• No siempre necesitamos respuestas. A veces, solo necesitamos que alguien se siente a nuestro lado y nos deje sentir.



    Dicen que siempre hay una frase escrita esperando para darle sentido al momento que estás viviendo. Y hoy me la topé:

    Hay gente que confunde dar ánimos con invalidar sentimientos.

    Y para explicarla mejor, recordé lo que dice una buena amiga: Estoy harta del positivismo tóxico.

    De ese que nos tiene a todos locos buscando que siempre todo esté bien, que siempre hay que ver el lado bueno, que hay que agradecer, que todo tiene que estar bien.

    Y la verdad, en una gran parte tienen razón.

    Yo soy partidaria absoluta de que todo, al final, tiene algo bueno. Pero tengo que reconocer que he usado y abusado del positivismo, conmigo y con los demás. Quizá más de lo que me había dado cuenta. Prometo que lo estoy trabajando.

    Déjenme darles algunos ejemplos.

    ¿Cuántas veces has escuchado a alguien decir que se siente mal y la mejor respuesta que tiene quien lo escucha es «tienes mucho que agradecer»? O «fíjate lo que viven los demás».

    Una que se escucha mucho en mi casa es «más se perdió en la guerra». Sí, pero lo de la guerra no era mío.

    Entiendo que no puedes ir por la vida quejándote y haciendo drama por todo, cosa que a mí se me da, la verdad, bastante bien. Ni viendo todo desde el lado oscuro. Pero tampoco puedes ir con lucecitas y colorcitos siempre.

    Hay personas tan positivas que ni les crees. También tengo que reconocer que eso me pasa más seguido de lo que parece. Mucha gente cree que no tengo problemas o que mi vida es bastante sencilla. Sí, es bonita, pero también tiene sus ratos de tristeza y de drama, como todo mundo. Y miren que los ratos de drama se me dan muy bien.


    Pero hay algo que duele cada que lo escucho. «Tú de qué te quejas». Uchalas agradezco que piensen que todo esté bien. Pero les aseguro que absolutamente todos, tenemos algo que nos duele.


    Creo que nos estamos acostumbrando a menospreciar el dolor, creyendo que eso le va a ayudar a la otra persona a estar mejor.

    ¿Cuántas frases no hemos escuchado después de una pérdida dolorosa? «Ya no llores, lo vas a superar, va a dejar de doler».

    El problema es que está doliendo ahorita.

    ¿O a cuántas personas les han dicho: «Es que el dinero no importa» o «agradece que estás con vida»?

    ¿Es en serio que no importa para quien no tiene comida en el refrigerador o carga deudas que lo están, literalmente humillando?

    ¿Y quién te dice que no agradece estar con vida? Claro que puede agradecerlo y, al mismo tiempo, estar sufriendo por lo que está sucediendo.

    Sí, sé que todo es resultado de nuestras decisiones y hay que asumirlo. Pero eso no termina de quitar el dolor.

    Y en vez de tener a alguien que te escuche y te dé cinco minutos de atención, lo único que recibimos es la receta de cómo deberíamos solucionarlo o de lo mucho que deberíamos agradecer.

    Qué buenos somos para arreglar vidas ajenas, y la nuestra termina siendo un reverendo caos.

    «Deberías agradecer que no estás peor».

    ¿Y quién te dice que no lo agradezco? Claro que lo agradezco. Lo único es que también me duele lo que está sucediendo.

    No le digas a alguien que se está ahogando que debería aprender a nadar. Digo, tampoco nades por ella.

    Esto último alguna vez, una persona muy cercana me lo enseñó. Le estaba platicando sobre la situación de alguien más y me dijo:

    «Debería hacer tal o cual cosa».

    Y yo le contesté:

    «No le pidas a alguien que aprenda a nadar cuando se está ahogando».

    Y me respondió:

    «¿Y qué quieres? ¿Que nade por ella?».

    No sé si me dolió más la respuesta o sentir que tenía razón, porque tampoco podemos hacer las cosas por los demás. Solo no dejes que se ahogue. A nadar se aprende nadando.

    La solución no está en el «deberías haber hecho o dicho», el «te dije» o el «agradece que».

    En el momento lo que importa es solucionar lo que está sucediendo y vivir el dolor que causa. Ya después que se le pase el ratito de dolor, le das la receta mágica y la solución. Durante ese momento no. Porque si hay que aprender del error, por supuesto. Aunque ese sería otro escrito larguísimo sobre cómo la vida nos repite la lección si no la aprendemos.

