• No es nostalgia. Es sabiduría.

    Hubo un tiempo en el que la vida no se explicaba tanto…  se vivía.


    Antes, nuestras abuelas no hablaban de equilibrio, inteligencia emocional, gestión emocional o mindfulness. Ellas simplemente decían lo necesario… y funcionaba.


    Y quizá ahí está la solución a muchas de las cosas que hoy nos aquejan: no en lo complicado, sino en volver a lo que importa y funciona.


    Hace años había un director en una de las empresas donde trabajaba que, cuando las cosas empezaban a complicarse, siempre decía esta frase:


    Back to the basics.


    Se refería a volver a los procesos básicos, a revisar si realmente se estaban haciendo bien o si, en el camino, ya nos habíamos desviado de alguno.


    Casi siempre funcionaba.
    Al menos servía para confirmar que aquello que sabíamos hacer y que nos daba resultados podía ayudarnos a retomar el rumbo; eso que necesitaba ser reforzado… no ignorado.


    Hoy entiendo que no solo hablaba del trabajo.
    Hablaba de la vida.


    Porque realmente creo que lo mismo nos pasa a nosotros cuando algo se nos empieza a salir de control: necesitamos volver a lo básico.


    A nuestros inicios.
    A nuestras creencias, valores y, sobre todo, a nuestra esencia.
    A esa maravilla que somos, cuidando la experiencia y todo lo que hemos aprendido para ser mejores.


    Es darnos la oportunidad de mirar hacia adentro y preguntarnos qué dejamos de hacer: por error, por costumbre o simplemente por olvido.


    A veces, un pequeño detalle que se desconecta de nuestra esencia es suficiente para descomponer toda nuestra realidad.


    Pongo un ejemplo sencillo.
    Una relación amorosa que ya no fluye como antes. Tal vez la solución no esté en algo complicado, sino en volver a lo básico: un buenos días, un beso, un “qué guapa” o “qué guapo estás”. Volverse a tratar como cuando iniciaron y se enamoraron.


    Nos perdemos tanto en las rutinas, las exigencias y la vida “exitosa” que queremos construir, que olvidamos cosas tan simples como estar al pendiente de nosotros mismos, cuidarnos, retomar el ejercicio, comer mejor, ver a la gente que amamos o convivir con la familia y las personas que nos importan.


    Se nos olvida, con quienes queremos, que lo que sentimos es más fuerte que los errores que se cometieron. Y con nosotros mismos, que nuestra propia compañía vale más que aparentar algo que no somos o fabricar una versión que no nos pertenece.


    Estamos más preocupados por la opinión de los demás —que, por cierto, a muchos ni les interesamos— que por lo que realmente vemos frente al espejo.


    Creo que la solución real a muchos de nuestros problemas está justo en esa frase: back to the basics.


    Volver a pensar de forma sencilla, sin tanta complicación ni tanto drama. Regresar a lo que ya sabemos hacer bien.


    Entender que quizá —solo quizá— la vida no es tan compleja como parece y no exige tanto de nosotros… más que vivirla.


    Es retomar lo que somos, lo que hemos aprendido, esa carga fuerte y buena de sabiduría y potencial que tenemos. Todo eso que generaciones y generaciones antes han construido y transmitido a lo largo de los años.
    Como esas frases cortas, dichas al pasar, que sin saberlo nos acomodaban la vida.


    Así como los dichos que usa mi mamá, o los que muchas veces escuché decir a mi papá.
    Si me leen seguido, se darán cuenta de que siempre hay algo que aprender en sus palabras.


    Una de mis favoritas es: por algo los dichos están bien dichos.


    Esos que son sabiduría milenaria que nos recuerdan como es llevar una vida más tranquila, sencilla y en paz. Y que existían mucho antes de esta nueva era de hablar de bienestar. Esos dichos que no buscan impresionar, controlar o reprimir. Buscan recordar y enseñar lo que realmente vale la pena.


    Todo ese conocimiento de los abuelos hoy lo queremos aplicar llamándolo terapia, meditación o zen… cuando en realidad es experiencia, sabiduría y conciencia de lo básico, de lo que sí funciona.


    Podría escribir un libro con todos los refranes y dichos que alguna vez escuché de mis padres. Y ahora que mi mamá ya es Tita (abuela), esa sabiduría parece haberse multiplicado… o quizá soy yo la que hoy está más abierta a escuchar.


    Así que tal vez valga la pena volver a poner atención a esos refranes que tanto tienen que decirnos. Quizá ahí esté la respuesta y lo que realmente significa volver a nosotros y ser felices… simplemente vivir bien.


    Como cuando decía la abuela:


    Despacio que tengo prisa”, porque correr sin sentido nunca fue sinónimo de avanzar.


    El que mucho abarca, poco aprieta”, una advertencia a tiempo contra el exceso y esa manía de querer llegar a todo, pudiendo hacer mejor lo que sí importa.


    Cada cosa en su lugar”, no solo en la casa, también en la mente y en el corazón; darle espacio a lo que realmente importa.


    Más vale poco de lo bueno que mucho de lo malo”, cuando la calidad de vida pesa más que la cantidad de cosas por hacer.


    No por mucho madrugar amanece más temprano”, un recordatorio amable de que la vida tiene ritmos que no se pueden forzar. Todo llega a su tiempo.


    El hábito no hace al monje”, porque volver a lo básico también es regresar a la esencia, no a la apariencia.


    Y quizá el más sabio de todos: agradecer lo que hay.
    Aunque no lo diga el refrán tal cual, era la enseñanza detrás de todo: agradecer una mesa puesta, una buena compañía, un consejo… incluso aquello que nos rompió, pero nos dio espacio para florecer.


    No importa cómo le llamemos: simpleza, sabiduría o sentido común —aunque a veces sea el menos común de los sentidos—.
    Es recordar todo eso que nuestros antepasados nos transmitían en voz bajita y con cariño, y que hoy reaparece en forma de apps, terapias o libros.


    Porque antes la vida no se “optimizaba” ni se “estructuraba”. Simplemente se vivía.


    En resumen, las recomendaciones de las Titas eran sencillas:

    • Comer comida de verdad.
    • Dormir cuando el cuerpo lo pedía.
    • Tomar un té antes de entrar en pánico.
    • Salir al sol aunque fuera unos minutos.
    • Arreglar la casa para acomodar también la cabeza.


    La abuela sabía que no todo se resuelve corriendo, que no todo merece respuesta y que el silencio también cuida.


    Sabía que agradecer es una forma de abundancia, que comer despacio honra la vida y que lo simple, casi siempre, es suficiente.


    Hoy le llamamos mindfulness.
    Ellas le llamaban vivir bien.


    Tal vez no se trata de aprender algo nuevo ni de encontrar nuevas respuestas. Ni de sumar más conceptos, métodos o nombres para lo que ya sabemos hacer bien.
    Y quizá, solo quizá, recordar lo esencial —lo que cuidaba el cuerpo, lo que calmaba la mente y lo que sostenía el corazón— sea una buena solución para estar mejor.


    Porque volver a lo básico, con intención, quizá sea la forma más honesta de volver a nosotros.

    Es el camino más claro para regresar a casa ❤️✨.


    Volvamos a lo que realmente importa, volvamos a la bondad; ahí es donde también se aprende a ser felices.

    Gracias a todos por leerme, por compartir, por darle like y comentar. Gracias por todo lo que han hecho 🙏🏽.

    Que lo bueno sea lo que siempre esté a su favor.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • No es cambiarlo todo. Es quedarme con lo que sí importa.

    Feliz 2026. ✨🍀🕯️❤️


    Que Dios, la vida, el universo —o en quien creas— te regalen aquello que tu corazón anhela y por lo que estás dispuesto a luchar, incluso cuando parezca que todo tiemble.


    Hoy, con el corazón más despierto que nunca, sé que el 2026 será tan bueno como cada uno de nosotros se atreva a creerlo y crearlo. Y hay una frase de mi mamá que siempre me acompaña y confirma esto: la historia la escriben los valientes.

    Sí, somos arquitectos de nuestro destino.
    O al menos ese albañil que decide construirlo todos los días. Así que más vale hacerlo con cuidado… y con amor.


    A mí me gustan los primeros días del año.
    Los lunes que prometen.
    Los cuadernos nuevos que aún no saben lo que van a contener.
    Los propósitos, los viajes a lo desconocido, las historias que apenas comienzan.
    Sí, creo profundamente en los nuevos comienzos.
    Y en esa hermosa insistencia que tiene la vida de darnos otra oportunidad para empezar de nuevo.


    Este año puede ser esa libreta en blanco donde escribamos una historia que, al volverla a leer, nos haga sonreír.


    Pero seamos honestos…
    ¿Todo cambia solo porque cambia el año?
    Ojalá así fuera. Pero no.
    Nada cambia si seguimos siendo los mismos de siempre. Si no nos damos permiso de sentir, de cuestionarnos, de mirar hacia adentro.


    Nos hemos vuelto expertos en no sentir.
    En huir del dolor. En anestesiarnos con frases que nos enseñaron a callar lo que duele:
    “No llores”,
    “No exageres”,
    “Sé fuerte”.


    Y en ese intento por no rompernos… lo que logramos es vaciarnos.


    Vivimos como si estuviéramos en guerra, creyendo que ser fuerte es resistirlo todo.
    Pero Dios —o la vida— no nos quiere guerreros…
    Nos quiere en paz.
    Nos quiere felices.
    Nos quiere amándonos, no defendiéndonos todo el tiempo.


    Y todas las creencias, caminos y terapias coinciden en eso.


    Nos esforzamos tanto por aparentar que olvidamos quiénes somos.

    • Buscamos más el outfit perfecto que la calma interna.
    • Cuidamos más la imagen que la salud.
    • Queremos la foto para demostrar… y no para recordar.


    Aquí hago un paréntesis.
    Tómate fotos. Muchas. Siempre. De lo que amas. De lo que te hace reír. De lo que hoy parece cotidiano.
    Que no nos pase eso de “debí tirar más fotos de cuando te tuve 🎶”.
    Porque las fotos no detienen el tiempo… pero abrazan la memoria 💛.


    Sigamos…


    Muchos propósitos fracasan no porque sean malos, sino porque nacen desde un lugar equivocado. Desde la apariencia. Desde la exigencia. Desde la culpa.


    Cuando algo no nace del alma, no se sostiene.


    Hablando de sentir, les tengo un dato curioso, aunque suene extraño, ¿saben qué uno de los motores más fuertes de las personas es la ira?.

