• Una buena conversación puede cambiar nuestra perspectiva y una nueva perspectiva puede cambiar nuestra historia.

    Cambiar tu perspectiva puede ser la magia que convierte tu vida en una obra de arte.


    Perspectiva no es solo una palabra que me ha acompañado en las últimas semanas, como el nombre del proyecto de conversaciones y entrevistas que he estado construyendo — y que me ha permitido darle vida a cosas increíbles y conocer personas extraordinarias.


    También se ha convertido en una nueva forma de mirar la vida.


    Es entender que darte la oportunidad de ver de otra manera el mundo es abrir la posibilidad a un universo completo.

    Cuando nos abrimos a otras perspectivas, no solo aprendemos: transformamos nuestra propia historia.


    Y a veces, sin darnos cuenta, también el mundo de alguien más.


    Cambiar de perspectiva no es sencillo, aunque sí puede ser profundamente enriquecedor.


    Y se puede cambiar de muchas formas,  una de las primeras es aprender a ser nosotros mismos. Darnos la oportunidad de sentir, de vivir nuestras emociones y dejarlas pasar, incluso darle la bienvenida al enojo, para que se quede el menor tiempo posible. Sentirlas, revisarlas, dejarlas ir, para que hagan el menor daño posible… o el mayor bien.


    Otra, que a mí me ayudó mucho es quitándole el ME a todo.


    Me dijo.
    Me hizo.
    Me ofendió.


    No.


    Las personas no me hacen. Las personas hacen cosas, reaccionan, toman decisiones. Y casi nunca tiene que ver con nosotros. Cuando comenzamos a quitar el ME, podemos observar a los demás con un poco más de claridad. Y desde ahí puedes decidir si quieres estar cerca de una persona que actúa así.


    Una persona no me grita.
    Grita.


    Una persona no me ofende.
    Ofende.


    Una persona no me decepciona.
    No cumple sus promesas.


    Necesitamos ver a las personas tal cual son y respetarlas desde esa punto. Porque no es que seamos bipolares o cambiantes, es que simplemente reaccionamos a la situación. Por ejemplo, quizá todos conocemos a alguien que, en ciertos momentos, se transforma. Se vuelve más seguro, más claro, casi una mejor versión de sí mismo.


    Y que, con el paso de los días, vuelve a ser esa versión de siempre, esa en la que ya no confías del todo.


    A mí también me costó aprender a ver esas dos versiones sin quedarme solo con la que más me gustaba. Durante mucho tiempo juzgué a las personas con un peso demasiado alto y un criterio demasiado estricto.


    Si alguien era bueno, casi lo santificaba. El problema era cuando ya no se comportaba con la imagen que yo había creado. En ese momento me rompía el corazón o yo lo desaparecía de mi vida


    Y de verdad, no hay ofensa ni daño mayor que cargar a alguien con una imagen de perfección que ni tiene ni debería tener.


    Ahora prefiero quedarme con las dos versiones. Ver a la persona completa, no solamente la que más me conviene creer. Y desde ahí decidir qué tan cerca quiero estar.


    Otra buena forma de cambiar de perspectiva: es dejar de preguntarnos quién tiene la razón y empezar a preguntarnos qué podemos aprender de lo que estamos viendo.


    Porque cuando dejamos de necesitar que nuestra versión sea la única correcta, algo cambia.


    Ya no tenemos que defender cada emoción, justificar cada decisión ni convertir cada desacuerdo en una batalla.


    Podemos simplemente observar. Y observar también es una forma de aprender.


    Por eso hoy, además de que Perspectiva es una de mis palabras favoritas, también lo es «a veces».


    —Eres buena, María.

    —¡A veces!

    Intento que sea la mayoría de las veces, pero no siempre es así. Y ya no trato de serlo siempre.


    Lo que procuro es que las veces que no lo soy no afecten tanto a terceros.


    Y sin darme cuenta, ese mismo ejercicio – aceptarme a veces, no siempre – se volvió parte de lo que Perspectiva significa para mí. Ahí es donde dejó de ser solamente un proyecto de entrevistas para convertirse en algo más personal.


    Me ha regalado conversaciones que me han hecho pensar, personas extraordinarias que de otra manera no habría conocido, momentos que me han removido cosas por dentro y, sobre todo, la oportunidad de escuchar historias distintas a la mía.


    Mientras intentaba abrir un espacio para que otros compartieran su perspectiva, terminé descubriendo que yo también necesitaba cambiar algunas de las mías. Y eso ha sido lo más bonito de este proyecto: que mientras creía estar construyendo Perspectiva para los demás, también la estaba construyendo dentro de mí.


    Y quizá esa es la verdadera perspectiva: no la de mirar hacia afuera, sino la de animarte a mirar hacia adentro.


    Cambiar de perspectiva no significa estar peleado con tu esencia ni convertirte en otra persona. Es entender que todos podemos mirar lo mismo y sentir diferente.


    Es aceptar que muchas veces no estamos viendo la historia completa y que no podemos juzgar la reacción de alguien solamente desde nuestro lugar.


    Entender que existen otras formas de ver la vida, no significa pensar como el otro. Ni tampoco perdonar, justificar o aceptar todo.


    Significa preguntarnos:
    ¿Qué parte de la historia no estoy viendo por estar mirándola únicamente desde mi lugar?


    Porque quizá cambiar de perspectiva no siempre cambia lo que ocurrió. Pero sí puede cambiar la historia que nos contamos sobre lo ocurrido.


    Y tal vez la vida se vuelve un poquito más grande cuando, de vez en cuando, tenemos el valor de movernos de lugar…


    aunque sea solamente para mirar desde otra Perspectiva.

    Con cariño…

    María 📚❤️🍀✨🕯️

    Perspectiva-charlas 🎧🎙️🎥. (Aquí encontrarás el canal de Youtube)

    .

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  • Hay recuerdos que no te muestran tu vida, te la regresan.

    Hoy este escrito tiene soundtrack, si pueden escuchen la canción: Antes de que nos olviden, de Caifanes. Así suena mi historia del día de hoy.

    ✿⁠ 

    Hay una serie en la plataforma de Amazon que se llama «Nadie nos va a extrañar».
    La historia, en resumen, es de un grupo de estudiantes que están en el último año de preparatoria, 4 personajes que van creando una amistad, una identidad y su futuro.


    Todo se desarrolla para el último año, es 1995. Por cierto, exactamente en ese año yo terminaba la preparatoria y me iba a la universidad.


    Si ya podrán sacar más o menos cuál es mi edad. 🫣


    Al momento de ver la serie, poco a poco se me vinieron muchos recuerdos. La forma como nos vestíamos, de hablar, los bailes, la música increíble y sobre todo esa manera de ver el mundo y el amor.


    Esas amistades que asegurábamos durarían eternamente. Esos primeros amores que, con un poco de suerte, serían un cuento de hadas y viviríamos felices para siempre.


    Estábamos convencidos que lograríamos nuestros sueños o eso que queríamos ser, o simplemente vivíamos la vida en ese momento, sin importarnos ni preocuparnos por el mañana.