    Creo que yo tengo déficit de atención, porque qué ganas de la vida de repetirme la lección.

    Antes de irme, hoy quiero hacerte una petición: que seamos un poco más empáticos.

    No digo que aceptemos a alguien que todos los días se queja de lo mismo; yo, por ejemplo, estoy harta de estar harta. Pero darle cinco minutos de atención a su dolor no significa que toda la vida será igual.

    Y creo que escucharlo es también una de las mejores maneras de ayudarle a salir de donde está.

    Así que la próxima vez que alguien te diga que se siente mal, no le digas que se sienta bien o que tiene mucho que agradecer.

    Porque quizá lo único que necesita son cinco minutos. Te prometo que, aunque no salga con una solución, por lo menos se habrá desahogado. Y ahí habrás hecho muchísimo más que decirle que agradezca por su vida o por lo que sí tiene.

    Mañana las cosas serán diferentes. Quizá con el tiempo logremos entender lo que hoy nos duele. Pero no siempre necesitamos que alguien nos explique cómo salir adelante.

    A veces, solo necesitamos que nos escuchen.

    Porque hay cosas que no dejan de doler porque alguien nos recuerde que tenemos mucho que agradecer.

    Y es que, por más que nos digan que todo va a estar bien, a veces, simplemente, está doliendo ahorita. 🤍

    Por si lo ocupas, te dejo un abrazo grande, de esos que pegan los pedacitos que se nos están rompiendo.

    Con cariño

    María  📚✨🤍🍀🕯️

    maria.com

  • Aprende a no dejar de vivir mientras encuentras quién quiera acompañarte.

    Siempre he sabido hacer las cosas sola. Resolver, viajar, ir adonde quiero y encontrar la manera. Pero hay algo que pocas veces digo: que sepa hacerlo no significa que me guste.

    A decir verdad, nunca he sido muy amiga de la soledad. Quizá por eso he procurado tener mucha gente a mi alrededor. Y he de confesar que hasta hace algunos años, siempre estuve rodeada de personas. Hacía hasta lo imposible por tener gente cerca y sentirme querida.

    Creo que una parte comienza porque vengo de una familia grande, pero vivíamos en ciudades lejanas y nunca fuimos demasiado cercanos. Nos veíamos en fiestas o durante las vacaciones, pero no éramos esa familia muégano que se reúne para todo y se apapacha a cada rato.

    Recuerdo que cuando veía familias muy unidas, pensaba que a mí me habría gustado vivir algo así.

    Pero no se me dio.

    Así que aprendí a resolver, a viajar sola, a ir adonde quería y a hacer las cosas a mi manera. Pero también me volví experta en tener gente cerca de mí. Porque aunque aprendí a hacerlo bien todo sola, eso no significa que me gustara hacerlo así.

    La primera vez que fui al cine o a comer sola, creo que hasta taquicardia me dio. De hecho, más de una vez dejé de hacer algo simplemente porque no tenía con quién ir. Con el tiempo he aprendido a llevarme mejor con la soledad. Ya hasta casi me sale bien.

    Hace poco encontré una actividad que me llamó mucho la atención. Era para subir a un cerro donde hay un santuario. Me gustó mucho la idea, sólo que me topé con que no tenía con quién ir. Así que apliqué lo que he aprendido últimamente: cuando quieres hacer algo, hay que hacerlo, aunque nadie vaya contigo.

    Y pasó lo que suele pasar: en el camino apareció gente.

    El recorrido me costó muchísimo. Mi condición física no es precisamente la mejor y hubo momentos en los que pensé que no podría terminar. Pero hubo quien me dio la mano cuando se puso difícil y quien, en el momento justo, me dijo: “Tú puedes. No te vayas a rendir”.

    Y aunque suene extraño, esa voz vino de mucho más allá de quien la pronunció.

    Los últimos 300 metros no tengo idea de dónde saqué fuerzas, pero cuando llegué allá arriba supe que había hecho lo correcto. Aparte de preguntarme: María, ¿pero qué necesidad? ¡Y sola!

    Por cierto, no bajé caminando. Pedí aventón. Uno también conoce sus limitantes. Pero aun así, ha sido una increíble experiencia.

    Ese día me prometí que no volvería a perderme nada solo porque no tuviera compañía.

    Y no se trata únicamente de subir un cerro.

    Todos mis proyectos recientes comenzaron así, como si estuviera sola. Cuando empecé a escribir, me leían cinco personas: mis hermanas, mi mamá, una tía y una amiga de mi mamá.

