• No todos los héroes rescatan; algunos solo se quedan y escuchan.

    Dijera RBD: “Sálvame de la soledad, sálvame del hastío, sálvame de la oscuridad, no me dejes caer jamás.” 🎵🎶

    Y yo, hasta hace poco, creía que así debía ser. Que uno tenía que andar por ahí salvando personas…  que, en algún punto, alguien llegaría a salvarme. O que, al menos, no me dejarían ahogarme. Casi casi un superhéroe. No, si hay ocasiones que digo cada barbaridad y tengo exceso de egocentrismo. Si, porque creer que podemos salvar a otros es ego puro, que maquillamos con solidaridad.

    Pero descubrí hace poco el lado correcto de este tema —o eso creo— que eso de salvarle, salvarme o salvarnos – o la conjugación que desees-, no es posible, ni nadie vendrá a rescatarte ni a nadar por ti.

    Así que aquí va mi primer aprendizaje de todo esto:
    👉🏽 No podemos salvar a nadie. Ni nadie nos salvará. Porque la palabra correcta no es salvar es… Acompañar.

    Lo realmente valioso es cuando alguien está, no para salvarte, sino como compañía para distraerte un rato del caos que se vuelve la vida cuando estás intentando salvarte a ti mismx.

    Parece simple, pero es mucho más complejo de lo que suena. Ese punto medio entre “no salvar” pero tampoco “dejar que se ahogue” es una locura… ¿a poco no?
    Solo de leerlo, ya se siente complicado.

    El reto está en entender que nos necesitamos, que no estamos hechos para sobrevivir solos. Y que tener una red de apoyo —de años o nueva, pequeña o enorme— puede hacer mucho más llevadero el camino hacia la salida.

    Y por eso quiero compartirte tres formas reales de acompañar —ya sea a alguien con depresión, un duelo o simplemente en una temporada difícil:

    1. No quieras ser luz de inmediato, sé presencia:
    Nadie cambia en un instante, aunque llegues con toda la buena vibra del mundo. Todo tiene su tiempo.
    Quédate sin juicio, sin prisa. No todos sanamos al mismo ritmo.
    Recuerda: no arregles, solo acompaña mientras se rearma.

    2. Escucha sin rescatar:
    Por favor, evita frases como: “Mira todas las bendiciones que tienes”, “tú puedes con todo”, “sé fuerte.”
    A veces, los momentos oscuros empañan los cristales con los que se mira el mundo.
    En vez de intentar animar, pregunta:
    ✨ ¿Cómo te sientes hoy?
    ✨ ¿Puedo hacer algo por ti?

    3. Haz que sienta que sigue perteneciendo:
    Uno de los efectos más crueles de la depresión (o de cualquier caída) es hacerte creer que ya no mereces cariño.
    Hazle saber que no tiene que ser feliz ni exitoso para ser querido.
    Tu presencia puede recordarle que sigue importando.

    Estas acciones parecen pequeñas, pero pueden marcar una gran diferencia.

    Y ahora, te comparto el segundo aprendizaje que es igual de importante:
    💫 Cuida tu propia luz y tu energía.
    Acompañar también cansa. Puede ser absorbente.

    Recuerda: no puedes dar luz si te apagas tú.
    Respira. Escribe. Date espacio. Habla con alguien de confianza. Ora o medita.


    Amar también es poner límites desde la compasión.

    ~~•~~

    Te voy a contar una historia que acabo de escuchar:

    Llega un hombre al cielo y lo recibe un ángel. El ángel lo mira con extrañeza y le pregunta:

    —¿Qué haces aquí? Tú no estás en la lista.

    El hombre, confundido, responde:
    —¿Cómo que no? ¡Si yo siempre he sido bueno y he ayudado a muchos!

    —A ver, cuéntame algún ejemplo —dice el ángel.

    —Bueno, en una ocasión un grupo de motociclistas estaba molestando a una chica. Yo me bajé del coche y les dije que la dejaran en paz. Me gritaron que me fuera, pero no lo hice. Los enfrenté, golpeé a uno de ellos y les advertí: “¡Déjenla tranquila y váyanse! ¡No saben con quién se están metiendo!”

    El ángel, impresionado, le responde:
    —¡Wow! Eso suena muy valiente. ¿Y cuándo fue eso?

    —Hace unos instantes —dice el hombre.

    ~~•~~•~~•~~

    Por eso debemos elegir bien que hacer y a quien ayudar. No estoy diciendo que no lo hagamos, al contrario hay que hacerlo siempre, sólo hay que hacer una ayuda más inteligente. Recordemos que no todos quieren o necesitan de nosotros, y eso también está bien. Elige bien a quién acompañas y confía en el proceso.

    Siempre podemos ser una luz esperanzadora para quien está pasando una noche oscura y confirmarles que no es el final, aunque a veces parezcan eternas.
    A veces son el útero donde el alma renace.

    Sostén el espacio —sin urgencia, sin miedo— hasta que la otra persona pueda volver a sostenerse sola.

    Así que, si algún día alguien te pide que lo salves, no te lances al mar: siéntate a su lado en la orilla y quédate a apoyarlo. A veces, el simple acto de acompañar es el milagro que el alma necesitaba.

    Y agradece la enorme bendición que la vida te da al permitirte acompañar a alguien.

    Agradecer y acompañar siempre seran hermosas formas de reconciliarse con la vida

    Quizá algún día digas o te digan:

    Y cuando ya no podía más, alguien se quedó. Y eso bastó.


    Gracias como siempre por leerme, por compartir, por permitirme llegar a más personas, gracias infinitas por ser y estar.

    Muchas bendiciones y ojalá, puedan ser el compañero o compañera de apoyo, de alguien que requiera ser acompañado. Gracias si lo haces.

    Te mando un abrazo grande y mis mejores deseos siempre. Con mucho cariño y luz…

    María ❤️📚💫🍀



    No olvides seguirme también en redes sociales , por favor 🙏

  • Todos merecemos un aplauso de pie por lo menos una vez en la vida

    Esta frase es del libro (y la película) Wonder. Y es muy cierta, todos deberíamos recibir el reconocimiento por lo que hacemos. No necesitamos haber descubierto la cura para una enfermedad extraña, ni haber ido al espacio, ni llenado estadios o conciertos.

    Nuestras luchas diarias, nuestros pequeños logros por ser mejores o, incluso, el simple hecho de levantarnos de la cama cuando pesa la tristeza o el miedo, son batallas que realmente merecen un aplauso de pie. Y sería genial que así fuera.

    Pero no es así y desafortunadamente no lo será. Y aquí es donde inicia el verdadero problema: no en esperar un aplauso, si no en buscarlo tanto que terminamos creyendo que lo que hacemos, solo tiene valor si alguien más lo aplaude o lo reconoce.

    No me malinterpreten: no digo que no merezcamos retribución o reconocimiento por lo que hacemos. Lo grave es hacerlo solo por eso, porque entonces viviremos frustrados y tristes cada vez que alguien no note nuestras enormes batallas o esfuerzos.

    Vivimos en la era del like y la instantaneidad. Y pareciera que todo lo que hacemos debe ser visto, validado y aplaudido. Entre más likes tengamos (= a aplausos), más exitosos parecemos… pero a veces más vacíos nos sentimos.

    A mi generación —y a las anteriores— se nos enseñó que «Santo que no es visto, santo que no es adorado». Es decir, todo debía notarse; teníamos que triunfar y ser buenos, sin importar el costo, todo por un aplauso (hoy un like). Ahora las nuevas generaciones, cargan con ello y además con la inmediatez, esa combinación es complicadísima. Terminamos olvidando lo importante, por lo que se nota y lo momentáneo.

    Te cuento una historia cortita

    Una mujer muere y, al llegar al cielo, le pide a San Pedro regresar al mundo.
    —Soy una gran doctora —dice—. La Tierra me necesita, estoy a punto de descubrir la cura para algo importante. ¿Cómo podría morir justo ahora?

    San Pedro le responde:
    —Cumpliré tu deseo de regresar con una sola condición. Dime, ¿quién eres?