    Asegurando que nadie nos iba a extrañar, porque no perderíamos nunca a nadie.


    Pero algo sucede con el tiempo, con los años y con los daños, fuimos olvidando todo eso genial, divertidos y seguros que éramos.


    Olvidamos, incluso, cómo dolía de verdad. En ese tiempo los dolores eran verdaderos dramas y no esto de ir por la vida fingiendo que nada duele, nos comportamos como si las decepciones no dolieran y fingimos superarlas de inmediato, porque ser vulnerable actualmente es peor que maldecir en una iglesia en plena Semana Santa.


    Y de repente, sin darnos cuenta, nos convertimos en alguien muy diferente, en ese alguien que ni uno mismo extrañaría.


    Es como si el tiempo nos fuera cansando poquito a poquito y la vida nos obligara, o en realidad nosotros mismos, a ser fuertes, impecables, inteligentes.


    Y lo peor es que mientras otros admiran eso, nosotros nos seguimos sobrecargando mucho más de lo que podemos. Porque nos es muy difícil sentirnos suficientes.


    Nos comenzamos a medir por lo que producimos, cuánto sostenemos a los demás y cuántos soportamos sin rompernos. Nos medimos en qué tan útiles somos y perdimos la esencia de hacer todo de verdad.

    .

    En ese tiempo si había que dormir, se dormía sin preocupaciones; si nos enamorábamos, lo hacíamos cursimente; todo se hacía como si nos fuera la vida en ello… con pasión.


    O por lo menos mi generación sí era así.
    Vivíamos viviendo, haciendo amigos aún con esos últimos tintes de niños que juraban con el dedo chiquito que estaríamos juntos para siempre.

    🤍

    Y no solo eso: asegurábamos que nos comeríamos al mundo. Y un día, sin darnos cuenta, luchamos en una guerra interminable por tratar de que el mundo no nos coma a nosotros.


    Con los años las amistades se fueron y los amores cambiaron, y nos volvimos tan resilientes que quizá ya no nos damos cuenta de que algo nos está doliendo.


    Así que hoy quiero no sólo recordar esa época, quiero volver a sentir así, quiero que antes de que nos olviden, hagamos historia. La nuestra, algo de esos adolescentes que amaban de verdad la vida, debe quedar por ahí.


    Quizá haya que buscar a algun amigo que aún recuerde lo increíble que somos, o le volvamos a dar una oportunidad al amor. Ya sea reconstruir el que lleva tantos años y recordamos lo genial que fue al principio. O quizá algo mejor, qué tal si somos honestos y también confesamos lo que por nuestra culpa hemos destruido, y lo volvemos a construir.


    O si no lo tenemos, darnos la oportunidad de abrirle la puerta, pero no perseguirlo, si no convirtiéndonos en todo eso que pedimos en los otros. Para que ese amor bonito llegué.


    No estoy diciendo que finjamos o nos convirtamos en alguien que ya no somos, es regresar a ese yo de hace algunos años, que nos recuerde eso que nos hacía bailar sin preocuparnos, soñar con la firmeza de que se haría realidad y, sobre todo, que volvamos a ser nosotros y estemos seguros que si alguien pregunta.


    ¿Nadie nos va a extrañar?

    Respondamos que sí, que sin duda sí habría alguien que nos extrañaría. Porque recordamos como es amar y amarnos de verdad.


    Pero lo más importante,  que no nos extrañemos nosotros mismos. Ni volvamos a permitirnos perdernos.


    Y como dice la canción… antes de que nos olviden, romperemos jaulas y gritaremos la fuga.

    Porque no hay que condenar el alma.

    ¿Bailamos?.

    Con cariño …

    🤍

    María 📚❤️🍀✨🕯️

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  • Y con un poco de  suerte, alguien nos lo regala sin que lo pidamos.


    ¿A dónde vas?… Si de lo que huyes, te seguirá a donde vayas.


    Hace dos meses hice una pausa de escribir, según yo duraría mucho más que dos meses, porque ya parecía el mundo de alguien más que el mío.

    Me empecé a preocupar demasiado porque casi no me leían, si alguien opinaba que eran muy largos,  los cortaba, otros que se leian sin chiste y ahí voy a hacerlos graciosos. Aparte de todo esto, pues no dejaban, igualito como los otros tantos proyectos en los que estoy 🫣.


    Tengo que confesar que buscaba que todos los escritos fueran de utilidad, tuvieran un tip, un consejo, una enseñanza.


    Y poco a poco terminé olvidando por qué creé este espacio, y lo estaba convirtiendo en un curso o mentoría, contado a través de una historia.


    El mundo según María es otra cosa: un espacio donde se habla sobre lo bueno, sobre lo no tan bueno, sobre lo simple.


    No todo en esta vida debe ser una lección o una clase, hay cosas que pasan simplemente porque así son. Eso sí , todo nos puede ayudar a avanzar.


    Porque la vida es eso, un constante crecimiento, es un viaje continuo, no un destino.


    Deberíamos entender que la felicidad, el amor y las cosas buenas son lo normal. Pero pareciera que vivimos buscándolo siempre e intentando lograr algo que ya existe. Y terminamos complicándolo en lugar de conseguirlo.


    Sé que aún estoy muy lejos de entender y aplicar al 100 por ciento todo esto. Y tampoco diré que no debería importarnos lo que los demás opinen. Sí es importante, pero ojo, con ciertas restricciones.


    Solo debe importar lo que viene de quienes nos aman y a quienes amamos.
    De las personas que buscan construir y no destruir. Y de quienes realmente desean lo mejor para nosotros.


    ¿Cómo podremos saber quiénes son estas personas? Quizá es difícil saberlo, pero lo que sí creo es que es gente que se alegra por nosotros y nos hace sentir que no estamos ni tan solos ni tan locos.


    Un favor, cuando nosotros seamos quienes tengamos algo que decir de quienes nos importa y amamos, no olvidemos lo que ya  dije: no todo tiene que ser una lección, ni un sermón y mucho menos un curso.


    Si ustedes tienen a alguien a quien aman (familia, pareja, amigos) y lo que buscan es que sea y esté mejor, no olviden decirle también que es bueno…


    No usen la típica «te lo digo por tu bien» o el «a mí quién me importa que mejores eres tú». Nunca seremos perfectos, ni hay que buscar serlo.


    Confíen en ellos, díganles también todo lo bueno que sienten, lo bueno que creen que son. No todo debe enseñarse con regaños, ni comparaciones, ni con un «es que tú debes mejorar».


    Habrá momentos donde simplemente hay que estar, así sencillito, en silencio, con un abrazo. De esos que nos hacen sentir seguros


    Porque aunque uno mismo debería ser suficiente, importarnos y no ocupar a nadie más, la verdad es que no es cierto, ocupamos de los demás, además la soledad no siempre es buena compañera.


    Y aunque quizá no siempre lo encontremos, tal vez en el fondo lo único que buscamos es tener a alguien que nos cuide… hasta de nosotros mismos.