    Hoy ya son diez. Bueno, quizá un poquito más.

    Cuando comencé Perspectiva – Charlas, tenía unas 20 vistas y algunas personas cercanas a quienes invité me dijeron que no. Por cierto, eso está bien, no podemos obligar a nadie a acompañarnos.

    Con los años me he dado cuenta de que cada vez es más difícil estar acompañada. Y aunque me estoy acostumbrando, debo reconocer que a veces tantos no y tanto ir sola duelen un poquito. O un bastante.

    Aun así, sigo intentándolo, convencida de que algo de lo que hago llegará al lugar correcto.

    Hace unos días, la vida volvió a ponerme frente a este tema, pero desde un lugar muy diferente.

    Alguien de mi familia, a quien quiero mucho, recibió noticias no muy buenas sobre su salud. Y me dijo:

    “Dudé mucho en pedir apoyo. Es que somos una familia que no siempre está en las buenas. Quizá no me hagan caso ahora en las malas”.

    Me dolió escucharla porque, en cierta forma, tenía razón. Como les platiqué, no somos muy unidos y mucho menos de hablarnos todos los días, de estar en cada celebración ni de demostrarnos constantemente cuánto nos queremos.

    Pero le respondí:

    “Tienes que pedirlo sin miedo, porque te puedo asegurar que en las malas sí estamos”.

    Y así ha sido siempre.

    A veces sentimos que nuestros logros, proyectos o pequeñas victorias no despiertan en los demás el entusiasmo que nos gustaría. Y sí, duele. Pero también hay alguien a quien le importamos, aunque no siempre sepa cómo demostrarlo.

    Por eso hoy quiero reconocer a mi familia.

    Tal vez no somos los más cercanos ni los más cariñosos. Quizá nadie nos enseñó a querernos como esas familias que siempre vemos juntas.

    Pero somos el mejor equipo de nuestra esquina. El que evita que te caigas cuando sientes que todo se derrumba. El que hace lo que se necesita, incluso cuando no sabemos muy bien cómo hacerlo.

    No siempre estamos en las buenas, pero en las malas nos mantenemos de pie. Y eso también es una forma de querer.

    Quizá cuando todo termine volvamos a ser los de antes, pero hoy sabemos que podemos contar unos con otros cuando más importa.

    Gracias, familia, por estar y por hacer lo correcto. La fe mueve montañas y la esquina de la nena hoy está con los mejores.

    Y esta la vamos a ganar.

    Con todo esto he aprendido que la compañía no siempre llega de quien esperamos. Y que, a veces, está mucho más cerca de lo que creemos, pero estamos tan ocupados mirando a quienes no están que olvidamos reconocer a quienes sí.

    Así que no esperes a tener compañía para hacer eso que quieres.

    Da el primer paso.

    Porque la vida, de una manera u otra, siempre termina confirmándonos que uno no está ni tan loco ni tan solo como cree.

    Un abrazo con mucho cariño.

    María 📚🍀❤️✨🕯️🤍

    maria.com

  • Los sueños no se pierden, algunos están guardados, ahí donde los dejaste.


    Hay sueños que nadie sabe que tenemos. Pero lo peor de todo es que, a veces, hasta nosotros mismos nos olvidamos de ellos.


    Hoy quiero contarte la historia de un sueño que quizá nadie que me conozca sepa o recuerde. Para ser sincera, hasta a mí se me había olvidado.


    Cuando era pequeña, recuerdo que veía los grupos de baile folclórico con sus vestuarios coloridos, su fuerza, sus sonrisas enormes y esa manera de adueñarse del escenario, orgullosos de sus raíces.


    Verlos bailar hacía que se me enchinara la piel. Después supe que, además, hacían grandes viajes por el mundo.


    Todo eso hizo que me maravillara de la danza y me imaginara bailando con esas faldas largas de mil colores y esos zapatos que, para mí, hacían retumbar la tierra.


    Ahí nació un sueño que no recuerdo haberle contado a nadie.


    Y que jamás se cumplió.

    No porque dejara de quererlo, sino porque, sin darme cuenta, dejé de mirarlo.


    No diré que fue porque no hubo oportunidad, porque no tenía los medios o porque alguien más me lo impidió. No. Creo que fue un sueño al que no le puse la debida atención. Uno de esos que vamos dejando a un lado entre los «no» de la vida, mientras atendemos otras cosas que parecen más importantes que aquello que nos enchina la piel.


