Sanar es parte del camino, no la carretera entera.

¿Nunca les ha pasado que sienten como si una frase aparece y les da luz en algo que les está sucediendo?

Como si hubiera sido escrita para darte respuestas. O como dijera don Miguel de Cervantes Saavedra:

En algún lugar de un libro 📚, hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.


Bueno, eso es lo que me sucedió con la siguiente frase:

“La vida debes disfrutarla, no puedes sanar para siempre”.


No sé de quién sea, pero en cuanto la leí me di cuenta de que era justo lo que necesitaba para responder una pregunta que me perseguía desde hace días:
¿Cuánto tiempo falta para qué sane?

La respuesta era sencilla:
No todo está roto. No todo requiere sanar.

Déjenme explicarlo mejor. Nos han vendido la idea (y lo peor es que la hemos comprado) de que debemos sanar; que nuestras heridas deben arreglarse, que el corazón debe curarse y no sé cuánta cosa más.

Y sí: somos seres en constante evolución. Claro que las heridas deben cerrarse y el corazón pegarse. Pero no podemos vivir en un constante intento de sanar.

No estamos mal hechos, rotos o enfermos. No siempre necesitamos sanar. Algunas veces solo necesitamos avanzar, otras detenernos, y muchas otras, simplemente disfrutar. Aunque en todas si se requiere aprender. Ese es el chiste real aquí, saber que hay que evolucionar.

Curiosamente, está obsesión por sanar, se termina convirtiendo en un pretexto para no hacerlo, diremos que nos volvemos «hipocondriacos», terminamos buscando de que más hay que sanar. Además, en ocasiones lo usamos hasta para evitar interactuar o ayudar a otros: «no puedo, estoy sanando».

Nos hemos envuelto tanto en “sanar” que ni sanamos ni avanzamos, ni soltamos ni disfrutamos. Nos hemos comprado una obsesión por querer entenderlo todo, que se nos olvida sentirlo, vivirlo y —lo peor de todo— aceptarlo.

Claro que habrá muchas cosas que sí necesiten sanar, pero yo ya me estoy hartando de esta cansadísima tarea de estar “sanando” siempre. Mi versión no es tan mala; por supuesto que puedo ser mil veces mejor, pero no es una carrera, no es una obligación: es un proceso menos complejo… es avanzar y vivir.

Hay tanto que tenemos que «sanar» que el listado es larguísimo, ahora resulta que debo sanar: mi relación con el dinero, con mis padres, mis antecesores, los hijos que nunca tuve, la niña de la primaria que me rompió los colores, el niño del kínder al que hice llorar porque me dio un beso, mi linaje, la bisabuela que no conocí, mi herida de abandono y rechazo, y hasta el perro que se perdió cuando mi hermana era pequeña.

Y todo lo malo que me pasa es por «no sanar», no, algunas cosas simplemente pasan, aunque seamos buenos. La mayoría son por malas decisiones y otras más por despistados (para que no se escuche tan feo).

Pero ¿a poco no?, que cansado es esto de sanar, sanar, sanar…
¿Y lo de vivir? ¿Dónde lo vamos a dejar?

Nos preocupamos tanto por aparentar que estamos bien y “en proceso de sanar”, que hasta parece que es «cool»: «estoy sanando», es nuestra carta de presentación y vivimos en una constante vorágine por querer entenderlo todo, que ni sanamos, ni evolucionamos, ni avanzamos.
Ni vivimos.

¿Por qué, en vez de andar despertando a nuestros ancestros, demonios, fantasmas, ruidos internos y espíritus de no sé qué, no nos acercamos a los que están aquí y les damos un abrazo fuerte, de esos que te pegan los pedacitos rotos?

Quizá en ocasiones no es necesario sanar y sólo baste con pedir perdón… o, mejor aún: perdonar. O quizá eso realmente sea sanar.
Dejar los rencores para las novelas del horario estelar y los resentimientos para otra ocasión.

Si mejor tratamos de cumplir nuestras promesas, sobre todo las propias: mejorar nuestra salud, permitirnos descansar, dejar de perseguir a quien no quiere estar, soltar la necesidad de controlarlo todo o querer cambiar a quien no quiere hacerlo.

Y lo mejor de todo: amarnos, así, con todo lo que somos. Con la perfección de lo imperfecto. Con la convicción de que venimos de algo divino y, por consiguiente, somos seres divinos. Hijos de Dios (o como tú le llames: universo, vida, luz… es lo mismo, alguien más grande). Y Él siempre tiene una mejor historia que la nuestra, sin duda.

Volvamos a ayudar a quien lo necesita, a hablarle a quien extrañamos, a decirle que amamos a quien lo sintamos. A visitar a quienes aún están…

Qué tal si nos volvemos «exitosos» poniendo nuestros dones al servicio de los demás.

Porque ya es suficiente con las mil batallas que afrontamos, esas historias que no contamos, por miedo a que nos vean débiles, como si los demás no vivieran las suyas. Ya es suficiente con nuestra lucha diaria como para todavía tener que hacer mil terapias para sanar.

Si es importante buscar alguna terapia que nos ayude, la que decidas, tu sabrás la que más te sirva. Eso es muy bueno, sólo no te obsesiones, ni hagas demasiadas.