    —Sencillo —responde ella—. Soy Elena.
    —No, ese es tu nombre.
    —Soy una doctora exitosa que investiga una cura.
    —No, esa es tu profesión.
    —Soy hija, esposa y madre.
    —No, esa es tu familia.

    Después de varios intentos, frustrada, ella dice:
    —No sé, me rindo. Realmente no sé quién soy. Todo lo que digo son cosas que otros dicen que soy o papeles que desempeño.

    San Pedro le responde:
    —Entonces, ¿cómo quieres que te deje regresar si no sabes quién eres? Eso pasa cuando todo lo haces buscando una apariencia o un reconocimiento. Se te olvida ser tú, por ser exitosa, trabajadora, madre, hija… y terminas olvidando lo mejor de ti.

    Una pregunta para ti

    Si San Pedro te preguntara quién eres, ¿sabrías responderle?


    Pero no quién quieres ser para obtener un aplauso, sino quién realmente eres:
    esa buena amiga, ese hombre bondadoso, esa persona solidaria.

    ¿Qué don te regalaron que es tan increíble que no necesita aplausos?

    Otra forma de descubrirlo la menciona el psicólogo Walter Riso:

    De todo lo que haces, ¿qué pagarías por hacer?”
    Ahí está tu respuesta

    Eso que nos hace felices, que nos define y nos hace sonreír el corazón. ¿Qué es?.

    Y la pregunta más dura: eso que tanto sueñas y anhelas, ¿lo harías aunque nadie lo aplaudiera?

    Recuerda: No se trata de no buscar un aplauso, sino de reconocer nuestro valor y amarnos tal como somos, sin depender de el. Eso sí: cuando llegue, disfrútalo. Te lo mereces.

    Además, los aplausos no son tan malos… ya ves, José José los pedía para el amor ❤️

    ¿Cantamos?
    🎶 Pido un aplauso para el amor que a mí ha llegado,
    mil gracias por tanto y tanto amor… 🎶

    Bueno, mejor no.
    No es que cante mal, es que simplemente no se escucha muy bien 😅

    Así que mejor nos damos el aplauso nosotros mismos. Nos recordamos lo mucho que valemos y, cada vez que podamos, aplaudamos a quien lo merezca y lo necesite. Le hará mucho bien.

    El aplauso que uno se da, es el sonido más honesto de amor propio. Hazlo, sobre todo cuando las cosas parezcan insignificantes, ahí es cuando reconocerte a ti mismo marcará la diferencia.

    Y haz las cosas con mucha pasión, aunque creas que nadie lo nota, porque lo increíble llega cuando no esperamos nada a cambio… Cuando dejamos que la vida nos sorprenda.

    Así que nunca olvides …

    Cuando aprendes a aplaudirte sin público, el alma entiende que nunca le faltó escenario.


    Gracias como siempre por seguir aquí, leerme, suscribirse y compartir. Se los agradezco (y celebro) infinitamente  👏🏽.

    Gracias por todo y por tanto ❣️

    Y nos vemos en la próxima. Un abrazo grande y muchas bendiciones ✨. Con cariño…

    María ✨📚💕🍀

    .

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • “Amarme a mí no significa olvidarme de ti.”

    Creemos que fortalecer el amor propio es ponernos siempre en primer lugar. Y sí, es bueno sanar y amarnos, pero cuidado: si solo nos ponemos de primero y nos olvidamos de los demás, corremos el riesgo de quedarnos solos.  Entonces, ¿Dónde está la línea entre amarme y ser egoísta?

    Debemos ser nuestra prioridad, sin duda. Ponernos atención a nosotros mismos nos permite resolver lo demás de mejor manera. Pero no olvides …

    Ama a tu prójimo como a ti mismo.

    Este es un mandamiento de la biblia y define muy claro, como debemos interactuar con los demas. No dice “más” ni “menos”, dice amarnos y cuidarnos como cuidaríamos a otros  y viceversa

    El amor propio no significa olvidarse del mundo. Dejemos de disfrazar el autocuidado con egolatría, el poner límites con transgredir y el narcisismo con empoderamiento. Como decía Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz.” O lo que es lo mismo: mi libertad termina donde empieza el daño a la tuya.

    Sanar es reconocer que nadie es perfecto y todos cometemos errores,  pero eso no nos da derecho a decir: “yo soy así» y no importarnos los demás. Somos seres sociales: necesitamos a otros, a nuestras personas importantes.

    Sé que puedes pensar: «algunos no han estado para mi», y tienes un muy buen punto, pero sanar es también aprender a no ser como ellos.

    No tenemos que hacer lo mismo que los demás. Como decía mi madre: “Si tus amigos se tiran de un puente, ¿vas tú detrás?” Pues no, verdad… (Tita, honestamente,  hay mucha probabilidad de que yo hubiera planeado aventarnos 🫣, tú hiciste una líder. 🤭)

    No todo el mundo tiene la capacidad de cuidar y sanar, y tampoco es obligación de nadie cuidar de otros. Nadie puede nadar por nosotros (lo platicamos antes). No estamos obligados ni somos responsables de la vida de los demás, pero sí debemos evitar que nuestras actitudes los dañen.

    Y no te preocupes por quién no quiera o no pueda estar, cuando llevamos un proceso sano de mejora, permite que las personas correctas lleguen a nuestra vida.

    Recuerda: si quieres mariposas en tu jardín, planta flores. Si dejas basura, llegarán moscas.

    Sanar no es elegir entre tú y los demás. Es ser consciente de ti y de lo que te rodea.

    En mi propio proceso he buscado como sanar sin afectar a otros y encontré algunos pasos que pudieran ayudar. Si me conoces y crees que no los he aplicado, ofrezco una disculpa de corazón. Lo estoy intentando.

    Te comparto lo que he encontrado en varios lados y espero que estos tips, puedan ser de utilidad para ti:

    1. Prioriza tu autocuidado, no el aislamiento: Dedica tiempo a tus necesidades (sueño, alimentación, ejercicio, terapia), pero mantén los canales de comunicación abiertos. Es bueno decir “Necesito una noche tranquila”, no “Voy a desaparecer sin avisar”.

    2. Establece límites claros y compasivos: Define qué necesitas y qué no tolerarás. Por ejemplo, “Necesito no hablar de este tema por ahora” o “ no tengo energía para una llamada”. Los límites protegen, no castigan.

    3. Asume tu responsabilidad, suelta la culpa a otros: Enfócate en lo que puedes controlar: tus reacciones y tu proceso. No culpes a otros por tu dolor.

    4. Comunica desde “yo”: Expresa tus sentimientos sin acusar. En lugar de “Tú siempre me haces sentir…”, di “Yo me siento triste cuando…” o “Necesito espacio para procesar esto.”

    5. Acude con profesionales: Un terapeuta es el lugar más seguro para desahogar emociones intensas sin sobrecargar a amigos o familiares.

    6. Se honesto sobre tu proceso, pero respeta la participación de otros: Comparte tu progreso o tus luchas, pero acepta que otros pueden no estar listos para acompañarte en cada paso.

    7. Practica la empatía: Recuerda que todos lidian con sus propias luchas. Tu proceso no anula la necesidad de ser amable con los demás. Tu dolor no puede invalidar el dolor de los demás.

    8. Pide perdón cuando te equivoques: Sanar incluye errores. Una disculpa sincera y el compromiso de mejorar fortalecen tus relaciones.

    9. No uses la sanación como excusa: No justifiques comportamientos hirientes diciendo “estoy sanando”. La sanación debe hacerte más consciente y amable, no al revés.

    10. Acepta que el cambio asusta a la gente: A medida que sanas, algunas relaciones cambian o se alejan. Es natural. Permite que los demás se ajusten a la nueva versión de ti.

    Sanar requiere valentía y es un acto de amor propio. Pero cuando se hace con conciencia, también se convierte en un acto de amor y sanación hacia quienes nos aman. Sanar es sembrar raíces, no levantar muros

    El verdadero amor propio no aísla, conecta; no separa, transforma.