    Ese sentimiento bien canalizado puede mover montañas. Mal entendido, puede destruirnos por dentro.

    Así que aún lo «malo» puede traer grandes frutos, si se maneja correctamente…


    Ahí entra esa gran aliada que todos deberíamos cultivar: la inteligencia emocional.


    Porque la gente débil reacciona, pero las personas conscientes razonan.


    Razonar también es sentir.Sentir con todo el cuerpo. Las personas emocionalmente inteligentes se enojan, lloran, se rompen…
    pero respiran antes de herir.
    Eligen antes de explotar.
    No se trata de dejar de sentir.Se trata de aprender a habitar lo que sentimos sin perdernos ahí.


    Date permiso de sentirlo todo. Incluso lo incómodo. Incluso lo que duele. Darte la oportunidad de querer que arda el mundo, pero que te permita entender que lo único que ocupa arder es tu corazón, para vivir con propósito


    Solo date cinco minutos para explotar y no te quedes a vivir ahí. Dale su momento… y sigue.


    Entenderte no elimina las emociones, pero las vuelve más llevaderas. Y eso hace que avanzar sea menos pesado.

    No hay fórmulas mágicas para cumplir propósitos. Eso de los tres, cuatro o diez pasos infalibles para lograrlos es mentira. Son procesos, hay cansancio y hay días donde no se puede.


    Y si estás en constante alerta o ansiedad, ya valió. Y además estás cansada o cansado física y mentalmente… peor. Será muy difícil lograr algo así.

    Así que lo que requerimos es iniciar por limpiar. Pero no solo es barrer o sacudir. Es limpiar el entorno, las creencias, las relaciones, el corazón. Alejarte de lo que no suma. Soltar rencores y traumas que ya no necesitas cargar.


    Y si fallas, porque sin duda podrá suceder, no te abandones. Si un día no logras avanzar en un propósito, no lo dejes: sustitúyelo.
    ¿Rompiste la dieta? Continúa, al siguiente día como si no hubiera sucedido; pero ese día cumple otro propósito, como escribir o salir a caminar. Cúmplelo. Agradécete. Prémiate. Eso ayudará a sentir que no fracasaste. Además siempre cumple tus promesas contigo.


    Crear un hábito no es fácil y cumplir un propósito menos. Toma al menos 21 días sembrar la semilla, cuidarla, regarla y ver que crece. Confía en el proceso.Es un paso a la vez. Divide tus planes a días y cada día haz algo que te acerque a tu sueño.

    Los grandes cambios inician por un simple paso. Con la mejor frase de avance que hay: sólo por hoy.


    Así que si quieres flores este año, siembra flores hoy y cuídalas. Pronto verás que valió la pena.


    Hablando de propósitos, te comparto los míos para este año:
    🖤 Quiero acercarme a mis miedos, no para dejar de sentirlos, sino para conocerlos y, aun con ellos, construir mi paz y felicidad.
    🖤 Quiero hacerme amiga de la fe. Creer también en mí. Imaginar no solo escenarios catastróficos, sino también mil llenos de amor y dicha.
    🖤 Ser honesta conmigo, para saber, aunque sea un poquito, cuándo rendirme y cuándo seguir. No quedarme donde no soy feliz ni irme de donde sí puedo serlo, solo por miedo.


    Es sencillo: que pase lo que tenga que pasar.


    Ya no quiero un cuerpo perfecto para las fotos; agradezco un cuerpo sano.
    Ya no quiero dinero para comprar muchas cosas; agradezco abundancia para estar en paz y ayudar.
    Ya no quiero un príncipe azul; agradezco que mi compañero de vida, quiera vivirla y nos acompañe el amor.


    Deseo ser mejor persona, para que las personas correctas caminen conmigo. Porque no se trata de lo que quiero que vean en mí, sino de que lo que yo vea en mí me haga feliz. Y poder ser parte de la felicidad, paz o tranquilidad de alguien más.


    Y tengo un gran sueño: seguir aquí, escribiendo…
    Aunque no siempre sepa cómo decir las cosas. Aún con mis palabras torpes, errores y rebeldía. Pero con la firme esperanza de tocar corazones y llegar a alguien que diga: yo también me he sentido así.

    Ser compañía. Y, por qué no, ejemplo —aunque no sea perfecta— de que se puede escribir de bondad, esperanza y de lo bueno que hay, incluso con el alma hecha cachitos.


    Porque las palabras honestas, dichas desde el amor, siempre encuentran el camino correcto para llegar a su destino. Y hacerlo desde el corazón, porque aprendí que es realidad lo que me dijeron sobre este blog:  «No todos van a entenderlo, pero quien lo entienda, lo va a sentir. Y eso, María, es exactamente para lo que sirve escribir ✨».


    Para terminar

    Sé que será un gran año, porque la fe es lo que nos queda… y de ahí hay que colgarnos si es necesario.


    Gracias, muchas gracias por ser las personas correctas para mí, gracias por leerme, compartir, darle like y comentar.

    Gracias por todo lo que hacen para mostrarme que siguen aquí, siendo parte de este increíble sueño.

    Gracias por todo y por tanto

    Con mucho cariño y con la creencia y fe de que todo llegará con facilidad, gloria y gozo para todos.

    María 📚❤️✨🍀

    .

    .

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏼

  • Seguí caminando. Y eso también fue valentía.


    Wow, está por terminar el 2025.
    Ha sido, sin duda, uno de los años más retadores de mi vida. El de grandes cambios, pero también el que trajo más aprendizaje del que jamás imaginé.

    Aún no sé bien que fue lo que lo complicó: si Urano pasando por mi signo, la energía negativa, el año 9 o la cadena que no envié en 1998 -obviamente yo ayudé en mucho, pero no le digan a nadie por favor-.  Lo que sí sé es que comprendí algo fundamental:


    No somos lo que nos pasa…

    somos lo que hacemos con lo que nos pasa.


    Hay quien cree que lo que nos sucede le da nombre a nuestra existencia. Pero alguien me dijo alguna vez – y con mucha razón -: una cosa es que existan momentos o situaciones que se repiten en nuestra vida y otra muy diferente es anclarnos a ellas.


    Dicho de otra forma, creer que nuestra vida es:
    “No tengo suerte en el amor”,
    “siempre pierdo”,
    “nunca me sale a la primera”.


    O que ya está escrita de principio a fin y que lo que nos sucede es un mandato sin apelación o cambio, es como vivir sin sentido. Sería simplemente estar. ¿Y así que chiste?.

    Aunque sí creo que existe una línea en nuestra vida llamada «destino», al final las decisiones que tomamos son las que escriben nuestra historia.


    No sólo somos el actor o la actriz principal. Somos los escritores de nuestra propia historia. Date la oportunidad de escribir una que siempre quieras volver a leer.


    Cuando algo no nos gusta —cómo me tratan, mi trabajo, mi cuerpo, mi vida— si ponemos atención descubriremos que hay un común denominador:


    Yo.

    Así que para cambiar nuestra realidad, hay que empezar justo ahí. Por el Yo y en como vemos y procesamos lo que sucede.


    Donde pones tu foco, construyes tu realidad. Por ejemplo, claro que hay injusticia afuera, es cierto, pero también hay gente justa.  No se trata de no ver lo malo, sino de no enfocarlo todo en esa dirección.


    Es como el día que tiene la magia de la luz y la noche el enigma de la oscuridad. Pero al final, todo tiene su lado bueno… y el que parece que no, quizá no lo es tanto.


    Nos enseñaron a no mostrar lo malo, a no decirlo, a no exhibir la herida. Por el miedo a que nos hagan daño o al «que dirán». Y sí, sé que hay personas que dañan y sacan provecho cuando te ven vulnerable. Pero también hay gente buena, y eso es lo que realmente importa. Son seres que te ayudan a avanzar.

    Cuando sacas a tus monstruos (miedos) a la luz, cuando los trabajas, los entiendes y los nombras, se hacen pequeños. Dejan de asustar.


    Para que algo deje de doler, hay que sentirlo. Y hay que decirlo para poder estar tranquilos.


    Porque la paz si es posible, pero es necesario entenderla: ya que no es ausencia de problemas; es saber que estás en el lugar correcto, darte permiso de soltar y tener la libertad de ser tú. Es un trabajo de adentro hacia afuera.


    Durante este año, que fue realmente complicado, creí que estaba atrapada en un inmenso hoyo negro sin fin. Hoy descubrí que no.
    Que es un túnel… Sólo un túnel. Y va a terminar pronto.


    Mientras lo pasamos, aunque a veces sea un poco largo, no nos queda más que dejarnos ir, soltarnos.

    Ya que en ocasiones no hay aprendizaje inmediato, ni frases que soporten lo que duele. A veces lo único posible es sostenerse, seguir respirando y no endurecer el corazón. También eso es avanzar.

    No todo se transforma rápido, no todo se entiende a la primera, pero incluso en la confusión hay movimiento. Y mientras sigas caminando —aunque sea lento, aunque sea sin claridad— ya estás eligiendo no quedarte donde el dolor quiso detenerte.


    Porque al final, lo que importa no es lo que ocurre, sino lo que hacemos con ello.


    La psicología cognitiva lo explica así:
    no sufrimos por los hechos en sí, sino por la interpretación que hacemos de ellos.


    Dos personas pueden vivir la misma experiencia y salir con significados completamente distintos.


    Hay un caso muy claro: dos hermanos, uno alcohólico y el otro no. Cuando les preguntaron el motivo, ambos respondieron lo mismo:
    “Porque mi papá fue alcohólico”.


    La misma casa, la misma familia, el mismo padre. Resultados completamente distintos.
    Porque la experiencia no define: define quién la vive y qué hace con ella.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。


    No temas a los momentos difíciles ni a las heridas. Romperse también es una posibilidad inmensa y poderosa de levantarnos y crear algo mejor.


    Existen estudios – y también la vida – que demuestran que, después de momentos complicados, podemos desarrollar mayor fortaleza emocional, claridad de valores, vínculos más auténticos, una relación más profunda con nosotros mismos y resiliencia.


    Pero… ¿Qué es ser resiliente realmente?


    No es aguantarlo todo. Es reconstruirse con sentido.


    Es atravesar las experiencias difíciles sin permitir que definan quién eres. Es sentir el dolor, comprenderlo y transformarlo en aprendizaje.