    Cada uno de nosotros tiene su propio «porqué» para dejar de lado sus sueños. Habrá quien lo haga porque tuvo que trabajar, porque las circunstancias no se lo permitieron, porque alguien le dijo que no podía o, simplemente, por ese miedo que nos dan los sueños cuando parecen muchísimo más grandes que nosotros.


    Y los terminamos guardando en una cajita, de esas que escondemos en un armario o en algún rincón donde rara vez volvemos a mirar.


    Pero siempre he creído que, cuando realmente deseamos algo, Dios, el universo o como usted le llame hace que las cosas se acomoden.


    Hace un mes me apareció un anuncio en una red social. En letras grandes y con una mujer bailando, decía: «¿Quieres aprender a bailar danza folclórica? Inscríbete en el municipio».


    ¿Han visto a una niña descubrir que le regalaron la muñeca que tanto deseaba? Pues así me sentí yo. ¡Así que me inscribí!


    ¿Qué podría pasar? Era solo un curso. Algo aprendería; quizá a enderezarme un poco o, simplemente, a hacer ejercicio. Además, estaría cumpliendo algo que tenía pendiente por hacer, aunque fueran solo unas clases.


    Lo que no sabía era que esas clases formaban parte de un grupo formal, con presentaciones y todo. Y nos invitaron a los nuevos a participar.


    Y aunque las rodillas tienen sus dudas, el corazón ya dijo que sí.


    Así que en noviembre tendré una presentación de danza folclórica.


    Por primera vez en mi vida.


    ¿Y saben qué?


    ¡Soy muy feliz!


    Hoy te lo cuento para hacerte parte de mi felicidad, pero también porque me gustaría que mi historia te recuerde que no deberíamos guardar nuestros sueños en una cajita, olvidarnos de ellos y dejarlos para después, porque quizá ese después nunca llegue.


    Así que me encantaría que fueras a buscarlos. No importa la edad: siempre es un buen momento para empezar lo que uno desea.


    Porque cuando comienzas a hacer lo que deseas, se van desencadenando muchos otros deseos. Los míos comenzaron precisamente con escribir; este blog es uno de ellos. Luego se sumó un espacio para conversar y escuchar otras historias. Si todavía no lo conoces, te invito a buscar en YouTube Perspectiva – Charlas.


    A veces nos acostumbramos tanto a vivir atendiendo lo urgente, lo necesario y lo que los demás esperan, que dejamos de preguntarnos qué es eso que todavía nos hace ilusión.


    Y un día, casi sin darnos cuenta, dejamos de bailar.


    Por eso, antes de irme, quiero preguntarte:


    ¿Qué sueño has dejado pendiente? ¿En qué momento lo guardaste? ¿Y cuánto te ha costado dejarlo ahí?


    Hoy puedo contarte, con una sonrisa y con los zapatos de baile esperándome, que vale la pena abrir esa cajita.


    No sé cómo me irá en esa primera presentación. Pero ya no le tengo miedo a mi sueño, porque no hace falta bailar perfecto: hace falta bailar con el corazón. Lo importante es que voy a estar ahí, haciendo lo que alguna vez soñé, aunque con los años olvidé cuánto lo deseaba.


    Así que, si tienes algo pendiente contigo, ¿por qué no empezamos por sacudir el polvo de los recuerdos y abrir esas cajitas donde guardamos los sueños que todavía podrían hacernos felices?


    Yo los dejo porque voy a ensayar.

    Los sueños están esperando.


    Y es que la vida es precisamente eso: una invitación constante a bailar, aunque no siempre nos guste la música que nos ponga.


    Así que, si ya estamos aquí…


    Un abrazo con cariño.


    ¿Bailamos?


    María 📚🍀❤️ ✨

    maría.com

  • Lo que eres se nota, aunque no lo digas.


    Somos lo que hacemos, no solo lo que decimos.


    Y también lo que hacemos sentir a los demás. Y a todo esto es a lo que llamamos marca personal.


    Pero ¿por qué hoy estamos hablando de marca personal en El Mundo Según María? Porque, aunque parece un tema muy laboral, no lo es del todo. Déjame contarte por qué.


    Tengo años de conocer este tema, pero en los últimos dos meses lo he estudiado a fondo. He consultado y entrevistado a gente que habla de ello y confieso que no lo había tomado tan en serio como debía.


    Porque muchos, así como yo, creemos que la marca personal y la marca profesional son lo mismo. Pero no.


    La marca profesional tiene que ver con tu trabajo o con tu negocio.


