:

    “Está bien por hoy, no morimos…
    y eso debería ser un rotundo éxito.” 💛

    Así que no lo olvides…

    “Cuando dejas de huir de lo que sientes, la vida deja de doler y empieza, por fin, a sentirse.”



    Gracias como siempre por leerme, darle me gusta, suscribirse y todas las muestras que me dan de apoyo para que esto siga vivo.
    Si esta reflexión te resonó, compártela con alguien que esté aprendiendo —como yo— a vivir intensamente.

    Nos vemos en la próxima… Que tus emociones y sentimientos te lleven a ser auténtica (o) y muy feliz… Siempre ♾️💛.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀

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  • Porque a veces, para encontrarnos, primero hay que desarmarnos.

    Mi escrito de hoy, será en realidad una confesión, con el enorme deseo que les dé -como a mí- la oportunidad de reconocerse en algo que quizá ustedes también han hecho… o siguen haciendo.

    Antes de eso, les platicaré sobre algo que he reaprendido en los últimos meses:

    Los humanos estamos hechos de fragmentos y roles. Pero aún así en ocasiones nos aferramos a uno, el que creemos que se nos da mejor, ese que nos aporta “seguridad”, «identidad» o “pertenencia”, el que nos hace sentir que importamos y somos buenos.


    Déjenme explicarles mejor de que trata todo ésto.

    Estamos en constante búsqueda de nuestra personalidad, algo que nos defina y  nos haga sentir, «de aquí soy». Así que hacemos o fabricamos aquello que nos haga confirmar que somos buenos, que podemos ser exitosos, eso que nos distinga: ya sea una profesión, el arte, un rol en la familia, un don, etc. Normalmente cuando lo encontramos, además de darnos identidad nos hace sentir felices (a veces) y solemos aferramos a ello. Esto no es bueno ni malo, es natural. Como dirían los expertos: es supervivencia pura, ocupamos pertenecer, tener una función y ser parte de un grupo.

    El problema aparece cuando ese único fragmento se vuelve toda nuestra definición. Cuando dejamos que un solo rol —el profesional, el de madre, cuidadora, proveedor— sea la medida de nuestro valor.

    Y aquí va mi confesión:
    Nada me había hecho sentir tan invisible, tan poco merecedora y tan inútil como perder mi rol profesional.

    (Sin duda, nadie puede hacerte tanto daño como tu propia mente).

    En los últimos meses fui parte del boicot más terrible de mi vida y ¿saben qué?…  Me lo fabriqué solita.

    No necesito ayuda para sabotearme —y si no, que les platiquen las escaleras de mi casa, las pastillas de mi madre que confundí y me tomé, o la araña que decidió darse un festín con mi pierna. No se asusten, mejor ríanse conmigo de tanta barbaridad.

    Pero mi peor aventura no fue ninguna de esas: fue creer que no valía nada por no hacer lo que siempre había hecho y según yo me salía bien… trabajar como loca.

    Esta pérdida de identidad me metió en un conflicto interno, que no sé en qué momento me sumergió en una caída libre a un hoyo negro. Y aparte en mi desesperación por detener la caída, trataba de sujetarme de cualquier cosa o persona pero no funcionaba. Me agarré de lo que pude o de quien pude y me aferré tanto a no caer, que terminé más lastimada que si únicamente me hubiera permitido hacerlo.

    Hasta que recordé una frase que decía una tía de mi mamá, una maestra muy simpática:

    “Hay caídas que sabes que serán tan fuertes, que lo mejor que puedes hacer es dejarte caer. Soltar.

    Porque en el intento de evitar la caída, terminarás dañándote más.”

    Algo que sí quiero que quede claro es que todo esto no tenía ni tiene nada que ver con las personas o cosas de las cuales me aferré, tenía que ver conmigo, con no querer ver la lección que la vida me estaba presentando, y con aferrarme a situaciones que no eran las correctas y que no me ayudarían a salir.

    A veces sólo necesitamos dejar que las cosas sucedan, tocar fondo y de ahí abajo ahora sí comenzar a subir.

    Tampoco es tan obvio como parece la solución cuando estás en medio de la tormenta, ahí en medio, con el desánimo , el miedo y el no saber qué hacer, a veces se nos olvida que sabemos nadar.

    El hecho mismo y todo lo que se le va sumando, como situaciones de salud, económicas, conflictos familiares y mil cosas más, hacen que todo eso se vuelva una bomba a punto de explotar. Así que si parecía que sería fácil salir de esa pérdida, les aseguro que no lo es y los entiendo si ustedes se encuentran en ese punto y creen que no hay salida. Yo aún la estoy buscando. Pero si la hay, se los prometo.

    Sin duda somos como una frase que me gusta mucho y que la decíamos entre un grupo de amigos que tuve hace muchos años: «somos víctimas de nuestras circunstancias» y la circunstancia era cada uno de nosotros, dependiendo de la locura que habíamos hecho o de lo que alguno de nosotros había iniciado y todos lo seguíamos.

    Así que sí, somos víctimas de nuestras circunstancias, o sea de nosotros mismos. Somos víctimas de nuestras acciones conscientes o inconscientes y el resultado de ellas. (El golpe de las escaleras debió haberme hecho algún daño 🫣).

    Pero sigamos con mi confesión: durante esos meses me fui apagando. Me sentía sin valor, me preguntaba cómo era posible no poder salir de eso y súmenle todo lo que escuchaba afuera: si eres muy buena, cómo puede pasarte, seguro te hicieron algo, pues acepta cualquier cosa, tu ego te va a matar, te tardaste mucho en hacer un cambio, te hace falta humildad, te creía más inteligente.  Todas esas voces no tenían mala intención, al contrario, pero terminaban hundiéndome más. Y la peor de todas, el silencio, esas personas que  desaparecieron o (parecía) no les importaba cómo estaba y como mi vida se estaba complicando cada día más. Ese silencio que me hacía confirmar lo que tanto dolía, era invisible y no valía. (Insisto, esto jamás fue y nunca lo será, responsabilidad de nadie más que de mí)


    Todo esto me llevó a otro de los grandes aprendizajes que surgió de la típica pregunta:
    ¿Por qué a mí?