    No siempre se nota en los grandes actos. A veces vive en lo pequeño: en levantarte sin ganas, en responder distinto, en elegir el silencio donde antes gritabas o en irte de lugares que ya no te sostienen.

    No es épica ni ruidosa; es silenciosa, constante y profundamente personal. Y muchas veces, cuando por fin te das cuenta de que eres resiliente, ya llevas tiempo siéndolo.


    Para mí, si algo dejó este 2025 es claridad:
    Que aún cuando no todo se entiende, ni todo se sana de inmediato, todo puede transformarse si no renuncias a ti. Que no eres débil y que hiciste lo mejor que pudiste con lo que sabías y con lo que tenías a la mano.

    Así que, recuérdalo siempre:

    No somos lo que nos pasa. Somos la conciencia que despierta después, la decisión de no quedarnos a vivir en el dolor, la valentía silenciosa de seguir siendo quienes somos aun cuando la vida nos haya cambiado.


    Y si hoy sigues aquí, leyendo, respirando, cuestionando y sintiendo, entonces no estás roto o rota.


    Estamos Vivos.


    Y eso —aunque a veces no lo parezca— siempre es el inicio de algo mejor.


    Que el 2026 sea un increíble año y conceda todo eso que tu corazón anhela. Un tip: si quieres flores para el próximo año, comienza a plantarlas hoy.  Somos lo que hacemos.

    Un abrazo grande, gracias por haber estado conmigo este 2025, en el inicio de lo que parecía una locura y hoy me hace inmensamente feliz.

    Muchas bendiciones y gracias por todo y por tanto 🙏🏼

    Con cariño…

    María 📚🍀✨🕯️ ❤️

    .

    .

    Sígueme también en redes sociales.

    Tienda virtual:

    🛍️🛒elmundosegunMaría

  • No se trata de merecer sólo por ser, se trata de crear, paso a paso, la vida que soñamos.

    ¿Alguna vez han escuchado que alguien diga: “Deseo que recibas todo lo que te mereces”?

    Confieso que, durante mucho tiempo, ese deseo me parecía demasiado fuerte. Aunque naciera de buenas intenciones, me sonaba ofensivo, incluso hiriente. Lo sentía más como una sentencia que como una muestra de cariño.

    Creo que, a la fecha, en el fondo lo sigo viendo así… pero hoy entiendo que, en realidad, es una de las declaraciones más honestas que existen.

    Somos merecedores de todo por lo que hemos trabajado, de todo lo que hemos creído y creado.
    Nos merecemos todo por lo que hemos luchado.

    Para bien o para mal…

    Hoy vivimos en un mundo que habla constantemente de amor propio, sanación y merecimientos, como si fueran ingredientes de una receta que nos llevará directo a la perfección y a la felicidad perpetua.

    Y qué equivocados estamos…

    Nada es lineal, todo tiene cambios y requiere movimientos, ajustes, congruencia, reciprocidad.

    Hay días buenos y malos. Hay historias que no tienen un final feliz, pero sí mucho aprendizaje. Nuestra vida requiere esfuerzo y trabajo. Aunque a algunos se nos olvida.


    Un claro ejemplo es que en ocasiones queremos que nos amen, sin aprender a amarnos nosotros primero para poder amar correctamente.
    Es como si quisiéramos, sacarnos la lotería sin comprar boleto.


    Y claro que nos merecemos todo… Nos merecemos lo mejor del mundo, siempre y cuando nos aferremos a trabajar por ello.

    Si no, lo único que sucederá es que estaremos frustrados si no se da. 

    Nuestra historia está escrita para ser maravillosa. Y se nos dará lo necesario para que así sea. Sin duda nos merecemos una historia plena. Manifestemos que sea genial.


    Sólo recordemos que manifestar no es solamente decir: “merezco ser exitos@, feliz, en plenitud y en amor”.

    La manifestación no responde a palabras, responde a la energía. Y eso lo he aprendido a golpe y porrazo.

    Yo me preguntaba:
    ¿Por qué no funciona si he pedido al universo y he orado a Dios para que todo se componga?

    La respuesta estaba dentro de mí.
    Por dentro vivía muerta de miedo, sin una pizca de creencia de que alguien me escuchara o de que todo pudiera hacerse realidad.

    Tampoco les presumiré que todo se ha compuesto; para nada. Pero ahora sé que, aunque las cosas no sucedan como esperamos o volvamos a caer, no siempre es algo malo.


    A veces estar tirado en el suelo sirve para ver las estrellas, para descansar… o para entender que tu historia puede ser mejor, si tan solo dejas que suceda.

    .

    Y si hoy estás leyendo esto desde el cansancio, desde la duda o desde una caída reciente, quiero que sepas algo: no llegaste tarde, no fallaste, no estás roto. Estás en proceso. Y eso también cuenta.

    .

    El secreto no está en que cambie lo de afuera. El verdadero secreto es cambiar uno por dentro. Y es ahí donde todo, poco a poco, empieza a cambiar de verdad.

    Hoy entiendo que vibrar alto es enfocar toda tu energía hacia un objetivo.

    Les daré un ejemplo extraño:

    ¿Alguna vez han visto que a alguien “malo”, o que hace cosas malas, todo le sale bien?

    Hasta parece injusto. Uno siendo honesta y “buena”, y nada más no le funcionan las cosas. Mientras quien no tiene empacho en herir, lastimar o tomar caminos no tan correctos, pareciera que siempre le va bien.

    El porqué es sencillo: esas personas jamás sienten que estén haciendo algo malo y están completamente convencidas de que lograrán lo que buscan. Confían tanto en ello y trabajan con tal determinación, que terminan alcanzando muchos de sus objetivos.

    Punto importante aquí: al final siempre gana el bien. Siempre. Se los prometo.

    Lo interesante de todo esto es:

    Sí, hay que manifestar y confiar en que todo lo bueno llegará a nosotros con facilidad, gloria y gozo… siempre y cuando vibremos en esa sintonía y trabajemos por ello.

    Sí , puedes pedir incluso lo imposible, todo puede ser posible si crees en ti y enfocas todo hacia ese camino:
    tus pensamientos, tu energía, tu trabajo, tu amor, tu ser completo.

    ¿Qué todo se nos dará? No te lo puedo asegurar.
    Pero sí puedo decirte que lo anterior nos acerca mucho a lo que buscamos.

    Quizá no existen fórmulas mágicas, pero sí pequeños recordatorios que pueden ayudarnos a caminar con más conciencia:

    • Revisa si lo que estás pidiendo también estás dispuesto(a) a trabajarlo.
    • Cuida tu energía tanto como cuidas tus palabras.
    • No te castigues cuando avances lento; ir despacio también es avanzar.
    • Ama bien, incluso cuando no te amen como esperas.
    • Confía… pero confía haciendo tu parte.

    No se trata de merecer por decreto, sino de construir, paso a paso, aquello que anhelamos.

    Y lo más importante:

    Vive por tus sueños, pero no te encadenes a ellos.


    Deja siempre una puerta abierta, porque te aseguro que Dios (o en quien creas) tiene una historia mejor que la nuestra.

    Cuando nos aferramos demasiado a algo, la frustración por no lograrlo puede ser terrible.

    Quizá estamos esperando un chocolate… y la vida quiere darnos la dulcería entera. Pero por aferrados, ni el chocolate ni la dulcería.

    Y tampoco desees la vida de alguien más. Puedes llevarte desagradables sorpresas, porque su realidad quizá no te guste tanto.

    Yo no suelo compararme con nadie. Lo viví durante mucho tiempo y me prometí jamás hacérmelo yo. Por eso me aferro a esta creencia:

    No envidies la cruz de alguien más; no sabes realmente cuánto pesa.

    A veces vemos la vida de otros y decimos:
    “¿De qué se puede quejar, si no sufre?”

    Y qué equivocados estamos. Solo vemos lo que para nosotros es importante, no el trasfondo de lo que realmente es.

    O como diría mi madre:
    Nadie sabe lo que tiene la olla, más que la cuchara.

    Y pasa incluso con nosotros. Aunque no lo creamos, habrá quien desee nuestra vida, porque no ve lo que nosotros sí. O quizá, porque ellos logran ver mejor lo que nosotros no, por estar enfocados únicamente en lo malo.

    Así que la vida es buena, te lo aseguro. Aun con todas sus complejidades, con la maravilla del día y la magia de la noche

    Sólo que sí requiere de tu trabajo, tu pasión y tu alegría. Y, sobre todo, requiere que la vivas.

    Tal vez no tengamos todas las respuestas, ni la vida resuelta, ni el camino claro. Pero seguimos aquí. Sintiendo, intentando, aprendiendo. Y solo por eso, ya merecemos tratarnos con más amor.

    Porque la felicidad no es un premio ni una meta lejana. Es un derecho que se construye todos los días, aun con miedo, con dudas y con cicatrices…

    Y nos merecemos ser felices.



    Yo deseo para ti todo lo bueno que te mereces, y que tus más grandes sueños se conviertan en una hermosa realidad.

    Gracias siempre por ser parte de todo ésto.
    Gracias por apoyar este sueño que parecía una locura y hoy me hace inmensamente feliz 💝

    Gracias por todo y por tanto.

    Felices fiestas 🎄🎁✨

    Con mucho cariño,
    María 📚❤️✨🍀




    Sígueme también en redes sociales 🙏🏼:


  • Hay comienzos que no hacen ruido.
    No llegan con fuegos artificiales ni promesas exageradas.


    Llegan suaves… pero llenos de intención.

    Hoy quiero compartirte uno de esos comienzos.

    Estoy profundamente emocionada de presentarte la Agenda 2026 de El Mundo Según María. No como un producto, sino como un espacio. Un lugar donde puedes volver a ti cuando el mundo aprieta, cuando el ruido es demasiado o cuando simplemente necesitas orden y calma.

    Esta agenda nació de muchas páginas escritas en silencio, de preguntas que no siempre tuvieron respuesta inmediata y de la certeza de que vivir con intención cambia la forma en que habitamos nuestros días. No está hecha para exigirte más, sino para acompañarte mejor. Para ayudarte a avanzar sin perderte, a organizarte sin olvidarte, a crecer sin dejar de cuidarte.

    Cada mes, cada reto, cada espacio en blanco fue pensado como un recordatorio: tu proceso importa. Tu ritmo es válido. Y siempre puedes volver a empezar.

    Algo nuevo está comenzando.
    Y si este año sientes que quieres hacerlo diferente, más consciente, más tuyo… este puede ser un buen lugar para empezar.

