• Tómate un respiro… por hoy es suficiente.

    Todo gran camino se inicia con el primer paso.


    Hace varios meses inicié con este sueño de tener un lugar donde escribir sobre lo que sentía, lo que dolía, mis frustraciones y mis grandes anhelos.


    Y, sin duda, se ha vuelto un refugio y también una montaña rusa de emociones; que me ha permitido reconocer una verdad que ahora valoro en mí…


    Somos el resultado de nuestras decisiones, de nuestras emociones, (aún las difíciles) y, lo más hermoso de todo, también somos el resultado de quién nos ama y de quienes amamos.


    Esa hermosa mezcla de lo bueno y lo malo es lo que nos construye…

    Somos magia y sintonía.


    Y en esta loca y divertida historia, hoy llego a mi escrito número 50.


    Cincuenta ocasiones donde las letras confirmaron que los castillos se pueden derrumbar, pero también que de ellos nacen nuevos horizontes. Donde la verdad se mostró tan honesta que parecía doler, pero que en realidad estaba sanando.


    Y, sobre todo, cincuenta momentos donde entendí que no solo se trata de sanar; se trata de avanzar.

    Dónde he aprendido que la vida no es perfecta, pero es hermosa.

    Sé que aún estoy muy lejos de tener todas las respuestas, pero que tengo frente a mí un cuaderno en blanco, esperando para que yo escriba la mejor historia posible.


    Tal vez mañana algo vuelva a doler, quizá otra vez no encuentre la salida o me desilusione, quizá quiera salir corriendo por el miedo. Pero, a diferencia de antes, en esa ocasión me permitiré sentir y dejaré de huir. Porque eso sí lo he aprendido bien:

    de lo que huyes, te encuentra.


    Como se darán cuenta, en esta ocasión no tengo una fábula, un aprendizaje, ni siquiera una canción para compartirles.

    Este domingo solo me serviré un chocolatito caliente y una gordita de azúcar que mi madre preparó antes de irse a otro de sus viajes; me sentaré sin prisa, sabiendo que mi perro ya regresó de su misteriosa escapada semanal… y simplemente veré llover.


    Porque hoy, por fin, estoy disfrutando ser yo.  Una María que aprendió que la manera como se habla sí hace la diferencia. Porque hoy soy amiga de las palabras y sé que ellas me llevarán a lograr todo lo que he soñado.

    .

    Quien ahora sabe que al decir:


    Gracias se expande la energía más hermosa y poderosa que hay, y que «con gusto» es la forma más hermosa de responder, porque ayudar no es una obligación, es un privilegio.


    Lo siento. Aunque son palabras difíciles, decirlas no me hace débil; al contrario, me hace ser más humana y consciente del daño que a veces puedo hacer.


    Te escucho. Es el mejor regalo que podemos hacer a otro. Que por eso tenemos dos oídos y una boca, porque necesitamos escuchar más de lo que hablamos.


    Te amo. En cualquiera de sus formas, no se gasta si lo dices; al contrario, se multiplica.


    Aprendí que el amor no siempre es color de rosa, pero puede tener muchos colores. Que ya no es necesario buscar un príncipe azul, porque un guerrero puede ser una mejor compañía. Y que amar es mucho mejor que no hacerlo.

    Como decía mi abuela: «Es más valiente quien se atreve a amar que quien utiliza toda su fuerza para no hacerlo«.


    Gracias de todo corazón por todo y por tanto; por acompañarme en este recorrido de 50 páginas que forman la primera parte de una historia que parece no tener sentido, pero es el inicio de una transformación que todos, algún día, nos deberíamos permitir tener.


    Hoy me quedo con lo que importa y con los que importan; con los que se han querido quedar, los que me aman y se dan un tiempo para reconocerme. Y…

    .

    Hoy elijo quedarme.


    Sé que ya no soy la de hace algunos años —a la que, por cierto, aún extraño un poco—, pero estoy aprendiendo a amar a esta nueva versión:

    .

    La que no tiene todas las respuestas, la que no se peina, la que aún tiene miedo por no saber cómo salir, la que ocupa un filtro para no decir todo lo que piensa, la que aún tiene de amiga cercana a la ansiedad. La que sigue sin dominar el arte de pedir ayuda y recibirla. Esa que aún reza implorando, la que su vida aún no se parece a la que soñó.

    .

    Pero también ahora soy, la que sabe que hay mucho que agradecer y valorar. Y que está aprendiendo algo muy importante: a amarse bonito y ser menos dura consigo misma.


    También sé algo más: que el amor divino siempre es nuestra mayor bendición.


    Porque Su historia… siempre será mejor que la mía.


    Ah, y…

    que pase lo que tenga que pasar.

    🤍


    Con mucho cariño:

    María 📚🍀✨🕯️❤️


    Como siempre, gracias por compartir, por leerme y por todas esas muestras de cariño que me dan siempre. Gracias por permitirme llegar a las 50 publicaciones; espero que sigas acompañándome en muchas más.


    Si te gustó y quieres seguirme, te comparto mis redes sociales y el lugar donde puedes adquirir mi libro digital:


    Las recetas de la Abuela para acomodar el alma, un libro que sé también será una gran compañía.


    Gracias con mucho cariño, nos vemos pronto… ❣️📚✨

  • Donde todo parecía terminado… apenas estaba empezando.

    Suelo no escribir de religión, no porque no crea o no esté convencida, lo hago porque respeto a quienes no creen o profesan otra religión.


    Además, mi padre, dentro de sus muchas enseñanzas, me dejó una: siempre hay que hablar con seguridad, hablar aunque uno dude de su capacidad. Solo no hay que hacerlo de religión, política o fútbol (refiriéndose a cualquier fanatismo), porque suele generar muchos conflictos. Pero si ya te meten a la conversación, defiende tu postura con la paz y seguridad que te da la certeza de lo que tú crees.


    Pero hoy, en este domingo especial, me gustaría platicarles de algunas cosas que he comprendido. Quizá me tarde algún tiempo en hacerlo, pero que espero les puedan ayudar como a mí. Aunque no soy la mejor hablando de religión, ni creo tener la calidad moral de hacerlo y mucho menos quiero convencer a alguien.


    Además, hace años, un compañero de la secundaria, cercano al judaísmo, me enseñó una de las lecciones de fe más hermosas que he escuchado:


    Nadie debería tratar de convencer a otro de que profese cierta creencia. Nuestra vida debería ser ejemplo de nuestra fe; y eso debería hacer que alguien quiera acercarse a ella.


    Así que intentaré vivir de mejor manera lo que he podido ver más claro últimamente:


    El amor se entrega sin condiciones. La cruz no fue solo dolor, fue una entrega de fe. El amor de verdad implica darse, incluso cuando duele, aun cuando no sea recíproco. Porque el amor verdadero tiene más de ida que de vuelta. Se trata de quién eres y de lo que tienes para dar. Y el amor más puro debe ser hacia nosotros mismos y hacia lo que creemos. Sin duda, el amor nos hará libres.