    Tomar en cuenta a los demás, no es un tema de validación o de querer que nos amén, es responsabilidad afectiva, es respeto y solidaridad

    Así que no olvidemos: sanar no es elegir entre tú o los demás; es aprender a amarnos sin dejar de amar al mundo que nos rodea.


    Gracias … Totales. Por ser parte de este blog, por sus mensajes, por el apoyo, por suscribirse, por compartir y hacer que llegue a más personas. Deseo de todo corazón que pueda servirles.

    Gracias por todo y por tanto ❣️.

    Un abrazo grande con mucho cariño.

    María ✨📚💕🍀

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Haz que tus “te lo dije” sean la prueba de que todo salió bien.

    Hablemos con la verdad: ¿qué tal suena » te lo dije» cuando lo decimos?. Seamos honestos, aunque lo que hayamos dicho y se haya cumplido no sea tan bueno, en el fondo ¿qué sientes  decirlo?.

    Cuando se trata de los demás, no creo que esté tan mal que queramos que la gente entienda o aprenda algo a través de lo que le decimos.  Y si no lo aplica o no lo acepta, solemos reforzar lo que quisimos transmitir con un «te lo dije». Por cierto, decir ésto no sé si es correcto o no, de verdad no lo sé. Creo que tiene que ver con cada caso. Y bajo la conciencia de cada uno.

    Pero el meollo del asunto no está ahí. Ni es de lo que hoy quiero platicar. Lo importante está en el «te lo dije» que solemos decirnos a nosotros mismos. Santo Dios, ahí es donde está el verdadero problema. Solemos ser tan duros con nosotros que ese te lo dije normalmente va cargado de rencor y dolor. Y, casi siempre, viene acompañado de un adjetivo terrible: tonta, menso, bruto, sonsa… y otros que mejor no escribir.

    En este último año, confieso que ha sido una de mis frases favoritas hacia mí misma:
    Te lo dije, María: que no ibas a poder, que así no era porque no te iban a responder, que ya no te iban a hablar, que no lo ibas a lograr y muchos ejemplos más.

    He sido mi peor verdugo. Mis te lo dije ya sonaban en mí como si viniera de alguien que disfruta de hacer daño. Me hacían sentir terrible y se convertía en un círculo vicioso de fracaso y reclamo, que me hundía cada vez más.

    Pero, ¿por qué somos tan duros con nosotros mismos? ¿Por qué ese te lo dije tiene que sonar tan cruel, como si nos diera gusto confirmarlo, aunque lo que esté pasando sea doloroso?

    Parece que tenemos una programación extraña para esperar lo peor y, cuando sucede, nos encanta decir: te lo dije. Y si a eso le sumamos los puntos negativos que creemos que los demás piensan de nosotros —o que malinterpretamos de lo que dicen—, se convierte en una bomba mortal.

    Vaya manera de hacernos daño.

    María, vaya manera de hacerte daño.

    Pero hablemos de mi amigo íntimo al que le encanta decir esto… (redoble de tambores, por favor🥁): con ustedes… el ego.

    Mi psicóloga un día me dijo que el ego no es del todo malo. O sea, sí lo es… pero si lo entendemos y logramos controlarlo, no resulta tan dañino. Además, su función en el fondo no es mala: busca cuidarnos y proteger nuestras heridas de la infancia. El problema es que sus métodos son terribles y lo que termina logrando es que estemos peor.

    Por cierto, el ego no solamente esta relacionado con nuestra autoestima, ese que nos hace creernos mucho o ser arrogantes; también es quien dicta muchos de nuestros comportamientos. Según algunas vertientes de la psicología: Entiende el ego como la suma de nuestras vivencias y la interpretación de las mismas, un sistema de protección que surge desde los primeros momentos de la vida.

    Pero entre otras cosas, ¿Qué hace el ego? Bueno, nos enfrenta con posibles escenarios catastróficos y nos genera miedo para evitar revivir heridas como el abandono, el rechazo o la traición. Pero su método de defensa suele ser atacar o bloquear. Y si nos advierte que algo puede salir mal y finalmente sucede, se convierte en un ogro gigante que grita: ¡TE LO DIJE! Lo hace con la firme convicción de que aprendamos una lección… que muchas veces ni siquiera es cierta, y que además no necesitamos repetir.

    No odies a tu ego. Ya hemos platicado sobre nuestro lado oscuro: el tamaño de nuestra cruz es el tamaño de nuestra sombrahttps://elmundosegunmaria.com/2025/08/03/del-tamano-de-tu-cruz/.  Así que este «querido» (bueno, no tanto) amigo siempre estará ahí, porque forma parte de nosotros. No lo odies, sólo mantenlo controlado.

    ¿Fácil? No. Desafortunadamente no es fácil. Pero sí es posible, y sobre todo, muy necesario. Porque si dejamos que siga diciendo te lo dije desde la herida, terminará convirtiéndonos en personas muy infelices.

    Lo primero que debemos recordar es que el ego intenta protegernos —a su manera cavernícola, si quieren—, pero al interactuar con los demás suele protegernos de todo, menos de lo que realmente necesitamos.

    ¿Existe algún método real para calmarlo? Supongo que los terapeutas sí lo tienen. Ir con ellos siempre es una buena idea. No le tengas miedo a la terapia; no es sólo para «los rotos», su verdadera función es ayudarnos a crecer.

    Mientras decides qué camino tomar para trabajar tu ego, quiero compartirte lo que yo intento hacer y algunos tips que encontré al investigar sobre el tema:

    ⚙️Tips para calmar a tu ego y ya deje de decirte «te lo dije»… Dentro de lo mucho que hay en la red:

    1. Practica la autoconciencia
    Observa tus pensamientos y emociones sin juzgarlos. Cuando no entiendas tus reacciones, haz una pausa y pregúntate: ¿esto viene de mi ego o de una necesidad real?

    2. Aprende a escuchar activamente
    El ego suele querer hablar más que escuchar. Concéntrate en comprender lo que realmente está sucediendo.

    3. Acepta la crítica sin defenderte de inmediato
    Cuando alguien te dé retroalimentación, respira y analiza qué parte puede ser cierta. Separar la crítica constructiva del ataque personal te ayuda a crecer sin sentir que tu valor está en juego.

    4. Recuerda que no todo es personal
    Muchas veces el ego se activa porque interpretamos lo que otros dicen o hacen como un ataque. Recuérdalo: lo que dicen de mí habla más de ellos que de mí. (Amo esta frase).

    5. Cultiva la humildad activa
    Reconoce tus logros, pero también tus errores y áreas de mejora. Practica frases como: «no lo sé», «tienes razón» o «gracias por enseñarme esto».

    6. Separa tu valor personal de tus resultados
    Tu esencia no depende de tu trabajo, tu estatus o tu reconocimiento. Si fracasas en algo, eres alguien que aprendió, no alguien que «vale menos». (María haz cinco planas de ésto por favor 🫣).

    7. Trabaja la gratitud diaria
    El ego se centra en lo que falta. Agradecer lo que tienes y reconocer a quienes te rodean disminuye la necesidad de validación constante.

    8. Entrena la empatía
    Ponte en los zapatos de los demás. Pregúntate: ¿cómo se siente esta persona? ¿qué necesidad hay detrás de lo que dice o hace? Eso desplaza el foco del yo hacia el nosotros.

    9. Practica el desapego del control
    El ego quiere manejarlo todo. Aprende a aceptar que no siempre puedes controlar los resultados ni la opinión de los demás. Enfócate en lo que sí depende de ti.

    10. Medita o escribe
    La meditación ayuda a observar al ego sin identificarte con él. La escritura reflexiva te permite poner en papel tus pensamientos más «egoicos» y procesarlos desde una mirada externa. (Ya ven, aquí ando)

    No permitas que tu ego te siga diciendo te lo dije para marcar que la vida está mal o está en tu contra (¿me estás escuchando, María? 🤭). Permítete disfrutar de lo bueno, confiar en ti y crear una versión llena de amor y empoderamiento. Que tus te lo dije sean porque todo salió bien.