    La marca personal tiene que ver contigo.


    Con lo que eres, con lo que haces, con cómo tratas a los demás y con lo que dejas en ellos.


    Es eso que permanece cuando tú ya no estás.


    Piensa en alguien cercano.
    ¿A quién llamas cuando quieres platicar? ¿Quién es esa persona ideal para planear un viaje, para salir de fiesta o para resolver un problema?


    Si alguien te preguntara cómo es esa persona, seguramente podrías describirla en pocas palabras.


    “Es muy buena para escuchar”.
    “Siempre está cuando la necesitas”.
    “Con ella te mueres de risa”.


    O también habrá personas de las que diríamos lo contrario:
    “Con ella vas a tener problemas”.
    “Es conflictivo”.
    “No cumple lo que promete”.


    Todo eso también es marca personal.


    Lo que la gente piensa, siente y dice de nosotros cuando nosotros no estamos. Y no es chisme. Es el eco que dejamos.


    Y aquí es donde, en los últimos meses, algunas cosas cambiaron para mí.


    Yo solía decir —y no soy la única—:
    “Es que no me interesa lo que opinen los demás”.


    Pero, híjole, sí nos interesa.


    Aunque creo que, en realidad,  no nos importa tanto lo que piensan los demás de nosotros. Nos importa que no piensen lo que nosotros creemos que deberían pensar.


    Y entonces recordé una frase que escuché muchas veces en mi casa:


    “Todo lo que vengan a decir de ti lo voy a creer”.


    Qué paquetote. La verdad es que nunca la escuché por el lado positivo, como “si dicen que eres buena persona, lo voy a creer”.
    Yo la entendía desde otro lugar: cualquier cosa mala que dijeran de mí sería creída. Y me importaba porque era mi familia.


    Esa frase pesó mucho tiempo. Es más, creo que sigue pesando.


    Hoy creo que esa frase no hablaba de mis errores, hablaba del miedo a que me juzgaran. Y muchas veces la repetí yo sola, aunque nadie me la dijera.


    Así que aunque muchos digan que nada es personal.


    Sí lo es.


    Lo que hacemos, lo que decimos, las decisiones que tomamos y la forma en que tratamos a los demás dejan una huella.


    Y esa huella no siempre la vemos nosotros.
    La viven quienes están cerca.


    Por eso nuestra marca personal no es solamente lo que proyectamos hacia afuera. También es lo que provocamos en quienes comparten la vida con nosotros.


    Y eso sí es personal.


    Sólo hay que tener cuidado, porque hay una línea muy delgada entre que no nos importe y que nos importe tanto que terminamos siendo la persona que creemos que los demás quieren que seamos.


    Porque tampoco podemos construir nuestra vida tratando de controlar la opinión de los demás.


    Pero sí podemos preguntarnos quiénes somos.
    Qué hacemos.
    Qué defendemos.
    Cómo tratamos a quienes queremos.
    Y, sobre todo, qué hacemos sentir a los demás cuando están cerca de nosotros.


    Porque ahí es donde la marca personal deja de ser un concepto laboral y se convierte en algo mucho más personal.


    La marca personal no se fabrica. Se descubre: es darte cuenta de la que ya estás dejando en los demás.


    Qué difícil, ¿no?


    Porque en realidad casi nadie se conoce completamente. Y conocernos tampoco es algo que terminemos de hacer algún día.


    Es un camino.
    Uno que dura toda la vida.


    En estos días, con todo lo que he aprendido, me encontré con algunas preguntas para conocernos mejor y que a mí me hicieron pensar mucho.


    No tanto por las preguntas.
    Por mis propias respuestas.
    Y pensé que quizá a ti también podrían hacerte detener un momento.


    Así que hoy te las dejo.
    Son todas tuyas.


    Date la oportunidad de responderlas sin pensar demasiado en lo que “deberías” contestar.


    Solo sé honesto contigo.


    1. ¿Qué parte de ti has escondido tanto tiempo que ya casi la olvidas?
    2. ¿Qué verdad sobre ti te cuesta más aceptar?
    3. ¿Qué has dejado de hacer o de decir por miedo a lo que pensarían de ti?
    4. Si supieras que vas a morir dentro de seis meses, ¿qué dejaría de tener importancia para ti hoy?
    5. ¿Qué o a quién no has soltado por miedo a quedarte en soledad?

    6. Si te regalaran un viaje, ¿irías a un lugar que no conoces o a abrazar a una persona que extrañas?
    7. ¿Con quién eres lo mejor de ti, y a quién le tocan tus peores días?