    Ya tengo la respuesta, por lo menos para mí:
    ¿Y por qué no?
    ¿Quién soy yo para creer que no me puede pasar nada malo? En ocasiones las cosas difíciles también le ocurren a la gente buena.

    Nota mental: las cosas malas no dejarán de pasar, pero sí podemos elegir cómo enfrentarlas. La mitad del problema, casi siempre, está en nuestra cabeza.

    Obviamente esa sensación de no valer me llevó a esconderme, a no pedir ayuda, a alargar una agonía que quizá era necesaria… pero no tenía por qué ser tan larga. Porque si alguien es buena para desaparecer y no pedir ayuda es aquí su segura servilleta. Soy experta en eso.

    ¿Por qué? No lo sé muy bien, quizá por el miedo a que no me la dieran o al rechazo. A creer que es debilidad pedirla o vaya usted a saber qué otra locura alberga mi cabeza.

    Sin duda, bien dice mi mamá: “a ti el drama se te da.”

    Y sí, si se me da. Pero también se me da aprender, lo prometo.

    Otro de los grandes aprendizajes ha sido: dejar de creer que no era para tanto. Sí es para tanto, te lo aseguro, si te duele o te molesta sí es para tanto. Una gota si derrama un vaso y es porque el vaso estaba lleno. Déjenme se los explico de otra forma.

    Alguna vez se han visto a sí mismos, haciendo un drama por algo que parecía que no era para tanto o explotando por algo tan simple como una palabra, que alguien te toque o ver algo. Bueno, no estás explotando por esa palabra o situación, estás explotando por todo lo que traías guardado en tu interior, por esa herida que aún no sanaba o por ese recuerdo que te hacía daño. Y como te darás cuenta, si es para tanto.

    Somos globos en un mundo lleno de alfileres, así que o liberamos la tensión y la entendemos o iremos explotando por la vida como fuegos artificiales de fiesta patronal.

    Así que si, sí no nos hacemos conscientes de todo lo que es necesario reparar, siempre acumularemos las cosas hasta explotar o caer en un abismo negro que parece no tener fin.

    Gracias


    Hoy gracias a todo lo que he pasado puedo entender varias cosas:

    ❥ Que somos valiosos solo por existir. No necesito ser la profesionista exitosa, la que siempre ayuda, la que resuelve todo. Soy valiosa sólo por existir, igualito que todos ustedes.

    ❥ Que necesitamos de otros para estar completos, pero hay que saber elegir a los correctos. Cómo dice una frase de un libro que les recomiendo «Cuando no queden más estrellas que contar» de María Martínez.

    «Todo el mundo se merece un lugar en el que encajar…  Personas en las que confiar, a quienes contarles nuestros miedos y esperanzas. Todos nos merecemos alguien que nos mire a los ojos y nos diga que somos buenos. Que importamos.»


    ❥ Que todos estamos hechos de muchos pedacitos, habrá quien además de ser un excelente trabajador, también es un buen amigo o quien además sea una gran pareja, una hija amorosa, puede ser alguien que sabe escuchar, acompañar, o simplemente alguien que disfruta hacer manualidades, escribir o jugar dominó. Somos un conjunto de muchas partes hermosas.

    Y lo más importante…

    No somos seres incompletos, somos seres en constante evolución. Podremos perder en el transcurso una o varias de nuestras partes, quizá hasta trágicamente, como la muerte de un familiar, un divorcio, el desempleo, una enfermedad. Pero eso no nos define, ni define nuestra vida, es solamente un capítulo de la increíble historia que somos.


    🌼 Así que si hoy sientes que no vales o no mereces, recuerda esto:

    1. No todo lo que piensas de ti es verdad.
    Muchas de esas ideas vienen de voces ajenas que un día hiciste tuyas.

    2. Deja de buscar validación y empieza a reconocerte.
    Haz una pausa cada día para notar algo que te gusta de ti, aunque parezca mínimo. Mírate al espejo y hazte cariños, no es ego, es reconocimiento.

    3. Recibir también es amor propio.
    No minimices los halagos ni el cariño. Aprende a decir simplemente “gracias”. Y como se dice en mi casa «gracias y en mi casa todos»

    4. Tu valor no se mide por tu productividad.
    Incluso en pausa, sigues siendo suficiente.

    5. Rodéate de personas que te vean de verdad.
    Donde no tengas que explicar constantemente quién eres.

    6. Háblate bonito.
    Trátate como tratarías a alguien que amas: con ternura, con paciencia, con respeto.

    7. Pide y acepta ayuda.
    No te hace valer menos; nunca sabes cuánto puede cambiar tu vida si te lo permites.

    En todo este proceso he aprendido y sigo aprendiendo, que no he perdido nada, que en realidad gané.

    • Gané saber que valgo solo por existir.
    • Gané a las personas correctas, aunque sean pocas.
    • Gané la libertad de no tener que demostrar nada.
    • Gané entender que soy real, imperfecta y que la perfección no es una opción. Ser mejor sí.


    Y como ya lo había dicho antes: he sido muchas versiones de mí misma y hoy elijo ser la más honesta conmigo misma.

    Así que reconfirmo que soy (y somos) mucho más que un solo fragmento, soy un increíble conjunto de calamidades, aciertos, errores, bondad y un ligero toque de maldad 🤭.

    Que lo único que ocupamos es recordar que existen los otros fragmentos y desfragmentarnos, es decir encontrar todos los pedacitos rotos y volver a unirnos.

    Como dijo Carl Sagan… Somos tan increíbles y completos como el universo.

    Somos polvo de estrellas

    Ah y …

    Quizá no siempre me sienta completa, pero ahora sé que incluso en pedazos sigo siendo suficiente.