    Que ahora sean un Te lo dije: fue un gran día, un gran proyecto, un gran resultado.

    No es fácil, lo sé. Yo sigo sin asimilarlo del todo. No somos perfectos pero somos perfectibles: siempre estamos mejorando, si nos lo permitimos.

    Un día le pregunté a mi mamá:
    —¿Cómo se sale de todo esto que me está pasando?
    Y me respondió: «Un paso a la vez, pero sin dejar de avanzar».
    Y como siempre, Tita tiene mucha razón.

    Así que si tu ego se la ha pasado diciéndote te lo dije últimamente de manera negativa, no lo escuches y sigue avanzando. Un paso a la vez

    Te propongo algo: cada vez que tu ego quiera meterte miedo para que no hagas algo, dile: «Vas a ver», como si fuera una amenaza. Vas a ver que todo saldrá bien. Y demuéstrale que así es.

    Y aviéntate a vivir tu vida y tus sueños, aún con miedo, pero con mucho valor. Porque la valentía no es la ausencia de miedo, sino la fuerza para hacer las cosas aún con el.


    Por cierto, uno de los últimos «te lo dije» que mi ego me recalcó, fue por escribir:  María te lo dije que a la gente ya no le gusta leer y no te van a leer, es más ni les va a gustar. Pero uno es muy necia y amo hacer esto. Así, que como dice Catón (escritor Saltillense) mientras mis 5 lectores me lean, yo voy a seguir escribiendo.

    Gracias por la enorme bendición de que me permitan seguir haciéndolo. Gracias por el favor de su atención. Gracias por leerme, suscribirse y por compartir. Mil gracias.

    Gracias por todo y por tanto. ✨💕

    Nos vemos en la próxima. Un abrazo con mucho cariño…

    María ✨📚🍀💕

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽✨.

  • El mar se calma… si no dejas de nadar.

    Hoy quiero contarte algo que me pasó hace unos días y que me dejó una gran enseñanza. Será un escrito corto, creo que no requiere mayor explicación, pero espero que al igual que a mi te permita ver la gran lección que me dejó.

    Platicando con alguien sobre una tercera persona que está atravesando una situación complicada, el contar sobre lo que ocurría era para buscar juntos alguna forma de ayudarle. Sin embargo, conforme le explicaba, sus sugerencias me parecían demasiado radicales, así que le dije:

    «No quieras que alguien que se está ahogando, aprenda a nadar en ese momento».

    Y me respondió: «¿Y qué quieres, que nade yo?»

    ¿Y qué creen?… Aunque dolió un poquito escucharlo, entendí que tenía razón. No podemos resolver todos los problemas de los demás, ni nadar por ellos. No podemos cargar con su historia ni intervenir a cierto nivel, porque estaríamos afectando su propio proceso de crecimiento y aprendizaje. Y esto incluye entender, que tampoco nadie lo puede hacer por nosotros.

    Pero el hecho de que no podamos responsabilizarnos o cambiar su camino, no significa que no podamos hacer nada. Hay mucho que sí está en nuestras manos:

    🔹Mandar un mensaje de aliento de vez en cuando.
    🔹Preguntar cómo está.
    🔹Validar sus emociones (aunque no las comprendamos bien).
    🔹Compartir información útil.
    🔹Presentarle a personas que puedan asesorarle o apoyarle.
    🔹Invitarle a salir para despejar su mente.
    🔹Escuchar sin juzgar.

    🔸Y lo más poderoso: regalarle un abrazo de esos que parecen juntar los pedazos rotos.

    Mostrarle a alguien que te importa puede significar mucho más que intentar resolverle la vida.

    Así que no te frustres, ni te sientas mal si no puedes ayudar a alguien activamente, acompaña, ora, está presente y eso será suficiente. Además es muy importante que entendamos, que muchas veces aunque queramos ayudar, no lo podemos hacer, simplemente porque la otra persona no está lista para recibir la ayuda o no quiere… Y eso está bien.

    Y si tú eres quien siente que se está ahogando… sigue intentando. Sigue esforzándote. No siempre debe ser contra corriente; permítete descansar, suelta un poco y flota. La orilla aparecerá tarde o temprano. Mi hermana dice que es ley divina que todo se acomode, y ¿sabes qué? Yo le creo.

    Así que, aunque suene difícil y a veces sea cansado, por favor… no dejes de nadar. 🐟💙


    Gracias, gracias, gracias. Por seguir aquí, por ser parte de este proceso y por regalarme la dicha de que me leas.

    Sigamos nadando… Nos vemos pronto.

    Con cariño

    María ✨💕📚🍀🧚🏽‍♀️

    Sígueme en redes sociales también 🙏🏽:

    ❤️

  • Las personas correctas son el impulso que tu alma necesita.

    Supongo que todos han escuchado el refrán:
    «El que con lobos anda, a aullar se enseña».

    Y sin duda,  tiene toda la razón: las personas que nos rodean moldean nuestra vida.

    Como dicen: «los dichos están bien dichos y no se inventan por casualidad». Son sabiduría milenaria. Aunque, para ser sincera, a este en especial le agregaría un final:
    «Y el que con burros anda, a rebuznar aprende».

    No es por ofender a nadie; es para recordar que rodearte de las personas correctas puede cambiar tu rumbo, mientras que elegir mal puede frenarte.

    Pero para que lleguen aquellos que nos enseñen a aullar, a galopar 🐎 o incluso a volar, primero debemos estar listos para hacerlo.

    Hace tiempo, alguien me preguntó al saber que fui a misa si le había pedido a Dios que me solucionara todo lo que no estaba saliendo bien. Mi respuesta fue simple:
    No. Hoy le pedí que me hiciera mejor persona, para poder elegir mejor mis batallas y tener la sabiduría para enfrentarlas.

    Y esto tiene que ver con esta frase que me encanta:
    «Si quieres atraer mariposas 🦋, haz un jardín bonito para que lleguen a ti.»
    Sucede igual con las personas: si quieres gente buena en tu vida, sé  bueno primero.


    Elegir, también conlleva obligadamente aprender a soltar a quienes ya cerraron su ciclo con nosotros . No tengas miedo de que algunas personas se alejen; cada relación tiene su tiempo y propósito. Si alguien ya cumplió su función en tu vida, su partida no es un fracaso, es liberación. Soltar no significa olvidar o dejar de valorar, sino dar espacio a nuevas personas y experiencias que te impulsen a crecer. Agradece siempre y sigue.

    Así como los demás nos impactan, nosotros también dejamos huella. Podemos ser quienes inspiran a volar… o quienes mantienen atadas a las personas al suelo.

    Esto no significa que otros sean responsables de nuestro destino. Cada una de nuestras decisiones es nuestra responsabilidad.

    Pero también te compartiré 📊 un dato interesante: esta comprobado que nuestros comportamientos estan altamente influenciados por las 5 personas con las que más interactuamos. Imagina lo importante que es elegir bien entonces.

    Así que, prefiere rodearte de quienes hablan de sueños, de proyectos y de transformar, no de quienes critican o juzgan. Incluso en la familia, tienes derecho a elegir tu energía. Como dice otra frase: «hasta el árbol genealógico se puede podar».

    Elegir bien no tiene que ver con el valor de las personas, sino con lo que aportan a tu vida y el impacto que generan en nosotros. No valemos más por ser amigos de alguien, o por rodearnos de ciertas personas, valemos más cuando crecemos y nos transformamos con lo que los demás tienen para enseñarnos.


    Les daré un ejemplo de que elegir correctamente no tiene que ver con el valor de las personas, es el perfil o lo que tengan que aportar lo que interesa: Después de tantos años en Recursos Humanos, he escuchado muchas veces:
    «La empresa se lo pierde al no contratarme».
    La verdad es que nadie pierde. La empresa encontrará a quien necesita, y tú encontrarás el lugar donde realmente puedas crecer. A veces, simplemente no es el momento.

