• Al final entendí que el amor no siempre llega como lo imaginamos… pero cuando es verdadero, siempre encuentra dónde quedarse.

    🤍

    Hace unos días escuché una frase que me partió el alma. A una buena amiga le falleció su sobrina y la manera de despedirla fue:

    “Mi necesidad de ser mamá se quitó el día que mi hermana me prestó a su hija para que fuera la mía también. Hoy tengo que devolverte… demasiado pronto”.

    No recuerdo haber escuchado algo que me doliera tanto últimamente como eso.

    No juzgaré ni me pondré a cuestionar por qué algunas personas mueren muy jóvenes, y mucho menos por qué algunas mujeres nunca fuimos madres. Mi corazón no daría, en este momento, para eso. Porque hacerlo sería recordar lo que me tomó años superar: no ser madre y la muerte de uno de mis mejores amigos a los 29 años. Ninguna de las dos cosas podría manejarlas ahorita.

    Lo que sí puedo decir es que durante años dolió, en silencio, no ser madre. Ese constante: “¿y tú para cuándo?”, como si hubiera sido mi decisión no serlo.

    Hubo un tiempo en que realmente quería golpear a quien lo decía. Con los años también entendí que todos nos expresamos desde lo que sentimos y desde lo que somos. En ocasiones no es maldad; es un cuestionamiento sincero, un deseo de verte vivir algo bonito. Pero duele. Duele de verdad.

    Les platico cuándo dejó de dolerme tanto.

    Cuando un descerebrado —porque no tengo otro sinónimo para ello— me dijo:
    “Pues las mujeres, si no son madres, no sirvieron para nada”.

    Ese fue el detonante. Y no solo fue el dolor; fue entender que yo misma me estaba viendo así. Que él solo estaba diciendo en voz alta lo que yo pensaba de mí misma.

    Y de ahí comencé a quererme, así, sin tanta exigencia… por lo menos en ese tema.

    Lo único que me seguía doliendo, así quedito pero quemando, era saber que mi hijo hubiera tenido un gran papá y a la mejor abuela. Y ellos sufrían también, así en voz bajita, para que a mí el corazón no se me apachurrara más.

    Después de un tiempo, y de divorciarme, quise buscar un embarazo y escuché un:
    “¡Ay no! ¿Ya a esta edad?”

    Y fue como si la vida me diera un portazo en la cara y me dijera otra vez: no.

    Dolió, pero me regresó a la realidad. Tenía razón… o quizá no. Nunca lo sabré. Pero me dejó una gran enseñanza:

    “María, deja de escuchar a los demás”.

    Con el tiempo comencé a tener amigas que tampoco fueron mamás. Ninguna por decisión propia, pero sí muy conscientes de que esa parte la tenían en paz.

    No sé si sea cierto que uno termina buscando a su tribu para sentirse seguro, pero conocerlas a ellas me confirmó que las mujeres somos mucho más que ser madres.

    Y mire qué curioso: la mayoría se llaman María. Muy diferentes, pero muy honestas y en un trabajo constante consigo mismas, porque son, sin duda, mujeres extraordinarias.

    A eso súmenle algunas primas que son unas guerreras de la vida, y una tía que a algunos nos amó como a hijos y que nos enseñó precisamente la frase que mi amiga dijo:

    “Hay seres que te permiten vivir lo que siempre has deseado”.

    Yo tengo a ese hijo adquirido, hijo de mi primo, y eso me hace sentir muy feliz. Durante años nos molestaban con una frase:
    “Eres igualito a tu tía”.

    Y acá entre nos… es verdad.

    No tanto físicamente, sino en que somos odiosamente adorables 🫣: tercos, aferrados, buenos para mandar y para trabajar; creemos que el mundo debe girar a nuestro alrededor y maravillosamente solidarios.

    Hoy esa frase me llena de orgullo.

    Sin duda, con él confirmé que, si yo lo hubiera parido, no lo habría podido querer más, porque ya lo quiero demasiado.

    Muchos años después llegó Galletita mi sobrina hermosa y tantos sobrinos y ahijadas más a quienes darle ese cariño.

    Aún con eso, no diré que llega el diez de mayo y no siento cierto dolorcito en el pecho. Creo que en parte es porque mi mamá hubiera sido la mejor abuela del mundo. A mí me hubiera encantado tener una abuela como ella.

    Pero hoy estoy en paz con eso.

    He hecho muchas cosas: trabajé, viajé, estudié, hice cuanta locura parece que a las madres no se les tiene permitido hacer. Y lo seguiré haciendo.

    Y sobre todo entendí que soy suficiente, y que no me debo —y mucho menos le debo a nadie— ser madre, aunque hubiera sido maravilloso serlo.

    Entendí que se puede dar todo ese amor a lo que haces y a la gente que te rodea.

    Habrá quien se lo dé a sus mascotas. Por cierto, por favor, no juzguen a quien ha elegido ser madre de una mascota, por ejemplo. En primera, porque quizá es mejor madre que muchas otras. Y en segunda, porque no saben qué hay detrás de esa decisión… o de esa imposibilidad de no serlo.

    No tienen idea de cuánto dolor puede haber detrás de quienes no pudieron ser padres.

    Conozco parejas con más de 15 años juntas—de quienes soy fan— como los familiares de una de las Marías que son de las mejores parejas que conozco o el matrimonio de otra María quienes se aman y luchan todos los días por ser compañía y complemento.

    Seguiré sin entender por qué a ellos no les dieron la dicha de ser padres. Lo que sí sé es que se tienen el uno al otro, y eso es una de las mayores bendiciones que pudieron encontrarse.

    Además, ser madre no es sinónimo de ser buena mujer. Miren ustedes el caso sucedido en Mexicali. No daré muchos detalles, porque el caso es realmente fuerte. Una madre «olvidó» a su hijo de tres años por descuido en el auto, con el calorón de esa ciudad. Ahí está la mejor muestra de que el título de madre no implica nada.

    Pero bueno… también sé, de buena fuente, que el amor de madre es, sin duda, uno de los amores más hermosos que existen.

    Agradezcamos por las mamás. Por las buenas, aunque a veces no las entendamos del todo.

    Bien dice mi madre:
    “Yo no soy tu amiga ni te trataré como tal. No se te olvide que soy tu madre, y eso me hace amarte más que a nada en el mundo, aunque no te gusten del todo mis decisiones”.

    Si a ti la vida no te dio el privilegio de ser madre, no te preocupes. Estoy muy segura de que, de alguna forma, la vida compensó todo ese amor que necesitabas dar.

    Sé que hubo un tiempo en que pensé que la vida me había quedado debiendo algo, hoy entiendo que no.

    Porque el amor nunca se desperdicia.

    A veces llega en forma de hijos.
    A veces en sobrinos, compañeros, alumnos, amigos, parejas, mascotas, proyectos o personas que terminan sintiéndose hogar.