    Ese alguien que nos haga sentir que tenemos un lugar a donde pertenecemos.

    🤍

    Así como se siente cuando tenemos un boleto de regreso a casa.


    Con cariño,


    María 🤍✨

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  • Hay recuerdos que no se van, se quedan haciendo compañía.

    Ni de recuerdos se vive ni de amores se muere…


    Es una frase que alguna vez escuché decir en mi casa y que creo que me marcó más de lo que imaginé.


    Me hizo vivir intentando siempre tener algo que contar, una nueva aventura que hacer y algo que crear. Y en cuanto terminaba no volvía a hablar de ello, porque de «recuerdos no se vive». Así que me obligaba a vivir «feliz» siempre.


    Y hoy, curiosamente, es un recuerdo el que me regresó aquí, después de unos meses.


    Hace pocos días me enteré que el primo hermano de mi papá había partido, Enrique, quién deseo de todo corazón, haya llegado al cielo o a cualquier lugar lindo a donde iremos a parar.


    Era todo un personaje, esas personas que sabes le harán falta a este mundo. A quien tenía muchos (demasiados) años de no ver.


    Pero al momento de saber de su partida un dolorcito me dio en la boca del estómago, y dos segundos después, como si fuera una película a velocidad x5, comenzaron a llegar los recuerdos, todos geniales por cierto: aún cuando se burlaba de mis tenis y decía que yo no sabía bailar (o sea, ¡si soy una magnífica bailarina! 🫣), sus chistes, su parecido a mi papá, su «soy tu tío favorito»… Un personaje, insisto, que a este mundo le hacía bien.


    Con ello confirmé que, aunque no sé si deberíamos vivir de recuerdos, sí sé que un buen recuerdo te puede hacer sonreír, aunque sea un instante, y con eso, como a mí, acomodar mi mundo por un momento.


    Se le va a extrañar al tío Kike. Qué lástima que no me di el tiempo de volverlo a ver, con el pretexto de vivir en lugares tan apartados y por esos caminos de la vida, que terminan alejándonos de las personas que no deberíamos alejarnos. Hubiera sido genial verlo de nuevo, aunque de seguro algo se burlaría de mí.


    Pero bueno, siempre he creído que lo importante no es que terminó, es que sucedió; y que a quien haya sido responsable de que él fuera mi tío, le agradezco, porque fue genial que así fuera.


    Creo que no podemos cambiar quién se va o quién se queda en nuestra vida. Yo acabo de «perder» a varias personas que en su momento fueron muy valiosas para mí, amistades que nadie creería que se iban a terminar. Personas que ya no reconozco y que supongo ya no reconocen en mí a quien antes veían.


    El que se terminará nuestra amistad, relación o interacción, no sólo es responsabilidad de los otros. Jamás diría que es culpa sólo de los demás; no creo que en esta vida debamos ir responsabilizando por todo a los demás. Hay algo que también es nuestra (mi)  responsabilidad y eso nos debería permitir aprender y crecer. No podemos culpar a otros de todo lo que nos sucede, porque eso es como permitir que tu vida la dicte alguien más, y eso, mi querido(a) lector(a), sería terrible.


    Hace poco, en una charla con una psicóloga tanatóloga, decía que a nadie nos han enseñado a lidiar con que todo termina y que todo es un ciclo, y nos aferramos tanto a que todo sea eterno, que terminamos quedándonos con personas, cosas y situaciones que ya no funcionan, que ya no son lo que añoramos. Es más nosotros mismos ya no somos esa versión de cuando inició nuestra interacción. Y quizás ahí está la clave: entre más pronto lo aceptemos, menos caro nos saldrá el boleto de regreso.


    Por eso recuerdo al tío Kike. Porque algo de él se quedó, para siempre, aunque yo no estuviera cerca. Y eso también es una manera de no aferrarse: dejar que la relación exista en el recuerdo con la misma alegría con la que existió en persona.


    Hay una frase de Ortega y Gasset que me gusta mucho y que sirve, para entender que todo avanza: «Somos gerundio, no participio». Es decir, ando yendo siempre, no me ando quedando.


    Creo que recordar al buen tío Kike era una buena manera de regresar a El Mundo Según María. Porque sin importar que duela su partida, lo realmente importante es que sucedió, y que tuve el enorme placer de haber coincidido con él en esta vida.


    Aunque te burlaras de mis tenis.

    Dios te permita estar ya a su lado.


    Y ojalá que todos entendamos que la vida no es, ni debería ser, eterna; con tener buenos recuerdos habrá valido la pena vivirla. Vida solo hay una, y si sabemos vivirla correctamente, con esa es suficiente.


    Ah, y de amores tampoco se muere: el amor no se acaba, solo cambia de forma.


    Siempre, se los aseguro, siempre llegará a nuestra vida quien quiera quedarse y por quien valga la pena vivirla. Se los aseguro 😉🤍.


    Que los buenos recuerdos siempre les abunden y el amor los haga vivir bonito.


    Bendiciones.


    Con cariño…


    María 📚❤️✨🍀

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  • Algunas historias no terminan; simplemente continúan escribiéndose en otro lugar.


    La vida tiene una extraña forma de pedirnos que confiemos y soltemos precisamente cuando todo en nosotros quisiera quedarse.

    Desde niña aprendí que rendirse no era opción. Es más, una de las frases favoritas de Fellus —mi papá— era: ¿qué, no puedes?

    Mi papá me enseñó muchas cosas y gran parte de lo que soy es gracias a él. Fellus, hasta donde estés, honro tu vida, te extraño y fue un verdadero honor haber sido tu hija. Pero algo que jamás me enseñó es que no todas las batallas se pelean, que retirarse también es una buena estrategia y que dejar la vida en una faena no siempre es la mejor decisión.

    Y aunque mi papá nunca me enseñó a retirarme de una batalla, sí me dejó una frase que me ha acompañado toda la vida.

    Tenía un dicharacho que yo verdaderamente amaba. Recuerdo su voz diciéndolo con esa seguridad tan suya que hacía que todo pareciera posible. Cuando se tenía que repartir algo decía: pequeñito, a modo de que nos veamos… Pero cuando quería dar todo y obtener algo grande era: mejor como si no nos volviéramos a ver.

    Cada quien lo interpretará como mejor le parezca, pero a mí me sonaba a que había momentos en que se debía poner toda la carne al asador; había que apostar todo el resto, aunque se corriera el riesgo de perder.

    Y les prometo que yo di todo, aunque siempre corrí el riego de perder. Papá, espero que desde donde estés, estés muy orgulloso de mí.

    Él me enseñó a luchar por lo que amo. La vida me enseñó cuándo era momento de soltarlo.

    Por cierto, deberían darnos una materia completa —de varios años— para aprender a soltar. Porque de verdad duele hacerlo.

    Además, soy alguien que sabe de viajes y por eso sé que siempre hay un tiempo para partir. Y aunque entre tanto viaje, uno se prepara para las grandes tormentas, nadie te dice que un adiós suele ser lo que más duele.