    Piensa así: no se usa un tornillo donde se requiere un clavo. Todos tenemos un propósito único. Por eso, no necesitas conocer a cientos de personas para tener una red social valiosa: solo necesitas a las correctas.

    Recuerda: Esto se trata de ti, no de los demás. Como el algoritmo de tus redes sociales: lo que consumes es lo que se te sigue mostrando. Así que no culpemos al entorno; somos responsables de lo que elegimos.

    Uno de mis mandamientos favoritos de la biblia es:
    «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».


    No dice amar más a los demás ni más a ti. Dice: en igual medida. Si no aceptarías algo dañino para ti, no lo hagas a otros. Sé la persona que tú mismo amarías. Y rodeate de quienes te aportan valor, sabiduría, paz y felicidad.

    Después de trabajar en nosotros para ser mejores y saber lo que realmente te interesa y qué te hace feliz, entonces comienza a elegir correctamente. Para ello me gustaría compartirte 10 acciones concretas que puedes empezar hoy, estás te pueden ayudar para mejorar tu círculo social y rodearte de personas que te inspiren, te impulsen a crecer y hagan la diferencia:

    1. Haz una auditoría de tus relaciones
    Revisa quién te aporta energía y quién te la quita. Mantén cerca a quienes te inspiran y pon límites sanos con quienes drenan tu motivación.

    2. Reconecta con alguien del pasado
    Un mensaje genuino a un viejo amigo o colega puede abrir nuevas oportunidades.

    3. Invierte en tu crecimiento personal
    Lee, escucha, aprende. Las personas se sienten atraídas por quienes están en constante evolución.

    4. Participa en eventos o comunidades
    Talleres, conferencias o voluntariado: exponerte a nuevas experiencias te conecta con gente afín.

    5. Escucha de verdad
    Pregunta, muestra interés genuino. Tenemos dos oídos y una boca, escuchemos el doble de lo que hablamos.

    6. Comparte valor
    Envía un artículo, video o idea útil. Sé quien siempre suma.

    7. Conecta a dos personas entre sí
    Ser puente entre otros fortalece relaciones y deja una huella duradera.

    8. Celebra logros ajenos
    Felicita sinceramente. La alegría compartida une más.

    9. Crea pequeños encuentros
    Un café, comida o videollamada grupal: lo íntimo fortalece vínculos.

    10. Sé constante y auténtico
    Mantén el contacto incluso cuando no necesites nada. La autenticidad es la base de toda relación duradera.

    Espero puedan ayudarte en tu búsqueda y deseo de verdad que así sea…  para despedirme te dejo una tarea que me dio mi psicóloga y que creo todos deberíamos hacer:
    Elígete siempre. Y eso te permitirá elegir a las personas correctas para ti.

    No subestimes el poder de un pequeño cambio en tu círculo social: puede ser el inicio de una versión más plena, feliz y poderosa de ti mismo. 🌱✨


    Gracias como siempre por elegir leerme, por compartir el blog, suscribirte y fortalecer este sueño. Gracias mil gracias 😊.

    Que todo vaya de maravilla contigo, muchas bendiciones, un abrazo grande y nos leemos en la próxima … Ah y por favor coméntame que te ha parecido, que te gustaría leer o simplemente dime qué aquí estás.

    Gracias por todo y por tanto ❤️

    Con mucho cariño…

    María ✨🍀📚💕

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽:

  • A veces, solo se necesitan 8 minutos para escuchar, acompañar y salvar a alguien del silencio que lo destruye.

    Cuanta valentía se necesita para sacarse a uno mismo de un lugar oscuro. Ese lugar donde la mente se vuelve un laberinto, donde el dolor pesa tanto que parece que no hay salida.

    Ese lugar, que desde fuera a veces se percibe como depresión, muchas otras veces se esconde detrás de una sonrisa. Una sonrisa que oculta el caos interno y evita que otros puedan ofrecer ayuda.

    ¿Sabías que septiembre es el mes de la prevención del suicidio? Solo la palabra impone, duele, suena irreal. Uno cree que esas cosas “les pasan a otros”. Yo misma podría decir que, afortunadamente, nunca conocí a alguien que lo haya intentado. Pero la verdad es que no lo sé. Quizá sí, y no lo vi. Y eso es terrible.

    Desafortunadamente, el suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 25 años, y una de las principales en adultos de 45 a 54 años. El impacto no recae solo en la persona, sino también en la familia, los allegados y la sociedad. Lo más preocupante es que estas cifras siguen creciendo.

    Hoy en día, no se trata únicamente de problemas de salud mental severos. El bullying o situaciones que creemos “insolucionables” también pueden llevar a alguien al límite. Incluso, hay casos donde la decisión se toma sin planearlo previamente.

    Hablar de ello no hará que más personas quieran hacerlo. Pero hablar de nuestra realidad y de cómo poder evitarlo nos permite entender a los demás y saber cómo apoyar. Podemos ser la diferencia. Y no solo para evitar un suicidio: ser un apoyo para sacar a alguien de su tristeza ya es un acto de gran ayuda.

    Vivimos tan concentrados en nuestras propias batallas que muchas veces el dolor ajeno pasa desapercibido. No nos culpemos, todos cargamos con tristezas disfrazadas de sonrisas, con dolores escondidos en un “estoy bien” y con vacíos que intentamos llenar de cualquier forma. Pero el silencio de los demás no siempre significa que estén bien.

    La tecnología, que debería conectarnos, a veces nos hace sentir más solos. Nos muestra vidas “perfectas” que no son reales y nos empuja a compararnos, creyendo que siempre hay un prado más verde, hasta que dejamos de ver lo que realmente importa.

    Por eso, el apoyo de la gente que nos quiere y a quienes queremos puede ser vital. Esa red de ayuda no necesita ser grande ni estar disponible 24/7; solo tiene que ser real. Son como salvavidas: no los necesitas todo el tiempo, pero reconforta saber que están ahí cuando se requiere, aunque sepamos nadar.

    No se trata de “usar” a las personas, sino de ser útiles, de acompañarnos. Ayudar no siempre es resolverlo todo: a veces basta con escuchar. Escuchar de verdad, sin interrumpir, sin juzgar, sin dar soluciones rápidas. Recordemos que tenemos dos oídos y una sola boca: escuchar puede ser el mayor acto de amor.

    Cuando mi papá falleció, estaba sola en el hospital. Una mujer que nunca había visto se acercó, me abrazó y me dijo:
    “Dios nunca abandona. Vas a ver que estarás bien.”

    Jamás la volví a ver, es más no recuerdo su rostro, pero sí el calor de ese abrazo. En ese instante, mi corazón sintió un respiro. Y fue de una persona extraña que tuvo instante para mí.

    He tenido la fortuna de conocer más personas así: mi madre, mis hermanas, mis tías y primas, especialmente mi tía Angie y mi prima Mayra y varios amig@s y conocidos que han marcado la diferencia en mi vida. Todos ellos han sido ángeles, disfrazados de familia, amigos, compañeros o simples mortales que te salvan la vida, y quizá ni cuenta se han dado. (Gracias inmensas por ello).

    Por cierto, mis historias no son para que sepan sobre mí; lo hago para que recuerdes tus propias historias, quizá similares o incluso mejores, y te des cuenta de toda la magia que hay a tu alrededor.

    Pero con respecto al tema de tener una red de apoyo, no todos logran tenerla, porque quizá como yo, no saben pedir ayuda. Y cuando se trata de no querer seguir, pedir ayuda y que te la den puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Las personas que toman esta trágica decisión casi siempre dieron señales antes. A veces las hicieron en voz baja, otras en broma, otras con un “estoy cansado” que nadie quiso escuchar.

    Y en ocasiones, bastan solo 8 minutos de escucha para cambiarlo todo. Ocho minutos para que alguien se sienta visto, acompañado, menos solo.

    Si hoy te sientes vacío, roto, cansado, sin salida… habla. Busca a alguien en quien confíes. Escribe. Levanta la mano. No tienes que cargar esto solo.