    Gracias como siempre por ser parte de esto, por comentar, darle me gusta, suscribirse, echarme porras, por darme la confianza de seguir haciéndolo.

    Gracias sin duda, por todo y por tanto

    Y ojalá siempre, siempre se sientan completos y se permitan sentir que pertenecen.

    Un abrazo con mucho cariño.

    María 📚🍀✨🦋

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  • Entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos ser.

    O como dijeran en mi pueblo: ¡pueque sí, pueque no!


    Creo que la mayoría de nosotros crecimos con la idea de que todo debe estar definido y vivimos en una época que ama definirlo todo. Aun aquellos que dicen que no quieren etiquetas suelen hacerlo; si no, dense una vuelta por el mágico mundo de las nuevas palabras. Solemos buscar que todo encaje en algo, que todo tenga un motivo, una razón, un porqué, un para qué y hasta un “por cuándo”.

    Hemos vivido etiquetados.
    Aunque las nuevas generaciones intentan liberarse de ellas y los encasillamientos, al final creo que eso es casi imposible.

    Necesitamos ponerle nombre a las cosas, por el simple hecho de poder comunicarnos. Por ejemplo: Yo me llamo María (por cierto me gusta mucho mi nombre completo, esa etiqueta me agrada). Sin duda, es necesario para identificarnos y tener una identidad propia.

    Pero… —sí, aquí va mi palabra favorita 🙄— … ¿qué sucede cuando esa etiqueta termina generándonos un conflicto de identidad? ¿Una carga emocional? O, peor aún, cuando nos mete en una caja de la que ya no hay poder humano que nos saque. Y si la etiqueta es “mala”, todavía peor.

    Déjenme se los planteo de otra forma. Dijera Nilda Chiaraviglio (si no la conocen, les recomiendo seguirla; es una terapeuta muy buena):

    “El ‘soy’… es una jaula que nos limita y no nos permite evolucionar.”


    No se preocupen, lo explico mejor.
    Cuando uno conoce a alguien, normalmente le pone una etiqueta: “es buena persona”, “es trabajadora”, “es guapo”, “es amable”, “es insoportable”.
    Y también están las que nos ponemos a nosotros mismos: “soy buena”, “soy inteligente”, “soy lento”, “soy inestable”.

    Todas esas etiquetas, sobre todo las «buenas» son grilletes que nos atan a un comportamiento. Y cuando no lo cumplimos, se genera un conflicto terrible.

    Por ejemplo: “X es muy buena persona”, pero el día que no se comporta así, ¡ardió Troya!
    “Ella siempre me ha ayudado”, y cuando no lo hace, se cae del pedestal donde la teníamos… y santo madrazo que se da.

    Así que se vuelve casi una aberración pensar en cometer un error y no estar dentro de la jaula del puntual, la obediente, el responsable.

    O cuando la etiqueta es «mala»  pareciera que nos da permiso de seguir siendo malos o comportarnos de manera incorrecta, al cabo ya no tiene uno de otra más «que ser así».

    Sin duda, encasillarnos no nos permite mostrar nuestra mejor versión.


    Seguro conoces a alguien que consideras muy «bueno» y que, aún así, hay quienes piensan que es terrible como persona. Y si alguna vez se equivocó, probablemente ya quedó marcado por ello.

    O peor aún, ¿cuántas veces hemos dicho o escuchado “la persona que más amé (padres, pareja, amigos, familia) es la que más daño me hizo”?

    No estoy tratando de restarle responsabilidad a la otra persona por su comportamiento. Estoy diciendo que las etiquetas de “es” o “soy” son las que hacen más duro el asunto… o más honda la herida.

    Y no sólo tiene que ver con las etiquetas a las personas, también con lo que sucede:
    “a mí siempre me va mal”,
    “Dios me está castigando”,

    «Todo está mal»,
    “Es el karma de mis ancestros”.

    Queremos que todo tenga definición, un nombre, un apellido, un porqué y una razón de ser.

    Deseamos que todo tenga una explicación lógica y un solo matiz:
    si es malo, tiene que ser negro; si es bueno, tiene que ser blanco.

    Pero no todo debe ser así. Aún dentro de algo que salió muy bien, habrá un pedacito que no salió perfecto. O dentro de un hecho malo, siempre habrá destellos de algo bueno. Yo sé de varios momentos —muchos, para ser exacta— donde todo parecía terrible y, aun así, hubo cosas maravillosas que sucedieron.


    Por ejemplo, una pareja se conoció en un choque y terminaron siendo novios, o un compañero que fue recomendado por alguien con quien antes había tenido problemas… y aun así, lo ayudó.

    ¿Te cuento una historia?

    La parábola del granjero chino


    La escuché hace poco y me gustó; creo que es un buen ejemplo de cómo esperamos que todo sea o bueno o malo. Aquí va…

    Había una vez un campesino chino que tenía un caballo.
    Todos los vecinos le decían:
    —Qué suertudo eres, tener un caballo para jalar tu carruaje.
    Y él respondía:
    —Tal vez.

    Un día no cerró bien la puerta y el caballo se escapó.
    Los vecinos dijeron:
    —Qué lástima.
    Y él contestó:
    —Tal vez.

    Al día siguiente, el caballo regresó con siete caballos salvajes.
    Los vecinos exclamaron:
    —¡Vaya, qué bien!
    Y él dijo:
    —Tal vez.

    Después, su hijo intentó domar a uno de los caballos, cayó y se rompió la pierna.
    Los vecinos lamentaron:
    —Qué mala suerte.
    Y el granjero repitió:
    —Tal vez.

    Al día siguiente, los oficiales vinieron a reclutar jóvenes para el ejército, pero rechazaron al hijo porque tenía la pierna rota.
    Los vecinos celebraron:
    —¡Qué buena suerte!
    Y él dijo:
    —Tal vez.

    ◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍

    Como verás, todo depende del cristal con que veamos las cosas.
    Nada garantiza que algo “malo” sea tan malo, ni que algo “bueno” sea tan bueno.

    Esperar que todo sea siempre bueno y querer cumplir con las etiquetas y las expectativas que nos hemos puesto o que hemos permitido que nos pongan, sin siquiera entender bien por qué lo hicimos, es muy agotador.

    Pero,  ¿cómo podemos cambiar ésto?

    Podemos empezar por entender lo que dice una de mis frases favoritas.

    No hay gente buena o mala, sólo personas haciendo cosas buenas o malas.

    Y a partir de ahí, a cada etiqueta de nosotros o de las personas que conocemos o cosas que nos sucedan agregarle un “tal vez”, un “quizá”, un “a veces” o un “casi siempre”, si nos sentimos muy seguros de ello. Eso nos permitirá seguir creciendo y avanzando, sin tanto dolor:

    Eres guapo o guapa.-  Gracias, a veces… sobre todo cuando me peino (cosa que, por cierto, yo no hago muy seguido 🫣).
    ¿Eres inteligente? .-  Casi siempre.
    Eres muy peleonera.- A veces, sobre todo si no he comido.

    ¿Todo está saliendo mal? Tal vez… pero de esto saldrá algo grandioso.
    ¿Todo está saliendo muy bien? Qué bueno, solo no olvidemos cuidar los detalles para evitar complicaciones.

    O como dijeran por ahí. ¿Quién eres?, pues todo depende de quién pregunte.

    Con todo esto no estoy diciendo que no hay que esperar nada bueno o ir por la vida sin definirnos, no. Hablo de que ese SOY no termine convirtiendo en insoportable nuestra vida.

    Y tampoco les estoy dando un pretexto para no seguir intentando ser mejores con el «tal vez» o «el a veces»;  al contrario, les pido que quitemos el “siempre soy” para poder evolucionar.


    El “soy buena”, por el “puedo ser excelente”.
    El “ soy quien ayuda”, por el “poder ser servicial”.

    Ah, y sobre todo, quitar el “yo soy así… y ni modo”: ay, no, eso es para mediocres. Es como confirmar que no podemos ser algo mejor, que no hay una mejor versión de nosotros.


    No se trata de fingir, no intentar o no creer.
    Se trata de confiar, insistir y crear una mejor historia, siendo muy conscientes de que no somos perfectos, que podemos equivocarnos y que las cosas “tal vez” salgan mal pero que también pueden salir muy bien… lo que sí, es que siempre debemos hacerlas lo mejor posible y, sin duda, el resultado será genial y para nuestro mayor bien.

    Porque cada cosa que nos suceda, si no nos trae alegría, nos traerá enseñanza y eso es genial.

    Recuerda: No somos perfectos, pero somos perfectibles.
    Y eso es una gran bendición. Estamos en constante evolución.
    Además, siempre, siempre… podemos ser mejores.

    Así que, a partir de ahora, seré consciente de que he sido muchas versiones,
    pero hoy elijo ser la más honesta de ellas. 🌿



    Gracias, como siempre, por seguir aquí, por seguir leyéndome, por compartir lo que escribo y por “casi siempre” gustarles lo que hago.

    La mayor de las suertes y muchas bendiciones. Que todo llegue con facilidad, gloria y gozo (aún lo malo).

    No olvides suscribirte, compartir, dejar un comentario o la forma que tú elijas para decirme que sigues por aquí.
    Gracias, gracias, gracias

    Nos vemos en la próxima…
    Con cariño,

    María 📚✨🍀❤️

    .

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  • No todos los héroes rescatan; algunos solo se quedan y escuchan.

    Dijera RBD: “Sálvame de la soledad, sálvame del hastío, sálvame de la oscuridad, no me dejes caer jamás.” 🎵🎶

    Y yo, hasta hace poco, creía que así debía ser. Que uno tenía que andar por ahí salvando personas…  que, en algún punto, alguien llegaría a salvarme. O que, al menos, no me dejarían ahogarme. Casi casi un superhéroe. No, si hay ocasiones que digo cada barbaridad y tengo exceso de egocentrismo. Si, porque creer que podemos salvar a otros es ego puro, que maquillamos con solidaridad.

    Pero descubrí hace poco el lado correcto de este tema —o eso creo— que eso de salvarle, salvarme o salvarnos – o la conjugación que desees-, no es posible, ni nadie vendrá a rescatarte ni a nadar por ti.

    Así que aquí va mi primer aprendizaje de todo esto:
    👉🏽 No podemos salvar a nadie. Ni nadie nos salvará. Porque la palabra correcta no es salvar es… Acompañar.

    Lo realmente valioso es cuando alguien está, no para salvarte, sino como compañía para distraerte un rato del caos que se vuelve la vida cuando estás intentando salvarte a ti mismx.

    Parece simple, pero es mucho más complejo de lo que suena. Ese punto medio entre “no salvar” pero tampoco “dejar que se ahogue” es una locura… ¿a poco no?
    Solo de leerlo, ya se siente complicado.

    El reto está en entender que nos necesitamos, que no estamos hechos para sobrevivir solos. Y que tener una red de apoyo —de años o nueva, pequeña o enorme— puede hacer mucho más llevadero el camino hacia la salida.

    Y por eso quiero compartirte tres formas reales de acompañar —ya sea a alguien con depresión, un duelo o simplemente en una temporada difícil:

    1. No quieras ser luz de inmediato, sé presencia:
    Nadie cambia en un instante, aunque llegues con toda la buena vibra del mundo. Todo tiene su tiempo.
    Quédate sin juicio, sin prisa. No todos sanamos al mismo ritmo.
    Recuerda: no arregles, solo acompaña mientras se rearma.