    Hoy es uno de esos días. Hoy se termina —esperando de todo corazón que sea solo por un tiempo— El mundo según María.

    Este espacio nació por la sugerencia de alguien a quien quise mucho, que me dijo: “María, todo lo que escribes debería estar en algún lugar”.

    Creí que estaba compartiendo historias, pero en realidad estaba construyendo recuerdos junto con ustedes.

    Siempre he amado escribir. Nunca soñé con ser escritora, pero eso no importa; esto es diferente. Es como decir que amas la naturaleza, o la sonrisa de alguien que te gusta, el consejo de la abuela, el abrazo de tu madre. Eso es para mí escribir.

    Y en este año ha sido mi diario: de lo que he visto, he sufrido, he aprendido y, sobre todo, de lo mucho que me falta por conocer.

    Lo más importante de todo es que ha sido el lugar donde he podido ser más yo. Ser honesta, conocerme a mí misma y entender que mi mundo es tan loco, traumático y genial como ninguno, y tan extraordinariamente común como cualquier otro.

    Pero llegó el tiempo de hacer una pausa.

    He de confesar que alguien me dijo cuando inicié ésto: Ay María, ¿para qué escribes?, si a la gente ya no le gusta leer. Pero también alguien más me dijo: María escribe, escribe siempre, aunque creas que nadie te está leyendo. Porque las palabras siempre encuentran la manera de llegar al lugar correcto

    Así que la verdad, no es que duela cerrar este espacio. Siempre habrá un lugar donde escribir.

    Lo que me duele es extrañarlo antes de haberme ido.

    Pero hay decisiones que se tienen que tomar porque hay prioridades y porque aprendí algo que quiero dejarte como regalo:

    Abraza tus sueños, pero no te aferres a ellos. Normalmente Dios tiene una historia mejor de la que tú imaginas.

    Te doy un ejemplo de lo que pasa cuando nos aferramos: quizá nuestro sueño es un dulce y nos encaprichamos tanto con el, que no nos damos cuenta de que el universo quiere entregarnos la dulcería completa y nosotros perdiendo el tiempo con un solo dulce.

    Es lo mismo con todo. No es que no tengamos cosas o que el amor no esté cerca. Quizá simplemente estamos distraídos.

    Aprender a soltar también es aprender a confiar en que lo bueno sabe encontrar el camino de regreso.

    Así que nos vemos pronto. Y si no es así, espero que la vida nos vuelva a juntar en otro momento. Siempre será un placer reencontrarnos, en cualquier lugar. Y que pase lo que pasa con las grandes cosas: nada. Sí, porque cuando es bueno, no pasa nada. Ni el tiempo, ni los recuerdos, ni el amor. Todo sigue exactamente igual.

    Gracias a todos y cada uno de ustedes por leerme. Gracias a mis personajes favoritos, a los mejores cómplices, a los grandes amores, a las extraordinarias historias y a todos los que fueron parte de este loco mundo según María.

    Gracias a la mujer más increíble del mundo, que además es una gran mamá. (Lo hiciste bien mami). Espero que Dios la deje conmigo siempre. Gracias por ser tú, por todo lo que eres y por darnos tanto a tantos. Te amo, Tita Dora, de aquí a la luna, dos vueltas y de regreso.

    Si algo bueno encontraron en estos escritos, casi siempre empezó con algo que ella me enseñó primero.

    Gracias a todos por pintar un mapita mundial de colores en los lugares a donde llegaron estos escritos. Deseo de todo corazón que hayan llegado al lugar correcto.

    Y si estás leyendo esto, es porque en algún momento te lo mereciste. Gracias por existir en mi mundo.

    Deseo que se hayan dado cuenta de que el amor existe, de que el reflejo en el espejo es un ser extraordinariamente genial. Que hay que vivir intensamente, ser descaradamente honestos, pero que la verdad jamás estará peleada con la amabilidad. Que hayamos aprendido a amar, aunque sea un poquito, las consecuencias de nuestros actos.

    Que hay que tener fe. Que cuando se hacen las cosas con pasión nunca es tarde. Que no estamos ni tan solos ni tan locos. Que tenemos defectos geniales. Que siempre se puede empezar de nuevo.

    Y lo mejor de todo: que no importa cuánto hayamos perdido, ni lo mucho que pudo haber dolido. Lo que realmente importa es que sucedió. Porque lo verdaderamente importante no es cuánto duró, si no cuánto amor dejó a su paso

    Sin importar cuánto duele perder algo o a alguien, yo prefiero pagar ese precio a la osadía de no haberlo vivido.

    🤍

    Porque siempre nos queda algo, de tanto y tanto que se nos va…


    La vida me enseñó que nada de lo que amamos se pierde realmente.

    Se transforma.

    Se vuelve recuerdo, aprendizaje, gratitud o camino.

    Y a veces, cuando creemos que estamos diciendo adiós, lo único que estamos haciendo es tomar impulso para volver a empezar.

    Ah… y no lo olviden:

    siempre estamos, aunque sea por un instante, en el paraíso.

    Gracias por acompañarme en esta parte del camino.


    Con todo mi agradecimiento, cariño y el inmenso placer de coincidir.

    De quien siempre confía en que lo mejor está por venir…


    María 📚✨🤍🕯️

    P.d. Les recuerdo que hay un regalo para ustedes de despedida. Es gratis. Descárguenlo aquí  👇🏾

  • La esperanza también tiene voz.



    Porque hay palabras que nos rompen, pero también palabras que nos enseñan a seguir.

    Siempre he creído que somos el resultado de las personas que nos han amado y, muchas veces, aún más de las que no.

    Y que todos llegamos a la vida necesitando lo mismo: saber que somos queridos. Pero no todos recibimos esa certeza. Algunos la buscan toda la vida sin saber muy bien por qué.

    Una niña de diez años descubrió el origen de esa búsqueda en una sola respuesta:

    —¿Me quieres?

    —No, no te quiero. Yo no quiero a nadie.

    Diez palabras. Una herida que durante años intentó sanar.

    El problema es que esa respuesta venía de alguien de su familia, alguien a quien admiraba profundamente y que según los estándares normales, debería quererla. Eso, desafortunadamente, la llevó a alejarse y a buscar fuera de casa lo que tanto necesitaba: sentirse querida.

    Esta historia puede ser de cualquiera. Una nieta y su abuela, una tía y su sobrina, un padre y su hija. Los personajes cambian, pero el resultado suele ser el mismo.

    Y no solo ocurre en la infancia.

    Las palabras duras también dejan marcas en la edad adulta.

    «No eres suficiente».

    «No te amo».

    «Me estresas».

    «No tengo tiempo».

    Si realmente comprendiéramos el impacto de nuestras palabras, este mundo sería muy diferente. Seríamos más conscientes de que podemos destruir o enaltecer a otra persona con lo que decimos.

    Pero también existe una historia amable.

    Muchas, en realidad.