    💛 Vales mucho. Eres suficiente. Tu vida importa. Siempre habrá alguien que quiera escucharte.

    Y si no sabes cómo pedir ayuda, te propongo algo: crea con tu gente cercana una señal, una frase que signifique “necesito que me escuches”, algo tan sencillo como:

    “¿Tienes 8 minutos?”

    Así sabrán que algo importante está pasando y que necesitas apoyo. Y si tú recibes esa pregunta, detente, escucha, acompaña.

    Porque 8 minutos pueden ser la diferencia entre rendirse o seguir luchando.
    Ocho minutos pueden ser el abrazo que alguien necesita para elegir quedarse.

    Hoy te invito a ser parte de esa red de apoyo para alguien más. Escucha, pregunta, ofrece un café, un mensaje, un abrazo. Sé el salvavidas de alguien, aunque no sepas nadar en su tormenta.

    Tu vida importa. La de todos. Hazles saber a quienes amas —y a ti mismo— que siempre harían falta.

    La vida es más bonita porqué tú estás aquí 🍀✨♥️

    💛 Pedir ayuda es un acto de valentía. Escuchar también lo es


    📞 Si necesitas ayuda, aquí hay líneas de apoyo, que también están a tu disposición:

    México:

    Línea de la Vida: 800 911 2000 (24/7)
    SAPTEL: 800 472 7835 (24/7, atención emocional)

    Alemania:
    TelefonSeelsorge: 0800-1110-111 o 0800-1110-222 (24/7, gratuito)

    Costa Rica:
    ACEPS (Prevención del Suicidio): +506 4081-9326
    Aquí Estoy: +506 2272-3774

    Perú:
    Ministerio de Salud – Línea 113: opción 5 (24/7)

    Chile:
    Línea Salud Responde: 600 360 7777 (Opción 1)

    Colombia:
    Línea 192: opción 4 (orientación en crisis emocionales)

    USA
    Lifeline USA: 988


    Internacional:
    Befrienders Worldwide: https://findahelpline.com


    Gracias como siempre por leerme, seguirme y compartir, quizá pueda llegar a alguien que le ayude. Gracias por ser mis 8 minutos que tanto bien le hacen a mi corazón ❤️💕

    Gracias por todo y por tanto ❤️

    Nos vemos en la próxima. Un abrazo y mis mejores deseos para que siempre te sientas acompañad@. Con cariño…

    María 🍀💕✨📚

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽:

  • Quiero proponerte un ejercicio, sí, otro de mis ejercicios 🤭.

    Mira la imagen en la foto de arriba:
    ¿Qué ves?

    Probablemente habrá varias respuestas: un punto negro, una mancha, un cuadrado con un círculo negro, una gota… y una interminable lista de opciones.

    Si lo analizamos con calma, notaremos que la hoja es en su mayoría blanca y que ese pequeño punto apenas ocupa una mínima parte de la superficie. Sin embargo, casi todas las respuestas serán sobre lo negro.

    Un maestro hizo este ejercicio con sus alumnos para mostrarles esa tendencia, mencionándoles que así solemos funcionar: nos enfocamos en lo negativo, en el error, y olvidamos todo lo positivo que lo rodea.

    Y es verdad: se habrán dado cuenta de que podemos hacer diez cosas bien para alguien, pero si fallamos en una, esa sola acción puede definirnos ante sus ojos. Y nosotros solemos hacer lo mismo.

    Piénsalo: ¿cuántas veces hemos dejado de hablar con alguien —o nos han dejado de hablar— por un error? ¿Y cuántas veces se olvidó todo lo bueno que existía antes? Como si la última acción, si fue mala o no la que esperábamos, tuviera el poder de borrar todo lo demás. Y el saldo final lo convirtiera en negativo.

    Una historia personal…

    Les voy a contar algo real, juzguen ustedes la historia.

    Hace muchos años, cuando Tita —mi madre— fue hospitalizada para una operación debido al cáncer, todo estaba programado y debía ser algo sencillo, pero se complicó y terminó en terapia intensiva: un caos terrible.

    Fue un momento muy duro, pero también lleno de muestras de cariño y solidaridad que nunca olvidaré. (Si no recuerdan la historia, les invito a leer mis escritos anteriores… ¡gracias por hacerlo! 😉).

    En aquel entonces hubo ayuda de muchos lados, incluso de personas que jamás pensaríamos que lo harían, y que fueron un gran apoyo.

    Por ejemplo, en mi trabajo de ese momento se portaron increíble. Mi jefe me dio todos los permisos necesarios y mi equipo me respaldó maravillosamente. En ese tiempo había dos responsables de operaciones: uno organizó una colecta con su gente; el otro, a quien llamaré Efraín, junto con su familia y colaboradores, hicieron comida para vender y me entregaron lo recaudado.

    Para que entiendan un poco mejor: a Tita la operaron en un hospital particular, y lo que en un inicio iba a costar aproximadamente $80,000, por las complicaciones terminó en más de $220,000. Como se darán cuenta, en esas circunstancias, cualquier ayuda, por pequeña que pareciera, era un milagro.

    Gracias a Dios, Tita salió adelante. Sin duda, volveríamos a pagar esa cantidad o cualquiera por ella. Y créanme: cada peso y cada gesto de apoyo en ese momento nos sostuvo en pie.

    El giro inesperado…

    Cuatro años después, las cosas cambiaron. Ese mismo trabajo, donde había durado muchos años y fui muy feliz, se terminó y se convirtió en una gran lección de vida, marcada por tres personas que hicieron que todo fuera doloroso y difícil. Uno de esos nombres, sí, era Efraín. Los demás, la verdad, no son nada relevantes.

    Años más tarde, supe que él tuvo una salida complicada de esa misma compañía.

    Hace unos días, no sé por qué, platicando con mi madre sobre el pasado salió su nombre y me dijo algo que me marcó:

    | “Podrás decir lo que quieras de él, pero pagó en carne propia lo que hizo y el apoyo que nos dio en ese momento vale más que cualquier cosa. Así que siempre pediré por él y le estaré eternamente agradecida”.

    Lo que aprendí…

    Mi madre tiene razón: uno debe valorar, de igual manera, lo bueno que la gente ha hecho por nosotros y darles el peso correcto a las acciones. No digo que debamos pasar por alto lo negativo, pero sí darle el valor real… Todos cometemos errores.

    No juzguemos a las personas por una falla y mucho menos a nosotros mismos. Somos, sin duda, el resultado de todo lo que hacemos: los aciertos y los errores.

    Además, siempre hay algo bueno en lo malo que pasa. En este caso, reconozco que si no me hubiera salido de esa empresa, aunque fuera por motivos dolorosos, tal vez seguiría ahí por costumbre, o me habría ido por hartazgo. Y quizá nunca hubiera vivido las experiencias maravillosas que vinieron después.

    Creo firmemente que Dios —o el universo, o como prefieras llamarlo— te da señales cuando algo terminó y, si no haces caso, te incomodará para que te muevas. Y las personas “que te hacen algo” son, en realidad, instrumentos para impulsarte hacia tu crecimiento.

    Por eso, aunque no sé si el saldo final con Efraín fue positivo o negativo, sé que nunca olvidaré lo que hizo por nosotros. Ese gesto fue un apapacho para el alma. No creo que requiera volver a verlo, pero sí estoy segura de que me gustaría saber que todo está bien en su vida y que él sepa que le deseo lo mejor.

    En resumen…

    Valoremos a las personas por todo lo que son (lo bueno y lo malo). A quienes han estado con y para nosotros, a quienes alguna vez nos tendieron la mano, no los descartemos solo por un tropiezo. Hay relaciones, personas o momentos que se vuelven más fuertes después de superar un error o perdonar.

    Dato importante: tampoco se trata de justificar a quienes nunca han aportado nada bueno o han sido dañinos de forma constante. A esos, mejor agradecerles y dejarlos seguir su camino… así de lejecitos.

    También habrá quienes deban irse a raíz de algo malo, porque ya cumplieron su objetivo en nuestra vida. En ese caso, déjalos ir, pero no los recuerdes con rencor.