    2. Escucha sin rescatar:
    Por favor, evita frases como: “Mira todas las bendiciones que tienes”, “tú puedes con todo”, “sé fuerte.”
    A veces, los momentos oscuros empañan los cristales con los que se mira el mundo.
    En vez de intentar animar, pregunta:
    ✨ ¿Cómo te sientes hoy?
    ✨ ¿Puedo hacer algo por ti?

    3. Haz que sienta que sigue perteneciendo:
    Uno de los efectos más crueles de la depresión (o de cualquier caída) es hacerte creer que ya no mereces cariño.
    Hazle saber que no tiene que ser feliz ni exitoso para ser querido.
    Tu presencia puede recordarle que sigue importando.

    Estas acciones parecen pequeñas, pero pueden marcar una gran diferencia.

    Y ahora, te comparto el segundo aprendizaje que es igual de importante:
    💫 Cuida tu propia luz y tu energía.
    Acompañar también cansa. Puede ser absorbente.

    Recuerda: no puedes dar luz si te apagas tú.
    Respira. Escribe. Date espacio. Habla con alguien de confianza. Ora o medita.


    Amar también es poner límites desde la compasión.

    ~~•~~

    Te voy a contar una historia que acabo de escuchar:

    Llega un hombre al cielo y lo recibe un ángel. El ángel lo mira con extrañeza y le pregunta:

    —¿Qué haces aquí? Tú no estás en la lista.

    El hombre, confundido, responde:
    —¿Cómo que no? ¡Si yo siempre he sido bueno y he ayudado a muchos!

    —A ver, cuéntame algún ejemplo —dice el ángel.

    —Bueno, en una ocasión un grupo de motociclistas estaba molestando a una chica. Yo me bajé del coche y les dije que la dejaran en paz. Me gritaron que me fuera, pero no lo hice. Los enfrenté, golpeé a uno de ellos y les advertí: “¡Déjenla tranquila y váyanse! ¡No saben con quién se están metiendo!”

    El ángel, impresionado, le responde:
    —¡Wow! Eso suena muy valiente. ¿Y cuándo fue eso?

    —Hace unos instantes —dice el hombre.

    ~~•~~•~~•~~

    Por eso debemos elegir bien que hacer y a quien ayudar. No estoy diciendo que no lo hagamos, al contrario hay que hacerlo siempre, sólo hay que hacer una ayuda más inteligente. Recordemos que no todos quieren o necesitan de nosotros, y eso también está bien. Elige bien a quién acompañas y confía en el proceso.

    Siempre podemos ser una luz esperanzadora para quien está pasando una noche oscura y confirmarles que no es el final, aunque a veces parezcan eternas.
    A veces son el útero donde el alma renace.

    Sostén el espacio —sin urgencia, sin miedo— hasta que la otra persona pueda volver a sostenerse sola.

    Así que, si algún día alguien te pide que lo salves, no te lances al mar: siéntate a su lado en la orilla y quédate a apoyarlo. A veces, el simple acto de acompañar es el milagro que el alma necesitaba.

    Y agradece la enorme bendición que la vida te da al permitirte acompañar a alguien.

    Agradecer y acompañar siempre seran hermosas formas de reconciliarse con la vida

    Quizá algún día digas o te digan:

    Y cuando ya no podía más, alguien se quedó. Y eso bastó.


    Gracias como siempre por leerme, por compartir, por permitirme llegar a más personas, gracias infinitas por ser y estar.

    Muchas bendiciones y ojalá, puedan ser el compañero o compañera de apoyo, de alguien que requiera ser acompañado. Gracias si lo haces.

    Te mando un abrazo grande y mis mejores deseos siempre. Con mucho cariño y luz…

    María ❤️📚💫🍀



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  • Todos merecemos un aplauso de pie por lo menos una vez en la vida

    Esta frase es del libro (y la película) Wonder. Y es muy cierta, todos deberíamos recibir el reconocimiento por lo que hacemos. No necesitamos haber descubierto la cura para una enfermedad extraña, ni haber ido al espacio, ni llenado estadios o conciertos.

    Nuestras luchas diarias, nuestros pequeños logros por ser mejores o, incluso, el simple hecho de levantarnos de la cama cuando pesa la tristeza o el miedo, son batallas que realmente merecen un aplauso de pie. Y sería genial que así fuera.

    Pero no es así y desafortunadamente no lo será. Y aquí es donde inicia el verdadero problema: no en esperar un aplauso, si no en buscarlo tanto que terminamos creyendo que lo que hacemos, solo tiene valor si alguien más lo aplaude o lo reconoce.

    No me malinterpreten: no digo que no merezcamos retribución o reconocimiento por lo que hacemos. Lo grave es hacerlo solo por eso, porque entonces viviremos frustrados y tristes cada vez que alguien no note nuestras enormes batallas o esfuerzos.

    Vivimos en la era del like y la instantaneidad. Y pareciera que todo lo que hacemos debe ser visto, validado y aplaudido. Entre más likes tengamos (= a aplausos), más exitosos parecemos… pero a veces más vacíos nos sentimos.

    A mi generación —y a las anteriores— se nos enseñó que «Santo que no es visto, santo que no es adorado». Es decir, todo debía notarse; teníamos que triunfar y ser buenos, sin importar el costo, todo por un aplauso (hoy un like). Ahora las nuevas generaciones, cargan con ello y además con la inmediatez, esa combinación es complicadísima. Terminamos olvidando lo importante, por lo que se nota y lo momentáneo.

    Te cuento una historia cortita

    Una mujer muere y, al llegar al cielo, le pide a San Pedro regresar al mundo.
    —Soy una gran doctora —dice—. La Tierra me necesita, estoy a punto de descubrir la cura para algo importante. ¿Cómo podría morir justo ahora?

    San Pedro le responde:
    —Cumpliré tu deseo de regresar con una sola condición. Dime, ¿quién eres?

    —Sencillo —responde ella—. Soy Elena.
    —No, ese es tu nombre.
    —Soy una doctora exitosa que investiga una cura.
    —No, esa es tu profesión.
    —Soy hija, esposa y madre.
    —No, esa es tu familia.