    Confío que te gustará. Y gracias siempre por ser parte de todo ésto que se está creando. Gracias. Muchísimas gracias.


    Con cariño,
    María 🌿

    Aquí la puedes adquirir 👇🏽 si gustas.

    Gracias. Muchas gracias ☺️

  • Sanar es parte del camino, no la carretera entera.

    ¿Nunca les ha pasado que sienten como si una frase aparece y les da luz en algo que les está sucediendo?

    Como si hubiera sido escrita para darte respuestas. O como dijera don Miguel de Cervantes Saavedra:

    En algún lugar de un libro 📚, hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.


    Bueno, eso es lo que me sucedió con la siguiente frase:

    “La vida debes disfrutarla, no puedes sanar para siempre”.


    No sé de quién sea, pero en cuanto la leí me di cuenta de que era justo lo que necesitaba para responder una pregunta que me perseguía desde hace días:
    ¿Cuánto tiempo falta para qué sane?

    La respuesta era sencilla:
    No todo está roto. No todo requiere sanar.

    Déjenme explicarlo mejor. Nos han vendido la idea (y lo peor es que la hemos comprado) de que debemos sanar; que nuestras heridas deben arreglarse, que el corazón debe curarse y no sé cuánta cosa más.

    Y sí: somos seres en constante evolución. Claro que las heridas deben cerrarse y el corazón pegarse. Pero no podemos vivir en un constante intento de sanar.

    No estamos mal hechos, rotos o enfermos. No siempre necesitamos sanar. Algunas veces solo necesitamos avanzar, otras detenernos, y muchas otras, simplemente disfrutar. Aunque en todas si se requiere aprender. Ese es el chiste real aquí, saber que hay que evolucionar.

    Curiosamente, está obsesión por sanar, se termina convirtiendo en un pretexto para no hacerlo, diremos que nos volvemos «hipocondriacos», terminamos buscando de que más hay que sanar. Además, en ocasiones lo usamos hasta para evitar interactuar o ayudar a otros: «no puedo, estoy sanando».

    Nos hemos envuelto tanto en “sanar” que ni sanamos ni avanzamos, ni soltamos ni disfrutamos. Nos hemos comprado una obsesión por querer entenderlo todo, que se nos olvida sentirlo, vivirlo y —lo peor de todo— aceptarlo.

    Claro que habrá muchas cosas que sí necesiten sanar, pero yo ya me estoy hartando de esta cansadísima tarea de estar “sanando” siempre. Mi versión no es tan mala; por supuesto que puedo ser mil veces mejor, pero no es una carrera, no es una obligación: es un proceso menos complejo… es avanzar y vivir.

    Hay tanto que tenemos que «sanar» que el listado es larguísimo, ahora resulta que debo sanar: mi relación con el dinero, con mis padres, mis antecesores, los hijos que nunca tuve, la niña de la primaria que me rompió los colores, el niño del kínder al que hice llorar porque me dio un beso, mi linaje, la bisabuela que no conocí, mi herida de abandono y rechazo, y hasta el perro que se perdió cuando mi hermana era pequeña.

    Y todo lo malo que me pasa es por «no sanar», no, algunas cosas simplemente pasan, aunque seamos buenos. La mayoría son por malas decisiones y otras más por despistados (para que no se escuche tan feo).

    Pero ¿a poco no?, que cansado es esto de sanar, sanar, sanar…
    ¿Y lo de vivir? ¿Dónde lo vamos a dejar?

    Nos preocupamos tanto por aparentar que estamos bien y “en proceso de sanar”, que hasta parece que es «cool»: «estoy sanando», es nuestra carta de presentación y vivimos en una constante vorágine por querer entenderlo todo, que ni sanamos, ni evolucionamos, ni avanzamos.
    Ni vivimos.

    ¿Por qué, en vez de andar despertando a nuestros ancestros, demonios, fantasmas, ruidos internos y espíritus de no sé qué, no nos acercamos a los que están aquí y les damos un abrazo fuerte, de esos que te pegan los pedacitos rotos?

    Quizá en ocasiones no es necesario sanar y sólo baste con pedir perdón… o, mejor aún: perdonar. O quizá eso realmente sea sanar.
    Dejar los rencores para las novelas del horario estelar y los resentimientos para otra ocasión.

    Si mejor tratamos de cumplir nuestras promesas, sobre todo las propias: mejorar nuestra salud, permitirnos descansar, dejar de perseguir a quien no quiere estar, soltar la necesidad de controlarlo todo o querer cambiar a quien no quiere hacerlo.

    Y lo mejor de todo: amarnos, así, con todo lo que somos. Con la perfección de lo imperfecto. Con la convicción de que venimos de algo divino y, por consiguiente, somos seres divinos. Hijos de Dios (o como tú le llames: universo, vida, luz… es lo mismo, alguien más grande). Y Él siempre tiene una mejor historia que la nuestra, sin duda.

    Volvamos a ayudar a quien lo necesita, a hablarle a quien extrañamos, a decirle que amamos a quien lo sintamos. A visitar a quienes aún están…

    Qué tal si nos volvemos «exitosos» poniendo nuestros dones al servicio de los demás.

    Porque ya es suficiente con las mil batallas que afrontamos, esas historias que no contamos, por miedo a que nos vean débiles, como si los demás no vivieran las suyas. Ya es suficiente con nuestra lucha diaria como para todavía tener que hacer mil terapias para sanar.

    Si es importante buscar alguna terapia que nos ayude, la que decidas, tu sabrás la que más te sirva. Eso es muy bueno, sólo no te obsesiones, ni hagas demasiadas.

    Porque para encontrarte hay que voltear hacia adentro. Como es adentro es afuera.
    Así es como se sana, como se avanza: siendo conscientes de algunas cosas, que hay que hacer o dejar de hacer, por ejemplo…

    Deja de castigarte por cómo reaccionaste ante tal o cual situación. Pide perdón si es necesario y responsabilízate por el error. Hiciste lo que pudiste con lo que sabías y tenías en ese momento. Aprende de ello, pero avanza. No se trata de hacer como que no pasó o de minimizar lo que al otro le dolió. Se trata de aprender y avanzar. No de cargar con la culpa.


    La culpa debe servir para pedir perdón, reconocer lo propio y accionar. Viene a enseñar, a corregir. Debemos aprender, porque si no, la vida nos repetirá la lección. No permitas que venga a castigar.

    Algo que debemos tener cuidado, pero si ocupamos diferenciarlo, es entender que  no todo es nuestra culpa. Hay cosas que no lo son, pero quizá sí sea nuestra responsabilidad solucionarlo. Si me afecta —aunque no haya sido mi culpa—, es a mí a quien le toca hacer algo: corregir, aprender, perdonar, redirigir o simplemente irme.

    Otra cosa que también debemos entender, es que no siempre lo que nos muestra otra persona es nuestro reflejo. Hay cosas que nos molestan porque son injustas, y cosas que nos agradan porque son hermosas. Mucho podremos ver en otros —sobre todo lo bueno—, pero todos somos diferentes. No todo lo que ves en otros lo tienes que sanar. No todos son espejos, algunos son claridad.

    Otro punto es que nadie avanza ni sana al mismo ritmo. No tienes que justificarte, ni acelerar, ni disculparte. Tus tiempos son tuyos; lo que tardes en levantarte es tu asunto y también tu responsabilidad. Eso sí: no importa tu ritmo, pero intenta avanzar siempre, aunque sea un pequeño paso a la vez.

    Por último (y para mí, el más importante):
    Deja de responsabilizar a los demás por lo que te sucede.


    Da las gracias si alguien te ayuda y perdona si alguien te ofende. Pero deja de creer que es responsabilidad de otros cómo tú te sientas.

    Deja de buscar culpables y mírate con amor.


    Una historia para entenderlo mejor

    Un hombre quería vivir en una casa vieja, pero antes decidió repararla. Arregló una pared, luego otra… y cada arreglo revelaba un problema nuevo.

    Pasaron semanas y se dio cuenta de que no podía vivir en su casa: solo la reparaba.

    Un vecino le dijo:
    —Una casa nunca queda perfecta. Si solo la arreglas y nunca la habitas.

    Ese día el hombre dejó algunas grietas sin tapar, abrió las ventanas y encendió las luces aunque todo siguiera imperfecto. Y volvió a su casa.

    Ahí entendió que sanar no es dejarlo todo impecable… sino volver a habitar la vida, incluso con sus grietas.

    (⁠*⁠˘⁠︶⁠˘⁠*⁠)⁠.⁠。⁠*⁠♡

    .

    Diría mi madre: Una casa abandonada, siempre se va a deteriorar. Y tiene razón, si no vuelves a ti, jamás mejorará nada.


    ¿Qué no es sanar?

    No es buscar a quien te dañó; es corregir lo que hirió en ti, desde adentro.

    No es olvidar, no es hacer como que no pasó; no es borrar la cicatriz. Es saber que está ahí, no para recordarte la herida, sino para confirmarte lo fuerte que eres.

    No es sonreír para aparentar que ya sanaste; no es adaptarte ni esconderte para no molestar a otros.

    No es ser “fuerte” todo el tiempo. No es un estado de paz o perfección permanente.

    Sanar no es ir tachando pendientes emocionales como si fueran tareas. No es tener todas las respuestas. No es que el dolor desaparezca por completo.


    Y no es convertirte en una versión impecable de ti mismo que nunca vuelve a romperse.


    No es dejar de ser humano.




    ¿Qué sí es sanar?

    Es dejar que duela sin disfrazarlo, pero sin perpetuarlo.


    Es aprender a pedir ayuda sin sentir culpa.
    Es avanzar, aunque sea lento.


    Es dejar de esconder tus grietas y usarlas como ventanas por donde entra la luz.


    Es elegirte, incluso en los días en los que no sabes ni quién eres.

    Es dejar de pelearte con tu historia y empezar a caminar con ella.

    Porque al final, sanar no es llegar a un punto perfecto, ni arreglarlo todo, ni convertirte en alguien nuev@.


    Sanar es volver a ti: habitar tu historia sin miedo, reconocer tus grietas sin vergüenza y caminar sabiendo que no necesitas estar completa para avanzar.

    Recuerda no es que todo esté mal: muchas cosas solo están pasando.

    Sanar no es lo que te prometieron.
    Es más simple… y más profundo:
    No es perfección, es volver a vivir, incluso mientras aún te dueles.