    Eso sí: no perdamos a la gente que sí vale y aporta, por un error que cometió.

    No te quedes con el punto negro en el papel, mejor recuerda todo el espacio en blanco que también existe. Con las personas —y contigo mismo— pasa igual: no solo somos un error, somos la suma de todo lo que hemos hecho bien.

    Puntos negativos siempre habrá, pero la vida y las personas te darán más hoja en blanco que manchas. Enfócate y valora eso. Date la oportunidad de ver todo lo bueno de los demás antes que lo malo.

    El mundo no va a cambiar, ni requiere hacerlo. Cuando cambiamos nosotros y la forma en que lo vemos, nos damos cuenta de que es diferente… y maravilloso.

    No lo olvides: todos cometemos errores, pero también muchos aciertos.


    Como siempre, espero que te haya gustado mi escrito y mil gracias por seguir leyéndome, por sus porras, por sus mensajes tan lindos, por sus comentarios, por seguir creyendo en esto y hacer todo lo posible por hacerlo crecer.

    Gracias al doble a quienes me han recomendado y por suscribirse. Que Dios, el universo —o en quien crean— les multiplique por mucho sus bendiciones 🌟.

    Gracias por todo y por tanto ❤️

    Nos vemos en la próxima. Un abrazo grande.

    Con cariño…

    María ✨💕📚🍀

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽



  • ¿Alguna vez se han preguntado qué es realmente la grandeza?

    Obviamente no hablo de estatura. Por ejemplo, mi madre y Don Señor (que superan el 1.80), o una de mis hermanas (que casi llega a esa medida), serían grandísimos por su altura… y sí, lo son, pero no sólo por eso. En realidad, son seres humanos extraordinarios que me han demostrado que la verdadera grandeza viene de la esencia, no del tamaño.

    Déjenme contarles algunas anécdotas relacionadas con su altura y la mía, para que se diviertan un rato:

    Normalmente los hijos, en algún momento, alcanzan a mirar a sus padres a los ojos. Conmigo nunca pasó. Imaginen a una niña que, con el paso de los años, jamás alcanzó a su madre. Le tenía miedo, aunque ella diga que no. Sí, ese ha sido un pequeño trauma para mí. Con muchísimo esfuerzo llegué apenas al 1.70 😔.

    Cuando conocí a la entonces pareja de mi hermana, yo tendría unos 17 años. La primera vez que me vio, dijo: “Uy, sí se parece a ti… pero en versión chiquita”. 🙄 Lo peor es que ni siquiera era tan alto.

    El día que conocí a Don Señor, fue gracias a mi mamá. Apenas me vio, le dijo: “¿Y esta por qué salió tan zotaca?” (dícese de la palabra usada para referirse a chaparritas rechonchitas). Yo ni lo conocía y así me recibió. Por cierto, apenas caigo en cuenta de que, además de chaparra, también me llamó gordita. Nada más porque eso fue hace más de 18 años, que si no, hubiéramos tenido un problema muy serio. 😒

    Pero dejemos mis traumas de estatura para otra ocasión y volvamos al tema importante:

    ¿Qué es realmente la Grandeza?

    Como habrán notado, no tiene nada que ver con la estatura, tampoco con el dinero, ni con el éxito o el reconocimiento. Déjenme mostrarles con algunos ejemplos lo que quiero decir:

    Mi mamá, Tita, tiene el don de alimentar, no solo el cuerpo, también el alma, con sus consejos. Cualquiera que la visite sabe que siempre encontrará un taquito y unas palabras que llenen el corazón.  La grandeza está en poner nuestros dones al servicio de los demás.

    Mi hermana ha trabajado muchos años en el mismo lugar. Cuando era joven pensó en cambiar de trabajo para buscar el “éxito”, pero descubrió que ya lo tenía en sus manos. Decidió volver, porque entendió que hacer su trabajo con pasión y propósito le traería grandes recompensas. Y así ha sido. Verla hablar de lo que hace, todo lo que ha logrado y cómo la siguen miles de personas a su cargo es impresionante. Ella lo hace parecer fácil, pero le aseguro que no lo es.   La grandeza también está en amar lo que hacemos y darle significado.

    Pero no sólo es grandiosa por su trabajo, ella me ha dado, sin duda, uno de los mejores apoyos que he recibido en este proceso de reencontrarme, un día dijo: «yo aquí estoy lista y preparada por si lo requieres». Y lo ha demostrado, ha sido un pilar en mi camino a sanar. Gracias inmensas por eso. La grandeza está en ser un salvavidas, aunque la gente sepa nadar.

    Cuando mi prima enfrentó un grave problema de salud y necesitó donadores de sangre para una operación delicada, Don Señor acababa de perder a su madre. Al día siguiente de su funeral, estaba donando sangre para ella.  La grandeza también está en ayudar incluso en medio del dolor.

    Y un ejemplo lindísimo es el del padre Patricio Quinn. En una entrevista, demostró que la grandeza no depende del lugar en el que estés, sino de lo que hagas en el. Él fue un sacerdote irlandés, nacido en 1930, que llegó a Saltillo, Coahuila en los años setenta, con el objetivo de apoyar a la gente vulnerable. Fundó varias iglesias en sectores del oriente de la ciudad y ayudó a muchísimas personas. Falleció en 1997, pero su labor fue tan grande que la comunidad pidió que se iniciara su proceso de canonización.

    Cuando pueda lea sobre el padre Quinn, le gustará. Y esto no tiene que ver con religión, sino con el impacto que podemos tener al servir.

    En esa entrevista le preguntaron por qué estaba en una ciudad pequeña del norte de México, cuando el camino a la “grandeza” parecía estar en Roma o cerca de ahí. Su respuesta fue sencilla y poderosa y más o menos así:

    | “No importa dónde Dios me ponga, haré grandes cosas, porque para eso me puso aquí”.

    La grandeza viene del corazón

    El mensaje es claro: no importa dónde estés ni si el reto parece pequeño. Cuando sabes quién eres, puedes hacer cosas grandiosas en cualquier lugar, si lo que haces lo pones al servicio de los demás.

    Es como una frase que es casi ley de vida para mí: si no puedes hacer cosas grandes, haz cosas pequeñas con grandeza.

    Al final, la vida es aquello que hacemos y nos hace sentir útiles, vivos y realizados. No depende de la fama, el dinero o el lugar, sino de lo que nos hace sentir que cumplimos nuestro propósito.

    En una plática con una persona dedicada al espectáculo. Le pregunté: “¿Qué te haría feliz?”. Pensé que diría estar en una agrupación más famosa o ser un solista exitoso. Pero su respuesta me sorprendió: “Ser corista de Juan Luis Guerra o responsable de un estudio de grabación”. Ninguna de esas opciones tiene que ver con ser famoso, aunque ya ha cantado ante miles de personas. Su deseo es simplemente estar donde se sienta feliz. Eso es de aplaudirse y es admirable, porque la fama no lo define; lo mueve el deseo de plenitud.

    Esto me reafirma que la grandeza no depende de lo que el mundo ve, sino de lo que nos hace sentir plenos, de lo que hacemos sentir y como ayudamos.

    ✨ La verdadera grandeza no se mide en centímetros, dinero o en fama. Se mide en lo que entregamos, en cómo tocamos la vida de otros y en lo que dejamos en su corazón. Al final, no somos recordados por lo que tuvimos, sino por lo que dimos y como hicimos sentir.

    Sin duda la grandeza está en el corazón ❤️


    Gracias como siempre por ese corazón tan grande que tienen, al dedicarme parte de su tiempo para leerme, espero que lo que escribo, les permita darse cuenta de que cada cosa buena que ustedes hacen, los hace mas grandiosos.

    Gracias por suscribirse, por compartir y por seguirme. Ustedes me hacen sentir muy feliz.