    Después de varios intentos, frustrada, ella dice:
    —No sé, me rindo. Realmente no sé quién soy. Todo lo que digo son cosas que otros dicen que soy o papeles que desempeño.

    San Pedro le responde:
    —Entonces, ¿cómo quieres que te deje regresar si no sabes quién eres? Eso pasa cuando todo lo haces buscando una apariencia o un reconocimiento. Se te olvida ser tú, por ser exitosa, trabajadora, madre, hija… y terminas olvidando lo mejor de ti.

    Una pregunta para ti

    Si San Pedro te preguntara quién eres, ¿sabrías responderle?


    Pero no quién quieres ser para obtener un aplauso, sino quién realmente eres:
    esa buena amiga, ese hombre bondadoso, esa persona solidaria.

    ¿Qué don te regalaron que es tan increíble que no necesita aplausos?

    Otra forma de descubrirlo la menciona el psicólogo Walter Riso:

    De todo lo que haces, ¿qué pagarías por hacer?”
    Ahí está tu respuesta

    Eso que nos hace felices, que nos define y nos hace sonreír el corazón. ¿Qué es?.

    Y la pregunta más dura: eso que tanto sueñas y anhelas, ¿lo harías aunque nadie lo aplaudiera?

    Recuerda: No se trata de no buscar un aplauso, sino de reconocer nuestro valor y amarnos tal como somos, sin depender de el. Eso sí: cuando llegue, disfrútalo. Te lo mereces.

    Además, los aplausos no son tan malos… ya ves, José José los pedía para el amor ❤️

    ¿Cantamos?
    🎶 Pido un aplauso para el amor que a mí ha llegado,
    mil gracias por tanto y tanto amor… 🎶

    Bueno, mejor no.
    No es que cante mal, es que simplemente no se escucha muy bien 😅

    Así que mejor nos damos el aplauso nosotros mismos. Nos recordamos lo mucho que valemos y, cada vez que podamos, aplaudamos a quien lo merezca y lo necesite. Le hará mucho bien.

    El aplauso que uno se da, es el sonido más honesto de amor propio. Hazlo, sobre todo cuando las cosas parezcan insignificantes, ahí es cuando reconocerte a ti mismo marcará la diferencia.

    Y haz las cosas con mucha pasión, aunque creas que nadie lo nota, porque lo increíble llega cuando no esperamos nada a cambio… Cuando dejamos que la vida nos sorprenda.

    Así que nunca olvides …

    Cuando aprendes a aplaudirte sin público, el alma entiende que nunca le faltó escenario.


    Gracias como siempre por seguir aquí, leerme, suscribirse y compartir. Se los agradezco (y celebro) infinitamente  👏🏽.

    Gracias por todo y por tanto ❣️

    Y nos vemos en la próxima. Un abrazo grande y muchas bendiciones ✨. Con cariño…

    María ✨📚💕🍀

    .

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  • “Amarme a mí no significa olvidarme de ti.”

    Creemos que fortalecer el amor propio es ponernos siempre en primer lugar. Y sí, es bueno sanar y amarnos, pero cuidado: si solo nos ponemos de primero y nos olvidamos de los demás, corremos el riesgo de quedarnos solos.  Entonces, ¿Dónde está la línea entre amarme y ser egoísta?

    Debemos ser nuestra prioridad, sin duda. Ponernos atención a nosotros mismos nos permite resolver lo demás de mejor manera. Pero no olvides …

    Ama a tu prójimo como a ti mismo.

    Este es un mandamiento de la biblia y define muy claro, como debemos interactuar con los demas. No dice “más” ni “menos”, dice amarnos y cuidarnos como cuidaríamos a otros  y viceversa

    El amor propio no significa olvidarse del mundo. Dejemos de disfrazar el autocuidado con egolatría, el poner límites con transgredir y el narcisismo con empoderamiento. Como decía Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz.” O lo que es lo mismo: mi libertad termina donde empieza el daño a la tuya.

    Sanar es reconocer que nadie es perfecto y todos cometemos errores,  pero eso no nos da derecho a decir: “yo soy así» y no importarnos los demás. Somos seres sociales: necesitamos a otros, a nuestras personas importantes.

    Sé que puedes pensar: «algunos no han estado para mi», y tienes un muy buen punto, pero sanar es también aprender a no ser como ellos.

    No tenemos que hacer lo mismo que los demás. Como decía mi madre: “Si tus amigos se tiran de un puente, ¿vas tú detrás?” Pues no, verdad… (Tita, honestamente,  hay mucha probabilidad de que yo hubiera planeado aventarnos 🫣, tú hiciste una líder. 🤭)

    No todo el mundo tiene la capacidad de cuidar y sanar, y tampoco es obligación de nadie cuidar de otros. Nadie puede nadar por nosotros (lo platicamos antes). No estamos obligados ni somos responsables de la vida de los demás, pero sí debemos evitar que nuestras actitudes los dañen.

    Y no te preocupes por quién no quiera o no pueda estar, cuando llevamos un proceso sano de mejora, permite que las personas correctas lleguen a nuestra vida.

    Recuerda: si quieres mariposas en tu jardín, planta flores. Si dejas basura, llegarán moscas.

    Sanar no es elegir entre tú y los demás. Es ser consciente de ti y de lo que te rodea.

    En mi propio proceso he buscado como sanar sin afectar a otros y encontré algunos pasos que pudieran ayudar. Si me conoces y crees que no los he aplicado, ofrezco una disculpa de corazón. Lo estoy intentando.

    Te comparto lo que he encontrado en varios lados y espero que estos tips, puedan ser de utilidad para ti:

    1. Prioriza tu autocuidado, no el aislamiento: Dedica tiempo a tus necesidades (sueño, alimentación, ejercicio, terapia), pero mantén los canales de comunicación abiertos. Es bueno decir “Necesito una noche tranquila”, no “Voy a desaparecer sin avisar”.