    Y quizá de eso se trata también vivir:
    de aprender que dar amor no necesita títulos.


    Gracias, como siempre, por todo eso que hacen para demostrarme que están.


    Gracias por tanto amor, por todo… y por tanto


    Que este 10 de mayo esté rodeado de mucho amor, sin importar el título.


    Con mucho cariño…


    María 📚🍀✨

    Los espero también en mis redes sociales. Y quizá mi libro digital pueda ser una buena compañía. Te dejo donde adquirirlo.

    🤍

  • A veces la oscuridad llega para enseñarnos a mirar distinto.

    En ocasiones no es que estemos apagados… quizá estamos fundidos.


    Hace unos días se fue la luz y la señal de celular por 17 horas en la zona donde vivo. No es raro que se vaya la luz,  pero sí que dure tanto.


    Y ahí me di cuenta de cuán dependientes somos de estar «conectados».
    ¿Por qué nos genera tanto estrés quedarnos incomunicados?


    La respuesta es incómoda, pero honesta: porque creemos que, si no estamos, el mundo se cae a pedazos. Que sin nosotros no se hará bien tal o cual cosa.


    Qué grande puede ser nuestro ego. Vamos por la vida creyendo que todo se sostiene sobre nuestros hombros… y, en ocasiones, hasta queremos que así sea. Luego nos quejamos de lo cansados que estamos.


    Antes, yo hubiera reaccionado distinto. Ansiedad. Revisar el celular aunque no hubiera señal. Sentir que me estaba quedando atrás. Como si no estar disponible fuera casi un error.


    Esta vez fue diferente. Terminé un libro que llevaba días posponiendo. Limpié algo que había dejado para después. Quizá no terminé un video, ni unos escritos, ni unas publicaciones que «tenía que» hacer.


    Pero, ¿saben qué? No pasó nada.


    Cuando regresó la luz, confirmé lo que en el fondo ya sabía: nada se rompió, nadie reclamó y todo encontró su lugar. Sin prisa, sin caos. Porque me enfoqué. Porque, sin distracciones, todo pesa menos y avanza más.


    Tal vez no estamos saturados. Quizá estamos distraídos.


    Una gran verdad es que el apagón no asustaba por la oscuridad. Asustaba por el silencio.


    Ese silencio que, cuando todo se detiene, te pone frente a frente contigo misma (o). Sin pendientes que justifiquen el movimiento. Sin pantallas que llenen los huecos. Solo tú.


    Y ahí está el miedo de verdad: no el de quedarse sin señal, sino el de descubrir que, sin hacer, sin responder, sin estar disponible… seguimos siendo.


    Que nuestro valor no lo da lo que hacemos, sino quienes realmente somos. Que importa más nuestra esencia que lo que logramos. Y que el mundo no nos necesita corriendo para seguir girando.


    Y quizás, toda esa prisa, todo ese ruido, lo usamos para no escucharnos. Porque ponernos atención es difícil y conocernos parece una odisea. Cuanto miedo nos tenemos a veces. Se nos olvida que la luz que más importa es la nuestra.


    Detenernos para conocernos no es perder el tiempo. Es la mejor inversión que podemos hacer.  Es ahí, en medio de esa penumbra, donde nos vemos cómo somos, donde nuestros miedos salen, pero también nuestras grandes fortalezas. Dónde nuestra dualidad se convierte en una hermosa mezcla de realidad.


    Porque la oscuridad afuera asusta, pero adentro nos obliga a encender una luz interior, esa que cuando lo logramos, no se apaga tan fácilmente.


    ¿Por qué solo nos permitimos parar cuando no tenemos opción, cuando todo se ha puesto oscuro? Se nos olvida que nuestra propia luz puede iluminar más allá de nosotros mismos.



    Gracias por seguir aquí y por leerme. Gracias por cada mensaje, cada comentario y todo ese cariño tan bonito que siempre tienen para mí. Esto no tendría el mismo sentido sin ustedes.


    Ojalá la próxima vez que todo se apague, también puedan simplemente… estar. Y descubrir que el mundo, sin ustedes corriendo, sigue en su lugar. Y que en ese silencio, encuentres lo que ninguna pantalla puede darte: tu propia luz.


    Un abrazo con mucho cariño.


    María 📚🍀✨🕯️❤️

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    Te dejo donde puedes conseguirlo. Gracias siempre por permitirme estar cerca. 🤍

  • Hace unos días alguien me dijo que le gustaría tener una amiga como yo… y pensé: ojalá supiera.


    Tengo que decir que una parte de mí se emocionó al escucharlo. Gracias por decirlo, aunque estoy lejos de ser una gran amiga. Gracias.


    Pero eso me llevó a una reflexión: ¿qué buscamos realmente cuando decimos que queremos un amigo?


    Yo creo que buscamos: ser vistos, ser escuchados y ser amados. Y aquí algo importante: los demás quieren exactamente lo mismo.


    Se supondría que eso debería hacer todo más sencillo… pero no lo es.


    Porque queremos que nos escuchen, nos quieran, nos vean y nos respeten, pero pocas veces nos preguntamos si nosotros estamos haciendo lo mismo.


    Para tener un buen amigo, compañero, pareja o familia empieza por ser uno.


    No podemos ir por la vida pidiendo lo que no damos.


    Cuando empiezas a ocuparte de ti, a tratarte mejor, a respetarte, algo cambia. Y no siempre es que el mundo cambie,  a veces eres tú viéndolo diferente.


    Hay una idea que me gusta mucho: lo bonito no se persigue, se atrae. No atrapes mariposas, haz un lindo jardín… y lo demás llegará.


    Lo mismo pasa con las personas. Si sientes que a tu alrededor hay solo malas experiencias, vale la pena preguntarte desde dónde estás mirando.


    Además, no puedes obligar a nadie a quererte, a escucharte o a respetarte, pero sí puedes dejar de quedarte donde eso no pasa. Y también puedes empezar por darte eso a ti.


    A veces nos duele cómo alguien nos trata, pero pocas veces nos preguntamos por qué seguimos ahí.


    No se trata de justificar a nadie. Pero entender que alguien que lastima, muchas veces fue lastimado, cambia la forma en la que lo vives. Duele menos. Y, sobre todo, le quitas el poder que tiene sobre ti.


    Y algo importante: también necesitamos voltear a ver cómo nos estamos comportando nosotros. A veces, nosotros somos el malo o la mala de la historia.


    Así que, si alguien te lastimó, perdona. No por los demás, eso es por ti, y hazlo no para quedarte, sino para avanzar.


    Cuando haces esos ajustes —verte realmente, ver a los demás con compasión, perdonar y perdonarte— algo se acomoda. Las personas correctas se quedan. Las demás se van.


    Así que la pregunta no es qué tipo de amigos quieres tener. Es si tú ya eres ese amigo.