    Como la de quienes aprendimos a andar en bicicleta porque alguien creyó en nosotros. Nos lo dijo, lo creímos, lo intentamos y lo logramos. Y ese pequeño triunfo terminó convirtiéndose en la confianza necesaria para alcanzar muchos otros.

    O quizá todavía repetimos alguna frase que alguien nos dijo para darnos valor. O ese consejo de quién nos quería que guardamos desde niños y que hoy, de adultos, nos ayuda a entender mejor la vida.

    Guardo algunas frases que escuché hace tiempo y que hoy forman parte de quien soy y de cómo tomo decisiones:

    «Las personas siempre terminan enseñándote quiénes son; créeles». Hoy, después de décadas, sé que es verdad.

    «La noche siempre hace que los problemas parezcan más grandes; espera a verlos con la luz del día». No tomes decisiones cuando estés triste. Casi siempre todo se ve más claro después de descansar.

    Y hay una que recuerdo con una ternura particular:

    «María, mientras sigas aquí, todavía hay algo que puede mejorar».

    Porque sin importar qué tan complicado parezca todo, mientras sigamos aquí, aún hay algo por hacer.

    Y aunque hayamos cargado rechazos o heridas de la infancia que todavía duelen, si buscamos bien, también encontraremos frases que nos recuerden lo valiosos que somos y todo lo que somos capaces de lograr.

    Las palabras dejan huella.

    Pueden rompernos, pero también pueden salvarnos.

    Cuidemos lo que decimos. Y también lo que decidimos guardar en nuestra memoria, porque no todo merece quedarse a vivir dentro de nosotros.

    Conservemos cerca del corazón esa frase, esas palabras o ese abrazo que nos recuerdan que aún vale la pena intentarlo, que todavía podemos levantarnos y que nunca es tarde para comenzar de nuevo.

    Hay frases que escuchamos de niños que terminan salvándonos de adultos.

    Porque cuando la vida se pone difícil, todos necesitamos una voz que nos recuerde quiénes somos.



    Gracias, como siempre, por ser ese apoyo y respaldo que hace más fácil todo. Gracias por compartir, comentar y por todo lo bueno que hacen por este blog.

    Y ojalá que siempre tengas a la mano esa frase que te ayude a salvarte.

    Un abrazo con cariño…

    María ❤️📚✨🕯️




    P. D. Les recuerdo que hay un regalo en la tienda virtual. Es completamente gratuito y espero que pueda servirles mucho.

    Hasta la próxima



    No olviden seguir El Mundo según María en redes sociales. ✨🕯️

  • Hay recuerdos que merecen quedarse para siempre.


    Nunca es demasiado tarde para volver a ver a las personas que nos hacen sentir que estamos en casa.


    Solemos decir que conocemos a las personas. Es más, hay ocasiones en las que creemos conocerlas tan bien, que se nos olvida que ahí están.


    Hagamos un experimento… ¿cuántas veces han pasado por algún lugar y hasta mucho tiempo después se dieron cuenta de que había tal o cual cosa?


    En términos laborales se le llama «ceguera de taller». Es decir, llega un punto en el que la cotidianidad ya no nos permite ver. Hacemos tantas cosas en automático, que olvidamos disfrutar o siquiera mirar lo que hay a nuestro alrededor.


    Eso mismo sucede muchas veces con las personas. Las tenemos tan cerquita y tan seguras, que dejamos de ponerles atención y olvidamos recordar que ahí están.
    Y entonces solo regresan a nosotros cuando las perdemos o cuando ha sucedido algo malo.


    Me pregunto cuántas conversaciones pendientes cargamos sin saberlo. Cuántas preguntas guardamos para después, convencidos de que habrá tiempo. Todo lo que nunca preguntamos porque dimos por hecho que la persona siempre estaría ahí.


    Hace muchos años, alguien estaba hablando de mí y una persona muy cercana dijo: —Ay, hasta pensé que estaba hablando de otra persona.


    En realidad si era de mí.


    Solo que la otra persona pudo ver cosas que quien estaba cerca de mí ya no veía. Tal vez por la rutina, por las experiencias compartidas o porque también conocía mis versiones menos agradables. Porque tenemos esa rara costumbre de retener lo peorcito de las personas. O simplemente porque dejamos de reconocernos, de preguntarnos cosas importantes, platicar y recordar lo genial que es el otro.


    A veces olvidamos que todos tenemos muchas versiones y que también dependerá del otro la versión que nosotros mostremos hacia los demás.


    Siempre he creído que las personas deben sorprenderte para bien. Y que si no lo han hecho, quizá también es porque nosotros no se los hemos permitido.


    Ver a los demás y recordar lo bueno no es tarea fácil. El día a día pesa. Vamos acumulando dolores, heridas y decepciones… y cualquier mirada termina cansándose.


    Pero ver con otros ojos sí es posible.


    Hace muchos años, mi hermana —que es geógrafa y vive lejos de aquí— venía con nosotros por carretera. De pronto vio los cerros, volteó maravillada y dijo: —¡Ve qué belleza!


    Nosotros nos volteamos a ver con cara de sorpresa y nuestra primera reacción fue: —¿Qué tienen de bonitos?


    De ahí nació una extensa cátedra sobre la geografía del lugar y sobre por qué deberíamos sentirnos agradecidos de tenerlos ahí.


    Y aunque han pasado muchos años, todavía veo esos cerros y pienso: «Qué bonitos están».


    Porque aprendí que cuando nos permitimos entender cómo alguien más ve el mundo, descubrimos cosas que no nos habíamos dado cuenta que ahí estaban..


    A algunos nos hace falta maravillarnos más.


    Y quienes nos rodean nos dan la oportunidad de hacerlo, de ver las cosas desde otra perspectiva, desde otro cristal y eso nos permite madurar, crecer y desarrollarnos, porque eso no sucede solo. No es posible vivir aislados. Aunque una de las cosas más tristes que nos están pasando es que aprendimos a vivir acompañados… sintiéndonos profundamente solos.


    Y esa soledad tiene muchas formas. Una de ellas es la pantalla que tenemos frente a nosotros ahora mismo. Se dice mucho que la tecnología debería acercarnos. Pero honestamente, creo que muchas veces ha sucedido lo contrario. Cada vez conversamos menos. Tenemos una tolerancia casi nula a la opinión de los demás y, peor aún, las pantallas nos dan una valentía muy mal intencionada para juzgar, señalar o herir a otros sin una pizca de empatía.


    Y aquí viene lo incómodo: desafortunadamente nosotros también lo hemos hecho. Porque en ocasiones, el malo de la película… somos nosotros. Ese que juzga rápido, que responde sin pensar, que hiere sin querer —o a veces queriendo— y que luego sigue como si nada.


    Esa también es una versión nuestra.


    Y reconocerla, aunque duela, es el primer paso para cambiarla.


    Porque si de algo sirve crecer y reflexionar, debería ser para tratarnos mejor. Para escucharnos de verdad. Para dejar de hacernos daño con tanta facilidad.