    Estás complet@ no se te olvide…

    Gracias como siempre, gracias totales por todo y por tanto. Por leerme, compartir, suscribirse y darle like.

    Que sean fechas y fiestas increíbles y el inicio de un gran año. Bendiciones.

    Un abrazo grande con mucho cariño…

    María 📚❤️✨🍀

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Mi caos también merece un refugio

    Hay personas que son fuertes y parece que son capaces de reconstruirse sin ayuda.  Esa es una imagen que algunos tienen de mí, si le suman algunas otras características que también creen que tengo: desenfada, inteligente, buena amiga, distante y hábil para resolver problemas.

    El resultado final es: alguien que no ocupa ayuda.

    Por ello estoy muy acostumbrada a que, en los momentos difíciles, algunas personas suelen echarme porras con frases como «tú puedes» «lo vas a solucionar». O algo peor, que no se den cuenta si quiera, que se me está complicando la vida.

    La verdad no me desagrada esa imagen de yo puedo con lo que venga, es más, hasta en ocasiones me gusta y agradezco infinitamente que crean en mí.

    Pero…  aquí va una confesión 🥺:

    Cuando llega alguien y en lugar de repetirme lo anterior, simplemente dice:
    “Claro que puedes… pero aquí estoy para ayudarte.”
    Es como un soplo extra de vida.

    La verdad es que esa frase no la escucho muy seguido. Mi supuesta «fortaleza» destantea a cualquiera y aparenta que no requiero ayuda, pero les aseguro…

    Las personas que parecen más fuertes suelen ser quienes más necesitan un punto de apoyo.


    Esa imagen de fortaleza es solo una de las muchas defensas que usamos para esconder heridas de la infancia: algunos se vuelven serios e impenetrables, otros levantan barreras disfrazadas de enojo, y algunos más se refugian en el alboroto y la alegría.

    Pero, sin importar la imagen que proyectemos, hay algo que todos queremos: ser vistos.

    Deseamos que haya alguien que nos ayude a sostener el mundo cuando se nos desbarata, aunque sea un instante. Que nos recuerde que no estamos ni tan solos ni tan locos como pensamos.

    Y es que:

    “No ocupo que nadie venga a salvarme, pero valoro enormemente a quien se queda a mi lado mientras junto mis pedazos rotos.”


    Quién, pese al caos que somos, logre que el ruido —el de afuera o incluso el de adentro— se apague por un momento.  Que sea nuestro lugar seguro.

    Que nos permita descansar, desahogarnos y sentir desde la honestidad, aún desde la parte más vulnerable de nosotros, ese lado oscuro que también forma parte de nuestra genialidad.

    Me gusta pensar que todos tenemos a ese alguien que es nuestro lugar seguro; solo que quizá a veces lo olvidamos.

    Pero basta recordar:

    ¿A quién llamas cuando la vida se te descompone un poquito?

    Puede ser cualquiera: un familiar, una pareja, una amistad… incluso quien jamás imaginaste. Lo único que interesa es que, cuando lo necesites, te hagan sentir que sí le importas a alguien.

    O, como diría un conocedor del tema: tu lugar seguro también está en ti y la mano que ocupas está al final de tu brazo.

    Nosotros mismos podemos ser ese rinconcito al que volvamos, cuando ocupamos reencontrarnos.


    Les cuento una historia sobre todo esto…

    Una respuesta inesperada ⚱️

    Un día, una mujer llegó a consulta con su terapeuta cargando un jarrón roto dentro de una bolsa.

    —“Vengo porque ya no sé cómo pegar todas las partes rotas”, dijo.

    La terapeuta le pidió que sacara los pedazos. La mujer los colocó sobre la mesa, uno por uno, en silencio.

    Después de un rato, la terapeuta no le dio pegamento ni soluciones.
    Sólo se sentó frente a ella y dijo:

    —“Yo me quedo contigo mientras decides por dónde empezar.”

    La mujer rompió en llanto.
    No porque alguien la reparara, sino porque por primera vez en mucho tiempo alguien la vio rota sin pedirle que se compusiera de inmediato.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)


    Como notarás en la historia, ella entendió que un lugar seguro no se trata de que te salven:
    A veces solo ocupas que te acompañen mientras te reconstruyes.


    ¿Cómo saber quién realmente es un espacio seguro?

    Para mí son esas personas que te hacen sentir que vuelves a casa.

    Normalmente será alguien que te de la confianza de que sí contestará y escuchará.
    Que no intentará solucionar, sino acompañar. Que al escucharte es como si te liberara de un gran peso y que lo hace con paciencia, aunque tu historia la hayas repetido varias veces.

    Si no contesta cuando lo ocupas o le pides ayuda y no está cuando el mundo se te viene encima, entonces no lo es. No nos confundamos con quien dice serlo, pero al final te deja peor.  No le des el título de «lugar seguro» a cualquiera. No todos están a la altura de ser refugio.


    Por cierto, quienes sí lo son… tengo la certeza de que cuando lleguen al cielo, no harán fila.

    Te diré cómo es para mí ese lugar seguro.

    A mí me sabe:

    ✧ A todas las veces que mi tía Angie contestó a mi llamada. Como aquella madrugada fría de febrero, cuando mi padre se había ido, ella respondió y sin decirle nada escuché: “voy para allá”. Haciéndome sentir que a pesar del dolor y lo que sucedía, yo no estaba tan sola como me sentía.

    ✧ A mi amigo texano, quien con solo escuchar mi voz sabe si requiero asistencia urgente, un abrazo (aunque sea virtual) o un “eso te pasa por no entender”, porque también los lugares seguros nos permiten ver cuándo el problema somos nosotros.

    ✧ A mis hermanas creyendo ciegamente en mí, incluso en mis días más dudosos.


    ✧ A mi madre, que siempre esta dispuesta a escuchar y aconsejar.

    Y a tantas personas e historias que me han demostrado que sí existe un lugar seguro.

    Como verás no siempre es una sola persona, pueden ser varias y quizá cambiarán. Pero lo importante es que, como yo, puedas confirmar que tu red de apoyo te mantiene de pie cuando el mundo se te derrumba.

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。


    A veces, recibir ayuda empieza por atrevernos a pedirla. Sé que no es fácil para quienes hemos pasado años sosteniéndonos solos. Pero cuando finalmente lo hacemos, la vida se vuelve más ligera.

    Porque pedir ayuda no es renunciar a la fuerza: es recordar que no siempre tenemos que usarla.

    Por cierto, las personas que son «abrigo» también necesitan cuidado. Así que  agradéceles siempre y cuídalas mucho. No permitas perderlas por no verlas.

    Quizá, tú también eres una persona así.
    Y si crees que no, intenta serlo. No ocupas ser perfect@. Sólo ser un espacio donde alguien pueda llegar con su caos sin sentirse pesado, con su tristeza sin sentirse incómodo, con sus dudas sin sentirse tonto.

    Las personas «abrigo» hablan desde la calma, validan sin juzgar, sostienen silencios y preguntan antes de intervenir.

    Esas personas nos ayudan a ver que:
    Claro que podemos con todo… pero no es necesario que sea con todo a la vez.

    .

    Un recordatorio importante…

    “Cuando realmente somos nosotros mismos, muchas personas se alejan, pero esto crea el espacio necesario para que llegue la gente adecuada.”

    —Hermann Hesse

    .

    Al final, quizá la vida no se trate de ser invencible, sino de encontrar los refugios correctos para desarmarnos sin miedo.

    Porque…

    Hasta la luz más brillante necesita, de vez en cuando, un lugar seguro donde apagarse.

    O mejor aún, encontrar ese lugar que te permita volver a encender tu luz.



    Gracias infinitas como siempre por leerme, por compartir, por creer en esto, por suscribirse, darle like y todo eso que hacen para hacerme sentir que esto vale la pena.

    Y espero que siempre exista una lucecita dentro de ti y tengas esas personas abrigo que no dejen que se extinga.

    Gracias por todo y por tanto.

    Que la vida les sonría bonito.

    Un abrazo reparador con mucho cariño

    María 📚❤️✨🍀

    .

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Mereces una vida que no duela al tocarla


    ¿Cuántas veces has tenido un desperfecto en tu casa o en tus cosas, y terminas arreglándolo con un alambrito o una cinta?

    Esa famosa «mexicanada» —o como le digan en tu país— que arregla el desperfecto sólo por el momento para que siga funcionando, pero que genera una incomodidad a la cual te acostumbras… y  al final termina quedándose como parte de tu vida.

    A veces no nos damos cuenta de cuánto tiempo hemos estado viviendo en un “por mientras”.
    En ese espacio raro donde algo no nos gusta… pero funciona, y por eso lo dejamos ahí.

    Hasta que un día te despiertas y entiendes que llevas meses —o años— sosteniendo la vida con parches.

    Y lo temporal se vuelve eterno.
    ¿Cuánto tiempo llevas viviendo con el corazón parchado en lugar de sanarlo?

    Con un curita en el corazón.

    Cuando digo parches, me refiero a todo eso que no te llena, no te hace bien, pero te acompaña porque “así está bien por ahora”.
    Y no, no lo está.

    Esa pieza que no arreglaste.
    Ese “ya después lo compro” que nunca sucede.
    Ese «ya no funciona» que nunca dejas.
    Ese “por mientras” que se vuelve una vida entera.

    Esto sucede también en las decisiones grandes:
    ¿Sigues usando la sala que compraste «por mientras» encontrabas la que realmente querías?
    ¿Sigues esperando  «ese momento» para comenzar lo que te hará bien?

    Pero la peor versión del “por mientras” es la que nos roba el propósito… y esa es una historia que debo contarte.

    Un «por mientras» de 30 años 🌻

    Tengo muchos (bastantes) años dedicándome al recurso humano. Conozco historias increíbles de superación, historias que merecerían un reconocimiento o ser escritas para un buen libro.

    Pero, curiosamente, las que más me han marcado… son las que nadie creería importantes. Las que parecen comunes.
    Las que duelen en silencio.

    Te contaré una de las más crueles.

    Hace muchos años trabajé en una empresa donde las oficinas estaban en un sótano. No veíamos la luz del sol, y eso que eran las oficinas administrativas de una empresa importante. Una persona del área contable, que estaba todavía más encerrada, cumplía 30 años en ese lugar.