    Porque cuando te das la oportunidad de ser una buena amiga o amigo, te darás cuenta que ya ni siquiera necesitas tener tantos. Pocos serán suficientes para hacer más linda tu vida. Y, sin duda, el mejor de todos serás tú mismo.


    Si a eso le  sumas tu fe, serás imparable.


    Y ojalá algún día, como dijo el escritor Fiódor Dostoyevski, encontremos a alguien con quien podamos hablar como lo hacemos con nosotros mismos.


    Gracias por leerme, por compartir y por todo eso tan lindo que haces para hacerme sentir acompañada.


    Nos vemos en la próxima. No olvides seguirme en mis redes. Y te recuerdo que mi libro digital Las Recetas de la Abuela – para curar el alma también puede ser un gran amigo. Te dejo el link al final.


    Gracias por todo y por tanto.
    Un abrazo grande, con mucho cariño,


    María 📚🍀✨🕯️❤️

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    🤍

  • A tropiezos y con valor, pero ha valido la pena

    Hay cumpleaños que se celebran… y otros que transforman.


    Recuerdo el olor a chocolate y pastel mezclado con las mañanitas sonando antes de que abriera los ojos. Así empezaban mis cumpleaños


    En unos pocos días será. Y sí, tenía que decirlo, porque las felicitaciones me gustan mucho.


    Mi papá nos acostumbró a que ese día fuera casi como una fiesta patronal: las mañanitas para despertarte, un desayuno especial, tu comida favorita, pastel y, si se podía, fiesta.


    Con el tiempo eso cambió.


    Para mí, celebrar la vida se volvió viajar.
    Los viajes y yo siempre hemos sido buenos amigos.


    Pero entre todo ese folclor, desde hace algunos años se coló algo distinto:
    una sensación extraña, que se presentaba con una pregunta incómoda: ¿qué estoy haciendo con mi vida?


    Esa idea de que el tiempo pasa y que aún falta tanto por lograr.


    Dicen que es la crisis de los 40, 50, 60.
    Yo creo que desde los 30 empieza a aparecer. Que te hace cuestionarlo todo, es como si sintieras que el tiempo se te esta acabando


    A esto súmenle que ha habido momentos donde dolió más de lo que me gusta admitir; momentos en los que me sentí perdida, cuestionando si iba en el camino correcto.


    La verdad es que yo siempre he hecho muchas cosas que me gustan, es más hasta tenía una frase para justificar mis locuras:
    Ni de recuerdos se vive, ni de amores se muere.”


    Con eso me convencía de que el pasado no importaba, de que siempre había que seguir, hacer más, buscar más.


    Detenerse no era opción y enamorarse, menos… ups.


    Y sí, funcionaba. Me llevó a vivir momentos intensos, emocionantes, inolvidables. El problema es que nunca era suficiente. Apenas terminaba algo y ya quería lo siguiente.


    Mirar atrás no era reconocer; era confirmar que todavía faltaba mucho.


    Pero hoy algo cambió. Quizá me cansé de correr… o quizá la vida me enseñó a pausar.


    Hoy creo que sí vale la pena voltear atrás,
    pero no para juzgar, sino para agradecer.
    Darme cuenta de que todo ha valido la pena.


    Que soy profundamente bendecida por tener a la mejor mamá del mundo. Que tengo personas —familia, amigos, compañeros— que hacen mi vida más ligera, más bonita.


    Que el amor no llegó perfecto, pero sí dispuesto a construirse.


    Que he conocido lugares increíbles y deseo que mis ojos nunca olviden lo que han visto, ni mis pies los caminos que han recorrido.


    Que hay una ciudad que todavía cargo conmigo. No diré cuál, pero sé exactamente en qué calle entendí que el mundo era más grande de lo que creía.


    Que tuve al papá más bailador y divertido del mundo. Que conocí a mi ángel de la guarda en vida, disfrazado de buen amigo
    y que hoy, desde otro lugar, sé que los dos me siguen cuidando.


    Que han pasado por mi vida personas que no se quedaron, pero que en su momento me hicieron profundamente feliz.


    Que todo lo aprendido me ha permitido crear cosas nuevas, cosas que hoy disfruto y me llenan.


    Que cada ciudad, cada viaje, cada encuentro me ha transformado.


    También he aprendido a reconocer mis errores, a pedir perdón. Aunque he pedido perdón más veces de las que me han perdonado y sé que aún tengo algunos pendientes por decir. Y que todo eso también forma parte del camino.


    Y hoy puedo decirte esto:
    Que la vida no es fácil —nadie dijo que lo fuera—,pero vale profundamente la pena vivirla.


    Que no importa cuánto tengas, sino lo que dejas en el corazón de los demás.


    Que sí, hay que avanzar, crecer, buscar más, pero también merecemos reconocer todo lo que ya hemos hecho.


    Que un abrazo sincero puede ser el mejor regalo, aunque, para qué negarlo, también me encanta abrir regalos.


    Hoy no tengo la vida resuelta, pero tengo historia. Y que no he llegado a donde imaginaba, pero sí a donde necesitaba.


    Si me preguntan cómo llegué hasta aquí, diré que a tropiezos, con maleta en mano y con mucho valor de por medio. Y que lo bueno, lo malo y todo lo que me trajo hasta aquí, sin duda, ha valido la pena.


    Y ojalá, cuando te toque mirar atrás,
    también puedas decirlo. ✨


    Gracias por seguir aquí y por darme el mejor regalo de todos… Leerme y hacerme sentir acompañada.

    Dios les multiplique por mucho, tanto cariño y que les permita voltear al pasado y darse cuenta que ha valido la pena

    Nos vemos en la próxima, con mucho cariño.

    María 📚🍀✨🕯️❤️

    Acompañenme también en mis redes sociales o leyendo mi libro digital: Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma», que lo pueden adquirir en la tienda virtual. Gracias 😊

  • Tómate un respiro… por hoy es suficiente.

    Todo gran camino se inicia con el primer paso.


    Hace varios meses inicié con este sueño de tener un lugar donde escribir sobre lo que sentía, lo que dolía, mis frustraciones y mis grandes anhelos.


    Y, sin duda, se ha vuelto un refugio y también una montaña rusa de emociones; que me ha permitido reconocer una verdad que ahora valoro en mí…


    Somos el resultado de nuestras decisiones, de nuestras emociones, (aún las difíciles) y, lo más hermoso de todo, también somos el resultado de quién nos ama y de quienes amamos.


    Esa hermosa mezcla de lo bueno y lo malo es lo que nos construye…

    Somos magia y sintonía.


    Y en esta loca y divertida historia, hoy llego a mi escrito número 50.


    Cincuenta ocasiones donde las letras confirmaron que los castillos se pueden derrumbar, pero también que de ellos nacen nuevos horizontes. Donde la verdad se mostró tan honesta que parecía doler, pero que en realidad estaba sanando.


