¿Cuántas veces alguien nos ha dicho que lo que nos falta es esforzarnos más?


Pero creo que el problema no está en cuántas ganas le echemos. Empieza cuando ya no necesitamos que nadie nos lo diga, porque nos lo decimos nosotros mismos.


Algunos tenemos un problema con la sobreexigencia. Sentimos que todo puede estar mejor, que siempre hay algo por aprender, otro proyecto por empezar. Como si nunca fuera suficiente. Y detrás a veces hay algo todavía más complicado: creer que para ser aceptados, reconocidos o queridos tenemos que ser mejores.


De descansar, mejor ni hablamos.


Yo fui así durante muchos años. Bueno, probablemente todavía tengo algo de eso. Un rato libre me parecía vida desperdiciada. Sentía una carrera contra el tiempo: viajar, conocer, crear. Muchas veces ni había terminado un viaje y ya estaba pensando en el siguiente. Me pasaba igual con los proyectos, las ideas y hasta las personas: perdían su encanto demasiado pronto, porque mi cabeza ya estaba en lo que seguía.


Y ese era precisamente el problema. Estaba metida en tantas cosas que mis ganas se diluían. Nada concluía y, muchas veces, lo verdaderamente importante se quedaba sin tiempo.


Esto viene de hace años. En la prepa estudiaba inglés, francés, tomaba clases de baile, era porrista, sargento de la escolta, consejera directiva, y siempre había algún evento social. Nuestro grupo de amigos era enorme, éramos como 30, y siempre estábamos haciendo algo.


Muchos años después me encontré a una persona de esa época.


—Hola, María.
No tenía la menor idea de quién era.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Estuvimos juntos en la prepa.
Y no, no me acordaba.
—Tú eras de los populares. Siempre estaban haciendo algo. Yo solo iba a estudiar y regresaba a mi casa a descansar.


No sé si fue un reproche. Quizá fue la vida diciéndome algo: de tantas cosas que hacía, no me había dado tiempo de recordar a las personas. Y eso me pegó fuerte, porque a mí me gusta la gente.


Con los años supe un poco de su historia, y no ha sido mala. Creo que hoy tiene mucha paz, probablemente más de la que yo hubiera imaginado entonces. Quizá mientras yo sentía que había que correr para no desperdiciar la vida, él simplemente estaba viviendo la suya.


Tal vez hacer más nunca fue lo mismo que vivir más.


Con los años la exigencia no disminuyó. Si alguien necesitaba ayuda, yo la ofrecía aunque no me la hubieran pedido. Y pedirla yo… no era opción. ¿Cómo iba a necesitar ayuda si siempre podía?


Ahí está uno de los grandes problemas del «echeganismo»: confundimos estar ocupados con avanzar, y hacer mucho con aprovechar la vida. Hasta llegamos a pensar que estar cansados significa que lo estamos haciendo bien.


Pero las ganas sin dirección son una fórmula perfecta para el desgaste. Por eso hoy pienso que «échale ganas» no es una estrategia. No porque las ganas no importen, claro que sí, sino porque necesitan rumbo. Elegir dónde sí, dónde no, qué merece nuestro tiempo y qué podemos soltar. Bien dice el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta.


Madurar ha sido entender que no tengo que hacerlo todo ni estar en todo, y que un espacio vacío en la agenda no es vida desperdiciada. Quizá echarle ganas también sea aprender a canalizarlas hacia lo que nos hace sentir plenos, y darles la estructura suficiente para construir la vida que sí queremos y que vale la pena vivir.


Así que hoy te invito a echarles ganas… pero de otra manera. Te dejo un ejercicio.


Toma una hoja y escribe: ¿A qué le estoy echando ganas hoy? Trabajo, proyectos, personas, compromisos, pendientes, preocupaciones… todo.


Luego pregúntate frente a cada cosa:
¿Lo hago porque realmente lo quiero?
¿Porque me acerca a la vida que quiero?
¿O solo porque siento que tengo que hacerlo?


Y todo eso elige solamente tres. Tres cosas que hoy sí merecen tus ganas, tu tiempo y tu energía.


Termino con una pregunta que también me hago yo:


Si dejaras de demostrar cuánto puedes hacer y empezaras a elegir cómo quieres vivir, ¿a qué le echarías ganas?


Nos leemos pronto.


María 📚❤️✨🕯️

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