    Hace un tiempo, platicando con mi mamá sobre mi relación un poco revolucionada con el doctor muelitas, le dije: —Tengo que confesar que ahora se porta mejor y ha intentado ser un buen tipo. Sin duda ha cambiado.


    Ella, con esa sabiduría que dan los años y también los daños, sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, me respondió: —En realidad quien cambió eres tú. Tú te permitiste entenderlo y verlo de una mejor manera.


    Y tenía razón.
    El mundo cambia cuando nosotros cambiamos la manera de mirarlo.


    Aunque no lo creamos, todos tenemos mucha sabiduría cerquita: en las historias de nuestros padres, en las anécdotas de quienes amamos, en la experiencia de la gente que ha vivido más que nosotros.


    Por eso disfruto tanto viajar. Porque un día, por petición de mi papá, me prometí intentar ver los lugares como si fuera la primera vez. Y eso me hace ver todo como la maravilla que es, sin importar si lo he visto cientos de veces.


    Quizá no nos hace falta salir de viaje, manejar por carretera o conocer lugares nuevos. Sólo falta entender que todo cambia cuando decidimos mirar con otros ojos.


    Porque tal vez sí tenemos una vida más hermosa de la que creemos… solo que no nos hemos dado la oportunidad de verla así.


    Puede ser que tampoco conocemos realmente a las personas que tenemos cerca. Porque si nos detuviéramos a escucharlas de verdad, descubriríamos esa luz maravillosa que aparece en los ojos de quien habla de lo que ama.


    Esa mirada imposible de fingir.


    Así que tal vez lo único que nos hace falta es preparar un chocolatito caliente o un té, sentarnos un rato y tener tiempo para platicar con la gente que amamos y que nos ama.


    Para conocerlos más.


    Para mirar la vida a través de ellos.


    Y para tener, por fin, esa charla pendiente de…


    Todo lo que nunca te pregunté.


    Porque sería terrible darnos cuenta:


    Que el amor siempre estuvo a nuestro lado… y que por distraídos nunca supimos reconocerlo a tiempo.



    Así que hoy quiero dejarte un regalo.


    Como se habrán dado cuenta, mi mamá aparece mucho en mis escritos. Porque su historia, su experiencia y esa conexión tan profunda con lo divino le han dado una sabiduría extraordinaria que no debería perderse.


    Y sé que ustedes también tienen a alguien así.


    Alguien cuyos consejos, recuerdos, historias y forma de ver la vida quisieran guardar para siempre.


    Por eso hice un libro de recuerdos para platicar con mi mamá. (Más de 100 preguntas que no había hecho). Y hoy quiero compartirlo contigo, con la esperanza de que también pueda ayudarte a construir y conservar tu propia historia.


    El libro es gratuito. Ya es tuyo y está hecho con todo el corazón. Puedes descargarlo, compartirlo o regalarlo todas las veces que quieras.

    🤍

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    Porque me dolería mucho perder este espacio que es tan tuyo como mío. Hagamos que siga vivo.



    Como siempre, gracias por ser parte de esto. Gracias por confiar en mí y por todas las maneras en las que me demuestras que aquí sigues.


    Te mando un abrazo enorme.


    Y espero que jamás sea tarde para sentarte a conversar con quien amas.


    Con mucho cariño,


    María.  ❤️📚🍀🕯️✨


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  • A veces el amor se siente así: como llegar a casa.

    ¿Qué es el amor para ti?


    Nunca una pregunta tan simple me había dejado tan incómoda.


    Así terminó la terapia con mi psicóloga. Con  esta pregunta de tarea, que ha sido más difícil de contestar de lo que imaginé. Y aunque aquí he escrito muchísimo sobre el amor —mi definición, lo que he visto, lo que creo que podría funcionar—, cuando alguien le agrega el «para ti», algo cambia.
    Algo se mueve adentro.


    Porque ya no hablas del amor como idea. Hablas de responsabilidad.


    Todos saben que hablo mucho sobre el amor a la vida, a la familia, a uno mismo. Podría escribir casi un libro sobre cómo el amor bonito se puede llevar, qué significa y cómo he visto que funciona.


    Pero el «para ti» lo cambia todo, pesa distinto.


    Porque entonces ya no hablas solo de lo que sueñas recibir, sino de lo que eres capaz de sostener.


    Siempre he creído que tienes que dar lo que pides. Y ahí todo cambia. Porque ahora la pregunta ya no es qué quiero que hagan conmigo, sino qué tan dispuesta estoy a cuidar a alguien más.


    Así que, como fue la tarea que me dejó mi psicóloga, hoy quiero responderla aquí. En este lugar donde he aprendido a escribir sobre lo que duele, lo que he hecho bien, lo que he hecho pésimamente mal, lo que deseo y todo aquello que aún no entiendo.


    Lo primero que tengo que confesar es que a mí el amor me ha tratado mucho mejor de lo que yo le he tratado. Así que no podría hablar mal de el.

    Pero empecemos por el principio.


    Mi madre siempre ha dicho que mi padre y yo no nos enamoramos, que nosotros amamos al amor.


    Y aunque Tita tiene frases raras, también tiene demasiada razón.


    Ella dice que nosotros estamos enamorados del amor porque nos gusta sentirnos amados. Que donde encontremos amor nos quedaremos… hasta que algo deje de cuadrarnos. O hasta que algo sea bonito, pero no le veamos futuro. O peor: hasta que nos sintamos demasiado expuestos.


    Porque hay algo aterrador en darte cuenta de que alguien ya conoce exactamente dónde podrías romperte.


    Creo que algunas personas no nos enamoramos solamente de alguien. Nos enamoramos de cómo se siente ser amados. Y quizá por eso nos cuesta tanto quedarnos.


    Por ahí empezaría mi definición del amor. Aunque, siendo sincera, todavía no tengo la respuesta completa.


    Pero sí creo esto:
    El amor debería sentirse como un lugar de donde ya no quieres huir.


    Un lugar donde puedes saberte herida o herido y aun así no esconderte. Donde alguien conoce tu punto más débil y, en lugar de usarlo, decide cuidarlo.


    Yo lo imagino como un abrazo que logra callar todo el ruido exterior. Como tu sábana cuando eras niño y creías que podían protegerte de cualquier monstruo debajo de la cama.


    Como decía mi abuela: darle a alguien el poder de destruirte… y confiar en que jamás lo hará.


    Hace años yo hubiera dicho que el amor era ruido. Que era gritarlo a los cuatro vientos. Que era «si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo». Y quizá extraño un poco esa versión de mí.


    Pero con los años entendí que el amor también puede ser silencioso. No de ese silencio que esconde, sino de ese silencio que protege. Que vela tu sueño. Que ya no necesita demostrarle nada al mundo porque entiende que hay cosas demasiado valiosas como para exhibirlas.


    También entendí que el amor es verte. Todos queremos ser vistos. Y eso hace el amor: vuelve visible a alguien en un mundo que cada día nos hace sentir más invisibles. Es estar frente a una multitud sintiendo que tu ausencia no cambiaría nada… y de pronto descubrir que hay unos ojos buscándote solamente a ti.