    Obviamente yo llegué, con todo el alboroto que me caracteriza, a hacer fiesta por su aniversario.
    Así comenzó a contarme su historia.
    Le pondremos Girasol 🌻, porque en el fondo siempre esperó ver la luz…

    —Girasol, ¡qué emoción! Hoy cumples 30 años. Yo llevo uno aquí y no encuentro la salida.
    —Ojalá pronto la encuentres.
    —Ay, no me digas eso… treinta años confirman que es un buen lugar, ¿no?
    —Sí, no me quejaré. Ha sido un buen lugar.
    —Pero cuéntame, ¿cómo empezó tu historia?

    Y en vez de ver una cara de satisfacción o alegría… vi una cara de resignación y tristeza que me dolió el alma.

    «Ay, María… yo solo vine por un “mientras”, y no me di cuenta de cómo se me fue la vida entera. Un día iba pasando por aquí, acababa de terminar mi técnica en contabilidad y vi un letrero donde ocupaban personal. Pregunté y me dieron la oportunidad de hacer mis prácticas.

    Cuando vi las oficinas me dije a mí misma: “bueno, es solo por un tiempo, para agarrar experiencia”.

    Y así pasó la vida. Poco a poco comencé a hacer más, a tener más responsabilidades, a aprender más. Después mi madre enfermó y no podía quedarme sin trabajo. Tuve muchos años un buen jefe, pero era alguien que, por su comodidad, no quería que me fuera. Y cada vez que buscaba algo más, me suplicaba que no lo hiciera.

    Siempre quise estudiar la licenciatura, pero entre el trabajo, las responsabilidades y mi familia, nunca hubo tiempo. Trabajábamos de 8 am a 6 pm y los sábados mediodía, que terminaba siendo el día completo.

    Así… el “mientras” se convirtió en 30 años.»

    —Bueno, pero tienes una familia hermosa, ¿no? Y toda una vida de experiencia —(la verdad, ya no encontraba cómo aportar algo bueno).

    «No. Nunca me casé. Mis hermanos sí y se fueron, y yo debía quedarme a cuidar a mi mamá. Tampoco me permití encontrar el amor. El hombre que amé me engañó… o nos engañaron, o ve a saber qué pasó. Me rompió el corazón, y lo pegué con cinta adhesiva…con un curita “por mientras”. Pero nunca sanó del todo. Nunca me permití volver a usarlo.

    Así que, por favor… en cuanto puedas, sal de la comodidad del “por mientras”. Huye antes de que sea demasiado tarde.»

    。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

    Y lo peor… su historia no es la única.

    Desafortunadamente tengo muchas más parecidas, donde el “por un ratito” termina siendo la condena más larga y más cara de su vida.

    Alguna vez alguien me dijo: esas historias son la clara muestra de que nos pagan por dejar nuestros sueños.

    ¿Cuánto cuestan tus sueños?

    Tampoco crean que quiero que sean como yo, que siempre estoy buscando qué más hacer o a dónde ir. No. Yo también estoy aprendiendo a detenerme y valorar lo que sí hay. No puedes vivir huyendo… porque lo que huyes termina encontrándote tarde o temprano.

    Pero, por favor 🙏🏽, tampoco te permitas vivir «por mientras», No te permitas aceptar lo que está roto, lo que no te llena, lo que ya no es para ti, los amores a medias, la gente que no aporta, los hábitos que te lastiman. No te quedes con lo que pesa, lo que aprieta,  lo que incomoda, lo que duele.


    Nos engañamos tanto con el “en cuanto se pueda” que ese “se pueda” nunca llega.
    Nos acostumbramos a vivir mal.
    A que lo que se rompe solo lo parchemos.
    A la incomodidad… y eso que parece una tontería termina siendo una forma de vida.

    Una «tontería» que reprograma tu mente.
    Que poco a poco te apaga.
    Dejas de esperar más.
    Dejas de pedir más.
    Te mueves en un mundo de cosas rotas, de parches.

    Y todo eso lleva a la carencia. Y no sólo hablo de dinero, hablo de estabilidad, de paz, de equilibrio y la más importante de Merecimiento. Porqué esos por mientras te llevan a creer que no mereces una vida completa y feliz,

    sin curita 🩹 en el corazón ❤️.

    No creas que es tan difícil dejar tus «por mientras». Y tampoco tienes que cambiar todo tu mundo ni hacer un cambio radical.

    Quizá solo es tomar esa decisión que llevas tanto tiempo postergando.
    Tener el valor de decir: “me merezco algo mejor”.

    Llama al cerrajero. Cambia esa silla rota o repárala correctamente. Cambia ese pantalón que ya no te queda, o decide realmente ponerte primero, cuidarte, amarte… para que logres que te vuelva a quedar.

    Aún con miedo… atrévete a crear una nueva historia. Una donde te permitas ser tú. Donde te sientas realizad@. Donde seas feliz.

    Las cosas malas les pasan a todos. Y sí, a las personas buenas también les pasan cosas malas. Solo porque sí. No son castigos divinos ni mala suerte. Son aprendizajes. Y hay que vivirlos y superarlos, no dejarlos como hábito o forma de vida.

    Hazte cargo. Elígete. Hazte responsable.

    Quizá me digas: pero para eso se requiere dinero.

    No del todo, se requiere disciplina, nuevos hábitos y querer. Sobre todo querer mucho… A tí.


    Conozco mucha gente muy feliz que no tiene dinero. Te contaré otra historia, con respecto a ésto, que me dejó un gran aprendizaje…


    Don Andrés 🕊️

    Trabajé en otro lugar donde se daba servicio y se obtenía propina. Había colaboradores de servicio al cliente, luego supervisores de turno y después gerentes. Se nos dificultaba muchísimo conseguir supervisores, así que tratábamos de convencer a los de servicio para que “subieran”.

    Un día le pregunté a Don Andrés, un señor de unos 45 años (yo tenía 27), por qué no quería ser supervisor:

    —A ver, don, ¿por qué no quiere? Ganaría más y se desarrollaría. ¿No quiere superarse?

    Su cara se iluminó con una sonrisa tranquila. Esa sonrisa que anuncia la mejor respuesta.

    «Ay, Lic… qué poco ha vivido si cree que lo único importante es un siguiente puesto. Déjeme le cuento, entre usted y yo, por qué no aceptaré. Después le ayudo a convencer a los más jóvenes para que le digan que sí.

    Yo trabajo de 6 am a 2 pm. Pongo mi cara bonita, doy buen servicio y me llevo diario el doble de mi sueldo a casa. Termino a las 2, cierro mi cuenta, me voy sin preocupaciones de cierre de turno y esas cosas y no me vuelvo a acordar del trabajo hasta el siguiente día. Puedo estar con mi familia. Gano más en propinas que el supervisor. Y todos los días alguien me sonríe y me da las gracias porque lo atendí bien.

    Me como mis gorditas de Doña Petra, llego a mi casa, mi mujer me espera, mis hijos ya se casaron… y soy feliz. Así de simple.»

    Como se darán cuenta, ya no tuve argumentos. Me ayudó con otros chicos… y todo estuvo bien.

    Pero su respuesta me confirmó que él era la prueba clara de que vivir desde la abundancia no siempre significa tener más, sino elegir mejor.

    No todo en esta vida se trata de “lo que sigue”.
    Se trata de ser feliz.
    (Y él lo era).

    (◠⁠‿⁠・⁠)⁠—⁠☆

    Con esta historia podrás ver que, al final, se trata de lo que te hace sentir realizad@ y estar en paz.

    Como dice mi madre:
    “Tú sé lo que tú quieras… sólo por favor sé la mejor de todas.”

    Si vas a elegir, elige desde la abundancia, no desde el miedo. Elige lo que te hace sentir plen@, lo que te da paz, lo que te permite ser la mejor versión de ti.

    Sin importar que eso signifique cambiar tus hábitos, tu historia, que los demás no estén de acuerdo o iniciar de cero. Valdrá la pena.

    Quizá pueda ayudarte una frase que alguien que conozco me repetía constantemente para regresarme a mi centro, cada vez que se me olvidaba que lo importante estaba en otro lado:

    “Cuando ponemos la mente al servicio del corazón… cosas mágicas suceden.”


    Recuerda: es la mente al servicio del corazón, y no al revés.

    Es dejar de pensar en lo que sería mejor para los demás, o en el qué dirán, o en si encaja en las normas. Es elegir poner tu inteligencia a favor de lo que te hace sentir bien.
    De lo que amas.

    Porque todo empieza por una decisión pequeña… pero tuya.

    Cuando logras poner todo eso a favor de lo que te hace feliz… entonces ahí empiezas a vivir.

    Cómo ya lo había comentado, no sé trata de dejes todo y te vayas a otro país. (Si lo quieres hacer, genial, pero no es tan necesario).
    No se requieren cambios gigantes. Puedes empezar por arreglar un desperfecto. O tirar algo que se rompió, aunque sea un recuerdo de alguien que ya se fue. Los mejores recuerdos están en el corazón.


    Se trata de empezar por ti. De crear nuevos hábitos y nuevas historias.

    Porque si algo merece reparación, tiempo y ser elegid@ sin titubeos… eres tú.

    La vida no es un “mientras”.
    La vida es ahora, y es tuya.

    Deseo de todo corazón que lo que decidas a partir de hoy —aunque sea pequeño— te acerque a la vida que quieres vivir… y no a la que aprendiste a soportar.



    Gracias, como siempre, por todo y por tanto: por leerme, por suscribirse, por darle me gusta, por compartir, y por todo eso que hacen para hacerme sentir que están cerquita y son parte de esto que me hace tan feliz.

    Un abrazo grande… con cariño.

    María 📚✨💝🍀

    .



    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • Somos más completos cuando dejamos de huir de nosotros mismos.


    Como te darás cuenta desde el título, este escrito será honesto y bastante revelador. Y quizá a través de mi historia, te puedas dar la oportunidad de hacer visible la tuya.

    Gracias por el enorme placer de poder platicar contigo…

    Hablemos sobre los defectos (los míos, por supuesto) y ese lado oscuro que se nos olvida que es parte inherente de nuestra esencia.

    Ya les he platicado antes sobre la sombra, pero hoy quiero escribir sobre algo más detallado, sobre la vulnerabilidad o lo que algunos llaman «debilidades» o «errores». Y todo lo que se aprende al reconocerlos.

    Uno de los aprendizajes más importantes de este último año —uno que yo juraba tener dominado y resultó no ser así— es que uno debe quererse muchísimo.