    Y, sobre todo, cincuenta momentos donde entendí que no solo se trata de sanar; se trata de avanzar.

    Dónde he aprendido que la vida no es perfecta, pero es hermosa.

    Sé que aún estoy muy lejos de tener todas las respuestas, pero que tengo frente a mí un cuaderno en blanco, esperando para que yo escriba la mejor historia posible.


    Tal vez mañana algo vuelva a doler, quizá otra vez no encuentre la salida o me desilusione, quizá quiera salir corriendo por el miedo. Pero, a diferencia de antes, en esa ocasión me permitiré sentir y dejaré de huir. Porque eso sí lo he aprendido bien:

    de lo que huyes, te encuentra.


    Como se darán cuenta, en esta ocasión no tengo una fábula, un aprendizaje, ni siquiera una canción para compartirles.

    Este domingo solo me serviré un chocolatito caliente y una gordita de azúcar que mi madre preparó antes de irse a otro de sus viajes; me sentaré sin prisa, sabiendo que mi perro ya regresó de su misteriosa escapada semanal… y simplemente veré llover.


    Porque hoy, por fin, estoy disfrutando ser yo.  Una María que aprendió que la manera como se habla sí hace la diferencia. Porque hoy soy amiga de las palabras y sé que ellas me llevarán a lograr todo lo que he soñado.

    .

    Quien ahora sabe que al decir:


    Gracias se expande la energía más hermosa y poderosa que hay, y que «con gusto» es la forma más hermosa de responder, porque ayudar no es una obligación, es un privilegio.


    Lo siento. Aunque son palabras difíciles, decirlas no me hace débil; al contrario, me hace ser más humana y consciente del daño que a veces puedo hacer.


    Te escucho. Es el mejor regalo que podemos hacer a otro. Que por eso tenemos dos oídos y una boca, porque necesitamos escuchar más de lo que hablamos.


    Te amo. En cualquiera de sus formas, no se gasta si lo dices; al contrario, se multiplica.


    Aprendí que el amor no siempre es color de rosa, pero puede tener muchos colores. Que ya no es necesario buscar un príncipe azul, porque un guerrero puede ser una mejor compañía. Y que amar es mucho mejor que no hacerlo.

    Como decía mi abuela: «Es más valiente quien se atreve a amar que quien utiliza toda su fuerza para no hacerlo«.


    Gracias de todo corazón por todo y por tanto; por acompañarme en este recorrido de 50 páginas que forman la primera parte de una historia que parece no tener sentido, pero es el inicio de una transformación que todos, algún día, nos deberíamos permitir tener.


    Hoy me quedo con lo que importa y con los que importan; con los que se han querido quedar, los que me aman y se dan un tiempo para reconocerme. Y…

    .

    Hoy elijo quedarme.


    Sé que ya no soy la de hace algunos años —a la que, por cierto, aún extraño un poco—, pero estoy aprendiendo a amar a esta nueva versión:

    .

    La que no tiene todas las respuestas, la que no se peina, la que aún tiene miedo por no saber cómo salir, la que ocupa un filtro para no decir todo lo que piensa, la que aún tiene de amiga cercana a la ansiedad. La que sigue sin dominar el arte de pedir ayuda y recibirla. Esa que aún reza implorando, la que su vida aún no se parece a la que soñó.

    .

    Pero también ahora soy, la que sabe que hay mucho que agradecer y valorar. Y que está aprendiendo algo muy importante: a amarse bonito y ser menos dura consigo misma.


    También sé algo más: que el amor divino siempre es nuestra mayor bendición.


    Porque Su historia… siempre será mejor que la mía.


    Ah, y…

    que pase lo que tenga que pasar.

    🤍


    Con mucho cariño:

    María 📚🍀✨🕯️❤️


    Como siempre, gracias por compartir, por leerme y por todas esas muestras de cariño que me dan siempre. Gracias por permitirme llegar a las 50 publicaciones; espero que sigas acompañándome en muchas más.


    Si te gustó y quieres seguirme, te comparto mis redes sociales y el lugar donde puedes adquirir mi libro digital:


    Las recetas de la Abuela para acomodar el alma, un libro que sé también será una gran compañía.


    Gracias con mucho cariño, nos vemos pronto… ❣️📚✨

  • Donde todo parecía terminado… apenas estaba empezando.

    Suelo no escribir de religión, no porque no crea o no esté convencida, lo hago porque respeto a quienes no creen o profesan otra religión.


    Además, mi padre, dentro de sus muchas enseñanzas, me dejó una: siempre hay que hablar con seguridad, hablar aunque uno dude de su capacidad. Solo no hay que hacerlo de religión, política o fútbol (refiriéndose a cualquier fanatismo), porque suele generar muchos conflictos. Pero si ya te meten a la conversación, defiende tu postura con la paz y seguridad que te da la certeza de lo que tú crees.


    Pero hoy, en este domingo especial, me gustaría platicarles de algunas cosas que he comprendido. Quizá me tarde algún tiempo en hacerlo, pero que espero les puedan ayudar como a mí. Aunque no soy la mejor hablando de religión, ni creo tener la calidad moral de hacerlo y mucho menos quiero convencer a alguien.


    Además, hace años, un compañero de la secundaria, cercano al judaísmo, me enseñó una de las lecciones de fe más hermosas que he escuchado:


    Nadie debería tratar de convencer a otro de que profese cierta creencia. Nuestra vida debería ser ejemplo de nuestra fe; y eso debería hacer que alguien quiera acercarse a ella.


    Así que intentaré vivir de mejor manera lo que he podido ver más claro últimamente:


    El amor se entrega sin condiciones. La cruz no fue solo dolor, fue una entrega de fe. El amor de verdad implica darse, incluso cuando duele, aun cuando no sea recíproco. Porque el amor verdadero tiene más de ida que de vuelta. Se trata de quién eres y de lo que tienes para dar. Y el amor más puro debe ser hacia nosotros mismos y hacia lo que creemos. Sin duda, el amor nos hará libres.


    Amar también es cuidar el corazón del otro. Una de las últimas palabras de Jesús fueron: «Madre, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre». Nuestro dolor jamás debe invalidar el dolor de los demás. Sostener a otros cuando uno mismo se está rompiendo es permitir que ese amor también nos repare.


    El perdón libera más a quien lo da. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Es la señal más clara de que perdonar no es debilidad, sino una forma de libertad interna. Es cerrar ciclos, es permitirnos resucitar por dentro.


    El silencio también es parte del proceso. Él no murió y resucitó de inmediato; hubo un día —de viernes a sábado— de silencio, de incertidumbre, de personas que creyeron que habían ganado, de oscuridad. Un día donde parecía que nada estaba pasando, pero todo estaba ocurriendo. Ahí, donde parece que todo es oscuro y no hay nada por hacer, es precisamente donde Dios te está preparando para lo mejor. Ten fe, lo mejor está por venir.