    El amor es honesto y humilde. No necesita vivir en una competencia para decidir quién manda o quién es más fuerte. No invade, pero sí permanece. Son dos soledades haciéndose compañía.


    Es romántico, es detallista. Da flores no porque “así tenga que ser”, sino porque puso atención, porque entendió lo que representan.


    Porque las flores, aunque duren un día, nos recuerdan que hay cosas que, aunque duren poco, aun así valen completamente la pena.


    El amor es esa voz que sí responde cuando llamas, aunque sea solo para decir una tontería. Esa persona con la que sabes que nunca estorbas ni estresas. Alguien que contesta y se emociona de que hayas llamado.


    Que viene a tu mente no solo cuando pasa algo importante, sino también cuando no pasa nada: cuando viste algo lindo, sencillo, como cuando empieza a llover, o cuando simplemente pensaste «ojalá estuvieras aquí».


    Pero el amor no vive solamente de lo bonito.


    Con los años también entendí que amar es aceptar que habrá partes de alguien que no siempre sabrás manejar. Que puedes amar profundamente un 60% de una persona… y aun así tener que aprender todos los días cómo no destruirte ni destruir al otro con ese 40% que a veces ni entiendes ni te agrada.


    Porque el amor real no es un cuento de hadas. Es elegirse constantemente. Incluso en esos días donde ni tú mismo te soportas.


    Quizá todo esto suene demasiado romántico o incluso descabellado. Y sinceramente, quizá, todavía no sé exactamente qué es el amor para mí.


    Pero sí sé lo que no debería ser.


    El amor no debería doler. Pero tampoco salva, no es su obligación. Ni sana, esa es nuestra responsabilidad. Pero sí ayuda, porque todo es más sencillo cuando alguien elige quedarse.

    Y sí… quizá el amor sea alguien que, entre millones de personas, todavía pueda encontrarte a ti. Que llegue a conocerte tan bien que aprenda exactamente dónde abrazarte para que se te acomode el alma.


    Que te mire, incluso después de verte rota, cansada, despeinada, confundida o enojada con el mundo, como si fueras su lugar favorito para quedarse.


    Porque quizá el amor sí sea eso:


    Encontrar, por fin, un lugar donde ya no quieras huir.


    Gracias, como siempre, por todo lo bueno que hacen con este espacio: leerme, compartir, comentar y hacer que todo esto siga vivo. Gracias por seguir aquí.

    Y deseo que siempre tengan una respuesta para esa pregunta, porque eso significará que están más cerca del amor de lo que creen.

    Un abrazo con cariño,

    María 📚❤️🍀🕯️✨

    Nos vemos también en redes sociales o si me permites acompañarte con mi libro digital: Las recetas de la Abuela – para acompañar el alma. 📚 Te dejo aquí donde conseguirlo. Gracias ✨

  • Al final entendí que el amor no siempre llega como lo imaginamos… pero cuando es verdadero, siempre encuentra dónde quedarse.

    🤍

    Hace unos días escuché una frase que me partió el alma. A una buena amiga le falleció su sobrina y la manera de despedirla fue:

    “Mi necesidad de ser mamá se quitó el día que mi hermana me prestó a su hija para que fuera la mía también. Hoy tengo que devolverte… demasiado pronto”.

    No recuerdo haber escuchado algo que me doliera tanto últimamente como eso.

    No juzgaré ni me pondré a cuestionar por qué algunas personas mueren muy jóvenes, y mucho menos por qué algunas mujeres nunca fuimos madres. Mi corazón no daría, en este momento, para eso. Porque hacerlo sería recordar lo que me tomó años superar: no ser madre y la muerte de uno de mis mejores amigos a los 29 años. Ninguna de las dos cosas podría manejarlas ahorita.

    Lo que sí puedo decir es que durante años dolió, en silencio, no ser madre. Ese constante: “¿y tú para cuándo?”, como si hubiera sido mi decisión no serlo.

    Hubo un tiempo en que realmente quería golpear a quien lo decía. Con los años también entendí que todos nos expresamos desde lo que sentimos y desde lo que somos. En ocasiones no es maldad; es un cuestionamiento sincero, un deseo de verte vivir algo bonito. Pero duele. Duele de verdad.

    Les platico cuándo dejó de dolerme tanto.

    Cuando un descerebrado —porque no tengo otro sinónimo para ello— me dijo:
    “Pues las mujeres, si no son madres, no sirvieron para nada”.

    Ese fue el detonante. Y no solo fue el dolor; fue entender que yo misma me estaba viendo así. Que él solo estaba diciendo en voz alta lo que yo pensaba de mí misma.

    Y de ahí comencé a quererme, así, sin tanta exigencia… por lo menos en ese tema.

    Lo único que me seguía doliendo, así quedito pero quemando, era saber que mi hijo hubiera tenido un gran papá y a la mejor abuela. Y ellos sufrían también, así en voz bajita, para que a mí el corazón no se me apachurrara más.

    Después de un tiempo, y de divorciarme, quise buscar un embarazo y escuché un:
    “¡Ay no! ¿Ya a esta edad?”

    Y fue como si la vida me diera un portazo en la cara y me dijera otra vez: no.

    Dolió, pero me regresó a la realidad. Tenía razón… o quizá no. Nunca lo sabré. Pero me dejó una gran enseñanza:

    “María, deja de escuchar a los demás”.

    Con el tiempo comencé a tener amigas que tampoco fueron mamás. Ninguna por decisión propia, pero sí muy conscientes de que esa parte la tenían en paz.

    No sé si sea cierto que uno termina buscando a su tribu para sentirse seguro, pero conocerlas a ellas me confirmó que las mujeres somos mucho más que ser madres.

    Y mire qué curioso: la mayoría se llaman María. Muy diferentes, pero muy honestas y en un trabajo constante consigo mismas, porque son, sin duda, mujeres extraordinarias.

    A eso súmenle algunas primas que son unas guerreras de la vida, y una tía que a algunos nos amó como a hijos y que nos enseñó precisamente la frase que mi amiga dijo:

    “Hay seres que te permiten vivir lo que siempre has deseado”.

    Yo tengo a ese hijo adquirido, hijo de mi primo, y eso me hace sentir muy feliz. Durante años nos molestaban con una frase:
    “Eres igualito a tu tía”.

    Y acá entre nos… es verdad.

    No tanto físicamente, sino en que somos odiosamente adorables 🫣: tercos, aferrados, buenos para mandar y para trabajar; creemos que el mundo debe girar a nuestro alrededor y maravillosamente solidarios.

    Hoy esa frase me llena de orgullo.

    Sin duda, con él confirmé que, si yo lo hubiera parido, no lo habría podido querer más, porque ya lo quiero demasiado.

    Muchos años después llegó Galletita mi sobrina hermosa y tantos sobrinos y ahijadas más a quienes darle ese cariño.

    Aún con eso, no diré que llega el diez de mayo y no siento cierto dolorcito en el pecho. Creo que en parte es porque mi mamá hubiera sido la mejor abuela del mundo. A mí me hubiera encantado tener una abuela como ella.

    Pero hoy estoy en paz con eso.

    He hecho muchas cosas: trabajé, viajé, estudié, hice cuanta locura parece que a las madres no se les tiene permitido hacer. Y lo seguiré haciendo.

    Y sobre todo entendí que soy suficiente, y que no me debo —y mucho menos le debo a nadie— ser madre, aunque hubiera sido maravilloso serlo.

    Entendí que se puede dar todo ese amor a lo que haces y a la gente que te rodea.

    Habrá quien se lo dé a sus mascotas. Por cierto, por favor, no juzguen a quien ha elegido ser madre de una mascota, por ejemplo. En primera, porque quizá es mejor madre que muchas otras. Y en segunda, porque no saben qué hay detrás de esa decisión… o de esa imposibilidad de no serlo.

    No tienen idea de cuánto dolor puede haber detrás de quienes no pudieron ser padres.

    Conozco parejas con más de 15 años juntas—de quienes soy fan— como los familiares de una de las Marías que son de las mejores parejas que conozco o el matrimonio de otra María quienes se aman y luchan todos los días por ser compañía y complemento.

    Seguiré sin entender por qué a ellos no les dieron la dicha de ser padres. Lo que sí sé es que se tienen el uno al otro, y eso es una de las mayores bendiciones que pudieron encontrarse.

    Además, ser madre no es sinónimo de ser buena mujer. Miren ustedes el caso sucedido en Mexicali. No daré muchos detalles, porque el caso es realmente fuerte. Una madre «olvidó» a su hijo de tres años por descuido en el auto, con el calorón de esa ciudad. Ahí está la mejor muestra de que el título de madre no implica nada.

    Pero bueno… también sé, de buena fuente, que el amor de madre es, sin duda, uno de los amores más hermosos que existen.

    Agradezcamos por las mamás. Por las buenas, aunque a veces no las entendamos del todo.

    Bien dice mi madre:
    “Yo no soy tu amiga ni te trataré como tal. No se te olvide que soy tu madre, y eso me hace amarte más que a nada en el mundo, aunque no te gusten del todo mis decisiones”.

    Si a ti la vida no te dio el privilegio de ser madre, no te preocupes. Estoy muy segura de que, de alguna forma, la vida compensó todo ese amor que necesitabas dar.

    Sé que hubo un tiempo en que pensé que la vida me había quedado debiendo algo, hoy entiendo que no.

    Porque el amor nunca se desperdicia.

    A veces llega en forma de hijos.
    A veces en sobrinos, compañeros, alumnos, amigos, parejas, mascotas, proyectos o personas que terminan sintiéndose hogar.

    Y quizá de eso se trata también vivir:
    de aprender que dar amor no necesita títulos.


    Gracias, como siempre, por todo eso que hacen para demostrarme que están.


    Gracias por tanto amor, por todo… y por tanto


    Que este 10 de mayo esté rodeado de mucho amor, sin importar el título.


    Con mucho cariño…


    María 📚🍀✨

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    🤍

  • A veces la oscuridad llega para enseñarnos a mirar distinto.

    En ocasiones no es que estemos apagados… quizá estamos fundidos.


    Hace unos días se fue la luz y la señal de celular por 17 horas en la zona donde vivo. No es raro que se vaya la luz,  pero sí que dure tanto.


    Y ahí me di cuenta de cuán dependientes somos de estar «conectados».
    ¿Por qué nos genera tanto estrés quedarnos incomunicados?


    La respuesta es incómoda, pero honesta: porque creemos que, si no estamos, el mundo se cae a pedazos. Que sin nosotros no se hará bien tal o cual cosa.


    Qué grande puede ser nuestro ego. Vamos por la vida creyendo que todo se sostiene sobre nuestros hombros… y, en ocasiones, hasta queremos que así sea. Luego nos quejamos de lo cansados que estamos.


    Antes, yo hubiera reaccionado distinto. Ansiedad. Revisar el celular aunque no hubiera señal. Sentir que me estaba quedando atrás. Como si no estar disponible fuera casi un error.


    Esta vez fue diferente. Terminé un libro que llevaba días posponiendo. Limpié algo que había dejado para después. Quizá no terminé un video, ni unos escritos, ni unas publicaciones que «tenía que» hacer.


    Pero, ¿saben qué? No pasó nada.


    Cuando regresó la luz, confirmé lo que en el fondo ya sabía: nada se rompió, nadie reclamó y todo encontró su lugar. Sin prisa, sin caos. Porque me enfoqué. Porque, sin distracciones, todo pesa menos y avanza más.


    Tal vez no estamos saturados. Quizá estamos distraídos.


    Una gran verdad es que el apagón no asustaba por la oscuridad. Asustaba por el silencio.


    Ese silencio que, cuando todo se detiene, te pone frente a frente contigo misma (o). Sin pendientes que justifiquen el movimiento. Sin pantallas que llenen los huecos. Solo tú.


    Y ahí está el miedo de verdad: no el de quedarse sin señal, sino el de descubrir que, sin hacer, sin responder, sin estar disponible… seguimos siendo.


    Que nuestro valor no lo da lo que hacemos, sino quienes realmente somos. Que importa más nuestra esencia que lo que logramos. Y que el mundo no nos necesita corriendo para seguir girando.


    Y quizás, toda esa prisa, todo ese ruido, lo usamos para no escucharnos. Porque ponernos atención es difícil y conocernos parece una odisea. Cuanto miedo nos tenemos a veces. Se nos olvida que la luz que más importa es la nuestra.


    Detenernos para conocernos no es perder el tiempo. Es la mejor inversión que podemos hacer.  Es ahí, en medio de esa penumbra, donde nos vemos cómo somos, donde nuestros miedos salen, pero también nuestras grandes fortalezas. Dónde nuestra dualidad se convierte en una hermosa mezcla de realidad.


    Porque la oscuridad afuera asusta, pero adentro nos obliga a encender una luz interior, esa que cuando lo logramos, no se apaga tan fácilmente.


    ¿Por qué solo nos permitimos parar cuando no tenemos opción, cuando todo se ha puesto oscuro? Se nos olvida que nuestra propia luz puede iluminar más allá de nosotros mismos.



    Gracias por seguir aquí y por leerme. Gracias por cada mensaje, cada comentario y todo ese cariño tan bonito que siempre tienen para mí. Esto no tendría el mismo sentido sin ustedes.


    Ojalá la próxima vez que todo se apague, también puedan simplemente… estar. Y descubrir que el mundo, sin ustedes corriendo, sigue en su lugar. Y que en ese silencio, encuentres lo que ninguna pantalla puede darte: tu propia luz.


    Un abrazo con mucho cariño.


    María 📚🍀✨🕯️❤️

    Nos leemos también en redes sociales. Y si necesitas compañía en el camino, permíteme acompañarte con mi libro digital Las Recetas de la Abuela – para acomodar el alma.


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