    Un abrazo grande, así como ustedes

    Con cariño…

    María ✨💕📚🍀🧚🏽‍♀️

    Sígueme también en redes sociales:

  • Era un frío día de febrero, hace ya varios años. El reloj marcaba las 2:00 a.m. y aún recuerdo con claridad los sonidos que me rodeaban en ese hospital: las luces encendidas, los cables conectados al hombre que había sido mi superhéroe y el más grande amor que una niña podía tener. En ese instante, ya no era una niña, sino una mujer de veintitantos años, frente al irremediable final de su padre.

    Un sonido intermitente hablaba más claro que cualquier doctor: el adiós estaba muy cerca. De pronto, las alarmas se dispararon y entraron varias personas con batas y un aparato que le dio unos instantes más de vida. El tiempo suficiente para que, con un leve movimiento de su dedo, me diera esas últimas indicaciones: despedirse de mi madre y de mis hermanos.

    A las 2:20 a.m. las alarmas sonaron de nuevo. El doctor ya había sido claro conmigo:
    —María, nosotros siempre buscaremos preservar la vida, pero hay ocasiones en que ya no se puede. La próxima vez tu padre no resistirá.

    Y así fue. A las 2:30 a.m., como en una escena de película muy triste, ni los aparatos ni los doctores pudieron detener el conteo regresivo que llegaba a cero. Un conteo que me decía que la vida jamás volvería a ser la misma.

    Esa historia se ha repetido otras veces en mi vida: con mi tía, la que me demostró cuánto me amaba, y con uno de mis mejores amigos, que murió con apenas 29 años. Hay un común denominador en ellos, aparte del inmenso dolor. Ninguno de los tres me dijo cómo vivir sin ellos.

    Tal vez estas historias se parezcan a las tuyas, o quizá las tuyas sean mucho más duras. Pero no es la historia en sí el meollo del asunto, sino cómo seguimos después de que algo termina o de que alguien se va, porque tuvo que irse o porque simplemente decidió marcharse de nuestras vidas.

    Seguir tras una pérdida —ya sea por muerte o por ausencia— es dolorosísimo. Es como una herida abierta que la vida se encarga de presionar a diario para recordarnos que está ahí. Quizá no se sane del todo pero con todo y el dolor, siempre hay mucho que agradecer. Y no, no se trata de agradecer a la muerte ni al dolor por haberse llevado lo que amamos. Se trata de agradecer porque fueron parte de nuestra historia, porque esas personas y experiencias nos transformaron.

    Quizá me digan:
    —¿Y qué con el dolor, el llanto y la soledad? ¿Qué hago con todo lo que siento?

    Me encantaría decirles que se van a ir, pero desafortunadamente ese dolor no desaparece del todo. Aun así, uno avanza, si quiere, si puede y vuelve a sonreír… ¿Cómo? … un paso a la vez.

    Cuando la razón no es suficiente, el amor y la gratitud te darán las respuestas.

    Hagamos un ejercicio: cien abdominales hasta que se olvide el dolor del alma y solo duela la panza. Eso sería mejor, al menos quedaría marcado. Es broma, aunque unas veinte sí les encargaría para empezar.

    Ahora, en serio: ¿qué pensarían si les digo que tengo un método para borrar su dolor? La única condición sería que también olvidaran todos los buenos recuerdos con esas personas. Estoy casi segura de que me dirían que no.

    Y es ahí donde todo cobra sentido.

    Yo volvería a pasar por el dolor de esas pérdidas cuantas veces fuera necesario, solo por la certeza de que siempre formaron parte de mi vida.

    Sé que es difícil de comprender, pero todo en la vida es temporal: las personas, las etapas, nosotros mismos. Siempre habrá despedidas, finales y adioses.

    Definitivamente deberían incluir en la escuela una materia llamada: “Cómo cerrar ciclos sin morir en el intento”. Y ya de paso, otra de “Cómo bailar cumbia”, que también es esencial para la vida.

    Cuando entendemos que las personas llegan por un tiempo determinado y con un propósito, todo se vuelve un poco más fácil.

    En la vida hay personas como las estaciones: llegan unos meses, nos muestran lo mejor de sí y nos dejan recuerdos para cuando los días se tornen difíciles. Otras son como los años: nos acompañan en distintos momentos, nos fortalecen y nos dan la mano para seguir adelante. También están quienes son como nuestras propias etapas vitales —infancia, juventud, adultez—: permanecen más tiempo para comprobar que hemos aplicado lo aprendido y sostenernos en nuestro crecimiento. Y, por supuesto, están quienes nos muestran los días grises, para recordarnos lo fuertes que podemos llegar a ser.

    Así que sí: nadie se va como llegó. Todos nos dejan algo, aunque se hayan marchado, aunque haya dolido.

    Dependerá de nosotros qué hacemos después de vivir esas experiencias del adiós. Si nos aferramos al dolor y al sufrimiento, eso es lo único que obtendremos: más dolor. Pero si nos permitimos agradecer lo vivido, aprender y transformarnos, entonces lo que queda es crecimiento.

    Avanzar es entender que todas las situaciones y personas que llegan a nuestra vida lo hacen con un propósito. Y cuando este se cumple, es momento de irse. Tratar de alargar algo que ya dio lo que debía dar es dañar su esencia y, en vez de ayudarnos, terminará afectándonos. Sé que no es fácil soltar lo que nos hizo felices o nos dio seguridad, pero si ya es momento de hacerlo, hagámoslo… porque sin duda vendrá algo mejor para nuestro bien.

    Sé que dejar ir duele, y mucho. Y aquí sí quiero pedirte un favor: cuando estés atravesando el dolor, ten cuidado, porque existe una línea muy delgada que puede llevarnos al “lado oscuro de la fuerza”. Y si la cruzamos, ya no volvemos a ser los mismos. Podemos convertirnos en esas personas que quizá hemos visto, esas que parecen vivir eternamente enojadas o tristes, como si se hubieran quedado a vivir en un lugar oscuro del que nunca lograron salir. No te permitas eso. Avanza… un día a la vez.

    El dolor quizá no desaparezca del todo, pero los recuerdos permanecerán por siempre. Porque lo eterno no es la presencia, sino la huella de quienes alguna vez nos transformaron.

    Tal vez se pregunten: ¿siempre hay que dejar ir? No. Hay momentos, cosas o personas por las que sí hay que luchar. No tengo la respuesta exacta de cuándo sí o cuándo no. Es más, a mí me encantaría tener un don que escuché alguna vez: la capacidad de “marcharme a tiempo”. Saber cuándo irme de una relación o etapa que ya no da más, o cuándo quedarme porque aún merece ser luchada. Saber cuándo ya di y me dio lo que tenía que dar, y retirarme.

    Sé que eso sería casi imposible, aunque nos ahorraría muchos problemas y dolor. Pero en el fondo sé que tu sexto sentido, tu corazón, tu alma, el universo o alguien te dirá por quién o por qué hay que seguir luchando, y cuándo es momento de dejar ir.

    Lo que sí podemos hacer es agradecer: por los que aún siguen aquí y por los que ya partieron, por la bendición de que sucedió, la fortuna de conocer a gente increíble, de vivir momentos inolvidables y, sobre todo, por permitirnos ser mejores de lo que éramos cuando llegamos.

    Como diría mi abuela: somos el resultado de la gente que ha pasado por nuestra vida, de quienes nos amaron… y también de quienes no. Somos, sobre todo, lo que decidimos hacer con ello.

    Al final, nadie se va como llegó… y tampoco nosotros somos los mismos después de haberlos amado.


    Como siempre, mil gracias a ti por leerme, y a todos por sus comentarios, sus porras, por suscribirse, por compartir. Gracias por hacer esto posible y hacerlo realidad. Gracias por recomendar este blog; quizá algún día llegue a alguien que se vaya mejor que como llegó.

    Gracias por hacer que suceda.

    Nos vemos en la próxima. Espero tus comentarios y sugerencias.
    Muchas bendiciones y nunca olvides que eres magia ✨
    Un abrazo grande con mucho cariño,


    María ✨🍀🧚🏽‍♀️📚💕

    Sígueme también en redes sociales: