
Siempre he sabido hacer las cosas sola. Resolver, viajar, ir adonde quiero y encontrar la manera. Pero hay algo que pocas veces digo: que sepa hacerlo no significa que me guste.
A decir verdad, nunca he sido muy amiga de la soledad. Quizá por eso he procurado tener mucha gente a mi alrededor. Y he de confesar que hasta hace algunos años, siempre estuve rodeada de personas. Hacía hasta lo imposible por tener gente cerca y sentirme querida.
Creo que una parte comienza porque vengo de una familia grande, pero vivíamos en ciudades lejanas y nunca fuimos demasiado cercanos. Nos veíamos en fiestas o durante las vacaciones, pero no éramos esa familia muégano que se reúne para todo y se apapacha a cada rato.
Recuerdo que cuando veía familias muy unidas, pensaba que a mí me habría gustado vivir algo así.
Pero no se me dio.
Así que aprendí a resolver, a viajar sola, a ir adonde quería y a hacer las cosas a mi manera. Aunque me volví experta en tener gente cerca de mí. Porque aunque aprendí a hacerlo bien todo sola, eso no significa que me gustara hacerlo así.
La primera vez que fui al cine o a comer sola, creo que hasta taquicardia me dio. De hecho, más de una vez dejé de hacer algo simplemente porque no tenía con quién ir. Con el tiempo he aprendido a llevarme mejor con la soledad. Ya hasta casi me sale bien.
Hace poco encontré una actividad que me llamó mucho la atención. Era para subir a un cerro donde hay un santuario. Me gustó mucho la idea, sólo que me topé con que no tenía con quién ir. Así que apliqué lo que he aprendido últimamente: cuando quieres hacer algo, hay que hacerlo, aunque nadie vaya contigo.
Y pasó lo que suele pasar: en el camino apareció gente.
El recorrido me costó muchísimo. Mi condición física no es precisamente la mejor y hubo momentos en los que pensé que no podría terminar. Pero hubo quien me dio la mano cuando se puso difícil y quien, en el momento justo, me dijo: “Tú puedes. No te vayas a rendir”.
Y aunque suene extraño, esa voz vino de mucho más allá de quien la pronunció.
Los últimos 300 metros no tengo idea de dónde saqué fuerzas, pero cuando llegué allá arriba supe que había hecho lo correcto. Aparte de preguntarme: María, ¿pero qué necesidad? ¡Y sola!
Por cierto, no bajé caminando. Pedí aventón. Uno también conoce sus limitantes. Pero aun así, ha sido una increíble experiencia.
Ese día me prometí que no volvería a perderme nada solo porque no tuviera compañía.
Y no se trata únicamente de subir un cerro.
Todos mis proyectos recientes comenzaron así, como si estuviera sola. Cuando empecé a escribir, me leían cinco personas: mis hermanas, mi mamá, una tía y una amiga de mi mamá.
Hoy ya son diez. Bueno, quizá un poquito más.
Cuando comencé Perspectiva – Charlas, tenía unas 20 vistas y algunas personas cercanas a quienes invité me dijeron que no. Por cierto, eso está bien, no podemos obligar a nadie a acompañarnos.
Con los años me he dado cuenta de que cada vez es más difícil estar acompañada. Y aunque me estoy acostumbrando, debo reconocer que a veces tantos no y tanto ir sola duelen un poquito. O un bastante.
Aun así, sigo intentándolo, convencida de que algo de lo que hago llegará al lugar correcto.
Hace unos días, la vida volvió a ponerme frente a este tema, pero desde un lugar muy diferente.
Alguien de mi familia, a quien quiero mucho, recibió noticias no muy buenas sobre su salud. Y me dijo:
“Dudé mucho en pedir apoyo. Es que somos una familia que no siempre está en las buenas. Quizá no me hagan caso ahora en las malas”.
Me dolió escucharla porque, en cierta forma, tenía razón. Como les platiqué, no somos muy unidos y mucho menos de hablarnos todos los días, de estar en cada celebración ni de demostrarnos constantemente cuánto nos queremos.
Pero le respondí:
“Tienes que pedirlo sin miedo, porque te puedo asegurar que en las malas sí estamos”.
Y así ha sido siempre.
A veces sentimos que nuestros logros, proyectos o pequeñas victorias no despiertan en los demás el entusiasmo que nos gustaría. Y sí, duele. Pero también hay alguien a quien le importamos, aunque no siempre sepa cómo demostrarlo.
Por eso hoy quiero reconocer a mi familia.
Tal vez no somos los más cercanos ni los más cariñosos. Quizá nadie nos enseñó a querernos como esas familias que siempre vemos juntas.
Pero somos el mejor equipo de nuestra esquina. El que evita que te caigas cuando sientes que todo se derrumba. El que hace lo que se necesita, incluso cuando no sabemos muy bien cómo hacerlo.
No siempre estamos en las buenas, pero en las malas nos mantenemos de pie. Y eso también es una forma de querer.
Quizá cuando todo termine volvamos a ser los de antes, pero hoy sabemos que podemos contar unos con otros cuando más importa.
Gracias, familia, por estar y por hacer lo correcto. La fe mueve montañas y la esquina de la nena hoy está con los mejores.
Y esta la vamos a ganar.
Con todo esto he aprendido que la compañía no siempre llega de quien esperamos. Y que, a veces, está mucho más cerca de lo que creemos, pero estamos tan ocupados mirando a quienes no están que olvidamos reconocer a quienes sí.
Así que no esperes a tener compañía para hacer eso que quieres.
Da el primer paso.
Porque la vida, de una manera u otra, siempre termina confirmándonos que uno no está ni tan loco ni tan solo como cree.
Un abrazo con mucho cariño.
María 📚🍀❤️✨🕯️🤍
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