
🤍
Hace unos días escuché una frase que me partió el alma. A una buena amiga le falleció su sobrina y la manera de despedirla fue:
“Mi necesidad de ser mamá se quitó el día que mi hermana me prestó a su hija para que fuera la mía también. Hoy tengo que devolverte… demasiado pronto”.
No recuerdo haber escuchado algo que me doliera tanto últimamente como eso.
No juzgaré ni me pondré a cuestionar por qué algunas personas mueren muy jóvenes, y mucho menos por qué algunas mujeres nunca fuimos madres. Mi corazón no daría, en este momento, para eso. Porque hacerlo sería recordar lo que me tomó años superar: no ser madre y la muerte de uno de mis mejores amigos a los 29 años. Ninguna de las dos cosas podría manejarlas ahorita.
Lo que sí puedo decir es que durante años dolió, en silencio, no ser madre. Ese constante: “¿y tú para cuándo?”, como si hubiera sido mi decisión no serlo.
Hubo un tiempo en que realmente quería golpear a quien lo decía. Con los años también entendí que todos nos expresamos desde lo que sentimos y desde lo que somos. En ocasiones no es maldad; es un cuestionamiento sincero, un deseo de verte vivir algo bonito. Pero duele. Duele de verdad.
Les platico cuándo dejó de dolerme tanto.
Cuando un descerebrado —porque no tengo otro sinónimo para ello— me dijo:
“Pues las mujeres, si no son madres, no sirvieron para nada”.
Ese fue el detonante. Y no solo fue el dolor; fue entender que yo misma me estaba viendo así. Que él solo estaba diciendo en voz alta lo que yo pensaba de mí misma.
Y de ahí comencé a quererme, así, sin tanta exigencia… por lo menos en ese tema.
Lo único que me seguía doliendo, así quedito pero quemando, era saber que mi hijo hubiera tenido un gran papá y a la mejor abuela. Y ellos sufrían también, así en voz bajita, para que a mí el corazón no se me apachurrara más.
Después de un tiempo, y de divorciarme, quise buscar un embarazo y escuché un:
“¡Ay no! ¿Ya a esta edad?”
Y fue como si la vida me diera un portazo en la cara y me dijera otra vez: no.
Dolió, pero me regresó a la realidad. Tenía razón… o quizá no. Nunca lo sabré. Pero me dejó una gran enseñanza:
“María, deja de escuchar a los demás”.
Con el tiempo comencé a tener amigas que tampoco fueron mamás. Ninguna por decisión propia, pero sí muy conscientes de que esa parte la tenían en paz.
No sé si sea cierto que uno termina buscando a su tribu para sentirse seguro, pero conocerlas a ellas me confirmó que las mujeres somos mucho más que ser madres.
Y mire qué curioso: todas ellas se llaman María. Muy diferentes, pero muy honestas y en un trabajo constante consigo mismas, porque son, sin duda, mujeres extraordinarias.
A eso súmenle algunas primas que son unas guerreras de la vida, y una tía que a algunos nos amó como a hijos y que nos enseñó precisamente la frase que mi amiga dijo:
“Hay seres que te permiten vivir lo que siempre has deseado”.
Yo tengo a ese hijo adquirido, hijo de mi primo, y eso me hace sentir muy feliz. Durante años nos molestaban con una frase:
“Eres igualito a tu tía”.
Y acá entre nos… es verdad.
No tanto físicamente, sino en que somos odiosamente adorables 🫣: tercos, aferrados, buenos para mandar y para trabajar; creemos que el mundo debe girar a nuestro alrededor y maravillosamente solidarios.
Hoy esa frase me llena de orgullo.
Sin duda, con él confirmé que, si yo lo hubiera parido, no lo habría podido querer más, porque ya lo quiero demasiado.
Muchos años después llegó Galletita mi sobrina hermosa y tantos sobrinos y ahijadas más a quienes darle ese cariño.
Aún con eso, no diré que llega el diez de mayo y no siento cierto dolorcito en el pecho. Creo que en parte es porque mi mamá hubiera sido la mejor abuela del mundo. A mí me hubiera encantado tener una abuela como ella.
Pero hoy estoy en paz con eso.
He hecho muchas cosas: trabajé, viajé, estudié, hice cuanta locura parece que a las madres no se les tiene permitido hacer. Y lo seguiré haciendo.
Y sobre todo entendí que soy suficiente, y que no me debo —y mucho menos le debo a nadie— ser madre, aunque hubiera sido maravilloso serlo.
Entendí que se puede dar todo ese amor a lo que haces y a la gente que te rodea.
Habrá quien se lo dé a sus mascotas. Por cierto, por favor, no juzguen a quien ha elegido ser madre de una mascota, por ejemplo. En primera, porque quizá es mejor madre que muchas otras. Y en segunda, porque no saben qué hay detrás de esa decisión… o de esa imposibilidad de no serlo.
No tienen idea de cuánto dolor puede haber detrás de quienes no pudieron ser padres.
Conozco parejas con más de 15 años juntas—de quienes soy fan— como los familiares de una de las Marías que son de las mejores parejas que conozco o el matrimonio de otra María quienes se aman y luchan todos los días por ser compañía y complemento.
Seguiré sin entender por qué a ellos no les dieron la dicha de ser padres. Lo que sí sé es que se tienen el uno al otro, y eso es una de las mayores bendiciones que pudieron encontrarse.
Además, ser madre no es sinónimo de ser buena mujer. Miren ustedes el caso sucedido en Mexicali. No daré muchos detalles, porque el caso es realmente fuerte. Una madre «olvidó» a su hijo de tres años por descuido en el auto, con el calorón de esa ciudad. Ahí está la mejor muestra de que el título de madre no implica nada.
Pero bueno… también sé, de buena fuente, que el amor de madre es, sin duda, uno de los amores más hermosos que existen.
Agradezcamos por las mamás. Por las buenas, aunque a veces no las entendamos del todo.
Bien dice mi madre:
“Yo no soy tu amiga ni te trataré como tal. No se te olvide que soy tu madre, y eso me hace amarte más que a nada en el mundo, aunque no te gusten del todo mis decisiones”.
Si a ti la vida no te dio el privilegio de ser madre, no te preocupes. Estoy muy segura de que, de alguna forma, la vida compensó todo ese amor que necesitabas dar.
Sé que hubo un tiempo en que pensé que la vida me había quedado debiendo algo, hoy entiendo que no.
Porque el amor nunca se desperdicia.
A veces llega en forma de hijos.
A veces en sobrinos, compañeros, alumnos, amigos, parejas, mascotas, proyectos o personas que terminan sintiéndose hogar.
Y quizá de eso se trata también vivir:
de aprender que dar amor no necesita títulos.
Gracias, como siempre, por todo eso que hacen para demostrarme que están.
Gracias por tanto amor, por todo… y por tanto
Que este 10 de mayo esté rodeado de mucho amor, sin importar el título.
Con mucho cariño…
María 📚🍀✨
Los espero también en mis redes sociales. Y quizá mi libro digital pueda ser una buena compañía. Te dejo donde adquirirlo.
🤍
Deja un comentario