
Nunca es demasiado tarde para volver a ver a las personas que nos hacen sentir que estamos en casa.
Solemos decir que conocemos a las personas. Es más, hay ocasiones en las que creemos conocerlas tan bien, que se nos olvida que ahí están.
Hagamos un experimento… ¿cuántas veces han pasado por algún lugar y hasta mucho tiempo después se dieron cuenta de que había tal o cual cosa?
En términos laborales se le llama «ceguera de taller». Es decir, llega un punto en el que la cotidianidad ya no nos permite ver. Hacemos tantas cosas en automático, que olvidamos disfrutar o siquiera mirar lo que hay a nuestro alrededor.
Eso mismo sucede muchas veces con las personas. Las tenemos tan cerquita y tan seguras, que dejamos de ponerles atención y olvidamos recordar que ahí están.
Y entonces solo regresan a nosotros cuando las perdemos o cuando ha sucedido algo malo.
Me pregunto cuántas conversaciones pendientes cargamos sin saberlo. Cuántas preguntas guardamos para después, convencidos de que habrá tiempo. Todo lo que nunca preguntamos porque dimos por hecho que la persona siempre estaría ahí.
Hace muchos años, alguien estaba hablando de mí y una persona muy cercana dijo: —Ay, hasta pensé que estaba hablando de otra persona.
En realidad si era de mí.
Solo que la otra persona pudo ver cosas que quien estaba cerca de mí ya no veía. Tal vez por la rutina, por las experiencias compartidas o porque también conocía mis versiones menos agradables. Porque tenemos esa rara costumbre de retener lo peorcito de las personas. O simplemente porque dejamos de reconocernos, de preguntarnos cosas importantes, platicar y recordar lo genial que es el otro.
A veces olvidamos que todos tenemos muchas versiones y que también dependerá del otro la versión que nosotros mostremos hacia los demás.
Siempre he creído que las personas deben sorprenderte para bien. Y que si no lo han hecho, quizá también es porque nosotros no se los hemos permitido.
Ver a los demás y recordar lo bueno no es tarea fácil. El día a día pesa. Vamos acumulando dolores, heridas y decepciones… y cualquier mirada termina cansándose.
Pero ver con otros ojos sí es posible.
Hace muchos años, mi hermana —que es geógrafa y vive lejos de aquí— venía con nosotros por carretera. De pronto vio los cerros, volteó maravillada y dijo: —¡Ve qué belleza!
Nosotros nos volteamos a ver con cara de sorpresa y nuestra primera reacción fue: —¿Qué tienen de bonitos?
De ahí nació una extensa cátedra sobre la geografía del lugar y sobre por qué deberíamos sentirnos agradecidos de tenerlos ahí.
Y aunque han pasado muchos años, todavía veo esos cerros y pienso: «Qué bonitos están».
Porque aprendí que cuando nos permitimos entender cómo alguien más ve el mundo, descubrimos cosas que no nos habíamos dado cuenta que ahí estaban..
A algunos nos hace falta maravillarnos más.
Y quienes nos rodean nos dan la oportunidad de hacerlo, de ver las cosas desde otra perspectiva, desde otro cristal y eso nos permite madurar, crecer y desarrollarnos, porque eso no sucede solo. No es posible vivir aislados. Aunque una de las cosas más tristes que nos están pasando es que aprendimos a vivir acompañados… sintiéndonos profundamente solos.
Y esa soledad tiene muchas formas. Una de ellas es la pantalla que tenemos frente a nosotros ahora mismo. Se dice mucho que la tecnología debería acercarnos. Pero honestamente, creo que muchas veces ha sucedido lo contrario. Cada vez conversamos menos. Tenemos una tolerancia casi nula a la opinión de los demás y, peor aún, las pantallas nos dan una valentía muy mal intencionada para juzgar, señalar o herir a otros sin una pizca de empatía.
Y aquí viene lo incómodo: desafortunadamente nosotros también lo hemos hecho. Porque en ocasiones, el malo de la película… somos nosotros. Ese que juzga rápido, que responde sin pensar, que hiere sin querer —o a veces queriendo— y que luego sigue como si nada.
Esa también es una versión nuestra.
Y reconocerla, aunque duela, es el primer paso para cambiarla.
Porque si de algo sirve crecer y reflexionar, debería ser para tratarnos mejor. Para escucharnos de verdad. Para dejar de hacernos daño con tanta facilidad.
Hace un tiempo, platicando con mi mamá sobre mi relación un poco revolucionada con el doctor muelitas, le dije: —Tengo que confesar que ahora se porta mejor y ha intentado ser un buen tipo. Sin duda ha cambiado.
Ella, con esa sabiduría que dan los años y también los daños, sin levantar la mirada de lo que estaba haciendo, me respondió: —En realidad quien cambió eres tú. Tú te permitiste entenderlo y verlo de una mejor manera.
Y tenía razón.
El mundo cambia cuando nosotros cambiamos la manera de mirarlo.
Aunque no lo creamos, todos tenemos mucha sabiduría cerquita: en las historias de nuestros padres, en las anécdotas de quienes amamos, en la experiencia de la gente que ha vivido más que nosotros.
Por eso disfruto tanto viajar. Porque un día, por petición de mi papá, me prometí intentar ver los lugares como si fuera la primera vez. Y eso me hace ver todo como la maravilla que es, sin importar si lo he visto cientos de veces.
Quizá no nos hace falta salir de viaje, manejar por carretera o conocer lugares nuevos. Sólo falta entender que todo cambia cuando decidimos mirar con otros ojos.
Porque tal vez sí tenemos una vida más hermosa de la que creemos… solo que no nos hemos dado la oportunidad de verla así.
Puede ser que tampoco conocemos realmente a las personas que tenemos cerca. Porque si nos detuviéramos a escucharlas de verdad, descubriríamos esa luz maravillosa que aparece en los ojos de quien habla de lo que ama.
Esa mirada imposible de fingir.
Así que tal vez lo único que nos hace falta es preparar un chocolatito caliente o un té, sentarnos un rato y tener tiempo para platicar con la gente que amamos y que nos ama.
Para conocerlos más.
Para mirar la vida a través de ellos.
Y para tener, por fin, esa charla pendiente de…
Todo lo que nunca te pregunté.
Porque sería terrible darnos cuenta:
Que el amor siempre estuvo a nuestro lado… y que por distraídos nunca supimos reconocerlo a tiempo.
Así que hoy quiero dejarte un regalo.
Como se habrán dado cuenta, mi mamá aparece mucho en mis escritos. Porque su historia, su experiencia y esa conexión tan profunda con lo divino le han dado una sabiduría extraordinaria que no debería perderse.
Y sé que ustedes también tienen a alguien así.
Alguien cuyos consejos, recuerdos, historias y forma de ver la vida quisieran guardar para siempre.
Por eso hice un libro de recuerdos para platicar con mi mamá. (Más de 100 preguntas que no había hecho). Y hoy quiero compartirlo contigo, con la esperanza de que también pueda ayudarte a construir y conservar tu propia historia.
El libro es gratuito. Ya es tuyo y está hecho con todo el corazón. Puedes descargarlo, compartirlo o regalarlo todas las veces que quieras.
🤍
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Te mando un abrazo enorme.
Y espero que jamás sea tarde para sentarte a conversar con quien amas.
Con mucho cariño,
María. ❤️📚🍀🕯️✨
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