
La vida tiene una extraña forma de pedirnos que confiemos y soltemos precisamente cuando todo en nosotros quisiera quedarse.
Desde niña aprendí que rendirse no era opción. Es más, una de las frases favoritas de Fellus —mi papá— era: ¿qué, no puedes?
Mi papá me enseñó muchas cosas y gran parte de lo que soy es gracias a él. Fellus, hasta donde estés, honro tu vida, te extraño y fue un verdadero honor haber sido tu hija. Pero algo que jamás me enseñó es que no todas las batallas se pelean, que retirarse también es una buena estrategia y que dejar la vida en una faena no siempre es la mejor decisión.
Y aunque mi papá nunca me enseñó a retirarme de una batalla, sí me dejó una frase que me ha acompañado toda la vida.
Tenía un dicharacho que yo verdaderamente amaba. Recuerdo su voz diciéndolo con esa seguridad tan suya que hacía que todo pareciera posible. Cuando se tenía que repartir algo decía: pequeñito, a modo de que nos veamos… Pero cuando quería dar todo y obtener algo grande era: mejor como si no nos volviéramos a ver.
Cada quien lo interpretará como mejor le parezca, pero a mí me sonaba a que había momentos en que se debía poner toda la carne al asador; había que apostar todo el resto, aunque se corriera el riesgo de perder.
Y les prometo que yo di todo, aunque siempre corrí el riego de perder. Papá, espero que desde donde estés, estés muy orgulloso de mí.
Él me enseñó a luchar por lo que amo. La vida me enseñó cuándo era momento de soltarlo.
Por cierto, deberían darnos una materia completa —de varios años— para aprender a soltar. Porque de verdad duele hacerlo.
Además, soy alguien que sabe de viajes y por eso sé que siempre hay un tiempo para partir. Y aunque entre tanto viaje, uno se prepara para las grandes tormentas, nadie te dice que un adiós suele ser lo que más duele.
Hoy es uno de esos días. Hoy se termina —esperando de todo corazón que sea solo por un tiempo— El mundo según María.
Este espacio nació por la sugerencia de alguien a quien quise mucho, que me dijo: “María, todo lo que escribes debería estar en algún lugar”.
Creí que estaba compartiendo historias, pero en realidad estaba construyendo recuerdos junto con ustedes.
Siempre he amado escribir. Nunca soñé con ser escritora, pero eso no importa; esto es diferente. Es como decir que amas la naturaleza, o la sonrisa de alguien que te gusta, el consejo de la abuela, el abrazo de tu madre. Eso es para mí escribir.
Y en este año ha sido mi diario: de lo que he visto, he sufrido, he aprendido y, sobre todo, de lo mucho que me falta por conocer.
Lo más importante de todo es que ha sido el lugar donde he podido ser más yo. Ser honesta, conocerme a mí misma y entender que mi mundo es tan loco, traumático y genial como ninguno, y tan extraordinariamente común como cualquier otro.
Pero llegó el tiempo de hacer una pausa.
He de confesar que alguien me dijo cuando inicié ésto: Ay María, ¿para qué escribes?, si a la gente ya no le gusta leer. Pero también alguien más me dijo: María escribe, escribe siempre, aunque creas que nadie te está leyendo. Porque las palabras siempre encuentran la manera de llegar al lugar correcto
Así que la verdad, no es que duela cerrar este espacio. Siempre habrá un lugar donde escribir.
Lo que me duele es extrañarlo antes de haberme ido.
Pero hay decisiones que se tienen que tomar porque hay prioridades y porque aprendí algo que quiero dejarte como regalo:
Abraza tus sueños, pero no te aferres a ellos. Normalmente Dios tiene una historia mejor de la que tú imaginas.
Te doy un ejemplo de lo que pasa cuando nos aferramos: quizá nuestro sueño es un dulce y nos encaprichamos tanto con el, que no nos damos cuenta de que el universo quiere entregarnos la dulcería completa y nosotros perdiendo el tiempo con un solo dulce.
Es lo mismo con todo. No es que no tengamos cosas o que el amor no esté cerca. Quizá simplemente estamos distraídos.
Aprender a soltar también es aprender a confiar en que lo bueno sabe encontrar el camino de regreso.
Así que nos vemos pronto. Y si no es así, espero que la vida nos vuelva a juntar en otro momento. Siempre será un placer reencontrarnos, en cualquier lugar. Y que pase lo que pasa con las grandes cosas: nada. Sí, porque cuando es bueno, no pasa nada. Ni el tiempo, ni los recuerdos, ni el amor. Todo sigue exactamente igual.
Gracias a todos y cada uno de ustedes por leerme. Gracias a mis personajes favoritos, a los mejores cómplices, a los grandes amores, a las extraordinarias historias y a todos los que fueron parte de este loco mundo según María.
Gracias a la mujer más increíble del mundo, que además es una gran mamá. (Lo hiciste bien mami). Espero que Dios la deje conmigo siempre. Gracias por ser tú, por todo lo que eres y por darnos tanto a tantos. Te amo, Tita Dora, de aquí a la luna, dos vueltas y de regreso.
Si algo bueno encontraron en estos escritos, casi siempre empezó con algo que ella me enseñó primero.
Gracias a todos por pintar un mapita mundial de colores en los lugares a donde llegaron estos escritos. Deseo de todo corazón que hayan llegado al lugar correcto.
Y si estás leyendo esto, es porque en algún momento te lo mereciste. Gracias por existir en mi mundo.
Deseo que se hayan dado cuenta de que el amor existe, de que el reflejo en el espejo es un ser extraordinariamente genial. Que hay que vivir intensamente, ser descaradamente honestos, pero que la verdad jamás estará peleada con la amabilidad. Que hayamos aprendido a amar, aunque sea un poquito, las consecuencias de nuestros actos.
Que hay que tener fe. Que cuando se hacen las cosas con pasión nunca es tarde. Que no estamos ni tan solos ni tan locos. Que tenemos defectos geniales. Que siempre se puede empezar de nuevo.
Y lo mejor de todo: que no importa cuánto hayamos perdido, ni lo mucho que pudo haber dolido. Lo que realmente importa es que sucedió. Porque lo verdaderamente importante no es cuánto duró, si no cuánto amor dejó a su paso
Sin importar cuánto duele perder algo o a alguien, yo prefiero pagar ese precio a la osadía de no haberlo vivido.
🤍
Porque siempre nos queda algo, de tanto y tanto que se nos va…
La vida me enseñó que nada de lo que amamos se pierde realmente.
Se transforma.
Se vuelve recuerdo, aprendizaje, gratitud o camino.
Y a veces, cuando creemos que estamos diciendo adiós, lo único que estamos haciendo es tomar impulso para volver a empezar.
Ah… y no lo olviden:
siempre estamos, aunque sea por un instante, en el paraíso.
Gracias por acompañarme en esta parte del camino.
Con todo mi agradecimiento, cariño y el inmenso placer de coincidir.
De quien siempre confía en que lo mejor está por venir…
María 📚✨🤍🕯️
P.d. Les recuerdo que hay un regalo para ustedes de despedida. Es gratis. Descárguenlo aquí 👇🏾
Deja un comentario