    Y para ello primero hay que conocerse. O al menos, tener la valentía de intentarlo. Quizá sea un poco difícil. En primera, porque somos algo complicados, y en segunda, porque estamos en constante cambio. El cambio es la única certeza en el mundo.

    Pero si se puede y es una maravilla eso de reconocerse. E insisto «no se puede querer lo que no se conoce«. Así que, saber quiénes somos, nos permite reconectarnos y aprender a amarnos; eso inevitablemente nos llevará a amar a los demás (y que nos amen).

    ¿Sabían que todos —absolutamente todos— los seres humanos buscamos lo mismo? Ser vistos y ser amados. (y quien diga lo contrario, se engaña)

    Saber esto te permite mirar a los demás con más compasión y entender que, al final, no somos tan diferentes: todos buscamos lo mismo.


    Así que la próxima vez que te sientas menos, fuera de lugar o como si no encajaras en ningún lado, recuerda esto: todos queremos ser vistos y amados. Y quizá, con esa conciencia, relacionarte con las personas se vuelva un poquito más ligero.

    En este camino, alguien me preguntó: “¿Tú conoces tu sombra?”
    Mi respuesta inmediata fue: “Claro que sí”
    ¿Y saben qué? Es ¡Mentira!
    Quizá la veía, pero si no se observa, no se le pone atención y no se analiza, no podremos conocerla aunque juremos que sí.

    Y ocupamos reconocerla, si no, jamás entenderemos quiénes somos realmente. Porque entonces viviremos romantizando la perfección: «Yo no tengo defectos», “yo soy muy bueno”, “yo doy todo”, “yo siempre más”, “yo, yo, yo”. Sí, sin duda, todos tenemos un lado increíble, y eso es una bendición. Pero querer ver sólo lo bueno, nos quita la enorme dicha de observarnos completos y reales.

    En un contexto general, claro que somos buenos. Yo, aun reconociendo mi lado oscuro —y viendo también el de personas que alguna vez idealicé—, sigo creyendo que somos buenos por naturaleza. La diferencia es que hoy puedo decirlo con certeza: sí somos buenos… humanamente buenos.


    Es decir, somos buenos sin perfección. Y eso está bien, nos hace ser reales.

    Entonces ¿Dónde está el problema de tener defectos?  Cuando creemos que no los tenemos o cuando los vemos, pero no los trabajamos.

    Y aquí va algo que he aprendido en este tiempo:

    No estamos aquí para eliminar nuestra oscuridad, sino para hacer las paces con ella y recuperar el control de nuestra vida.


    Analizar nuestro lado oscuro no sirve para eliminarlo —eso es imposible—, sino para reconocer cuándo va a aparecer, darle sólo el espacio necesario y evitar que nos lastime… o que lastime a los demás.

    Una conocida de mi mamá —psicóloga, y de las buenas—, dice algo que me encanta y que resume perfectamente esto de aprender a manejar nuestras frustraciones:

    «Hay que vivir todas nuestras emociones. No está mal enojarse, por ejemplo, sólo que hay que enojarse, por el motivo, el momento, el lugar y las personas correctas».

    Es enojarte con el hecho, no con quien se atraviese sin deberla ni temerla.

    Ahí está el verdadero encanto de todo esto: conocer nuestra sombra para permitirle aparecer unos instantes… pero en el tiempo y espacio adecuados.

    Es vivir la emoción, para que el momento no termine pasándote de largo.


    Lo primero que entendí en esto de conocer nuestros defectos, es que es necesario nombrarlos para entenderlos, así que inicié mi «lista de oscuridades» que, por cierto, se ha vuelto larguísima. Aquí van algunas de ellas:

    • Contesto horrible cuando estoy enojada. De verdad soy odiosa.
    • Me transformo en un ogro al volante.
    • Tengo poquísima tolerancia a la gente lenta.
    • Soy buena con el sarcasmo y la ironía.
    • Tengo una herida de abandono muy arraigada; si veo cualquier señal de que alguien se irá, soy la primera en escapar (y soy la mejor desapareciendo).
    • Soy muy dura para juzgarme, con los demás no, pero conmigo soy casi cruel.


    Les prometo que cada uno de estos rinconcitos oscuros los he tratado de trabajar. Pero ojo:

    La sombra siempre va a existir. Y, curiosamente, es también lo que hace que nuestra luz brille más fuerte.


    Ser conscientes de nuestro lado oscuro no significa que va a desaparecer. Significa que evitamos que nos invada.

    Por cierto, también tengo mi lado bueno —no crean que tengo pura oscuridad—. Mi luz es chévere. Pero hoy sé, que mi sombra es parte de mí y de lo que soy. Y estoy bien con eso. Me amo y trato de mejorar cada día, aunque no siempre se me de.

    Otra razón poderosa para conocer “el lado oscuro de la fuerza” es que te permite salir de ahí rápido y no quedarte a vivir en ese lugar… como desafortunadamente le pasa a algunos, que están atrapados en un rincón sombrío del que ya no regresan.

    Nuestra sombra está profundamente ligada a nuestras heridas de la infancia, a lo que nos marcó y que, como defensa, detona esa versión de nosotros. Por ejemplo:

    La ira, muchas veces —muchísimas—, es un disfraz de la tristeza.

    Hay un diálogo en una de mis películas favoritas, El señor de los caballos (1998), que explica esto perfectamente. Si pueden verla, se las recomiendo muchísimo.

    El diálogo es entre Tom (el domador de caballos) y Grace, una niña que tuvo un accidente y perdió una pierna:

    🌘 Tom:
    “Había un chico de la reserva Blackfeet…
    Un día fue a nadar y se lanzó de cabeza al lago… directo contra una roca.
    Se rompió el cuello; quedó paralizado.
    Fue como si su mente, su espíritu… lo que sea… simplemente hubiera desaparecido.
    Lo único que quedó fue su ira.
    Como si el chico que yo conocí se hubiera ido a otro lugar.”

    🌘 Grace:
    “Yo sé a dónde va.”

    🌑 Tom:
    “Lo sé. No desaparezcas tú.
    Haz lo que tengas que hacer para mantenerte agarrada.”

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。


    Ver lo que nos cuesta mirar, nos permite justo eso: mantenernos del lado luminoso y no cruzar esa línea sin retorno.

    Otro de mis grandes defectos, es que mi vida se volvió un reto constante. No podía darme el lujo de fracasar o parar, ni siquiera de disfrutar lo que lograba. Siempre había que ir por más. Ya lo he dicho muchas veces: buscaba “el prado más verde”. Era como una permanente sensación de insatisfacción.

    Tanto así, que dañé muchas cosas y personas valiosas. Y cuando la vida me lo quitó todo y me detuvo, me llevó directo a una de esas famosas noches oscuras… que ha durado mucho tiempo.

    Como todo, «lo malo» ha tenido un lado bueno grandioso. Del cual luego les platicaré con calma.

    Ese rasgo de inquietud y reto, me ha traído ratos complicados, pero también ha sido uno de mis defectos favoritos. Se ha convertido en fuego, ese “siempre más”, también me ha hecho vivir locuras increíbles.

    Te cuento una de ellas:

    Le tengo miedo a las alturas. Pánico real. Me subo a una rueda de la fortuna y quiero llorar.
    Irónicamente, amo volar; los aviones y yo somos uno mismo —uoh, uoh, diría Timbiriche—. Pero las alturas son una tortura para mí.

    Un día, andando con una persona que quiero mucho, estábamos frente a uno de los bungies más altos de México. Y que abro mi bocota:

    —¿Cuánto a que no te tiras?

    —Va. Si me tiro, ¿te tiras tú después? ¿O te rajas?

    Y ahí activé mi peor defecto: no sé decir que no cuando me están retando, aunque esté a punto de hacer una locura.

    Le dije: “Va.”

    Lo vi subirse, que le pusieran el arnés en los pies, ponerse en la orilla, que le dijeran 3, 2, 1… bungie y lanzarse feliz, sin temor, sin dudarlo. Y en ese instante me di cuenta de que me había metido en el peor lío yo solita: tendría que tirarme… siendo terriblemente miedosa a las alturas.

    Y sigo yo: me sujetaron de la cintura, me pusieron en la orilla, contaron “3, 2, 1…  bungie”… y me quedé congelada.

    Pasaron 15 minutos. Miles intentos y yo seguía en la orilla, sudando miedo.

    Hasta que escuché:

    —Ya, Morenita, no sufras. Regresa. No pasa nada. No te lances… ya perdiste.

    Y bueno… fue como si me hirviera la sangre. En ese instante algo se apoderó de mí, lo intenté una vez más, me pusieron de espaldas, me sujetaron bien, contaron “3, 2, 1… bungie”…
    y salté.

    Ahí no sólo me solté para caer. Me solté de varias cosas más. Si pueden háganlo, aunque prometo que yo no lo volvería a hacer. Con una vez es suficiente 🤣

    No podía caminar al regresar a la plataforma por la adrenalina; tuvo que ir por mí. Me abrazó y dijo:

    “Lo lograste Morenita. Qué necesidad de sufrir tanto… pero lo lograste.”

    Aún no sé si fue lo mejor o lo peor que me pudieron decir 😂

    Ah, pero ahí no acaba. El restaurante del hotel tiene vista al bungie. Entramos y escuché:

    “¡Sí se lanzó!”

    La gente ahí se había divertido de lo lindo con mi miedo e indecisión.

    Pero lo logré.

    La valentía no es no temblar; es saltar mientras tiemblas.

    .

    (⁠。⁠☬⁠0⁠☬⁠。⁠)


    Al final fue mi lado oscuro el que me llevó a vivir esta experiencia increíble y profundamente reveladora. Y eso sólo me confirma algo: no existe versión más imparable de mí que la que nace cuando se encienden mis “defectos favoritos”: la ira y esa insatisfacción que me obliga a moverme (quizá no sea el término exacto, pero describe perfecto lo que siento).

    Por cierto, tengo más historias así; unas divertidas, otras no tanto, que luego prometo contarles.

    Como verán, no es que vaya a cambiar del todo esas locuras. Pero conocer mi lado oscuro me ha permitido saber algo valiosísimo:

    No todas las guerras tienen que lucharse; pero si ya estás ahí… haz lo imposible por ganarlas.

    Y te voy a dar otro ejemplo de todo ésto,  con una escena que ocurre en la película The Avengers (2012).
    En una pelea, hay un momento en el que el Capitán América le dice a Bruce Banner- Hulk:

    “Doctor Banner… ahora sería un buen momento para que se enoje.”