    Amar también es cuidar el corazón del otro. Una de las últimas palabras de Jesús fueron: «Madre, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre». Nuestro dolor jamás debe invalidar el dolor de los demás. Sostener a otros cuando uno mismo se está rompiendo es permitir que ese amor también nos repare.


    El perdón libera más a quien lo da. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Es la señal más clara de que perdonar no es debilidad, sino una forma de libertad interna. Es cerrar ciclos, es permitirnos resucitar por dentro.


    El silencio también es parte del proceso. Él no murió y resucitó de inmediato; hubo un día —de viernes a sábado— de silencio, de incertidumbre, de personas que creyeron que habían ganado, de oscuridad. Un día donde parecía que nada estaba pasando, pero todo estaba ocurriendo. Ahí, donde parece que todo es oscuro y no hay nada por hacer, es precisamente donde Dios te está preparando para lo mejor. Ten fe, lo mejor está por venir.


    No todo el que duda está perdido. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré». Tomás el Apóstol dudó, pero aun con sus dudas, Jesús le dijo: pon tu dedo. No lo despreció ni lo hizo a un lado. Le permitió convencerse. La fe no es perfecta; siempre tendrá momentos de duda, porque es ahí donde realmente nos encontramos.


    Siempre hay un nuevo comienzo. El sepulcro vacío es la mejor muestra de que todo puede volver a iniciar. Solo bastaron tres días para que Dios cumpliera su promesa.


    Y la última, que no es de la Biblia, sino de  la Madre Teresa de Calcuta: no importa si nadie te cree, si no confían en lo que puedes hacer, si no te aman como tú amas, si no te valoran… al final, nada tiene que ver entre tú y los demás. Todo es entre Dios y tú, al fin de cuenta. Y eso es lo que realmente importa.


    Hay una canción que me encanta y espero que la escuches. Para mí es un himno de fe y de esperanza, se llama Sueño imposible.


    🎵🎶🎹

    Con fe lo imposible soñar
    Al mal combatir sin temor
    Triunfar sobre el miedo invencible
    En pie soportar el dolor
    Amar la pureza sin par
    Buscar la verdad del error
    Vivir con los brazos abiertos
    Creer en un mundo mejor

    Si hubo quien despreciando el dolor
    Combatió hasta el último aliento
    Con fe lo imposible soñar

    🎵🎶


    Y recuerda…

    Dios no permite pruebas para romperte, sino para moverte. Porque a veces, el amor más grande no es el que te deja donde estás cómodo… sino el que te empuja a convertirte en quien estás llamado a ser.


    Confía. Aunque no entiendas. Aunque duela. Aunque parezca que nada está pasando.


    Porque incluso en el silencio… Él sigue escribiendo tu historia.



    Y un último aprendizaje de mi mamá: sirve siempre que puedas, da todo aunque a ti te falte. Y si tus manos no pueden ayudar, entonces júntalas para orar. Y con eso…habrás hecho suficiente.


    Que tu fe —en lo que sea que habite en tu corazón— nunca se apague.


    Y que siempre encuentres la fuerza para volver a empezar.


    Gracias por todo y por tanto.
    Gracias por leerme, por compartir y por todo eso tan lindo que hacen, que también alimenta mi fe de que esto vale la pena.


    Con mucho cariño,


    María 📚🍀✨🕯️❤️

    Si este espacio resonó contigo, te invito a seguirme en redes. Ahí comparto más pedacitos de este mundo hecho desde el corazón. 🤍


    Y si necesitas compañía en tu proceso, mi libro digital «Las Recetas de la Abuela – para acompañar el alma«. También está en mi tienda virtual… para abrazarte en los días que más lo necesites.

    🤍🤍🤍

  • El mundo cambia cuando alguien decide no irse.

    El mundo ha entrado en debate por una noticia reciente: a una joven, después de unos años, le han concedido la eutanasia en España sin tener una enfermedad terminal o cuadriplejia.


    A mí la noticia me dejó un huequito en el corazón. No por juzgar si fue correcto o no. Sería irresponsable decir si estoy a favor o en contra, aunque tenga una opinión.


    Me dolió otra cosa. Me dolió su desesperanza. Me dolió pensar que, como sociedad, estamos fallando a jóvenes, a adultos, a niños.


    Me dolió imaginar que quizá tuvo gente cerca, pero no el respaldo suficiente. No de quienes podían sostenerla de verdad: las instituciones, la sociedad… nosotros.


    Me dolió también por todas las personas que, en silencio y tristemente, desearían tener esa misma opción.


    Porque la desesperanza existe. Porque pesa. Porque a veces gana.


    Y lo digo porque la conozco. Hubo un momento en mi vida, hace poco, en el que, por un instante, pasó por mi mente la idea de dejar de luchar.


    Pero no estaba sola. Tenía a una madre peleando hombro a hombro conmigo. Hermanas que confiaban en mí incluso cuando yo no podía. Tías que, con su cariño, me recordaban que no todo era tan oscuro. Mi compañero de vida, amigos que me sostenían… sin exigirme ser fuerte todo el tiempo.


    Esa tribu… me ayudó a salvarme.


    Me enseñó que, incluso rota, seguía siendo más fuerte de lo que creía. Lo mejor de todo, fue que me vieron y se quedaron, no para arreglarme, sino para sostenerme.


    Y entonces no puedo evitar pensar:
    ¿Y si ella no tuvo eso?
    ¿Y si, como muchos, no tuvo a nadie que la sostuviera?


    Porque a veces no es que las personas quieran rendirse… es que nadie les enseñó cómo quedarse.


    Quizá puedan decirme que esta situación está muy lejos para hacer algo. Que de México a España hay un largo recorrido y pareciera que no había nada que nosotros – desde acá – pudiéramos hacer.


    Pero mi abuela decía que sí: los problemas grandes, esos que no está en nuestras manos solucionar, hay que dejar que otros los atiendan.


    A nosotros nos corresponde algo distinto:
    arreglar lo nuestro y ser parte de la solución en nuestro mundo cercano. En nuestra familia, en nuestra gente, en quienes nos importan.


    Porque es ahí donde realmente podemos sostener.


    Y porque, tal vez, si atendemos los nuestros… los problemas grandes dejan de existir.


    Problemas tenemos todos y nadie la está pasando fácil. Y eso hace muy complicado estar al pendiente de los demás, es más, hay días que no podemos ni con nosotros mismos. Pero nunca olvidemos algo esencial:


    Nuestro dolor nunca debería restarle valor o importancia al dolor de los demás.


    Porque se nos está olvidando acompañar, se nos está olvidando mirar, se nos está olvidando sostener.


    Y se nos está olvidando que juntos pesa menos, que pertenecer a una comunidad, a una familia, a una tribu, cambia todo.


    Porque dos siempre serán más que uno.
    Porque solos podemos avanzar más rápido… pero juntos llegaremos más lejos.


    Cuando realmente pertenecemos, dejamos de ser ajenos al dolor. Y también a la injusticia.


    Les voy a contar una historia.


    El primer día de clases, un profesor de leyes entra al salón y, sin explicación y con un tono duro, le pide a una alumna que se retire.


    Ella, confundida y avergonzada, toma sus cosas y se va en silencio.


    Nadie interviene. Nadie dice nada.


    El profesor mira al grupo y dice:
    “¿Ustedes vienen aquí para aprender a ejercer la justicia?”


    Algunos asustados, pero todos muy seguros respondieron que sí.


    A lo que el maestro los ve con cara molesta y dice: bueno, pues acaban de ver una injusticia… y no hicieron nada.


    Y eso mismo hacemos todos los días. Decimos que tenemos valores. Que somos justos. Que somos buenos. Pero guardamos silencio. Volteamos la mirada. Seguimos de largo. Sé que también, desafortunadamente, a quien quiere ayudar le han hecho daño. Estamos en un círculo vicioso de no hacer por miedo y terminar siendo injustos sin quererlo.


    Debe haber una forma que dejemos de ser indiferentes, de poder acompañar. Es imperante dejar de ignorar a quien sufre. Dejemos de aparecer solo cuando queremos juzgar decisiones, cuando tenemos  «algo que opinar».


    El mundo no necesita más opiniones, necesita más presencia, más humanidad, más valentía. Más amor. Y la capacidad de ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor y por lo que vale la pena seguir luchando.


    Porque si seguimos como vamos, quizá algún día nos pasará la bondad por enfrente y no sabremos reconocerla.


    Pidámosle a Dios, o en quien creamos, que nos devuelva la esperanza.


    Pero sobre todo pidamos que no nos quite la capacidad de sostener a otros cuando más lo necesitan. Ni a la gente que nos rodea, porque también nosotros necesitamos ser sostenidos, ser vistos, ser amados.


    No siempre falta fuerza… a veces falta quien sostenga.


    Hoy no pases de largo.
    Hoy quédate, sobre todo para ti.



    Detrás de esta historia hay una joven.
    Una vida. Un dolor que no vimos a tiempo.


    Confío en que allá arriba haya sido recibida con amor. Que sus dolores, sobre todo los del alma, hoy estén en calma. Y que por fin haya encontrado paz.


    Y que su historia nos recuerde algo que no podemos seguir ignorando:

    aún tenemos mucho por hacer.



    Gracias por seguir aquí, por ser el mejor soporte que uno puede tener, gracias, porque hoy sé que mis pilares están leyendo esto, y esta también es mi forma de agradecerles y honrarlos.


    Gracias también a todos los que me han leído y que, con sus comentarios, aún sin conocerme, me han dado la valentía y el empuje que se requiere para seguir intentándolo. Confiada en que todos estos escritos también puedan ser compañía, aún al otro lado del mundo.


    Gracias por todo y por tanto. Nos leemos pronto. Un abrazo con mucho cariño.


    María 📚❤️✨🍀🕯️


    Te comparto las redes sociales por si gustas seguirme ahí. Gracias 🙏🏽


    Y si te falta un apapacho más, déjame acompañarte a través de mi libro digital 📚: Las recetas de la abuela – para acompañar el alma. Lo puedes adquirir en la tienda virtual 👇🏽. Gracias por permitirme hacerlo.

  • No se trata del camino más fácil,
    sino del que puedes sostener sin dejar de ser tú.


    Uno debería estar ahí… en ese lugar donde siente que puede ser quien quiere ser.


    Sin duda, la vida termina siendo el resultado de nuestras propias decisiones conscientes, muchas veces marcadas por heridas o deseos inconscientes.


    Y todas esas decisiones tienen un costo: elegir la estabilidad puede implicar sacrificar sueños… y elegir los sueños —o ese lugar donde podemos ser nosotros— puede implicar renunciar a la estabilidad, la certeza o incluso a la familia.


    Al final, todo tiene un costo. Y todo es difícil. Elijamos, entonces, el difícil que nos complique menos la vida.


    La honestidad es difícil; la falsedad también. Seguir lo que otros esperan de nosotros es frustrante, pero ser quienes realmente deseamos ser, también puede serlo. Así que la decisión siempre es nuestra:

    ¿Qué costo estamos dispuestos a pagar?


    A veces pagamos precios muy altos por cosas que ni siquiera queremos, simplemente porque no nos hemos dado el tiempo de conocernos.


    Con los años, vamos guardando sueños y deseos por encajar en un mundo al que, en realidad, no le importamos tanto como creemos.


    ¿Cuánto tuviste que pagar por ser quien eres? Y lo más importante… ¿ha valido la pena?


    Recuerdo una vez a dos hermanos discutiendo sobre a quién le iba mejor. Uno tenía dinero, se había ido del país y “le iba bien”. La otra seguía en su pueblo, con todas las complicaciones que eso implica.


    Él le dijo: “Eres una tonta. Mira lo bien que me va a mí… ¿y tú? ¿Tú quién eres?”


    Y ella respondió:
    “Quizá no me vaya tan bien económicamente como a ti, pero aquí yo soy alguien. Si algo se rompe, quien lo repara me llama por mi nombre. Si me enfermo, el doctor me conoce. En cualquier evento, saben quién soy.
    Tú podrás tener más dinero… pero, ¿quién eres donde vives?”


    El costo no siempre es dinero y la verdadera ganancia tampoco. A veces es paz. Certeza. Seguridad… O amor.


    Uno de los grandes costos que pagamos por ser es precisamente este último, el amor. Creemos que buscamos pareja para ser felices, pero la verdad es que terminamos buscando a personas que nos muestran nuestras heridas. La psicología dice que lo hacemos con la finalidad de «cambiarlas», confiando en que, si lo logramos, nuestra historia será diferente y nuestra herida finalmente sanará.


    Y así vamos por el mundo, diciendo que seguimos al amor, cuando lo que menos recibimos es eso.


    Buscamos amor en personas que ni siquiera conocemos, y que tampoco nos damos el tiempo de conocer.  Asumimos que quieren lo mismo que nosotros, sin tomarnos el tiempo de averiguarlo. Y qué peligroso es eso.


    Antes de amar mucho… hay que conocerse mejor.


    ¿Cuántas veces alguien que nos ama nos ha dado un regalo que no nos gusta? ¿O nosotros lo hemos hecho? ¿Sabes por qué sucede esto?


    Es simple: nos quieren más de lo que nos conocen.


    Y realmente deberíamos conocer a quienes compartimos nuestra vida. Porque una vez escuché a una abuela decir:


    “Amar es entregarle al otro un revólver cargado y confiar en que no lo usará contra ti.”


    Por eso, elegir no es qué tan enamorado estás, es qué tan consciente eres de que ambos decidirán no hacerse daño, incluso en medio del enojo, del orgullo o de no “ganar”.


    Porque debería importar más la relación… que tener la razón.


    También necesitamos soltar la obsesión de “salvar” a otros y dejar de pagar el costo de hacerlo. Cuando te salvas tú, es suficiente. Y, a veces, eso también ayuda a otros a salvarse.


    Elijamos conscientemente el costo de quienes somos, de a quién amamos y de quién queremos ser. Hagámoslo desde el amor, desde lo que nos hace felices y no desde el “así debe ser”, ni desde lo que queremos demostrar, ni mucho menos desde nuestras heridas.


    Sé que no es fácil ver o trabajar con nuestras heridas; tampoco se trata de vivir en el pasado ni de culpar a nuestra historia por todo. Pero sí podemos comenzar por mirarlas y reconocerlas. No siempre para sanarlas —porque, desafortunadamente, hay algunas que no se curan—, pero sí para tratarlas con tanto cariño que, poco a poco, dejen de doler.


    Aprendamos a caminar con esas heridas y a llenar nuestros espacios de soledad; a estar con nosotros mismos, antes de buscar a alguien que llene nuestros vacíos. Porque si no lo hacemos, aún con mucha compañía, nos seguiremos sintiendo solos.


    Hay costos que no es necesario pagar, recuerda: no todos los amores merecen ser vividos… ni todas las batallas merecen ser luchadas.


    Porque vivir sin ser quien eres… ese sí es un costo que nunca se deja de pagar.


    Gracias por seguir aquí, por leerme y hacerme saber que esto ha valido la pena. Confío en que pueda ser compañía, así como ustedes lo han sido conmigo.

    Un abrazo con mucho cariño.

    María 📚🍀✨🕯️❤️

    Sígueme en redes sociales 🙏🏽

    Y si quieres puedes adquirir el libro digital: Las recetas de la abuela – para acomodar el alma. Confío que será una gran compañía.

  • Hay reflejos que incomodan… hasta que entendemos lo que vienen a enseñarnos.


    La semana pasada fue muy interesante. Me tocó platicar con varias personas por cuestiones de asesorías relacionadas con mi profesión, y también con una que otra persona que cree —de manera muy personal— que tengo algo bueno que decir.  Y con todas esas historias me di cuenta de algo:

    En los ojos de otros a veces descubrimos partes de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.


    Hubo una en especial, alguien que me buscó para contarme lo que estaba viviendo y tratar de encontrar una solución. Mientras me contaba su historia, sentí algo curioso: una mezcla entre familiaridad e incomodidad. Había algo en lo que decía que me resultaba demasiado conocido y sentí ese nudo en el estómago que aparece cuando te ponen un espejo enfrente y no te gusta del todo lo que ves.


    Conforme la escuchaba, confirmé que estaba describiendo algo que yo misma había hecho alguna vez. De alguna manera me estaba reflejando en ella. Su postura era muy similar a la que yo tuve hace tiempo en una situación parecida. No diré si era correcta o no, ni contaré su historia porque no es relevante para lo que quiero compartir.


    Lo importante es que por primera vez —aunque me hubiera gustado verlo antes— pude observar que mi versión de las cosas en ese momento no era del todo correcta.


    Le platiqué sobre mi postura, lo que yo creía entonces y lo que hoy hubiera hecho diferente.  Espero que mi historia le ayude a tomar una mejor decisión.

    Como dicen en mi pueblo: ojalá pudiéramos escarmentar en cabeza ajena.


    Le expliqué que en ese entonces hice lo que, según mi historia y mis creencias, era lo correcto. Aunque, siendo honesta, estaba aferrada a la idea de que no existía otro camino mejor que mi propia “verdad”.


    Porque hay momentos en la vida en los que creemos defender lo correcto, cuando en realidad es nuestro ego el que está hablando.


    Con el tiempo – y con los años- uno se da cuenta que existen varias versiones de una sola verdad.


    Te pondré un ejemplo: si tú y yo estamos frente a frente y en el piso hay un número 6, yo veré un 6 y tú verás un 9. ¿Y sabes qué? Ambos tendremos razón.


    Algo similar sucede con varias situaciones en la vida. El problema es que muchas veces no vemos con los ojos… vemos con las heridas. Y cuando vemos desde ahí, podemos interpretar algo completamente diferente a lo que ve la otra persona, incluso si se trata de alguien cercano.


    A veces defendemos nuestra verdad con tanta fuerza que olvidamos que también es solo una perspectiva.


    Lo que más me gustó de todo esto es darme cuenta de que, cuando estamos listos, la vida nos muestra —a través de otras personas— aquello que antes no pudimos ver en nosotros mismos.


    Y no lo hace para juzgarnos ni para reprocharnos, sino para darnos la oportunidad de aprender. Y no repetirlo.


    De ahí viene una frase que escuché hace poco: Todas las personas que llegan a tu vida, vienen a mostrarte algo. Son como espejos que reflejan partes que no siempre podemos ver.


    Cuando algo que hace otra persona genera una reacción o incomodidad en nosotros —ya sea buena o mala— comúnmente tiene que ver con algo que también vive dentro de nosotros.


    Nota importante: Aunque casi siempre lo que nos molesta de otros es un reflejo de algo que hay que trabajar en nosotros; no debemos olvidar que también hay pequeñas ocasiones en que no es algo que debamos sanar, es simplemente nuestra conciencia recordándonos lo que consideramos injusto.


    Cuando nos damos la oportunidad de ver —y además trabajar— lo que otros nos muestran, podemos generar cambios muy importantes en nosotros mismos.


    Hoy agradezco a la persona que me pidió apoyo, porque me dio la oportunidad de reconocer esa parte de mi historia y darme cuenta de que algunas cosas por las que antes peleaba y creía sumamente importantes, hoy ya no lo son tanto.


    Y lo mejor de todo es que no solo pude ver aquello que hice, sino que lo vi sin reprocharme, sin lastimarme u ofenderme, porque entendí que lo hice con las herramientas que tenía en ese momento y está bien. Ahora sé que puede ser diferente.


    Pero no todo es sobre lo malo. No olvidemos, que en ocasiones lo bueno que vemos en los demás también está dentro de nosotros… solo que aún no lo hemos reconocido del todo o simplemente nos falta desarrollarlo.


    Hoy agradezco a todas las personas que han pasado por mi vida y que, con su historia, me han permitido ver también un poco de la mía.


    Hoy sé que esos pequeños reflejos en otros, si tenemos el valor de mirarlos sin juicio ni reproche, pueden mostrarnos no solo quiénes fuimos… sino también quiénes estamos aprendiendo a ser.


    Quizá por eso la vida nos pone espejos en el camino: no sólo para reflejar cómo nos vemos, sino para que, poco a poco, aprendamos a vernos con más verdad y también con más compasión.


    Al final, todo esto no es sobre el otro. Es sobre aprender a mirarte de frente y preguntarte:  Espejito, espejito… ¿qué me está queriendo enseñar esto de mí, que me ayude a ser mi mejor versión, vivir más en paz y quererme mucho?


    Gracias, como siempre, por leerme, por compartir y todo eso genial que hacen con todo su respaldo y cariño.

    Gracias por permitirme mostrar un poco de lo que mis espejitos me han enseñado.

    Un abrazo con mucho cariño…

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    .

    PD: Si estás en ese proceso de acomodar el alma, mi libro digital «Las Recetas de la Abuela» puede ser tu mejor compañía. ¡Encuéntralo en mi tienda virtual! 👵🏽💖

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • La vida no es solo un día malo.
    La vida es la suma de muchos días buenos.

    En una ciudad del norte de México existe un cronista y escritor de columnas a nivel nacional, bastante conocido, que en sus escritos siempre dice que tiene solo cuatro lectores.


    Hace unos días le hicieron un reconocimiento por su trayectoria y, entre los elogios, confirmaron que tenía cuatro lectores… de cada cinco que leen en el país. Lo cual sin duda es cierto.


    La verdad, a mí eso me emocionó mucho, porque yo también tengo cuatro lectores, en realidad son lectoras y sí, solo son  cuatro. Pero mientras me sigan leyendo, yo seguiré escribiendo como si fuera una ganadora de un premio de literatura.


    Resulta que una de ellas —y la más exigente de todas (Tita mi madre)— me dijo:


    —Me gustó mucho tu último escrito. Solo tengo una duda: ¿tú lees lo que escribes?


    La verdad me sorprendió su pregunta, pero respondí que sí.


    Sabía que una crítica o enseñanza vendría después, así que le pregunté por qué.
    A lo que ella respondió:


    —Es que hay ocasiones en que te leo muy animada y otras con un nivel de tristeza que apachurra a cualquiera.


    Creo que acaba de descubrir mi bipolaridad literaria autodiagnosticada. O simplemente le sorprende que haya tenido últimamente el descaro —es broma— de sentir (y escribir) lo y como me siento.


    No es fácil ver que alguien tenga altas y bajas, porque comúnmente nos fabricamos una versión perfectamente feliz, o triste, o enojada —o lo que sea— de nosotros y de los demás. Esa versión nos permite enfrentar este mundo medio loco y bastante complicado.


    Algo así como un personaje que creamos para ayudarnos a sobrellevar la vida o aquello que nos da miedo, confiando que se convertirá en nuestro mejor escudo para no sufrir. Y podría no ser tan malo si esa versión no fuera tan desgastante.


    Sé que entendernos o aprender a conocernos no es sencillo. Somos cambiantes: pasamos de la felicidad a la tristeza continuamente. Y les aseguro que la mayoría no tenemos ni bipolaridad ni algún trastorno; simplemente, al igual que los días, ninguno es igual al otro… y así también somos nosotros.


    Hoy yo estoy intentando llevarme mejor con todas mis versiones, aunque en ocasiones algunas sean un poco tristes.


    Así que acepto que algunos días soy…


    La Mujer Maravilla intentando salvar al mundo y, en otros, no puedo salvarme ni de mí misma.


    Hay ocasiones en que confío plenamente en que mi futuro será muy hermoso y hay días en que el futuro es el día de mañana… y no pinta nada bien.


    Otros días me siento la mujer más sexy del mundo y al siguiente creo que mi compadre tiene razón y estoy bien fregada.


    Unos días tengo la frase y la respuesta que ayudan a cualquiera, y otros no sé qué decirme para levantarme de la cama.


    Pero lo que sí sé es que todos los días aprendo a quererme así, aun cuando no me siento ni la más bonita, ni la más inteligente, ni la más importante. Aún así creo en mí, tengo fé en Dios. Y sigo intentándolo.


    Porque estoy aprendiendo a aceptarme con todo lo que soy: luz y sombra, miedos, heridas, aciertos, fe, una sonrisa amplia, perfectamente imperfecta y unas ganas inmensas de ser yo misma.


    Igual que como canta Lupita D’Alessio… (canten fuerte conmigo):


    🎶🎵🎼
    Porque soy mujer como cualquiera
    Con dudas y soluciones
    Con defectos y virtudes
    Con amor y desamor
    Suave como gaviota
    Pero felina como una leona

    Con todas las incoherencias que nacen en mí
    Fuerte, sexo débil
    🎶🎵🎼


    Y si por alguna extraña razón alguien más que mis cuatro lectoras está leyendo esto y resulta que eres hombre, déjame decirte algo: esta montaña rusa no es exclusiva de nosotras; a ustedes les pasa exactamente lo mismo.


    Porque a quienes se les ha exigido con más fuerza que no expresen, no sientan, no externen y que carguen con todo… es a ustedes.


    A nosotras nos han dicho que calladitas nos vemos más bonitas, y a ustedes que los hombres no lloran. Y ambas cosas son terribles.


    Por todo eso andamos tantos —hombres y mujeres— buscando terapia y tratando de entender nuestras versiones y de sanar heridas de la infancia… cuando ya somos bastante mayorcitos.


    Así que sí, puede que no todos los días sea mi mejor versión, pero intento ser mi versión más honesta. Y, sobre todo, intentaré siempre que mis versiones más malvadas (inserte risa maquiavélica aquí) hagan el menor daño posible.


    Una versión que no se queda callada aunque no sea tan “bonita”, pero que tampoco grita si no es necesario.


    Porque asumir quién soy y permitirme serlo también implica asumir las consecuencias de ello.


    Darnos la oportunidad de conocernos, de aceptar incluso nuestros desaciertos, no es tarea fácil, pero se puede. Hazlo. Vive todas tus versiones. Disfruta lo genial de ti, asume tus responsabilidades, pide perdón cuando hayas lastimado, aprende de tus errores para no repetirlos y da lo mejor de ti, aunque nadie lo vea.


    Solemos juzgar —y ser juzgados —  únicamente por los tropiezos, por lo que fallamos o por lo difícil que ha sido levantarnos. Pero eso es sólo una parte de nosotros, nuestro lado bueno es mucho más importante que nuestras fallas.


    Te contaré una historia sobre esto.


    Una mujer llegó con un tatuador y le pidió que le tatuara un número: 396.


    Sin adornos ni extravagancias, solo el número limpio en su muñeca.


    El tatuador notó que estaba muy conmovida, pero hizo su trabajo sin preguntar.


    Cuando terminó, ella comenzó a llorar. Le dio las gracias, le pagó de más y, antes de irse, le pidió algo:


    —¿Puedes prometerme que guardarás la plantilla? Y si algún día alguien viene a tatuarse su tristeza, enséñale este número y dile que una madre vino a tatuárselo porque fueron los días en que su hija estuvo limpia y luchando por sanar de sus adicciones.


    Durante esos 396 días ella fue su mejor versión. Hace tres días recayó y una sobredosis acabó con su vida.


    Todos recordarán solo eso: su recaída… su peor día.


    Pero yo no quiero olvidar sus 396 días buenos.

    ✧。

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠


    Y tal vez ahí está uno de nuestros grandes errores: recordamos demasiado los días malos y olvidamos la enorme cantidad de días en los que sí lo intentamos, sí nos levantamos y sí fuimos nuestra mejor versión.


    Porque la vida, al final, no es solo los días malos. También es la suma de muchos días buenos…  casi siempre muchísimos más.


    Así que date permiso.

    Permiso de sentir, de equivocarte, de volver a levantarte y de no tener todas las respuestas.


    Date permiso de no ser perfectx.
    De no ser siempre fuerte.
    De no tener claro el camino todos los días.


    Y sigamos aprendiendo, creciendo y entendiendo que, tal como somos hoy, ya somos suficientes..


    Con todo y mis contradicciones… aquí sigo.


    Carta a mis cuatro lectoras


    Ojalá nunca se olviden de quererse en sus días grises y sentirse orgullosas en sus días soleados.


    Y si hoy no fueron su mejor versión, no importa… mañana volveremos a intentarlo.



    Gracias por seguir aquí. Gracias por ser una gran compañía, por compartir, comentar y por todo lo que hacen para demostrarme tanto cariño.


    Gracias a todos sin importar cuántos sean, para mí parecen millones.


    Un abrazo con mucho cariño…


    María 📚🍀💕✨🕯️

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    Y te invito a visitar mi tienda virtual. Encontrarás mi libro digital 📚 Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma .

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Hoy me elijo. Una vez más.

    El escrito de hoy es, en realidad, una promesa clara hacia mí misma, con la confianza puesta en mí y muy consciente de que lo que ha pasado no es castigo ni mala suerte; es aprendizaje, aunque no siempre tenga explicación.


    Deseo de todo corazón que, a través de esta historia, te permitas darte cuenta de que siempre podemos volver a comenzar.


    Me prometo que me voy a levantar de este derrumbe, pase lo que pase.


    Lo prometo a pesar de todas las veces que no me cumplí.
    De las ocasiones anteriores en que también lo dije y no lo logré.
    Aunque muchos intentos hayan fallado.


    Aunque:
    🥀 Debí haber hecho mil cosas diferentes.
    🥀 No pueda ver la solución a mis problemas y los demás sí.

    No importa si siento que ya me tardé.
    No importa si jamás imaginé lo profundo que caería.


    Porque he sido —más veces de las que quisiera aceptar— mi adversaria más cruel.
    Mi jueza más severa. Mi peor enemiga.


    Hoy estoy entendiendo que nos caemos para aprender a levantarnos. Que el cansancio y el hartazgo, a veces, pueden ser el impulso para comenzar a salir, sin importar cuánto tiempo nos lleve hacerlo.


    Ahora sé que no estoy perdida. Estoy extraviada, nada más.
    No soy mi situación. No soy lo que perdí.


    Porque aún en el fondo, en un rinconcito de mi corazón, vive un sueño que tiene luz.
    Un propósito. Un porqué levantarme.


    Hoy sé que:

    ✨ Soy la palabra sincera que aún tengo para dar, aunque no siempre la reciba.
    ✨ Soy buena compañía, aunque a veces no la tenga.
    ✨ Soy buena amiga, incluso cuando ni yo misma me encuentro.


    Porque las noches oscuras también sirven. Sirven para descubrirnos. Para mirar nuestras heridas y entender que también son parte de nosotros.


    Hoy las veo, no para justificarme, sino para reconocerme. Y me agradezco lo que resistí.
    Y tengo la certeza de que todo lo aprendido me hizo más fuerte.


    Ya no necesito saber si fue mi padre, mi madre o la familia que no supo quererme como yo necesitaba, lo que causaron mis heridas.


    Hoy entiendo que sí hubo amor. Quizá no como lo imaginaba, pero existió.


    Ahora quiero vivir. Pero desde mi versión adulta. Desde esta mujer que no usará el “sanar” como excusa para no luchar.


    La que dará porque esa es su esencia.
    La que elegirá mejor sus batallas.
    La que no necesita multitudes para ser inmensamente feliz.


    Ya no seré la que da mucho.
    Seré la que da mejor.


    Hoy estoy en paz con mi linaje. Honro a las mujeres fuertes que me precedieron. Reconozco la energía de los hombres que también forman parte de mí.


    Ya no me peleo con mi debilidad ni con mi fortaleza. Las acepto. Soy una mujer fuerte… aunque nunca supe si realmente quería serlo.


    Hoy agradezco mi historia.
    A quienes me protegieron, me cuidaron, me amaron —aun a su manera—. Entiendo incluso a quien no supo dar cariño. Porque nadie da lo que no le enseñaron.


    Sé que nunca he estado sola.
    Hoy soy consciente de mi realidad, con todo lo que duele. Y también con todo lo que soy.
    Ya no lucharé por lo perdido. Lucharé por lo nuevo.


    Estoy aprendiendo a soltar la versión pasada que tanto me gustaba. Hoy elijo creer que la nueva será mejor.

    Hoy sé que siempre habrá un motivo para levantarse. Y si no lo encuentro, lo buscaré.
    Volveré a encontrar mi sonrisa.


    Quizá tú te sientas así. Quizá sientas que todo se derrumbó. Si es así, usa ese derrumbe para subir.


    Tal vez no encontremos una puerta. Pero sí una ventana. No romantizo levantarse. Sé lo doloroso que es caer. Pero no todo lo que duele te rompe.


    Algunas cosas vienen a reacomodarnos. A despertarnos. A recordarnos que somos más fuertes de lo que creemos.


    Sin promesas falsas. Sin caminos perfectos. Con la firme convicción de que si volvemos a caer…
    lo volveremos a intentar.
    Aunque sea,

    Una vez más.


    Gracias por acompañarme y ser parte de este mundo. Gracias por compartir, darle me gusta y toda la buena vibra que ustedes siempre tienen para mí.

    Ah y no olviden que siempre pueden empezar de nuevo. Una vez más.

    Y si hoy hablamos de volver a comenzar, también quiero compartirte que en mi libro digital “Las recetas de la abuela” encontrarás historias que nacen del amor, del linaje y de esas raíces que nos sostienen cuando sentimos que todo se mueve.

    Lo puedes adquirir en mi tienda virtual 👇🏽

    Gracias. Un abrazo grande con mucho cariño

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Nunca fue la caída, siempre fue el valor de volver.

    Terminaron los Juegos Olímpicos de Invierno 2026.  Y entre medallas y celebraciones, hubo una caída que dijo mucho más que cualquier victoria.


    Lindsey Vonn fue, hace años, una de las mejores esquiadoras del mundo. Ganó todo lo que una atleta puede soñar, pero también pagó un precio alto: lesiones, cirugías y un cuerpo que ya no respondía igual. En 2019, se retiró.


    Durante años estuvo lejos de las pistas. Y todo indicaba que era el final.


    Pero decidió volver.


    Se preparó, entrenó y regresó. Su motivo principal no eran las medallas ni la fama. Era ella misma. Era enfrentarse a sus miedos y confirmar que aún podía superar sus propios límites.


    Llegó el día de su participación y lo peor sucedió: se cayó.


    Quizá, para muchos, ese era el peor desenlace. Pero para ella no lo fue. Ella conocía el riesgo. Sabía que volver implicaba exponerse al error, al juicio, a la posibilidad de fallar.


    Y aun así lo hizo, porque el verdadero coraje no está en no caer. Está en regresar y volver a intentarlo, aun cuando sabes que ese riesgo existe.


    Confirmando con su historia algo que todos necesitamos recordar:

    Las caídas te detienen, pero no te definen


    Vivimos en un mundo donde nos enseñaron que solo hay dos opciones: ganar o perder.


    Era una o la otra. Y si no ganabas, significaba que estabas perdiendo.


    Pero… ¿y si no es así?
    ¿Y si la vida no se trata de ganar o perder?
    ¿Y si la vida no es un resultado?


    Algo que he intentado comprender en los últimos días es que cuando la vida nos tira, no es para enfrentarnos al fracaso, al miedo o al ridículo. Es para ponernos frente a nuestra propia capacidad de resurgir.

    A veces, tu mayor victoria comienza con una caída que te atreviste a superar.


    La vida nos tirará muchas veces.

    • En una situación económica complicada que no es fracaso.
    • En la pérdida de un trabajo que no define nuestra capacidad.
    • En un error que no determina quiénes somos.


    Aunque vivimos en un mundo que nos empuja a hacer, producir y demostrar, caer es parte del proceso, pero no la sentencia final.


    Lo que realmente nos define es nuestra capacidad de levantarnos.


    No somos perfectos. No podemos vivir en una carrera constante por ganar, ni en una lucha interminable por tener más para sentir que somos importantes.


    La mayoría fuimos educados con esta fórmula:


    Hacer → tener → ser


    Hay que hacer para tener, y tener para ser alguien.


    Lo peor es que lo hemos creído. Y es agotador. Es una carrera sin fin ni tregua. Y profundamente alejada de la verdad.


    Porque nosotros valemos. No por lo que logramos, sino por lo que somos.


    Pasamos la vida pensando que cuando tengamos dinero, cierto trabajo, esa casa, el cuerpo ideal, el coche deseado o la pareja correcta, entonces seremos exitosos.


    Pero cuando no lo obtenemos, vivimos frustrados. Y cuando lo conseguimos, muchas veces descubrimos que tampoco eso nos hacía sentir completos.


    Porque la felicidad no es un resultado. No es una meta. No es una recompensa. Es sentirnos plenos. Es identidad.


    Es reconocernos completos, porque no estamos rotos ni incompletos. Solo somos seres en constante evolución.


    La felicidad es congruencia. Es estar en paz.

    El verdadero éxito no es no caer, es tener el valor de levantarte cada vez que la vida te pone a prueba.


    Porque caer nunca ha sido el final. El final es cuando dejamos de creer.


    Y mientras esa fe exista, siempre habrá un camino de regreso a nosotros mismos.



    Así que ojalá te des el tiempo para fortalecerte y levantarte. Porque fracasar, en realidad, es creer que ya no hay nada por hacer.

    Te agradezco como siempre tu tiempo para leerme, compartir, comentar y toda esa vibra bonita que tienes para mí.

    Que todo vaya de maravilla siempre. Y que todo, incluso las caídas, se conviertan en impulso.

    Muchas bendiciones, un abrazo grande con mucho cariño…

    María 📚❤️🍀✨🕯️🙏🏽

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    Si hoy sientes que los golpes de la vida te han quitado el aliento, recuerda que siempre hay recetas para sanar. En mi tienda virtual te comparto ‘Las recetas de la abuela – para curar el alma’, un pedacito de mi corazón para ayudarte a levantarte con más fuerza.  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Una vida que se permite ser tocada por el amor, jamás queda intacta.

    ¿Crees en el amor?


    No es una pregunta ligera. En realidad es de esas que te transforma, porque te da la oportunidad de evaluar tus creencias. Y una que varias veces me han hecho y que siempre, aunque en diferentes tonos, he respondido que sí.


    Pero esta última vez me di cuenta de algo distinto: la respuesta siempre ha estado ahí, en la pregunta misma.

    .

    El amor no empieza en lo que sentimos, empieza en lo que creemos.

    En realidad el amor existe para quien decide creer en él.


    Y es tan grandioso que estamos rodeados de el, en muchas formas.

    Una de las más poderosas es la fe.


    Ese amor que no se ve, pero se siente. Que se cree sin pruebas. El amor a Dios —o como tú lo llames— esa certeza silenciosa de que no estamos solos, de que hay algo más grande sosteniéndonos incluso cuando no entendemos nada.


    También está el amor fraterno. Ese que no eliges, pero te elige. El de la familia que te forma, que muchas veces te rescata… y el de los amigos que se convierten en hogar.


    Está también ese amor de novelas que te hace sentir mariposas, que te hace suspirar. O uno mejor, ese otro más maduro que no llega perfecto, pero llega dispuesto.


    Porque no necesitas a alguien ya sanado. Necesitas a alguien que quiera sanar contigo. Que elija quedarse, incluso cuando todo esté complicado, cuando hasta tú quieres huir de ti mismo. Porque amar no es sencillo. Pero vale la pena.


    Pero hay un amor que es el más fuerte. Del que todo depende. El que te sostiene en los peores momentos.  El amor propio.


    Ese amor que te muestra que no eres un ser incompleto, que no necesitas una media naranja. Que no requieres alguien para «ser feliz».  Necesitas un compañero (a) para estar mejor, no alguien que te complete.

    Que aporte, no que reste.

    Por eso hay que amarse mucho, para saber cómo queremos que nos amen. ¿Cómo lo sabremos si no nos hemos amado antes? Ni sabremos amar, si no lo hemos sentido en realidad.


    Cuando te amas entiendes que no puedes pedir lo que no estás dispuesto a dar. Que no puedes exigir lo que no te ofreces. Ni aceptar menos de lo que eres y tú te puedes dar.


    Hay que aprender a amarse tanto que sepas cuándo irte, pero sobre todo, ámate tanto que reconozcas cuándo vale la pena quedarte y luchar.


    Amarse es permitirnos sentir. Porque diría mi abuela:

    Lo peor que te puede pasar, no es que te rompan el corazón.  Lo peor es no usarlo por miedo a que lo hagan.


    Sí, a veces amar duele.  Y quizá mantener el corazón guardado nos pone a salvo, pero usarlo es lo único que nos mantiene vivos; porque el mayor despliegue de valentía no es salir ilesos, sino aceptar el riesgo de ser heridos pero con la certeza de que seremos felices.

    El único riesgo de usar el corazón en todo lo que haces y con todos los que amas es que descubrirás que lo más valioso de la vida se encuentra donde la razón no alcanza.

    Usa el corazón. Y siempre da lo mejor de ti,

    Te prometo que la vida devuelve y en grande.

    Así que hoy, regálate la dicha de hacer algo por ti, dite algo bonito, cuídate, confía y cree más en ti. Y si puedes, haz lo mismo con alguien más.


    No olvides que somos el resultado de quienes nos amaron… y de cuánto nos atrevimos a amar.

    No tengas miedo de usar el corazón y de amar. Ten miedo de no hacerlo.



    Gracias por seguir leyéndome, por compartir, por ser parte de esta gran aventura.

    Gracias por todo y por tanto. Y deseo que el amor que den, les sea devuelto al doble. Porque cuando se usa el corazón no existe ningún riesgo.

    Un abrazo grande con cariño.

    María 📚🍀💕✨

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    En mi tienda virtual puedes encontrar mi  primer librito digital «Las recetas de la abuela – para curar el alma».  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*⁠。

  • Hay fechas que no pasan. Solo se transforman.

    21 años
    son 252 meses con miles de posibilidades,
    7,665 días aprendiendo a caer y a levantarse,
    5 años bisiestos que regalaron un día extra para soñar que algún día entenderíamos el para qué de lo que vivimos,
    273 lunas llenas iluminando decisiones, despedidas y comienzos,
    o simplemente 21 vueltas completas al sol intentando comprender cómo un 11 de febrero de 2005 tu vida simplemente terminó.


    Hace exactamente 21 años, a las 2:30 de la mañana, en un frío viernes, el silencio de un monitor nos dijo que la lucha por traerte de vuelta había terminado, que la pelea porque tu corazón siguiera latiendo ya se había perdido.
    Mi padre se fue tomando mi mano.


    Debo confesar que aún se siente un dolorcito que incomoda y las imágenes de ese momento son tan claras que parece que sucedieron ayer.


    Pero ¿saben qué es lo más impresionante de todo?


    Que he aprendido tanto de mi padre durante su vida… como después de ella.


    Aprendí, con los años, a dejar de preguntarme por qué se fue.
    Aprendí a transformar el llanto por su ausencia en gratitud por haber sucedido.


    Entendí que quizá nadie le enseñó a ser el padre más amoroso, pero tampoco podría juzgarlo: hizo lo que pudo con las herramientas y conocimientos que tenía. Y lo hizo bien.


    Hubo momentos en los que, cuando alguien me decía “eres igualita a tu padre”, no siempre sonaba como un halago.
    Hoy, sin duda, es uno de mis mayores orgullos.


    Me enseñó a enfrentar lo que viniera, a creer que si me lo proponía, lo conseguiría.
    Quizá solo se le olvidó decirme que no todas las batallas se deben pelear; algunas se ganan evitándolas.
    Lo bueno es que la vida me lo sigue enseñando.


    Con él entendí que nuestra historia no es una línea recta, que puedo cambiar y ser lo que desee. Que la vida no tiene un guion establecido.


    Que no todo tiene un tiempo predeterminado.


    Que a los 20 no eres tan joven, ni en los 70 tan viejo.


    Y algo que vi en él, y que la vida me ha confirmado en estos 21 años, es que siempre puedes:


    ✧ Cambiar de vida cuando lo desees.
    ✧ Cambiar de trabajo o emprender a los 20… o a los 50.
    ✧ Enamorarte a los cincuenta y tantos o descubrir el amor a los 17.
    ✧ Cambiar de país a los 60 o regresar a casa a los 40.
    ✧ Aprender algo nuevo a los 70 o terminar una carrera a cualquier edad.
    ✧ Volver a soñar sin importar cuántos años tengas.

    ✧ Obtener lo que deseas, pero no aferrándote, siendo hábil. Persuadiendo.
    ✧ Equivocarte, tienes ese derecho, pero debes asumir las consecuencias y aprender. La vida me enseñó que uno también debe disculparse.

    ✧ Y que siempre puedes dejar ir, porque la puerta esta muy ancha. Y que quien no quería estar, no hacía falta.


    Con el tiempo entendí que la mejor manera de honrar una vida no es llorándola eternamente, sino permitiendo que siga teniendo sentido a través de nosotros.


    En estos 21 años sin él, he descubierto que lo mejor de mi padre se quedó conmigo:
    sus enseñanzas, sus dichos, su seguridad, su fortaleza.

    Porque:

    Siempre nos queda algo… de tanto y tanto que se nos va.


    Mi padre me regaló muchas cosas. No hablo de lo material.
    Me regaló seguridad, valentía, entrega, pasión.

    Me regaló las ganas de no quedarme sentada cuando suena una buena canción.
    Me regaló a los mejores hermanos.

    Y me regaló a la mamá más increíble del mundo.


    Pero, sobre todo, me regaló la certeza de que la vida no necesita cierto tiempo… necesita vivirse en plenitud.


    Ah y que al final no importará cómo lleguemos, sino cuánto vivimos. Porque todo lo bueno en esta vida despeina y maltrata un poquito el cuerpo:
    bailar, pasear, aventurarse, amar… vivir.


    Fellus, hoy honro tu vida.
    Qué enorme privilegio haberme encontrado contigo. Sigo creyendo que, sin duda, yo te escogí como mi papá.


    Gracias por enseñarme tanto.
    Gracias por tu historia y por permitirme escribir la mía.


    Con todos estos años, también he aprendido que hay ausencias que no se cuentan en calendarios, sino en todo lo que seguimos siendo gracias a quien nos enseñó a amar.


    Con todo mi cariño para ti, Papá, de aquí a la luna, dos vueltas y de regreso ❤️

    Vivir es el mejor modo de recordarte.



    Estas líneas no buscan compasión ni tristeza.


    Buscan recordar que lo mejor de quienes se han ido también es todo lo que quedó en nosotros.


    Que todo en esta vida tiene un ciclo.
    Y que, aun sabiendo cuánto dolería su partida, lo volvería a vivir…
    con tal de volver a tener todo lo bueno que fue parte de nuestra historia.


    Gracias como siempre por leerme. Gracias por acompañarme. 🖤


    ¡Ah! Y ojalá que la vida siempre los pille bailando.


    Un abrazo grande, con mucho cariño.


    María 📚❤️✨🍀🕯️

    Sígueme también en redes sociales 🙏🏽

    En mi tienda virtual puedes encontrar mi  primer librito digital «Las recetas de la abuela – para curar el alma».  Gracias por adquirirlo.  haz click aquí 👇🏽

    (⁠◍⁠•⁠ᴗ⁠•⁠◍⁠)⁠✧⁠*