Porque para encontrarte hay que voltear hacia adentro. Como es adentro es afuera.
Así es como se sana, como se avanza: siendo conscientes de algunas cosas, que hay que hacer o dejar de hacer, por ejemplo…

Deja de castigarte por cómo reaccionaste ante tal o cual situación. Pide perdón si es necesario y responsabilízate por el error. Hiciste lo que pudiste con lo que sabías y tenías en ese momento. Aprende de ello, pero avanza. No se trata de hacer como que no pasó o de minimizar lo que al otro le dolió. Se trata de aprender y avanzar. No de cargar con la culpa.


La culpa debe servir para pedir perdón, reconocer lo propio y accionar. Viene a enseñar, a corregir. Debemos aprender, porque si no, la vida nos repetirá la lección. No permitas que venga a castigar.

Algo que debemos tener cuidado, pero si ocupamos diferenciarlo, es entender que  no todo es nuestra culpa. Hay cosas que no lo son, pero quizá sí sea nuestra responsabilidad solucionarlo. Si me afecta —aunque no haya sido mi culpa—, es a mí a quien le toca hacer algo: corregir, aprender, perdonar, redirigir o simplemente irme.

Otra cosa que también debemos entender, es que no siempre lo que nos muestra otra persona es nuestro reflejo. Hay cosas que nos molestan porque son injustas, y cosas que nos agradan porque son hermosas. Mucho podremos ver en otros —sobre todo lo bueno—, pero todos somos diferentes. No todo lo que ves en otros lo tienes que sanar. No todos son espejos, algunos son claridad.

Otro punto es que nadie avanza ni sana al mismo ritmo. No tienes que justificarte, ni acelerar, ni disculparte. Tus tiempos son tuyos; lo que tardes en levantarte es tu asunto y también tu responsabilidad. Eso sí: no importa tu ritmo, pero intenta avanzar siempre, aunque sea un pequeño paso a la vez.

Por último (y para mí, el más importante):
Deja de responsabilizar a los demás por lo que te sucede.


Da las gracias si alguien te ayuda y perdona si alguien te ofende. Pero deja de creer que es responsabilidad de otros cómo tú te sientas.

Deja de buscar culpables y mírate con amor.


Una historia para entenderlo mejor

Un hombre quería vivir en una casa vieja, pero antes decidió repararla. Arregló una pared, luego otra… y cada arreglo revelaba un problema nuevo.

Pasaron semanas y se dio cuenta de que no podía vivir en su casa: solo la reparaba.

Un vecino le dijo:
—Una casa nunca queda perfecta. Si solo la arreglas y nunca la habitas.

Ese día el hombre dejó algunas grietas sin tapar, abrió las ventanas y encendió las luces aunque todo siguiera imperfecto. Y volvió a su casa.

Ahí entendió que sanar no es dejarlo todo impecable… sino volver a habitar la vida, incluso con sus grietas.

(⁠*⁠˘⁠︶⁠˘⁠*⁠)⁠.⁠。⁠*⁠♡

.

Diría mi madre: Una casa abandonada, siempre se va a deteriorar. Y tiene razón, si no vuelves a ti, jamás mejorará nada.


¿Qué no es sanar?

No es buscar a quien te dañó; es corregir lo que hirió en ti, desde adentro.

No es olvidar, no es hacer como que no pasó; no es borrar la cicatriz. Es saber que está ahí, no para recordarte la herida, sino para confirmarte lo fuerte que eres.

No es sonreír para aparentar que ya sanaste; no es adaptarte ni esconderte para no molestar a otros.

No es ser “fuerte” todo el tiempo. No es un estado de paz o perfección permanente.

Sanar no es ir tachando pendientes emocionales como si fueran tareas. No es tener todas las respuestas. No es que el dolor desaparezca por completo.


Y no es convertirte en una versión impecable de ti mismo que nunca vuelve a romperse.


No es dejar de ser humano.




¿Qué sí es sanar?

Es dejar que duela sin disfrazarlo, pero sin perpetuarlo.


Es aprender a pedir ayuda sin sentir culpa.
Es avanzar, aunque sea lento.


Es dejar de esconder tus grietas y usarlas como ventanas por donde entra la luz.


Es elegirte, incluso en los días en los que no sabes ni quién eres.

Es dejar de pelearte con tu historia y empezar a caminar con ella.

Porque al final, sanar no es llegar a un punto perfecto, ni arreglarlo todo, ni convertirte en alguien nuev@.


Sanar es volver a ti: habitar tu historia sin miedo, reconocer tus grietas sin vergüenza y caminar sabiendo que no necesitas estar completa para avanzar.

Recuerda no es que todo esté mal: muchas cosas solo están pasando.

Sanar no es lo que te prometieron.
Es más simple… y más profundo:
No es perfección, es volver a vivir, incluso mientras aún te dueles.


Estás complet@ no se te olvide…

Gracias como siempre, gracias totales por todo y por tanto. Por leerme, compartir, suscribirse y darle like.

Que sean fechas y fiestas increíbles y el inicio de un gran año. Bendiciones.

Un abrazo grande con mucho cariño…

María 📚❤️✨🍀

Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

Posted in

Deja un comentario