    2. Establece límites claros y compasivos: Define qué necesitas y qué no tolerarás. Por ejemplo, “Necesito no hablar de este tema por ahora” o “ no tengo energía para una llamada”. Los límites protegen, no castigan.

    3. Asume tu responsabilidad, suelta la culpa a otros: Enfócate en lo que puedes controlar: tus reacciones y tu proceso. No culpes a otros por tu dolor.

    4. Comunica desde “yo”: Expresa tus sentimientos sin acusar. En lugar de “Tú siempre me haces sentir…”, di “Yo me siento triste cuando…” o “Necesito espacio para procesar esto.”

    5. Acude con profesionales: Un terapeuta es el lugar más seguro para desahogar emociones intensas sin sobrecargar a amigos o familiares.

    6. Se honesto sobre tu proceso, pero respeta la participación de otros: Comparte tu progreso o tus luchas, pero acepta que otros pueden no estar listos para acompañarte en cada paso.

    7. Practica la empatía: Recuerda que todos lidian con sus propias luchas. Tu proceso no anula la necesidad de ser amable con los demás. Tu dolor no puede invalidar el dolor de los demás.

    8. Pide perdón cuando te equivoques: Sanar incluye errores. Una disculpa sincera y el compromiso de mejorar fortalecen tus relaciones.

    9. No uses la sanación como excusa: No justifiques comportamientos hirientes diciendo “estoy sanando”. La sanación debe hacerte más consciente y amable, no al revés.

    10. Acepta que el cambio asusta a la gente: A medida que sanas, algunas relaciones cambian o se alejan. Es natural. Permite que los demás se ajusten a la nueva versión de ti.

    Sanar requiere valentía y es un acto de amor propio. Pero cuando se hace con conciencia, también se convierte en un acto de amor y sanación hacia quienes nos aman. Sanar es sembrar raíces, no levantar muros

    El verdadero amor propio no aísla, conecta; no separa, transforma.

    Tomar en cuenta a los demás, no es un tema de validación o de querer que nos amén, es responsabilidad afectiva, es respeto y solidaridad

    Así que no olvidemos: sanar no es elegir entre tú o los demás; es aprender a amarnos sin dejar de amar al mundo que nos rodea.


    Gracias … Totales. Por ser parte de este blog, por sus mensajes, por el apoyo, por suscribirse, por compartir y hacer que llegue a más personas. Deseo de todo corazón que pueda servirles.

    Gracias por todo y por tanto ❣️.

    Un abrazo grande con mucho cariño.

    María ✨📚💕🍀

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  • Haz que tus “te lo dije” sean la prueba de que todo salió bien.

    Hablemos con la verdad: ¿qué tal suena » te lo dije» cuando lo decimos?. Seamos honestos, aunque lo que hayamos dicho y se haya cumplido no sea tan bueno, en el fondo ¿qué sientes  decirlo?.

    Cuando se trata de los demás, no creo que esté tan mal que queramos que la gente entienda o aprenda algo a través de lo que le decimos.  Y si no lo aplica o no lo acepta, solemos reforzar lo que quisimos transmitir con un «te lo dije». Por cierto, decir ésto no sé si es correcto o no, de verdad no lo sé. Creo que tiene que ver con cada caso. Y bajo la conciencia de cada uno.

    Pero el meollo del asunto no está ahí. Ni es de lo que hoy quiero platicar. Lo importante está en el «te lo dije» que solemos decirnos a nosotros mismos. Santo Dios, ahí es donde está el verdadero problema. Solemos ser tan duros con nosotros que ese te lo dije normalmente va cargado de rencor y dolor. Y, casi siempre, viene acompañado de un adjetivo terrible: tonta, menso, bruto, sonsa… y otros que mejor no escribir.

    En este último año, confieso que ha sido una de mis frases favoritas hacia mí misma:
    Te lo dije, María: que no ibas a poder, que así no era porque no te iban a responder, que ya no te iban a hablar, que no lo ibas a lograr y muchos ejemplos más.

    He sido mi peor verdugo. Mis te lo dije ya sonaban en mí como si viniera de alguien que disfruta de hacer daño. Me hacían sentir terrible y se convertía en un círculo vicioso de fracaso y reclamo, que me hundía cada vez más.

    Pero, ¿por qué somos tan duros con nosotros mismos? ¿Por qué ese te lo dije tiene que sonar tan cruel, como si nos diera gusto confirmarlo, aunque lo que esté pasando sea doloroso?

    Parece que tenemos una programación extraña para esperar lo peor y, cuando sucede, nos encanta decir: te lo dije. Y si a eso le sumamos los puntos negativos que creemos que los demás piensan de nosotros —o que malinterpretamos de lo que dicen—, se convierte en una bomba mortal.

    Vaya manera de hacernos daño.

    María, vaya manera de hacerte daño.

    Pero hablemos de mi amigo íntimo al que le encanta decir esto… (redoble de tambores, por favor🥁): con ustedes… el ego.

    Mi psicóloga un día me dijo que el ego no es del todo malo. O sea, sí lo es… pero si lo entendemos y logramos controlarlo, no resulta tan dañino. Además, su función en el fondo no es mala: busca cuidarnos y proteger nuestras heridas de la infancia. El problema es que sus métodos son terribles y lo que termina logrando es que estemos peor.

    Por cierto, el ego no solamente esta relacionado con nuestra autoestima, ese que nos hace creernos mucho o ser arrogantes; también es quien dicta muchos de nuestros comportamientos. Según algunas vertientes de la psicología: Entiende el ego como la suma de nuestras vivencias y la interpretación de las mismas, un sistema de protección que surge desde los primeros momentos de la vida.