    No todo el que duda está perdido. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré». Tomás el Apóstol dudó, pero aun con sus dudas, Jesús le dijo: pon tu dedo. No lo despreció ni lo hizo a un lado. Le permitió convencerse. La fe no es perfecta; siempre tendrá momentos de duda, porque es ahí donde realmente nos encontramos.


    Siempre hay un nuevo comienzo. El sepulcro vacío es la mejor muestra de que todo puede volver a iniciar. Solo bastaron tres días para que Dios cumpliera su promesa.


    Y la última, que no es de la Biblia, sino de  la Madre Teresa de Calcuta: no importa si nadie te cree, si no confían en lo que puedes hacer, si no te aman como tú amas, si no te valoran… al final, nada tiene que ver entre tú y los demás. Todo es entre Dios y tú, al fin de cuenta. Y eso es lo que realmente importa.


    Hay una canción que me encanta y espero que la escuches. Para mí es un himno de fe y de esperanza, se llama Sueño imposible.


    🎵🎶🎹

    Con fe lo imposible soñar
    Al mal combatir sin temor
    Triunfar sobre el miedo invencible
    En pie soportar el dolor
    Amar la pureza sin par
    Buscar la verdad del error
    Vivir con los brazos abiertos
    Creer en un mundo mejor

    Si hubo quien despreciando el dolor
    Combatió hasta el último aliento
    Con fe lo imposible soñar

    🎵🎶


    Y recuerda…

    Dios no permite pruebas para romperte, sino para moverte. Porque a veces, el amor más grande no es el que te deja donde estás cómodo… sino el que te empuja a convertirte en quien estás llamado a ser.


    Confía. Aunque no entiendas. Aunque duela. Aunque parezca que nada está pasando.


    Porque incluso en el silencio… Él sigue escribiendo tu historia.



    Y un último aprendizaje de mi mamá: sirve siempre que puedas, da todo aunque a ti te falte. Y si tus manos no pueden ayudar, entonces júntalas para orar. Y con eso…habrás hecho suficiente.


    Que tu fe —en lo que sea que habite en tu corazón— nunca se apague.


    Y que siempre encuentres la fuerza para volver a empezar.


    Gracias por todo y por tanto.
    Gracias por leerme, por compartir y por todo eso tan lindo que hacen, que también alimenta mi fe de que esto vale la pena.


    Con mucho cariño,


    María 📚🍀✨🕯️❤️

    Si este espacio resonó contigo, te invito a seguirme en redes. Ahí comparto más pedacitos de este mundo hecho desde el corazón. 🤍


    Y si necesitas compañía en tu proceso, mi libro digital «Las Recetas de la Abuela – para acompañar el alma«. También está en mi tienda virtual… para abrazarte en los días que más lo necesites.

    🤍🤍🤍

  • El mundo cambia cuando alguien decide no irse.

    El mundo ha entrado en debate por una noticia reciente: a una joven, después de unos años, le han concedido la eutanasia en España sin tener una enfermedad terminal o cuadriplejia.


    A mí la noticia me dejó un huequito en el corazón. No por juzgar si fue correcto o no. Sería irresponsable decir si estoy a favor o en contra, aunque tenga una opinión.


    Me dolió otra cosa. Me dolió su desesperanza. Me dolió pensar que, como sociedad, estamos fallando a jóvenes, a adultos, a niños.


    Me dolió imaginar que quizá tuvo gente cerca, pero no el respaldo suficiente. No de quienes podían sostenerla de verdad: las instituciones, la sociedad… nosotros.


    Me dolió también por todas las personas que, en silencio y tristemente, desearían tener esa misma opción.


    Porque la desesperanza existe. Porque pesa. Porque a veces gana.


    Y lo digo porque la conozco. Hubo un momento en mi vida, hace poco, en el que, por un instante, pasó por mi mente la idea de dejar de luchar.


    Pero no estaba sola. Tenía a una madre peleando hombro a hombro conmigo. Hermanas que confiaban en mí incluso cuando yo no podía. Tías que, con su cariño, me recordaban que no todo era tan oscuro. Mi compañero de vida, amigos que me sostenían… sin exigirme ser fuerte todo el tiempo.


    Esa tribu… me ayudó a salvarme.


    Me enseñó que, incluso rota, seguía siendo más fuerte de lo que creía. Lo mejor de todo, fue que me vieron y se quedaron, no para arreglarme, sino para sostenerme.


    Y entonces no puedo evitar pensar:
    ¿Y si ella no tuvo eso?
    ¿Y si, como muchos, no tuvo a nadie que la sostuviera?


    Porque a veces no es que las personas quieran rendirse… es que nadie les enseñó cómo quedarse.


    Quizá puedan decirme que esta situación está muy lejos para hacer algo. Que de México a España hay un largo recorrido y pareciera que no había nada que nosotros – desde acá – pudiéramos hacer.


    Pero mi abuela decía que sí: los problemas grandes, esos que no está en nuestras manos solucionar, hay que dejar que otros los atiendan.


    A nosotros nos corresponde algo distinto:
    arreglar lo nuestro y ser parte de la solución en nuestro mundo cercano. En nuestra familia, en nuestra gente, en quienes nos importan.


    Porque es ahí donde realmente podemos sostener.


    Y porque, tal vez, si atendemos los nuestros… los problemas grandes dejan de existir.


    Problemas tenemos todos y nadie la está pasando fácil. Y eso hace muy complicado estar al pendiente de los demás, es más, hay días que no podemos ni con nosotros mismos. Pero nunca olvidemos algo esencial:


    Nuestro dolor nunca debería restarle valor o importancia al dolor de los demás.


    Porque se nos está olvidando acompañar, se nos está olvidando mirar, se nos está olvidando sostener.


    Y se nos está olvidando que juntos pesa menos, que pertenecer a una comunidad, a una familia, a una tribu, cambia todo.


    Porque dos siempre serán más que uno.
    Porque solos podemos avanzar más rápido… pero juntos llegaremos más lejos.


    Cuando realmente pertenecemos, dejamos de ser ajenos al dolor. Y también a la injusticia.


    Les voy a contar una historia.


    El primer día de clases, un profesor de leyes entra al salón y, sin explicación y con un tono duro, le pide a una alumna que se retire.


    Ella, confundida y avergonzada, toma sus cosas y se va en silencio.


    Nadie interviene. Nadie dice nada.


    El profesor mira al grupo y dice:
    “¿Ustedes vienen aquí para aprender a ejercer la justicia?”


    Algunos asustados, pero todos muy seguros respondieron que sí.


    A lo que el maestro los ve con cara molesta y dice: bueno, pues acaban de ver una injusticia… y no hicieron nada.


    Y eso mismo hacemos todos los días. Decimos que tenemos valores. Que somos justos. Que somos buenos. Pero guardamos silencio. Volteamos la mirada. Seguimos de largo. Sé que también, desafortunadamente, a quien quiere ayudar le han hecho daño. Estamos en un círculo vicioso de no hacer por miedo y terminar siendo injustos sin quererlo.


    Debe haber una forma que dejemos de ser indiferentes, de poder acompañar. Es imperante dejar de ignorar a quien sufre. Dejemos de aparecer solo cuando queremos juzgar decisiones, cuando tenemos  «algo que opinar».


    El mundo no necesita más opiniones, necesita más presencia, más humanidad, más valentía. Más amor. Y la capacidad de ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor y por lo que vale la pena seguir luchando.


    Porque si seguimos como vamos, quizá algún día nos pasará la bondad por enfrente y no sabremos reconocerla.


    Pidámosle a Dios, o en quien creamos, que nos devuelva la esperanza.


    Pero sobre todo pidamos que no nos quite la capacidad de sostener a otros cuando más lo necesitan. Ni a la gente que nos rodea, porque también nosotros necesitamos ser sostenidos, ser vistos, ser amados.


    No siempre falta fuerza… a veces falta quien sostenga.


    Hoy no pases de largo.
    Hoy quédate, sobre todo para ti.



    Detrás de esta historia hay una joven.
    Una vida. Un dolor que no vimos a tiempo.


    Confío en que allá arriba haya sido recibida con amor. Que sus dolores, sobre todo los del alma, hoy estén en calma. Y que por fin haya encontrado paz.


    Y que su historia nos recuerde algo que no podemos seguir ignorando:

    aún tenemos mucho por hacer.



    Gracias por seguir aquí, por ser el mejor soporte que uno puede tener, gracias, porque hoy sé que mis pilares están leyendo esto, y esta también es mi forma de agradecerles y honrarlos.


    Gracias también a todos los que me han leído y que, con sus comentarios, aún sin conocerme, me han dado la valentía y el empuje que se requiere para seguir intentándolo. Confiada en que todos estos escritos también puedan ser compañía, aún al otro lado del mundo.


    Gracias por todo y por tanto. Nos leemos pronto. Un abrazo con mucho cariño.


    María 📚❤️✨🍀🕯️


    Te comparto las redes sociales por si gustas seguirme ahí. Gracias 🙏🏽


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  • No se trata del camino más fácil,
    sino del que puedes sostener sin dejar de ser tú.


    Uno debería estar ahí… en ese lugar donde siente que puede ser quien quiere ser.


    Sin duda, la vida termina siendo el resultado de nuestras propias decisiones conscientes, muchas veces marcadas por heridas o deseos inconscientes.


    Y todas esas decisiones tienen un costo: elegir la estabilidad puede implicar sacrificar sueños… y elegir los sueños —o ese lugar donde podemos ser nosotros— puede implicar renunciar a la estabilidad, la certeza o incluso a la familia.


    Al final, todo tiene un costo. Y todo es difícil. Elijamos, entonces, el difícil que nos complique menos la vida.


    La honestidad es difícil; la falsedad también. Seguir lo que otros esperan de nosotros es frustrante, pero ser quienes realmente deseamos ser, también puede serlo. Así que la decisión siempre es nuestra:

    ¿Qué costo estamos dispuestos a pagar?


    A veces pagamos precios muy altos por cosas que ni siquiera queremos, simplemente porque no nos hemos dado el tiempo de conocernos.


    Con los años, vamos guardando sueños y deseos por encajar en un mundo al que, en realidad, no le importamos tanto como creemos.


    ¿Cuánto tuviste que pagar por ser quien eres? Y lo más importante… ¿ha valido la pena?


    Recuerdo una vez a dos hermanos discutiendo sobre a quién le iba mejor. Uno tenía dinero, se había ido del país y “le iba bien”. La otra seguía en su pueblo, con todas las complicaciones que eso implica.


    Él le dijo: “Eres una tonta. Mira lo bien que me va a mí… ¿y tú? ¿Tú quién eres?”


    Y ella respondió:
    “Quizá no me vaya tan bien económicamente como a ti, pero aquí yo soy alguien. Si algo se rompe, quien lo repara me llama por mi nombre. Si me enfermo, el doctor me conoce. En cualquier evento, saben quién soy.
    Tú podrás tener más dinero… pero, ¿quién eres donde vives?”


    El costo no siempre es dinero y la verdadera ganancia tampoco. A veces es paz. Certeza. Seguridad… O amor.


    Uno de los grandes costos que pagamos por ser es precisamente este último, el amor. Creemos que buscamos pareja para ser felices, pero la verdad es que terminamos buscando a personas que nos muestran nuestras heridas. La psicología dice que lo hacemos con la finalidad de «cambiarlas», confiando en que, si lo logramos, nuestra historia será diferente y nuestra herida finalmente sanará.


    Y así vamos por el mundo, diciendo que seguimos al amor, cuando lo que menos recibimos es eso.


    Buscamos amor en personas que ni siquiera conocemos, y que tampoco nos damos el tiempo de conocer.  Asumimos que quieren lo mismo que nosotros, sin tomarnos el tiempo de averiguarlo. Y qué peligroso es eso.


    Antes de amar mucho… hay que conocerse mejor.


    ¿Cuántas veces alguien que nos ama nos ha dado un regalo que no nos gusta? ¿O nosotros lo hemos hecho? ¿Sabes por qué sucede esto?


    Es simple: nos quieren más de lo que nos conocen.


    Y realmente deberíamos conocer a quienes compartimos nuestra vida. Porque una vez escuché a una abuela decir:


    “Amar es entregarle al otro un revólver cargado y confiar en que no lo usará contra ti.”


    Por eso, elegir no es qué tan enamorado estás, es qué tan consciente eres de que ambos decidirán no hacerse daño, incluso en medio del enojo, del orgullo o de no “ganar”.


    Porque debería importar más la relación… que tener la razón.


    También necesitamos soltar la obsesión de “salvar” a otros y dejar de pagar el costo de hacerlo. Cuando te salvas tú, es suficiente. Y, a veces, eso también ayuda a otros a salvarse.


    Elijamos conscientemente el costo de quienes somos, de a quién amamos y de quién queremos ser. Hagámoslo desde el amor, desde lo que nos hace felices y no desde el “así debe ser”, ni desde lo que queremos demostrar, ni mucho menos desde nuestras heridas.


    Sé que no es fácil ver o trabajar con nuestras heridas; tampoco se trata de vivir en el pasado ni de culpar a nuestra historia por todo. Pero sí podemos comenzar por mirarlas y reconocerlas. No siempre para sanarlas —porque, desafortunadamente, hay algunas que no se curan—, pero sí para tratarlas con tanto cariño que, poco a poco, dejen de doler.


    Aprendamos a caminar con esas heridas y a llenar nuestros espacios de soledad; a estar con nosotros mismos, antes de buscar a alguien que llene nuestros vacíos. Porque si no lo hacemos, aún con mucha compañía, nos seguiremos sintiendo solos.


    Hay costos que no es necesario pagar, recuerda: no todos los amores merecen ser vividos… ni todas las batallas merecen ser luchadas.


    Porque vivir sin ser quien eres… ese sí es un costo que nunca se deja de pagar.


    Gracias por seguir aquí, por leerme y hacerme saber que esto ha valido la pena. Confío en que pueda ser compañía, así como ustedes lo han sido conmigo.

    Un abrazo con mucho cariño.

    María 📚🍀✨🕯️❤️

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  • Hay reflejos que incomodan… hasta que entendemos lo que vienen a enseñarnos.


    La semana pasada fue muy interesante. Me tocó platicar con varias personas por cuestiones de asesorías relacionadas con mi profesión, y también con una que otra persona que cree —de manera muy personal— que tengo algo bueno que decir.  Y con todas esas historias me di cuenta de algo:

    En los ojos de otros a veces descubrimos partes de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.


    Hubo una en especial, alguien que me buscó para contarme lo que estaba viviendo y tratar de encontrar una solución. Mientras me contaba su historia, sentí algo curioso: una mezcla entre familiaridad e incomodidad. Había algo en lo que decía que me resultaba demasiado conocido y sentí ese nudo en el estómago que aparece cuando te ponen un espejo enfrente y no te gusta del todo lo que ves.


    Conforme la escuchaba, confirmé que estaba describiendo algo que yo misma había hecho alguna vez. De alguna manera me estaba reflejando en ella. Su postura era muy similar a la que yo tuve hace tiempo en una situación parecida. No diré si era correcta o no, ni contaré su historia porque no es relevante para lo que quiero compartir.


    Lo importante es que por primera vez —aunque me hubiera gustado verlo antes— pude observar que mi versión de las cosas en ese momento no era del todo correcta.


    Le platiqué sobre mi postura, lo que yo creía entonces y lo que hoy hubiera hecho diferente.  Espero que mi historia le ayude a tomar una mejor decisión.

    Como dicen en mi pueblo: ojalá pudiéramos escarmentar en cabeza ajena.


    Le expliqué que en ese entonces hice lo que, según mi historia y mis creencias, era lo correcto. Aunque, siendo honesta, estaba aferrada a la idea de que no existía otro camino mejor que mi propia “verdad”.


    Porque hay momentos en la vida en los que creemos defender lo correcto, cuando en realidad es nuestro ego el que está hablando.


    Con el tiempo – y con los años- uno se da cuenta que existen varias versiones de una sola verdad.


    Te pondré un ejemplo: si tú y yo estamos frente a frente y en el piso hay un número 6, yo veré un 6 y tú verás un 9. ¿Y sabes qué? Ambos tendremos razón.


    Algo similar sucede con varias situaciones en la vida. El problema es que muchas veces no vemos con los ojos… vemos con las heridas. Y cuando vemos desde ahí, podemos interpretar algo completamente diferente a lo que ve la otra persona, incluso si se trata de alguien cercano.


    A veces defendemos nuestra verdad con tanta fuerza que olvidamos que también es solo una perspectiva.


    Lo que más me gustó de todo esto es darme cuenta de que, cuando estamos listos, la vida nos muestra —a través de otras personas— aquello que antes no pudimos ver en nosotros mismos.


    Y no lo hace para juzgarnos ni para reprocharnos, sino para darnos la oportunidad de aprender. Y no repetirlo.


    De ahí viene una frase que escuché hace poco: Todas las personas que llegan a tu vida, vienen a mostrarte algo. Son como espejos que reflejan partes que no siempre podemos ver.


    Cuando algo que hace otra persona genera una reacción o incomodidad en nosotros —ya sea buena o mala— comúnmente tiene que ver con algo que también vive dentro de nosotros.


    Nota importante: Aunque casi siempre lo que nos molesta de otros es un reflejo de algo que hay que trabajar en nosotros; no debemos olvidar que también hay pequeñas ocasiones en que no es algo que debamos sanar, es simplemente nuestra conciencia recordándonos lo que consideramos injusto.


    Cuando nos damos la oportunidad de ver —y además trabajar— lo que otros nos muestran, podemos generar cambios muy importantes en nosotros mismos.


    Hoy agradezco a la persona que me pidió apoyo, porque me dio la oportunidad de reconocer esa parte de mi historia y darme cuenta de que algunas cosas por las que antes peleaba y creía sumamente importantes, hoy ya no lo son tanto.


    Y lo mejor de todo es que no solo pude ver aquello que hice, sino que lo vi sin reprocharme, sin lastimarme u ofenderme, porque entendí que lo hice con las herramientas que tenía en ese momento y está bien. Ahora sé que puede ser diferente.


    Pero no todo es sobre lo malo. No olvidemos, que en ocasiones lo bueno que vemos en los demás también está dentro de nosotros… solo que aún no lo hemos reconocido del todo o simplemente nos falta desarrollarlo.


    Hoy agradezco a todas las personas que han pasado por mi vida y que, con su historia, me han permitido ver también un poco de la mía.


    Hoy sé que esos pequeños reflejos en otros, si tenemos el valor de mirarlos sin juicio ni reproche, pueden mostrarnos no solo quiénes fuimos… sino también quiénes estamos aprendiendo a ser.


    Quizá por eso la vida nos pone espejos en el camino: no sólo para reflejar cómo nos vemos, sino para que, poco a poco, aprendamos a vernos con más verdad y también con más compasión.


    Al final, todo esto no es sobre el otro. Es sobre aprender a mirarte de frente y preguntarte:  Espejito, espejito… ¿qué me está queriendo enseñar esto de mí, que me ayude a ser mi mejor versión, vivir más en paz y quererme mucho?


    Gracias, como siempre, por leerme, por compartir y todo eso genial que hacen con todo su respaldo y cariño.

    Gracias por permitirme mostrar un poco de lo que mis espejitos me han enseñado.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️🍀🕯️✨

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  • La vida no es solo un día malo.
    La vida es la suma de muchos días buenos.

    En una ciudad del norte de México existe un cronista y escritor de columnas a nivel nacional, bastante conocido, que en sus escritos siempre dice que tiene solo cuatro lectores.


    Hace unos días le hicieron un reconocimiento por su trayectoria y, entre los elogios, confirmaron que tenía cuatro lectores… de cada cinco que leen en el país. Lo cual sin duda es cierto.


    La verdad, a mí eso me emocionó mucho, porque yo también tengo cuatro lectores, en realidad son lectoras y sí, solo son  cuatro. Pero mientras me sigan leyendo, yo seguiré escribiendo como si fuera una ganadora de un premio de literatura.


    Resulta que una de ellas —y la más exigente de todas (Tita mi madre)— me dijo:


    —Me gustó mucho tu último escrito. Solo tengo una duda: ¿tú lees lo que escribes?