    Y Bruce, con esa calma que solo tienen quienes ya se hicieron amigos de su propio caos, responde:

    “Ese es mi secreto, Capitán… siempre estoy enojado.”

    Como verán, ésto nos permite confirmar lo dicho: no se trata de negar la ira, ni de esconder lo que duele, ni de pretender que todo está bien. Es entender que a veces la fuerza más imparable que tenemos nace precisamente de ese lugar oscuro que tratamos de evitar.


    Y no es que queramos vivir en el, sino que cuando lo reconocemos, deja de controlarnos y cuando lo miramos de frente, se vuelve fortaleza.


    Recuerdo que una maestra de la universidad decía:
    Los defectos pueden ser grandes aliados o convertirse en virtudes… si sabes aplicarlos.”

    Nunca sabes cuándo tu imperfección puede salvarte la vida… o darte una de tus mejores aventuras.

    Así que no le tengas miedo a conocer tu lado oscuro. Hazlo en un lugar seguro, eso sí. Pregúntate sin herirte ni juzgarte. Con la única intención de descubrirte… y tener como resultado:

    Amarte más.

    .

    Porque al final, conocerte no es llegar a la perfección… es llegar a ti.
    Y cuando lo haces, la vida entera empieza a ponerse más bonita.

    “El privilegio de una vida es convertirse en quien realmente eres.”

    Carl Jung

    Gracias por seguir aquí, por hacer ésto tan especial. Gracias por comentar, suscribirse, darle me gusta y compartir – ha sido increíble a los lugares donde han llegado estos escritos – Síganlo haciendo por favor 🙏🏽

    Gracias por todo y por tanto. 💝

    Nos vemos en la próxima y sigamos siendo tan maravillosamente imperfectos.

    Un abrazo grande.

    Con cariño..

    María 📚❤️✨🍀

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

  • A veces lo que buscas… Ya lo tienes.

    Hay personas que tienen todo y no lo usan.

    Por ejemplo, vi a una persona con su padre y no le hablaba. Yo, si tuviera al mío, te juro que hablaría con él todos los días. Lo abrazaría más, lo usaría más.


    ¿Sabes qué es lo más triste de esa frase?
    Que, desafortunadamente, muchas veces necesitamos perder lo que amamos para darnos cuenta de cuánto lo necesitábamos.

    O que a veces dejamos de hablar o guardamos rencores con personas de las que olvidamos algo esencial: que un día pueden irse. Y cuando eso pasa, el arrepentimiento duele mucho más que un “discúlpame” o un “vamos a hablar” dicho a tiempo.

    Hay otros casos en los que la rutina y la sensación de tener algo seguro nos hacen olvidar su valor… y lo importantes que son para nosotros.

    Qué ironía: no hay peor cosa que sentir que algo es nuestro, porque dejamos de verlo con emoción. Y aun así, pasamos la vida buscando estabilidad y queriendo sentirnos seguros.

    Permítanme contarles algo importante que entendí en los últimos meses: tenía —bueno, tengo, aunque ya estoy trabajando en ello— una obsesión con “buscar más”, con sentir que “no es suficiente”. Déjenme explicarles mejor con un ejemplo.

    Amo viajar ✈️, lo disfruto muchísimo y soy buena haciéndolo. Pero en los últimos momentos de cada viaje ya estaba pensando en el siguiente, o frustrada porque ese estaba por terminar. Sin darme cuenta, dejaba de disfrutar lo que tenía justo frente a mí por estar viendo lo siguiente.

    Y no sólo me pasaba viajando. Me pasaba con muchas cosas. Siempre había un prado más verde, algo más que hacer, un lugar más a dónde ir.

    Ojo, no es malo querer más. Soy fiel creyente de que debemos crecer, conocer, hacer, viajar… vivir.
    El problema es cuando nos obsesionamos tanto con lo que sigue, que dejamos de ver —y de disfrutar— lo que sí hay. Lo que ya está.

    La magia real no está en pedir lo que no tenemos y esperar que se nos dé. Está en agradecer, aprovechar y valorar lo que sí existe hoy… y confiar en lo que vendrá.

    Crecimos con una programación rara: la pelea constante, la idea de que «lo que sigue» siempre es más importante que «lo que ya es». No importa cuánto nos costó lo que tenemos; la rutina lo vuelve invisible. Entonces vamos corriendo hacia otra cosa… y lo único que logramos es perder lo bueno y estar siempre cansados.

    Si fuéramos conscientes de todo lo positivo que ya nos rodea, le pondríamos más atención. Nos sentiríamos más seguros, más tranquilos, más nosotros. Más felices.

    Sé que ser positivo parece difícil, incluso irreal. Pero quizá el problema es que lo vemos desde el ángulo equivocado.

    Ser positivo no es andar por la vida tirando florecitas, brillitos y sonrisitas siempre.
    Para mí, ser positivo tiene que ver con ser conscientes y confiar.

    Conscientes de lo que ya somos, de lo que hemos logrado, de lo que sí hay. Y entender que todo lo que deseamos será un extra para ser más felices, no el inicio de nuestra felicidad.

    Y confiar en que lo bueno vendrá, aunque la vida se ponga complicada.
    Porque siempre, siempre, termina por componerse.

    Hay una historia que me encanta porque habla justo de eso: de confiar.
    Es la del anillo que un rey le regala a su hijo. Le dice que cada vez que enfrente un problema, dentro del anillo encontrará las palabras correctas para seguir adelante. El anillo tenía grabada la frase: “Esto también pasará”.

    De eso se trata realmente ser positivo: de confiar en que lo malo pasará, que nos dejará un aprendizaje y que incluso en los peores momentos siempre hay una pequeña chispa de alegría.

    Borges lo dijo mejor que nadie:

    “No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.”


    Y es verdad, lo que ya tenemos nos hace sentir que ya estamos en el paraíso, por eso debemos valorarlo, recordar lo que nos costó conseguirlo y reconocerlo siempre. No vaya a ser que un día lo perdamos y nos demos cuenta de lo feliz que éramos y que lo perdimos por descuidados.

    Hace muchos años conocí a una persona. Y se volvió muy importante, es más mi madre dice que yo soy un poquito así como soy, gracias a esa persona (muy diabla). Nos separamos un buen tiempo por azares del destino y la vida nos reencontró tiempo después. No nos vemos ni hablamos muy seguido, pero nos llevamos mejor que antes y sabemos que estamos aquí para lo que se ofrezca.

    Por cierto, le vamos al mismo equipo de soccer. Hace tiempo, bromeando, con que al equipo le estaba yendo mal (muy mal en realidad) le dije:
    —Estan tan mal, que van a perder. Es más, estoy tan segura, que podría apostar a que no nos volvamos a ver.
    Y él, con cara de angustia, me respondió:
    —Ah no. Me costó un chorro reencontrarme contigo. Yo no te pierdo por nada del mundo.

    Ha sido de las mejores frases que me han dicho. Me hizo sonreír, me hizo sentir especial… y me hizo entender:
    Que cuando a uno le importa lo que tiene, quiere y le costó, no debe ni se puede permitir perderlo.

    Aún que a veces parece tan difícil entender que valorar lo que tenemos no está peleado con aspirar a más. Tú alguna vez te has preguntado:

    ¿Y si lo que tengo hoy es suficiente?

    Te propongo un ejercicio:
    Si tienes un cuaderno o diario, mejor; si no, una hoja blanca basta.
    Escribe todas las cosas por las que eres feliz y estás agradecid@.
    Todo: Desde poder respirar, hasta tus plantitas, tu casa, tu familia, tu mascota.

    Cuando termines, léelo otra vez y da gracias por cada cosa. Y hazlo por varios días.

    Lo que buscamos es reprogramar nuestra mente para que se enfoque en lo que tenemos y lo mantenga presente. Para que no se nos olvide lo valioso que ya es lo que hay. Y tengamos la capacidad de siempre ver lo bueno.

    Se nos ha olvidado tanto ver lo bueno, que un día pasará la bondad junto a nosotros y no la podremos ver.


    Esto no busca pintar el mundo color rosa y bloquear lo malo. Busca entender que hay muchos colores, y todos son valiosos; todos le dan vida a nuestra historia. Igual que nuestras sensaciones, incluso las más difíciles, nos hacen ser quienes somos. Nos hacen reales. Y nos permite entender que siempre, siempre hay algo que agradecer y algo bueno que vivir.

    Además, no creo que necesitemos perder lo que nos hace bien para valorarlo. Sería muy tonto de nuestra parte.

    Te doy un tip, que quizá, pueda funcionarte:

    Pon una alarma diaria con esta frase: “Acuérdate de lo bueno.”
    Cuando suene, respira, recuerda, sonríe y sigue.
    A veces solo necesitamos un recordatorio suave para no olvidar todo lo que ya es suficiente.

    Cuando nos damos cuenta de que lo que tenemos es suficiente y lo que llegará es solo para agrandar nuestra felicidad, también entendemos que nosotros somos suficiente… y merecedores de una mejor realidad.

    Repite después de mí: soy suficiente y soy merecedor(a).
    Repítelo hasta que tu cuerpo y tu mente se den cuenta de que es verdad.

    Y no se te olvide…

    Hay lecciones que la vida te enseña suave… y otras que te las grita cuando ya es tarde.


    Ah, y mi último consejo:

    ¿Qué tal si hoy le hablas a esa persona que te importa, a la que todavía tienes la dicha de poder llamar?
    Recuérdale —y recuérdate— cuánto le quieres.
    No permitas que lo que aún puedes abrazar se convierta mañana en un “si lo tuviera” que te rompa el corazón.

    Sin rencores ni reclamos, sin ella o él lo tiene que hacer primero, sin remordimientos ni egos, sólo porque ya sabemos lo que duele perder a alguien que queremos.

    Porque un “te quiero” no detiene el tiempo, pero puede evitar un arrepentimiento que duela para siempre.

    Por favor no cometas la locura de cerrar el corazón y no darte cuenta de lo maravilloso que ya hay a tu alrededor.

    Permítete valorar y disfrutar que todos los días estamos aunque sea un instante en el paraíso.



    Gracias como siempre por seguir aquí, por acompañarme, por ser parte de esto que tanto quería y sigo disfrutando. Gracias por leerme, compartir, comentar, reaccionar y por todo lo que hacen para recordarme que siguen conmigo.

    Gracias por todo y por tanto.

    Un abrazo grande. Con cariño,
    María 📚🍀✨💕

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏾