Porque hay palabras que nos rompen, pero también palabras que nos enseñan a seguir.
Siempre he creído que somos el resultado de las personas que nos han amado y, muchas veces, aún más de las que no.
Y que todos llegamos a la vida necesitando lo mismo: saber que somos queridos. Pero no todos recibimos esa certeza. Algunos la buscan toda la vida sin saber muy bien por qué.
Una niña de diez años descubrió el origen de esa búsqueda en una sola respuesta:
—¿Me quieres?
—No, no te quiero. Yo no quiero a nadie.
Diez palabras. Una herida que durante años intentó sanar.
El problema es que esa respuesta venía de alguien de su familia, alguien a quien admiraba profundamente y que según los estándares normales, debería quererla. Eso, desafortunadamente, la llevó a alejarse y a buscar fuera de casa lo que tanto necesitaba: sentirse querida.
Esta historia puede ser de cualquiera. Una nieta y su abuela, una tía y su sobrina, un padre y su hija. Los personajes cambian, pero el resultado suele ser el mismo.
Y no solo ocurre en la infancia.
Las palabras duras también dejan marcas en la edad adulta.
«No eres suficiente».
«No te amo».
«Me estresas».
«No tengo tiempo».
Si realmente comprendiéramos el impacto de nuestras palabras, este mundo sería muy diferente. Seríamos más conscientes de que podemos destruir o enaltecer a otra persona con lo que decimos.
Pero también existe una historia amable.
Muchas, en realidad.
Como la de quienes aprendimos a andar en bicicleta porque alguien creyó en nosotros. Nos lo dijo, lo creímos, lo intentamos y lo logramos. Y ese pequeño triunfo terminó convirtiéndose en la confianza necesaria para alcanzar muchos otros.
O quizá todavía repetimos alguna frase que alguien nos dijo para darnos valor. O ese consejo de quién nos quería que guardamos desde niños y que hoy, de adultos, nos ayuda a entender mejor la vida.
Guardo algunas frases que escuché hace tiempo y que hoy forman parte de quien soy y de cómo tomo decisiones:
«Las personas siempre terminan enseñándote quiénes son; créeles». Hoy, después de décadas, sé que es verdad.
«La noche siempre hace que los problemas parezcan más grandes; espera a verlos con la luz del día». No tomes decisiones cuando estés triste. Casi siempre todo se ve más claro después de descansar.
Y hay una que recuerdo con una ternura particular:
«María, mientras sigas aquí, todavía hay algo que puede mejorar».
Porque sin importar qué tan complicado parezca todo, mientras sigamos aquí, aún hay algo por hacer.
Y aunque hayamos cargado rechazos o heridas de la infancia que todavía duelen, si buscamos bien, también encontraremos frases que nos recuerden lo valiosos que somos y todo lo que somos capaces de lograr.
Las palabras dejan huella.
Pueden rompernos, pero también pueden salvarnos.
Cuidemos lo que decimos. Y también lo que decidimos guardar en nuestra memoria, porque no todo merece quedarse a vivir dentro de nosotros.
Conservemos cerca del corazón esa frase, esas palabras o ese abrazo que nos recuerdan que aún vale la pena intentarlo, que todavía podemos levantarnos y que nunca es tarde para comenzar de nuevo.
Hay frases que escuchamos de niños que terminan salvándonos de adultos.
Porque cuando la vida se pone difícil, todos necesitamos una voz que nos recuerde quiénes somos.
Gracias, como siempre, por ser ese apoyo y respaldo que hace más fácil todo. Gracias por compartir, comentar y por todo lo bueno que hacen por este blog.
Y ojalá que siempre tengas a la mano esa frase que te ayude a salvarte.
Un abrazo con cariño…
María ❤️📚✨🕯️
P. D. Les recuerdo que hay un regalo en la tienda virtual. Es completamente gratuito y espero que pueda servirles mucho.
Nunca es demasiado tarde para volver a ver a las personas que nos hacen sentir que estamos en casa.
Solemos decir que conocemos a las personas. Es más, hay ocasiones en las que creemos conocerlas tan bien, que se nos olvida que ahí están.
Hagamos un experimento… ¿cuántas veces han pasado por algún lugar y hasta mucho tiempo después se dieron cuenta de que había tal o cual cosa?
En términos laborales se le llama «ceguera de taller». Es decir, llega un punto en el que la cotidianidad ya no nos permite ver. Hacemos tantas cosas en automático, que olvidamos disfrutar o siquiera mirar lo que hay a nuestro alrededor.
Eso mismo sucede muchas veces con las personas. Las tenemos tan cerquita y tan seguras, que dejamos de ponerles atención y olvidamos recordar que ahí están. Y entonces solo regresan a nosotros cuando las perdemos o cuando ha sucedido algo malo.
Me pregunto cuántas conversaciones pendientes cargamos sin saberlo. Cuántas preguntas guardamos para después, convencidos de que habrá tiempo. Todo lo que nunca preguntamos porque dimos por hecho que la persona siempre estaría ahí.
Hace muchos años, alguien estaba hablando de mí y una persona muy cercana dijo: —Ay, hasta pensé que estaba hablando de otra persona.
En realidad si era de mí.
Solo que la otra persona pudo ver cosas que quien estaba cerca de mí ya no veía. Tal vez por la rutina, por las experiencias compartidas o porque también conocía mis versiones menos agradables. Porque tenemos esa rara costumbre de retener lo peorcito de las personas. O simplemente porque dejamos de reconocernos, de preguntarnos cosas importantes, platicar y recordar lo genial que es el otro.
A veces olvidamos que todos tenemos muchas versiones y que también dependerá del otro la versión que nosotros mostremos hacia los demás.
Siempre he creído que las personas deben sorprenderte para bien. Y que si no lo han hecho, quizá también es porque nosotros no se los hemos permitido.
Ver a los demás y recordar lo bueno no es tarea fácil. El día a día pesa. Vamos acumulando dolores, heridas y decepciones… y cualquier mirada termina cansándose.
Pero ver con otros ojos sí es posible.
Hace muchos años, mi hermana —que es geógrafa y vive lejos de aquí— venía con nosotros por carretera. De pronto vio los cerros, volteó maravillada y dijo: —¡Ve qué belleza!
Nosotros nos volteamos a ver con cara de sorpresa y nuestra primera reacción fue: —¿Qué tienen de bonitos?
De ahí nació una extensa cátedra sobre la geografía del lugar y sobre por qué deberíamos sentirnos agradecidos de tenerlos ahí.
Y aunque han pasado muchos años, todavía veo esos cerros y pienso: «Qué bonitos están».
Porque aprendí que cuando nos permitimos entender cómo alguien más ve el mundo, descubrimos cosas que no nos habíamos dado cuenta que ahí estaban..
A algunos nos hace falta maravillarnos más.
Y quienes nos rodean nos dan la oportunidad de hacerlo, de ver las cosas desde otra perspectiva, desde otro cristal y eso nos permite madurar, crecer y desarrollarnos, porque eso no sucede solo. No es posible vivir aislados. Aunque una de las cosas más tristes que nos están pasando es que aprendimos a vivir acompañados… sintiéndonos profundamente solos.
Y esa soledad tiene muchas formas. Una de ellas es la pantalla que tenemos frente a nosotros ahora mismo. Se dice mucho que la tecnología debería acercarnos. Pero honestamente, creo que muchas veces ha sucedido lo contrario. Cada vez conversamos menos. Tenemos una tolerancia casi nula a la opinión de los demás y, peor aún, las pantallas nos dan una valentía muy mal intencionada para juzgar, señalar o herir a otros sin una pizca de empatía.
Y aquí viene lo incómodo: desafortunadamente nosotros también lo hemos hecho. Porque en ocasiones, el malo de la película… somos nosotros. Ese que juzga rápido, que responde sin pensar, que hiere sin querer —o a veces queriendo— y que luego sigue como si nada.
Esa también es una versión nuestra.
Y reconocerla, aunque duela, es el primer paso para cambiarla.
Porque si de algo sirve crecer y reflexionar, debería ser para tratarnos mejor. Para escucharnos de verdad. Para dejar de hacernos daño con tanta facilidad.
Hace un tiempo, platicando con mi mamá sobre mi relación un poco revolucionada con el doctor muelitas, le dije: —Tengo que confesar que ahora se porta mejor y ha intentado ser un buen tipo. Sin duda ha cambiado.
Ella, con esa sabiduría que dan los años y también los daños, sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, me respondió: —En realidad quien cambió eres tú. Tú te permitiste entenderlo y verlo de una mejor manera.
Y tenía razón. El mundo cambia cuando nosotros cambiamos la manera de mirarlo.
Aunque no lo creamos, todos tenemos mucha sabiduría cerquita: en las historias de nuestros padres, en las anécdotas de quienes amamos, en la experiencia de la gente que ha vivido más que nosotros.
Por eso disfruto tanto viajar. Porque un día, por petición de mi papá, me prometí intentar ver los lugares como si fuera la primera vez. Y eso me hace ver todo como la maravilla que es, sin importar si lo he visto cientos de veces.
Quizá no nos hace falta salir de viaje, manejar por carretera o conocer lugares nuevos. Sólo falta entender que todo cambia cuando decidimos mirar con otros ojos.
Porque tal vez sí tenemos una vida más hermosa de la que creemos… solo que no nos hemos dado la oportunidad de verla así.
Puede ser que tampoco conocemos realmente a las personas que tenemos cerca. Porque si nos detuviéramos a escucharlas de verdad, descubriríamos esa luz maravillosa que aparece en los ojos de quien habla de lo que ama.
Esa mirada imposible de fingir.
Así que tal vez lo único que nos hace falta es preparar un chocolatito caliente o un té, sentarnos un rato y tener tiempo para platicar con la gente que amamos y que nos ama.
Para conocerlos más.
Para mirar la vida a través de ellos.
Y para tener, por fin, esa charla pendiente de…
Todo lo que nunca te pregunté.
Porque sería terrible darnos cuenta:
Que el amor siempre estuvo a nuestro lado… y que por distraídos nunca supimos reconocerlo a tiempo.
Así que hoy quiero dejarte un regalo.
Como se habrán dado cuenta, mi mamá aparece mucho en mis escritos. Porque su historia, su experiencia y esa conexión tan profunda con lo divino le han dado una sabiduría extraordinaria que no debería perderse.
Y sé que ustedes también tienen a alguien así.
Alguien cuyos consejos, recuerdos, historias y forma de ver la vida quisieran guardar para siempre.
Por eso hice un libro de recuerdos para platicar con mi mamá. (Más de 100 preguntas que no había hecho). Y hoy quiero compartirlo contigo, con la esperanza de que también pueda ayudarte a construir y conservar tu propia historia.
El libro es gratuito. Ya es tuyo y está hecho con todo el corazón. Puedes descargarlo, compartirlo o regalarlo todas las veces que quieras.
Y si de ti nace hacer un donativo —de la cantidad que tú quieras— para ayudar a que este espacio siga existiendo, te lo agradeceré profundamente. Este proyecto está por cumplir un año y mantenerlo vivo también requiere amor, tiempo y apoyo.
✉️
También puedes mandarme un mensaje por nuestras redes sociales y con gusto te lo hago llegar.
Además, también está mi libro «Las recetas de la abuela». Todo lo recaudado será destinado al pago de la plataforma y a poder seguir estando cerquita de ti.
Porque me dolería mucho perder este espacio que es tan tuyo como mío. Hagamos que siga vivo.
Como siempre, gracias por ser parte de esto. Gracias por confiar en mí y por todas las maneras en las que me demuestras que aquí sigues.
Te mando un abrazo enorme.
Y espero que jamás sea tarde para sentarte a conversar con quien amas.
A veces el amor se siente así: como llegar a casa.
¿Qué es el amor para ti?
Nunca una pregunta tan simple me había dejado tan incómoda.
Así terminó la terapia con mi psicóloga. Con esta pregunta de tarea, que ha sido más difícil de contestar de lo que imaginé. Y aunque aquí he escrito muchísimo sobre el amor —mi definición, lo que he visto, lo que creo que podría funcionar—, cuando alguien le agrega el «para ti», algo cambia. Algo se mueve adentro.
Porque ya no hablas del amor como idea. Hablas de responsabilidad.
Todos saben que hablo mucho sobre el amor a la vida, a la familia, a uno mismo. Podría escribir casi un libro sobre cómo el amor bonito se puede llevar, qué significa y cómo he visto que funciona.
Pero el «para ti» lo cambia todo, pesa distinto.
Porque entonces ya no hablas solo de lo que sueñas recibir, sino de lo que eres capaz de sostener.
Siempre he creído que tienes que dar lo que pides. Y ahí todo cambia. Porque ahora la pregunta ya no es qué quiero que hagan conmigo, sino qué tan dispuesta estoy a cuidar a alguien más.
Así que, como fue la tarea que me dejó mi psicóloga, hoy quiero responderla aquí. En este lugar donde he aprendido a escribir sobre lo que duele, lo que he hecho bien, lo que he hecho pésimamente mal, lo que deseo y todo aquello que aún no entiendo.
Lo primero que tengo que confesar es que a mí el amor me ha tratado mucho mejor de lo que yo le he tratado. Así que no podría hablar mal de el.
Pero empecemos por el principio.
Mi madre siempre ha dicho que mi padre y yo no nos enamoramos, que nosotros amamos al amor.
Y aunque Tita tiene frases raras, también tiene demasiada razón.
Ella dice que nosotros estamos enamorados del amor porque nos gusta sentirnos amados. Que donde encontremos amor nos quedaremos… hasta que algo deje de cuadrarnos. O hasta que algo sea bonito, pero no le veamos futuro. O peor: hasta que nos sintamos demasiado expuestos.
Porque hay algo aterrador en darte cuenta de que alguien ya conoce exactamente dónde podrías romperte.
Creo que algunas personas no nos enamoramos solamente de alguien. Nos enamoramos de cómo se siente ser amados. Y quizá por eso nos cuesta tanto quedarnos.
Por ahí empezaría mi definición del amor. Aunque, siendo sincera, todavía no tengo la respuesta completa.
Pero sí creo esto: El amor debería sentirse como un lugar de donde ya no quieres huir.
Un lugar donde puedes saberte herida o herido y aun así no esconderte. Donde alguien conoce tu punto más débil y, en lugar de usarlo, decide cuidarlo.
Yo lo imagino como un abrazo que logra callar todo el ruido exterior. Como tu sábana cuando eras niño y creías que podían protegerte de cualquier monstruo debajo de la cama.
Como decía mi abuela: darle a alguien el poder de destruirte… y confiar en que jamás lo hará.
Hace años yo hubiera dicho que el amor era ruido. Que era gritarlo a los cuatro vientos. Que era «si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo». Y quizá extraño un poco esa versión de mí.
Pero con los años entendí que el amor también puede ser silencioso. No de ese silencio que esconde, sino de ese silencio que protege. Que vela tu sueño. Que ya no necesita demostrarle nada al mundo porque entiende que hay cosas demasiado valiosas como para exhibirlas.
También entendí que el amor es verte. Todos queremos ser vistos. Y eso hace el amor: vuelve visible a alguien en un mundo que cada día nos hace sentir más invisibles. Es estar frente a una multitud sintiendo que tu ausencia no cambiaría nada… y de pronto descubrir que hay unos ojos buscándote solamente a ti.
El amor es honesto y humilde. No necesita vivir en una competencia para decidir quién manda o quién es más fuerte. No invade, pero sí permanece. Son dos soledades haciéndose compañía.
Es romántico, es detallista. Da flores no porque “así tenga que ser”, sino porque puso atención, porque entendió lo que representan.
Porque las flores, aunque duren un día, nos recuerdan que hay cosas que, aunque duren poco, aun así valen completamente la pena.
El amor es esa voz que sí responde cuando llamas, aunque sea solo para decir una tontería. Esa persona con la que sabes que nunca estorbas ni estresas. Alguien que contesta y se emociona de que hayas llamado.
Que viene a tu mente no solo cuando pasa algo importante, sino también cuando no pasa nada: cuando viste algo lindo, sencillo, como cuando empieza a llover, o cuando simplemente pensaste «ojalá estuvieras aquí».
Pero el amor no vive solamente de lo bonito.
Con los años también entendí que amar es aceptar que habrá partes de alguien que no siempre sabrás manejar. Que puedes amar profundamente un 60% de una persona… y aun así tener que aprender todos los días cómo no destruirte ni destruir al otro con ese 40% que a veces ni entiendes ni te agrada.
Porque el amor real no es un cuento de hadas. Es elegirse constantemente. Incluso en esos días donde ni tú mismo te soportas.
Quizá todo esto suene demasiado romántico o incluso descabellado. Y sinceramente, quizá, todavía no sé exactamente qué es el amor para mí.
Pero sí sé lo que no debería ser.
El amor no debería doler. Pero tampoco salva, no es su obligación. Ni sana, esa es nuestra responsabilidad. Pero sí ayuda, porque todo es más sencillo cuando alguien elige quedarse.
Y sí… quizá el amor sea alguien que, entre millones de personas, todavía pueda encontrarte a ti. Que llegue a conocerte tan bien que aprenda exactamente dónde abrazarte para que se te acomode el alma.
Que te mire, incluso después de verte rota, cansada, despeinada, confundida o enojada con el mundo, como si fueras su lugar favorito para quedarse.
Porque quizá el amor sí sea eso:
Encontrar, por fin, un lugar donde ya no quieras huir.
Gracias, como siempre, por todo lo bueno que hacen con este espacio: leerme, compartir, comentar y hacer que todo esto siga vivo. Gracias por seguir aquí.
Y deseo que siempre tengan una respuesta para esa pregunta, porque eso significará que están más cerca del amor de lo que creen.
Un abrazo con cariño,
María 📚❤️🍀🕯️✨
Nos vemos también en redes sociales o si me permites acompañarte con mi libro digital: Las recetas de la Abuela – para acompañar el alma. 📚 Te dejo aquí donde conseguirlo. Gracias ✨
Al final entendí que el amor no siempre llega como lo imaginamos… pero cuando es verdadero, siempre encuentra dónde quedarse.
🤍
Hace unos días escuché una frase que me partió el alma. A una buena amiga le falleció su sobrina y la manera de despedirla fue:
“Mi necesidad de ser mamá se quitó el día que mi hermana me prestó a su hija para que fuera la mía también. Hoy tengo que devolverte… demasiado pronto”.
No recuerdo haber escuchado algo que me doliera tanto últimamente como eso.
No juzgaré ni me pondré a cuestionar por qué algunas personas mueren muy jóvenes, y mucho menos por qué algunas mujeres nunca fuimos madres. Mi corazón no daría, en este momento, para eso. Porque hacerlo sería recordar lo que me tomó años superar: no ser madre y la muerte de uno de mis mejores amigos a los 29 años. Ninguna de las dos cosas podría manejarlas ahorita.
Lo que sí puedo decir es que durante años dolió, en silencio, no ser madre. Ese constante: “¿y tú para cuándo?”, como si hubiera sido mi decisión no serlo.
Hubo un tiempo en que realmente quería golpear a quien lo decía. Con los años también entendí que todos nos expresamos desde lo que sentimos y desde lo que somos. En ocasiones no es maldad; es un cuestionamiento sincero, un deseo de verte vivir algo bonito. Pero duele. Duele de verdad.
Les platico cuándo dejó de dolerme tanto.
Cuando un descerebrado —porque no tengo otro sinónimo para ello— me dijo: “Pues las mujeres, si no son madres, no sirvieron para nada”.
Ese fue el detonante. Y no solo fue el dolor; fue entender que yo misma me estaba viendo así. Que él solo estaba diciendo en voz alta lo que yo pensaba de mí misma.
Y de ahí comencé a quererme, así, sin tanta exigencia… por lo menos en ese tema.
Lo único que me seguía doliendo, así quedito pero quemando, era saber que mi hijo hubiera tenido un gran papá y a la mejor abuela. Y ellos sufrían también, así en voz bajita, para que a mí el corazón no se me apachurrara más.
Después de un tiempo, y de divorciarme, quise buscar un embarazo y escuché un: “¡Ay no! ¿Ya a esta edad?”
Y fue como si la vida me diera un portazo en la cara y me dijera otra vez: no.
Dolió, pero me regresó a la realidad. Tenía razón… o quizá no. Nunca lo sabré. Pero me dejó una gran enseñanza:
“María, deja de escuchar a los demás”.
Con el tiempo comencé a tener amigas que tampoco fueron mamás. Ninguna por decisión propia, pero sí muy conscientes de que esa parte la tenían en paz.
No sé si sea cierto que uno termina buscando a su tribu para sentirse seguro, pero conocerlas a ellas me confirmó que las mujeres somos mucho más que ser madres.
Y mire qué curioso: la mayoría se llaman María. Muy diferentes, pero muy honestas y en un trabajo constante consigo mismas, porque son, sin duda, mujeres extraordinarias.
A eso súmenle algunas primas que son unas guerreras de la vida, y una tía que a algunos nos amó como a hijos y que nos enseñó precisamente la frase que mi amiga dijo:
“Hay seres que te permiten vivir lo que siempre has deseado”.
Yo tengo a ese hijo adquirido, hijo de mi primo, y eso me hace sentir muy feliz. Durante años nos molestaban con una frase: “Eres igualito a tu tía”.
Y acá entre nos… es verdad.
No tanto físicamente, sino en que somos odiosamente adorables 🫣: tercos, aferrados, buenos para mandar y para trabajar; creemos que el mundo debe girar a nuestro alrededor y maravillosamente solidarios.
Hoy esa frase me llena de orgullo.
Sin duda, con él confirmé que, si yo lo hubiera parido, no lo habría podido querer más, porque ya lo quiero demasiado.
Muchos años después llegó Galletita mi sobrina hermosa y tantos sobrinos y ahijadas más a quienes darle ese cariño.
Aún con eso, no diré que llega el diez de mayo y no siento cierto dolorcito en el pecho. Creo que en parte es porque mi mamá hubiera sido la mejor abuela del mundo. A mí me hubiera encantado tener una abuela como ella.
Pero hoy estoy en paz con eso.
He hecho muchas cosas: trabajé, viajé, estudié, hice cuanta locura parece que a las madres no se les tiene permitido hacer. Y lo seguiré haciendo.
Y sobre todo entendí que soy suficiente, y que no me debo —y mucho menos le debo a nadie— ser madre, aunque hubiera sido maravilloso serlo.
Entendí que se puede dar todo ese amor a lo que haces y a la gente que te rodea.
Habrá quien se lo dé a sus mascotas. Por cierto, por favor, no juzguen a quien ha elegido ser madre de una mascota, por ejemplo. En primera, porque quizá es mejor madre que muchas otras. Y en segunda, porque no saben qué hay detrás de esa decisión… o de esa imposibilidad de no serlo.
No tienen idea de cuánto dolor puede haber detrás de quienes no pudieron ser padres.
Conozco parejas con más de 15 años juntas—de quienes soy fan— como los familiares de una de las Marías que son de las mejores parejas que conozco o el matrimonio de otra María quienes se aman y luchan todos los días por ser compañía y complemento.
Seguiré sin entender por qué a ellos no les dieron la dicha de ser padres. Lo que sí sé es que se tienen el uno al otro, y eso es una de las mayores bendiciones que pudieron encontrarse.
Además, ser madre no es sinónimo de ser buena mujer. Miren ustedes el caso sucedido en Mexicali. No daré muchos detalles, porque el caso es realmente fuerte. Una madre «olvidó» a su hijo de tres años por descuido en el auto, con el calorón de esa ciudad. Ahí está la mejor muestra de que el título de madre no implica nada.
Pero bueno… también sé, de buena fuente, que el amor de madre es, sin duda, uno de los amores más hermosos que existen.
Agradezcamos por las mamás. Por las buenas, aunque a veces no las entendamos del todo.
Bien dice mi madre: “Yo no soy tu amiga ni te trataré como tal. No se te olvide que soy tu madre, y eso me hace amarte más que a nada en el mundo, aunque no te gusten del todo mis decisiones”.
Si a ti la vida no te dio el privilegio de ser madre, no te preocupes. Estoy muy segura de que, de alguna forma, la vida compensó todo ese amor que necesitabas dar.
Sé que hubo un tiempo en que pensé que la vida me había quedado debiendo algo, hoy entiendo que no.
Porque el amor nunca se desperdicia.
A veces llega en forma de hijos. A veces en sobrinos, compañeros, alumnos, amigos, parejas, mascotas, proyectos o personas que terminan sintiéndose hogar.
Y quizá de eso se trata también vivir: de aprender que dar amor no necesita títulos.
Gracias, como siempre, por todo eso que hacen para demostrarme que están.
Gracias por tanto amor, por todo… y por tanto
Que este 10 de mayo esté rodeado de mucho amor, sin importar el título.
Con mucho cariño…
María 📚🍀✨
Los espero también en mis redes sociales. Y quizá mi libro digital pueda ser una buena compañía. Te dejo donde adquirirlo.
A veces la oscuridad llega para enseñarnos a mirar distinto.
En ocasiones no es que estemos apagados… quizá estamos fundidos.
Hace unos días se fue la luz y la señal de celular por 17 horas en la zona donde vivo. No es raro que se vaya la luz, pero sí que dure tanto.
Y ahí me di cuenta de cuán dependientes somos de estar «conectados». ¿Por qué nos genera tanto estrés quedarnos incomunicados?
La respuesta es incómoda, pero honesta: porque creemos que, si no estamos, el mundo se cae a pedazos. Que sin nosotros no se hará bien tal o cual cosa.
Qué grande puede ser nuestro ego. Vamos por la vida creyendo que todo se sostiene sobre nuestros hombros… y, en ocasiones, hasta queremos que así sea. Luego nos quejamos de lo cansados que estamos.
Antes, yo hubiera reaccionado distinto. Ansiedad. Revisar el celular aunque no hubiera señal. Sentir que me estaba quedando atrás. Como si no estar disponible fuera casi un error.
Esta vez fue diferente. Terminé un libro que llevaba días posponiendo. Limpié algo que había dejado para después. Quizá no terminé un video, ni unos escritos, ni unas publicaciones que «tenía que» hacer.
Pero, ¿saben qué? No pasó nada.
Cuando regresó la luz, confirmé lo que en el fondo ya sabía: nada se rompió, nadie reclamó y todo encontró su lugar. Sin prisa, sin caos. Porque me enfoqué. Porque, sin distracciones, todo pesa menos y avanza más.
Tal vez no estamos saturados. Quizá estamos distraídos.
Una gran verdad es que el apagón no asustaba por la oscuridad. Asustaba por el silencio.
Ese silencio que, cuando todo se detiene, te pone frente a frente contigo misma (o). Sin pendientes que justifiquen el movimiento. Sin pantallas que llenen los huecos. Solo tú.
Y ahí está el miedo de verdad: no el de quedarse sin señal, sino el de descubrir que, sin hacer, sin responder, sin estar disponible… seguimos siendo.
Que nuestro valor no lo da lo que hacemos, sino quienes realmente somos. Que importa más nuestra esencia que lo que logramos. Y que el mundo no nos necesita corriendo para seguir girando.
Y quizás, toda esa prisa, todo ese ruido, lo usamos para no escucharnos. Porque ponernos atención es difícil y conocernos parece una odisea. Cuanto miedo nos tenemos a veces. Se nos olvida que la luz que más importa es la nuestra.
Detenernos para conocernos no es perder el tiempo. Es la mejor inversión que podemos hacer. Es ahí, en medio de esa penumbra, donde nos vemos cómo somos, donde nuestros miedos salen, pero también nuestras grandes fortalezas. Dónde nuestra dualidad se convierte en una hermosa mezcla de realidad.
Porque la oscuridad afuera asusta, pero adentro nos obliga a encender una luz interior, esa que cuando lo logramos, no se apaga tan fácilmente.
¿Por qué solo nos permitimos parar cuando no tenemos opción, cuando todo se ha puesto oscuro? Se nos olvida que nuestra propia luz puede iluminar más allá de nosotros mismos.
Gracias por seguir aquí y por leerme. Gracias por cada mensaje, cada comentario y todo ese cariño tan bonito que siempre tienen para mí. Esto no tendría el mismo sentido sin ustedes.
Ojalá la próxima vez que todo se apague, también puedan simplemente… estar. Y descubrir que el mundo, sin ustedes corriendo, sigue en su lugar. Y que en ese silencio, encuentres lo que ninguna pantalla puede darte: tu propia luz.
Un abrazo con mucho cariño.
María 📚🍀✨🕯️❤️
Nos leemos también en redes sociales. Y si necesitas compañía en el camino, permíteme acompañarte con mi libro digital Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma.
Te dejo donde puedes conseguirlo. Gracias siempre por permitirme estar cerca. 🤍
Hace unos días alguien me dijo que le gustaría tener una amiga como yo… y pensé: ojalá supiera.
Tengo que decir que una parte de mí se emocionó al escucharlo. Gracias por decirlo, aunque estoy lejos de ser una gran amiga. Gracias.
Pero eso me llevó a una reflexión: ¿qué buscamos realmente cuando decimos que queremos un amigo?
Yo creo que buscamos: ser vistos, ser escuchados y ser amados. Y aquí algo importante: los demás quieren exactamente lo mismo.
Se supondría que eso debería hacer todo más sencillo… pero no lo es.
Porque queremos que nos escuchen, nos quieran, nos vean y nos respeten, pero pocas veces nos preguntamos si nosotros estamos haciendo lo mismo.
Para tener un buen amigo, compañero, pareja o familia empieza por ser uno.
No podemos ir por la vida pidiendo lo que no damos.
Cuando empiezas a ocuparte de ti, a tratarte mejor, a respetarte, algo cambia. Y no siempre es que el mundo cambie, a veces eres tú viéndolo diferente.
Hay una idea que me gusta mucho: lo bonito no se persigue, se atrae. No atrapes mariposas, haz un lindo jardín… y lo demás llegará.
Lo mismo pasa con las personas. Si sientes que a tu alrededor hay solo malas experiencias, vale la pena preguntarte desde dónde estás mirando.
Además, no puedes obligar a nadie a quererte, a escucharte o a respetarte, pero sí puedes dejar de quedarte donde eso no pasa. Y también puedes empezar por darte eso a ti.
A veces nos duele cómo alguien nos trata, pero pocas veces nos preguntamos por qué seguimos ahí.
No se trata de justificar a nadie. Pero entender que alguien que lastima, muchas veces fue lastimado, cambia la forma en la que lo vives. Duele menos. Y, sobre todo, le quitas el poder que tiene sobre ti.
Y algo importante: también necesitamos voltear a ver cómo nos estamos comportando nosotros. A veces, nosotros somos el malo o la mala de la historia.
Así que, si alguien te lastimó, perdona. No por los demás, eso es por ti, y hazlo no para quedarte, sino para avanzar.
Cuando haces esos ajustes —verte realmente, ver a los demás con compasión, perdonar y perdonarte— algo se acomoda. Las personas correctas se quedan. Las demás se van.
Así que la pregunta no es qué tipo de amigos quieres tener. Es si tú ya eres ese amigo.
Porque cuando te das la oportunidad de ser una buena amiga o amigo, te darás cuenta que ya ni siquiera necesitas tener tantos. Pocos serán suficientes para hacer más linda tu vida. Y, sin duda, el mejor de todos serás tú mismo.
Si a eso le sumas tu fe, serás imparable.
Y ojalá algún día, como dijo el escritor Fiódor Dostoyevski, encontremos a alguien con quien podamos hablar como lo hacemos con nosotros mismos.
Gracias por leerme, por compartir y por todo eso tan lindo que haces para hacerme sentir acompañada.
Nos vemos en la próxima. No olvides seguirme en mis redes. Y te recuerdo que mi libro digital Las Recetas de la Abuela – para curar el alma también puede ser un gran amigo. Te dejo el link al final.
Gracias por todo y por tanto. Un abrazo grande, con mucho cariño,
Hay cumpleaños que se celebran… y otros que transforman.
Recuerdo el olor a chocolate y pastel mezclado con las mañanitas sonando antes de que abriera los ojos. Así empezaban mis cumpleaños
En unos pocos días será. Y sí, tenía que decirlo, porque las felicitaciones me gustan mucho.
Mi papá nos acostumbró a que ese día fuera casi como una fiesta patronal: las mañanitas para despertarte, un desayuno especial, tu comida favorita, pastel y, si se podía, fiesta.
Con el tiempo eso cambió.
Para mí, celebrar la vida se volvió viajar. Los viajes y yo siempre hemos sido buenos amigos.
Pero entre todo ese folclor, desde hace algunos años se coló algo distinto: una sensación extraña, que se presentaba con una pregunta incómoda: ¿qué estoy haciendo con mi vida?
Esa idea de que el tiempo pasa y que aún falta tanto por lograr.
Dicen que es la crisis de los 40, 50, 60. Yo creo que desde los 30 empieza a aparecer. Que te hace cuestionarlo todo, es como si sintieras que el tiempo se te esta acabando
A esto súmenle que ha habido momentos donde dolió más de lo que me gusta admitir; momentos en los que me sentí perdida, cuestionando si iba en el camino correcto.
La verdad es que yo siempre he hecho muchas cosas que me gustan, es más hasta tenía una frase para justificar mis locuras: “Ni de recuerdos se vive, ni de amores se muere.”
Con eso me convencía de que el pasado no importaba, de que siempre había que seguir, hacer más, buscar más.
Detenerse no era opción y enamorarse, menos… ups.
Y sí, funcionaba. Me llevó a vivir momentos intensos, emocionantes, inolvidables. El problema es que nunca era suficiente. Apenas terminaba algo y ya quería lo siguiente.
Mirar atrás no era reconocer; era confirmar que todavía faltaba mucho.
Pero hoy algo cambió. Quizá me cansé de correr… o quizá la vida me enseñó a pausar.
Hoy creo que sí vale la pena voltear atrás, pero no para juzgar, sino para agradecer. Darme cuenta de que todo ha valido la pena.
Que soy profundamente bendecida por tener a la mejor mamá del mundo. Que tengo personas —familia, amigos, compañeros— que hacen mi vida más ligera, más bonita.
Que el amor no llegó perfecto, pero sí dispuesto a construirse.
Que he conocido lugares increíbles y deseo que mis ojos nunca olviden lo que han visto, ni mis pies los caminos que han recorrido.
Que hay una ciudad que todavía cargo conmigo. No diré cuál, pero sé exactamente en qué calle entendí que el mundo era más grande de lo que creía.
Que tuve al papá más bailador y divertido del mundo. Que conocí a mi ángel de la guarda en vida, disfrazado de buen amigo y que hoy, desde otro lugar, sé que los dos me siguen cuidando.
Que han pasado por mi vida personas que no se quedaron, pero que en su momento me hicieron profundamente feliz.
Que todo lo aprendido me ha permitido crear cosas nuevas, cosas que hoy disfruto y me llenan.
Que cada ciudad, cada viaje, cada encuentro me ha transformado.
También he aprendido a reconocer mis errores, a pedir perdón. Aunque he pedido perdón más veces de las que me han perdonado y sé que aún tengo algunos pendientes por decir. Y que todo eso también forma parte del camino.
Y hoy puedo decirte esto: Que la vida no es fácil —nadie dijo que lo fuera—,pero vale profundamente la pena vivirla.
Que no importa cuánto tengas, sino lo que dejas en el corazón de los demás.
Que sí, hay que avanzar, crecer, buscar más, pero también merecemos reconocer todo lo que ya hemos hecho.
Que un abrazo sincero puede ser el mejor regalo, aunque, para qué negarlo, también me encanta abrir regalos.
Hoy no tengo la vida resuelta, pero tengo historia. Y que no he llegado a donde imaginaba, pero sí a donde necesitaba.
Si me preguntan cómo llegué hasta aquí, diré que a tropiezos, con maleta en mano y con mucho valor de por medio. Y que lo bueno, lo malo y todo lo que me trajo hasta aquí, sin duda, ha valido la pena.
Y ojalá, cuando te toque mirar atrás, también puedas decirlo. ✨
Gracias por seguir aquí y por darme el mejor regalo de todos… Leerme y hacerme sentir acompañada.
Dios les multiplique por mucho, tanto cariño y que les permita voltear al pasado y darse cuenta que ha valido la pena
Nos vemos en la próxima, con mucho cariño.
María 📚🍀✨🕯️❤️
Acompañenme también en mis redes sociales o leyendo mi libro digital: Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma», que lo pueden adquirir en la tienda virtual. Gracias 😊
Hace varios meses inicié con este sueño de tener un lugar donde escribir sobre lo que sentía, lo que dolía, mis frustraciones y mis grandes anhelos.
Y, sin duda, se ha vuelto un refugio y también una montaña rusa de emociones; que me ha permitido reconocer una verdad que ahora valoro en mí…
Somos el resultado de nuestras decisiones, de nuestras emociones, (aún las difíciles) y, lo más hermoso de todo, también somos el resultado de quién nos ama y de quienes amamos.
Esa hermosa mezcla de lo bueno y lo malo es lo que nos construye…
✨ Somos magia y sintonía.✨
Y en esta loca y divertida historia, hoy llego a mi escrito número 50.
Cincuenta ocasiones donde las letras confirmaron que los castillos se pueden derrumbar, pero también que de ellos nacen nuevos horizontes. Donde la verdad se mostró tan honesta que parecía doler, pero que en realidad estaba sanando.
Y, sobre todo, cincuenta momentos donde entendí que no solo se trata de sanar; se trata de avanzar.
Dónde he aprendido que la vida no es perfecta, pero es hermosa.
Sé que aún estoy muy lejos de tener todas las respuestas, pero que tengo frente a mí un cuaderno en blanco, esperando para que yo escriba la mejor historia posible.
Tal vez mañana algo vuelva a doler, quizá otra vez no encuentre la salida o me desilusione, quizá quiera salir corriendo por el miedo. Pero, a diferencia de antes, en esa ocasión me permitiré sentir y dejaré de huir. Porque eso sí lo he aprendido bien:
de lo que huyes, te encuentra.
Como se darán cuenta, en esta ocasión no tengo una fábula, un aprendizaje, ni siquiera una canción para compartirles.
Este domingo solo me serviré un chocolatito caliente y una gordita de azúcar que mi madre preparó antes de irse a otro de sus viajes; me sentaré sin prisa, sabiendo que mi perro ya regresó de su misteriosa escapada semanal… y simplemente veré llover.
Porque hoy, por fin, estoy disfrutando ser yo. Una María que aprendió que la manera como se habla sí hace la diferencia. Porque hoy soy amiga de las palabras y sé que ellas me llevarán a lograr todo lo que he soñado.
.
Quien ahora sabe que al decir:
♡ Gracias se expande la energía más hermosa y poderosa que hay, y que «con gusto» es la forma más hermosa de responder, porque ayudar no es una obligación, es un privilegio.
♡ Lo siento. Aunque son palabras difíciles, decirlas no me hace débil; al contrario, me hace ser más humana y consciente del daño que a veces puedo hacer.
♡ Te escucho. Es el mejor regalo que podemos hacer a otro. Que por eso tenemos dos oídos y una boca, porque necesitamos escuchar más de lo que hablamos.
♡ Te amo. En cualquiera de sus formas, no se gasta si lo dices; al contrario, se multiplica.
Aprendí que el amor no siempre es color de rosa, pero puede tener muchos colores. Que ya no es necesario buscar un príncipe azul, porque un guerrero puede ser una mejor compañía. Y que amar es mucho mejor que no hacerlo.
Como decía mi abuela: «Es más valiente quien se atreve a amar que quien utiliza toda su fuerza para no hacerlo«.
Gracias de todo corazón por todo y por tanto; por acompañarme en este recorrido de 50 páginas que forman la primera parte de una historia que parece no tener sentido, pero es el inicio de una transformación que todos, algún día, nos deberíamos permitir tener.
Hoy me quedo con lo que importa y con los que importan; con los que se han querido quedar, los que me aman y se dan un tiempo para reconocerme. Y…
.
Hoy elijo quedarme.
Sé que ya no soy la de hace algunos años —a la que, por cierto, aún extraño un poco—, pero estoy aprendiendo a amar a esta nueva versión:
.
La que no tiene todas las respuestas, la que no se peina, la que aún tiene miedo por no saber cómo salir, la que ocupa un filtro para no decir todo lo que piensa, la que aún tiene de amiga cercana a la ansiedad. La que sigue sin dominar el arte de pedir ayuda y recibirla. Esa que aún reza implorando, la que su vida aún no se parece a la que soñó.
.
Pero también ahora soy, la que sabe que hay mucho que agradecer y valorar. Y que está aprendiendo algo muy importante: a amarse bonito y ser menos dura consigo misma.
También sé algo más: que el amor divino siempre es nuestra mayor bendición.
Porque Su historia… siempre será mejor que la mía.
Ah, y…
que pase lo que tenga que pasar.
🤍
Con mucho cariño:
María 📚🍀✨🕯️❤️
Como siempre, gracias por compartir, por leerme y por todas esas muestras de cariño que me dan siempre. Gracias por permitirme llegar a las 50 publicaciones; espero que sigas acompañándome en muchas más.
Si te gustó y quieres seguirme, te comparto mis redes sociales y el lugar donde puedes adquirir mi libro digital:
Las recetas de la Abuela para acomodar el alma, un libro que sé también será una gran compañía.
Donde todo parecía terminado… apenas estaba empezando.
Suelo no escribir de religión, no porque no crea o no esté convencida, lo hago porque respeto a quienes no creen o profesan otra religión.
Además, mi padre, dentro de sus muchas enseñanzas, me dejó una: siempre hay que hablar con seguridad, hablar aunque uno dude de su capacidad. Solo no hay que hacerlo de religión, política o fútbol (refiriéndose a cualquier fanatismo), porque suele generar muchos conflictos. Pero si ya te meten a la conversación, defiende tu postura con la paz y seguridad que te da la certeza de lo que tú crees.
Pero hoy, en este domingo especial, me gustaría platicarles de algunas cosas que he comprendido. Quizá me tarde algún tiempo en hacerlo, pero que espero les puedan ayudar como a mí. Aunque no soy la mejor hablando de religión, ni creo tener la calidad moral de hacerlo y mucho menos quiero convencer a alguien.
Además, hace años, un compañero de la secundaria, cercano al judaísmo, me enseñó una de las lecciones de fe más hermosas que he escuchado:
Nadie debería tratar de convencer a otro de que profese cierta creencia. Nuestra vida debería ser ejemplo de nuestra fe; y eso debería hacer que alguien quiera acercarse a ella.
Así que intentaré vivir de mejor manera lo que he podido ver más claro últimamente:
El amor se entrega sin condiciones. La cruz no fue solo dolor, fue una entrega de fe. El amor de verdad implica darse, incluso cuando duele, aun cuando no sea recíproco. Porque el amor verdadero tiene más de ida que de vuelta. Se trata de quién eres y de lo que tienes para dar. Y el amor más puro debe ser hacia nosotros mismos y hacia lo que creemos. Sin duda, el amor nos hará libres.
Amar también es cuidar el corazón del otro. Una de las últimas palabras de Jesús fueron: «Madre, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre». Nuestro dolor jamás debe invalidar el dolor de los demás. Sostener a otros cuando uno mismo se está rompiendo es permitir que ese amor también nos repare.
El perdón libera más a quien lo da. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Es la señal más clara de que perdonar no es debilidad, sino una forma de libertad interna. Es cerrar ciclos, es permitirnos resucitar por dentro.
El silencio también es parte del proceso. Él no murió y resucitó de inmediato; hubo un día —de viernes a sábado— de silencio, de incertidumbre, de personas que creyeron que habían ganado, de oscuridad. Un día donde parecía que nada estaba pasando, pero todo estaba ocurriendo. Ahí, donde parece que todo es oscuro y no hay nada por hacer, es precisamente donde Dios te está preparando para lo mejor. Ten fe, lo mejor está por venir.
No todo el que duda está perdido. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré». Tomás el Apóstol dudó, pero aun con sus dudas, Jesús le dijo: pon tu dedo. No lo despreció ni lo hizo a un lado. Le permitió convencerse. La fe no es perfecta; siempre tendrá momentos de duda, porque es ahí donde realmente nos encontramos.
Siempre hay un nuevo comienzo. El sepulcro vacío es la mejor muestra de que todo puede volver a iniciar. Solo bastaron tres días para que Dios cumpliera su promesa.
Y la última, que no es de la Biblia, sino de la Madre Teresa de Calcuta: no importa si nadie te cree, si no confían en lo que puedes hacer, si no te aman como tú amas, si no te valoran… al final, nada tiene que ver entre tú y los demás. Todo es entre Dios y tú, al fin de cuenta. Y eso es lo que realmente importa.
Hay una canción que me encanta y espero que la escuches. Para mí es un himno de fe y de esperanza, se llama Sueño imposible.
🎵🎶🎹
Con fe lo imposible soñar Al mal combatir sin temor Triunfar sobre el miedo invencible En pie soportar el dolor Amar la pureza sin par Buscar la verdad del error Vivir con los brazos abiertos Creer en un mundo mejor … Si hubo quien despreciando el dolor Combatió hasta el último aliento Con fe lo imposible soñar
🎵🎶
Y recuerda…
Dios no permite pruebas para romperte, sino para moverte. Porque a veces, el amor más grande no es el que te deja donde estás cómodo… sino el que te empuja a convertirte en quien estás llamado a ser.
Confía. Aunque no entiendas. Aunque duela. Aunque parezca que nada está pasando.
Porque incluso en el silencio… Él sigue escribiendo tu historia.
Y un último aprendizaje de mi mamá: sirve siempre que puedas, da todo aunque a ti te falte. Y si tus manos no pueden ayudar, entonces júntalas para orar. Y con eso…habrás hecho suficiente.
Que tu fe —en lo que sea que habite en tu corazón— nunca se apague.
Y que siempre encuentres la fuerza para volver a empezar.
Gracias por todo y por tanto. Gracias por leerme, por compartir y por todo eso tan lindo que hacen, que también alimenta mi fe de que esto vale la pena.
Con mucho cariño,
María 📚🍀✨🕯️❤️
Si este espacio resonó contigo, te invito a seguirme en redes. Ahí comparto más pedacitos de este mundo hecho desde el corazón. 🤍
Y si necesitas compañía en tu proceso, mi libro digital «Las Recetas de la Abuela – para acompañar el alma«. También está en mi tienda virtual… para abrazarte en los días que más lo necesites.
El mundo ha entrado en debate por una noticia reciente: a una joven, después de unos años, le han concedido la eutanasia en España sin tener una enfermedad terminal o cuadriplejia.
A mí la noticia me dejó un huequito en el corazón. No por juzgar si fue correcto o no. Sería irresponsable decir si estoy a favor o en contra, aunque tenga una opinión.
Me dolió otra cosa. Me dolió su desesperanza. Me dolió pensar que, como sociedad, estamos fallando a jóvenes, a adultos, a niños.
Me dolió imaginar que quizá tuvo gente cerca, pero no el respaldo suficiente. No de quienes podían sostenerla de verdad: las instituciones, la sociedad… nosotros.
Me dolió también por todas las personas que, en silencio y tristemente, desearían tener esa misma opción.
Porque la desesperanza existe. Porque pesa. Porque a veces gana.
Y lo digo porque la conozco. Hubo un momento en mi vida, hace poco, en el que, por un instante, pasó por mi mente la idea de dejar de luchar.
Pero no estaba sola. Tenía a una madre peleando hombro a hombro conmigo. Hermanas que confiaban en mí incluso cuando yo no podía. Tías que, con su cariño, me recordaban que no todo era tan oscuro. Mi compañero de vida, amigos que me sostenían… sin exigirme ser fuerte todo el tiempo.
Esa tribu… me ayudó a salvarme.
Me enseñó que, incluso rota, seguía siendo más fuerte de lo que creía. Lo mejor de todo, fue que me vieron y se quedaron, no para arreglarme, sino para sostenerme.
Y entonces no puedo evitar pensar: ¿Y si ella no tuvo eso? ¿Y si, como muchos, no tuvo a nadie que la sostuviera?
Porque a veces no es que las personas quieran rendirse… es que nadie les enseñó cómo quedarse.
Quizá puedan decirme que esta situación está muy lejos para hacer algo. Que de México a España hay un largo recorrido y pareciera que no había nada que nosotros – desde acá – pudiéramos hacer.
Pero mi abuela decía que sí: los problemas grandes, esos que no está en nuestras manos solucionar, hay que dejar que otros los atiendan.
A nosotros nos corresponde algo distinto: arreglar lo nuestro y ser parte de la solución en nuestro mundo cercano. En nuestra familia, en nuestra gente, en quienes nos importan.
Porque es ahí donde realmente podemos sostener.
Y porque, tal vez, si atendemos los nuestros… los problemas grandes dejan de existir.
Problemas tenemos todos y nadie la está pasando fácil. Y eso hace muy complicado estar al pendiente de los demás, es más, hay días que no podemos ni con nosotros mismos. Pero nunca olvidemos algo esencial:
Nuestro dolor nunca debería restarle valor o importancia al dolor de los demás.
Porque se nos está olvidando acompañar, se nos está olvidando mirar, se nos está olvidando sostener.
Y se nos está olvidando que juntos pesa menos, que pertenecer a una comunidad, a una familia, a una tribu, cambia todo.
Porque dos siempre serán más que uno. Porque solos podemos avanzar más rápido… pero juntos llegaremos más lejos.
Cuando realmente pertenecemos, dejamos de ser ajenos al dolor. Y también a la injusticia.
Les voy a contar una historia.
El primer día de clases, un profesor de leyes entra al salón y, sin explicación y con un tono duro, le pide a una alumna que se retire.
Ella, confundida y avergonzada, toma sus cosas y se va en silencio.
Nadie interviene. Nadie dice nada.
El profesor mira al grupo y dice: “¿Ustedes vienen aquí para aprender a ejercer la justicia?”
Algunos asustados, pero todos muy seguros respondieron que sí.
A lo que el maestro los ve con cara molesta y dice: bueno, pues acaban de ver una injusticia… y no hicieron nada.
Y eso mismo hacemos todos los días. Decimos que tenemos valores. Que somos justos. Que somos buenos. Pero guardamos silencio. Volteamos la mirada. Seguimos de largo. Sé que también, desafortunadamente, a quien quiere ayudar le han hecho daño. Estamos en un círculo vicioso de no hacer por miedo y terminar siendo injustos sin quererlo.
Debe haber una forma que dejemos de ser indiferentes, de poder acompañar. Es imperante dejar de ignorar a quien sufre. Dejemos de aparecer solo cuando queremos juzgar decisiones, cuando tenemos «algo que opinar».
El mundo no necesita más opiniones, necesita más presencia, más humanidad, más valentía. Más amor. Y la capacidad de ver todo lo bueno que hay a nuestro alrededor y por lo que vale la pena seguir luchando.
Porque si seguimos como vamos, quizá algún día nos pasará la bondad por enfrente y no sabremos reconocerla.
Pidámosle a Dios, o en quien creamos, que nos devuelva la esperanza.
Pero sobre todo pidamos que no nos quite la capacidad de sostener a otros cuando más lo necesitan. Ni a la gente que nos rodea, porque también nosotros necesitamos ser sostenidos, ser vistos, ser amados.
No siempre falta fuerza… a veces falta quien sostenga.
Hoy no pases de largo. Hoy quédate, sobre todo para ti.
Detrás de esta historia hay una joven. Una vida. Un dolor que no vimos a tiempo.
Confío en que allá arriba haya sido recibida con amor. Que sus dolores, sobre todo los del alma, hoy estén en calma. Y que por fin haya encontrado paz.
Y que su historia nos recuerde algo que no podemos seguir ignorando:
aún tenemos mucho por hacer.
Gracias por seguir aquí, por ser el mejor soporte que uno puede tener, gracias, porque hoy sé que mis pilares están leyendo esto, y esta también es mi forma de agradecerles y honrarlos.
Gracias también a todos los que me han leído y que, con sus comentarios, aún sin conocerme, me han dado la valentía y el empuje que se requiere para seguir intentándolo. Confiada en que todos estos escritos también puedan ser compañía, aún al otro lado del mundo.
Gracias por todo y por tanto. Nos leemos pronto. Un abrazo con mucho cariño.
María 📚❤️✨🍀🕯️
Te comparto las redes sociales por si gustas seguirme ahí. Gracias 🙏🏽
Y si te falta un apapacho más, déjame acompañarte a través de mi libro digital 📚: Las recetas de la abuela – para acompañar el alma. Lo puedes adquirir en la tienda virtual 👇🏽. Gracias por permitirme hacerlo.