    La verdad me sorprendió su pregunta, pero respondí que sí.


    Sabía que una crítica o enseñanza vendría después, así que le pregunté por qué.
    A lo que ella respondió:


    —Es que hay ocasiones en que te leo muy animada y otras con un nivel de tristeza que apachurra a cualquiera.


    Creo que acaba de descubrir mi bipolaridad literaria autodiagnosticada. O simplemente le sorprende que haya tenido últimamente el descaro —es broma— de sentir (y escribir) lo y como me siento.


    No es fácil ver que alguien tenga altas y bajas, porque comúnmente nos fabricamos una versión perfectamente feliz, o triste, o enojada —o lo que sea— de nosotros y de los demás. Esa versión nos permite enfrentar este mundo medio loco y bastante complicado.


    Algo así como un personaje que creamos para ayudarnos a sobrellevar la vida o aquello que nos da miedo, confiando que se convertirá en nuestro mejor escudo para no sufrir. Y podría no ser tan malo si esa versión no fuera tan desgastante.


    Sé que entendernos o aprender a conocernos no es sencillo. Somos cambiantes: pasamos de la felicidad a la tristeza continuamente. Y les aseguro que la mayoría no tenemos ni bipolaridad ni algún trastorno; simplemente, al igual que los días, ninguno es igual al otro… y así también somos nosotros.


    Hoy yo estoy intentando llevarme mejor con todas mis versiones, aunque en ocasiones algunas sean un poco tristes.


    Así que acepto que algunos días soy…


    La Mujer Maravilla intentando salvar al mundo y, en otros, no puedo salvarme ni de mí misma.


    Hay ocasiones en que confío plenamente en que mi futuro será muy hermoso y hay días en que el futuro es el día de mañana… y no pinta nada bien.


    Otros días me siento la mujer más sexy del mundo y al siguiente creo que mi compadre tiene razón y estoy bien fregada.


    Unos días tengo la frase y la respuesta que ayudan a cualquiera, y otros no sé qué decirme para levantarme de la cama.


    Pero lo que sí sé es que todos los días aprendo a quererme así, aun cuando no me siento ni la más bonita, ni la más inteligente, ni la más importante. Aún así creo en mí, tengo fé en Dios. Y sigo intentándolo.


    Porque estoy aprendiendo a aceptarme con todo lo que soy: luz y sombra, miedos, heridas, aciertos, fe, una sonrisa amplia, perfectamente imperfecta y unas ganas inmensas de ser yo misma.


    Igual que como canta Lupita D’Alessio… (canten fuerte conmigo):


    🎶🎵🎼
    Porque soy mujer como cualquiera
    Con dudas y soluciones
    Con defectos y virtudes
    Con amor y desamor
    Suave como gaviota
    Pero felina como una leona

    Con todas las incoherencias que nacen en mí
    Fuerte, sexo débil
    🎶🎵🎼


    Y si por alguna extraña razón alguien más que mis cuatro lectoras está leyendo esto y resulta que eres hombre, déjame decirte algo: esta montaña rusa no es exclusiva de nosotras; a ustedes les pasa exactamente lo mismo.


    Porque a quienes se les ha exigido con más fuerza que no expresen, no sientan, no externen y que carguen con todo… es a ustedes.


    A nosotras nos han dicho que calladitas nos vemos más bonitas, y a ustedes que los hombres no lloran. Y ambas cosas son terribles.


    Por todo eso andamos tantos —hombres y mujeres— buscando terapia y tratando de entender nuestras versiones y de sanar heridas de la infancia… cuando ya somos bastante mayorcitos.


    Así que sí, puede que no todos los días sea mi mejor versión, pero intento ser mi versión más honesta. Y, sobre todo, intentaré siempre que mis versiones más malvadas (inserte risa maquiavélica aquí) hagan el menor daño posible.


    Una versión que no se queda callada aunque no sea tan “bonita”, pero que tampoco grita si no es necesario.


    Porque asumir quién soy y permitirme serlo también implica asumir las consecuencias de ello.


    Darnos la oportunidad de conocernos, de aceptar incluso nuestros desaciertos, no es tarea fácil, pero se puede. Hazlo. Vive todas tus versiones. Disfruta lo genial de ti, asume tus responsabilidades, pide perdón cuando hayas lastimado, aprende de tus errores para no repetirlos y da lo mejor de ti, aunque nadie lo vea.


    Solemos juzgar —y ser juzgados —  únicamente por los tropiezos, por lo que fallamos o por lo difícil que ha sido levantarnos. Pero eso es sólo una parte de nosotros, nuestro lado bueno es mucho más importante que nuestras fallas.


    Te contaré una historia sobre esto.


    Una mujer llegó con un tatuador y le pidió que le tatuara un número: 396.


    Sin adornos ni extravagancias, solo el número limpio en su muñeca.


    El tatuador notó que estaba muy conmovida, pero hizo su trabajo sin preguntar.


    Cuando terminó, ella comenzó a llorar. Le dio las gracias, le pagó de más y, antes de irse, le pidió algo:


    —¿Puedes prometerme que guardarás la plantilla? Y si algún día alguien viene a tatuarse su tristeza, enséñale este número y dile que una madre vino a tatuárselo porque fueron los días en que su hija estuvo limpia y luchando por sanar de sus adicciones.


    Durante esos 396 días ella fue su mejor versión. Hace tres días recayó y una sobredosis acabó con su vida.


    Todos recordarán solo eso: su recaída… su peor día.


    Pero yo no quiero olvidar sus 396 días buenos.

    ✧。

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠


    Y tal vez ahí está uno de nuestros grandes errores: recordamos demasiado los días malos y olvidamos la enorme cantidad de días en los que sí lo intentamos, sí nos levantamos y sí fuimos nuestra mejor versión.


    Porque la vida, al final, no es solo los días malos. También es la suma de muchos días buenos…  casi siempre muchísimos más.


    Así que date permiso.

    Permiso de sentir, de equivocarte, de volver a levantarte y de no tener todas las respuestas.


    Date permiso de no ser perfectx.
    De no ser siempre fuerte.
    De no tener claro el camino todos los días.


    Y sigamos aprendiendo, creciendo y entendiendo que, tal como somos hoy, ya somos suficientes..


    Con todo y mis contradicciones… aquí sigo.


    Carta a mis cuatro lectoras


    Ojalá nunca se olviden de quererse en sus días grises y sentirse orgullosas en sus días soleados.


    Y si hoy no fueron su mejor versión, no importa… mañana volveremos a intentarlo.



    Gracias por seguir aquí. Gracias por ser una gran compañía, por compartir, comentar y por todo lo que hacen para demostrarme tanto cariño.


    Gracias a todos sin importar cuántos sean, para mí parecen millones.


    Un abrazo con mucho cariño…


    María 📚🍀💕✨🕯️

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    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。