    Pero entre otras cosas, ¿Qué hace el ego? Bueno, nos enfrenta con posibles escenarios catastróficos y nos genera miedo para evitar revivir heridas como el abandono, el rechazo o la traición. Pero su método de defensa suele ser atacar o bloquear. Y si nos advierte que algo puede salir mal y finalmente sucede, se convierte en un ogro gigante que grita: ¡TE LO DIJE! Lo hace con la firme convicción de que aprendamos una lección… que muchas veces ni siquiera es cierta, y que además no necesitamos repetir.

    No odies a tu ego. Ya hemos platicado sobre nuestro lado oscuro: el tamaño de nuestra cruz es el tamaño de nuestra sombrahttps://elmundosegunmaria.com/2025/08/03/del-tamano-de-tu-cruz/.  Así que este «querido» (bueno, no tanto) amigo siempre estará ahí, porque forma parte de nosotros. No lo odies, sólo mantenlo controlado.

    ¿Fácil? No. Desafortunadamente no es fácil. Pero sí es posible, y sobre todo, muy necesario. Porque si dejamos que siga diciendo te lo dije desde la herida, terminará convirtiéndonos en personas muy infelices.

    Lo primero que debemos recordar es que el ego intenta protegernos —a su manera cavernícola, si quieren—, pero al interactuar con los demás suele protegernos de todo, menos de lo que realmente necesitamos.

    ¿Existe algún método real para calmarlo? Supongo que los terapeutas sí lo tienen. Ir con ellos siempre es una buena idea. No le tengas miedo a la terapia; no es sólo para «los rotos», su verdadera función es ayudarnos a crecer.

    Mientras decides qué camino tomar para trabajar tu ego, quiero compartirte lo que yo intento hacer y algunos tips que encontré al investigar sobre el tema:

    ⚙️Tips para calmar a tu ego y ya deje de decirte «te lo dije»… Dentro de lo mucho que hay en la red:

    1. Practica la autoconciencia
    Observa tus pensamientos y emociones sin juzgarlos. Cuando no entiendas tus reacciones, haz una pausa y pregúntate: ¿esto viene de mi ego o de una necesidad real?

    2. Aprende a escuchar activamente
    El ego suele querer hablar más que escuchar. Concéntrate en comprender lo que realmente está sucediendo.

    3. Acepta la crítica sin defenderte de inmediato
    Cuando alguien te dé retroalimentación, respira y analiza qué parte puede ser cierta. Separar la crítica constructiva del ataque personal te ayuda a crecer sin sentir que tu valor está en juego.

    4. Recuerda que no todo es personal
    Muchas veces el ego se activa porque interpretamos lo que otros dicen o hacen como un ataque. Recuérdalo: lo que dicen de mí habla más de ellos que de mí. (Amo esta frase).

    5. Cultiva la humildad activa
    Reconoce tus logros, pero también tus errores y áreas de mejora. Practica frases como: «no lo sé», «tienes razón» o «gracias por enseñarme esto».

    6. Separa tu valor personal de tus resultados
    Tu esencia no depende de tu trabajo, tu estatus o tu reconocimiento. Si fracasas en algo, eres alguien que aprendió, no alguien que «vale menos». (María haz cinco planas de ésto por favor 🫣).

    7. Trabaja la gratitud diaria
    El ego se centra en lo que falta. Agradecer lo que tienes y reconocer a quienes te rodean disminuye la necesidad de validación constante.

    8. Entrena la empatía
    Ponte en los zapatos de los demás. Pregúntate: ¿cómo se siente esta persona? ¿qué necesidad hay detrás de lo que dice o hace? Eso desplaza el foco del yo hacia el nosotros.

    9. Practica el desapego del control
    El ego quiere manejarlo todo. Aprende a aceptar que no siempre puedes controlar los resultados ni la opinión de los demás. Enfócate en lo que sí depende de ti.

    10. Medita o escribe
    La meditación ayuda a observar al ego sin identificarte con él. La escritura reflexiva te permite poner en papel tus pensamientos más «egoicos» y procesarlos desde una mirada externa. (Ya ven, aquí ando)

    No permitas que tu ego te siga diciendo te lo dije para marcar que la vida está mal o está en tu contra (¿me estás escuchando, María? 🤭). Permítete disfrutar de lo bueno, confiar en ti y crear una versión llena de amor y empoderamiento. Que tus te lo dije sean porque todo salió bien.

    Que ahora sean un Te lo dije: fue un gran día, un gran proyecto, un gran resultado.

    No es fácil, lo sé. Yo sigo sin asimilarlo del todo. No somos perfectos pero somos perfectibles: siempre estamos mejorando, si nos lo permitimos.

    Un día le pregunté a mi mamá:
    —¿Cómo se sale de todo esto que me está pasando?
    Y me respondió: «Un paso a la vez, pero sin dejar de avanzar».
    Y como siempre, Tita tiene mucha razón.

    Así que si tu ego se la ha pasado diciéndote te lo dije últimamente de manera negativa, no lo escuches y sigue avanzando. Un paso a la vez

    Te propongo algo: cada vez que tu ego quiera meterte miedo para que no hagas algo, dile: «Vas a ver», como si fuera una amenaza. Vas a ver que todo saldrá bien. Y demuéstrale que así es.

    Y aviéntate a vivir tu vida y tus sueños, aún con miedo, pero con mucho valor. Porque la valentía no es la ausencia de miedo, sino la fuerza para hacer las cosas aún con el.


    Por cierto, uno de los últimos «te lo dije» que mi ego me recalcó, fue por escribir:  María te lo dije que a la gente ya no le gusta leer y no te van a leer, es más ni les va a gustar. Pero uno es muy necia y amo hacer esto. Así, que como dice Catón (escritor Saltillense) mientras mis 5 lectores me lean, yo voy a seguir escribiendo.

    Gracias por la enorme bendición de que me permitan seguir haciéndolo. Gracias por el favor de su atención. Gracias por leerme, suscribirse y por compartir. Mil gracias.

    Gracias por todo y por tanto. ✨💕

    Nos vemos en la próxima. Un abrazo con mucho cariño…

    María ✨📚🍀💕

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