    Y quizá la más importante:

                            ¿Eres feliz?


    No sé si exista una respuesta definitiva para todas estas preguntas. Ni tampoco sé si nuestras respuestas puedan permanecer iguales para siempre. Lo importante es seguir descubriéndonos.


    Y entender un poco mejor quiénes somos.

    Recuerda…


    No crees una versión nueva de ti. Sé la que realmente eres.


    Para que un día no nos demos cuenta de que se nos pasó la vida y ni nos conocimos, ni fuimos felices, ni hicimos felices a los demás.


    Y ojo con la huella que dejamos. Hay una escena de una película que lo resume mejor que yo. Es entre dos hermanos:

    ✨

    A: A mí no me importa lo que piense el mundo de mí.

    B: Pues yo soy tu hermano, y en ese mundo también estoy yo.

    ✨


    Al final, sí es personal.


    No se trata de cuidar lo que piensen los demás, ni hace falta resolverle la vida a todo el mundo ni cargar con el. Se trata de cuidar nuestro mundo cercano: ser felices y hacer felices a quienes podamos y a quienes amamos. O por lo menos, que no sean infelices por nuestra culpa.


    Si lo logramos, nuestro propósito en la vida se habrá cumplido.



    Un abrazo con mucho cariño.


    Ilse María 🤍✨📚🍀

    maria.com 👈🏽

  • Cuando te tengas a ti, no te hará falta nadie


    ¿Alguna vez te has preguntado que papel juegas en tu propia historia ?
     
    Porque una cosa es pasar por esta vida y otra muy diferente, que seamos el protagonista de la misma.

    Por si no sabías, tengo un podcast que se llama Perspectiva – Charlas en YouTube, donde hablo de temas laborales desde el lado humano. Te conviene seguirlo; son entrevistas con expertos que tienen mucho que decir. Al final te dejo el link.

    Bueno, mi historia de hoy tiene que ver con las grabaciones de esta semana, donde tuve charlas increíbles. Hablamos del triunfo, del deporte, del desarrollo, de romperlo todo, etc. Sería muy largo este escrito si hablara de todo lo que aprendí, pero hubo algo en especial que me gustó mucho. Una idea que intentaré convertir en una frase:

    Tú eres el protagonista de tu propia historia y debes actuar como tal. Solo no olvides que los demás no son actores secundarios de ella. Los demás son protagonistas de su propia historia.

    ¿Eh? ¿Qué tal?

    Como dirían en mi casa: me cayeron muchos veintes.

    Si nos tratáramos a nosotros mismos como protagonistas de nuestra historia, les aseguro que sería muy diferente nuestra vida.

    Y si tratáramos y respetáramos a los demás como protagonistas de la suya, este mundo sería mucho mejor.

    ¿Por qué?

    Porque entenderíamos que los demás son invitados a nuestra obra. Pueden ayudarnos, reforzarnos, acompañarnos o enseñarnos algo, incluso desde el lado malo.

    Pero no podemos permitir que otros se vuelvan protagonistas de una historia que solo es nuestra. Y mucho menos tratarlos como actores secundarios de la suya.

    Les daré unos ejemplos para entendernos mejor.

    Seamos súper sinceros: Si alguien nos hablara como nos hablamos a nosotros mismos, ¿Seguiríamos cerca de ellos?

    Quizá diríamos que no.

    Entonces, si soy el papel principal, ¿por qué me voy a tratar como si fuera el extra de mi propia película?

    Quizá veas la historia de alguien más y digas:

    “Esa historia me gustaría vivirla yo.” o “Cómo lleva su vida me encanta.”

    Y ahí comenzamos a permitir que quienes tienen una historia propia comiencen a dictar la nuestra.

    Tita (mi mamá) suele decir que no puedo hacer que el mundo gire alrededor de mí.

    Y como siempre, tiene razón.

    Pero lo que sí debo hacer —y es obligatorio— es que MI mundo gire alrededor de mí.

    Mis decisiones.
    Mis aprendizajes.
    Mi amor.
    Mis planes.
    Y hasta mi apoyo.

    Y no me confundan. De verdad no estoy diciendo que debamos ser egoístas, narcisistas ni envidiosos.

    Lo que debemos entender es que cuando nos ponemos primero y nos conocemos bien, entonces podremos poner nuestros dones al servicio de los demás.

    Esta parte es como las indicaciones de seguridad de un avión. Primero hay que ponerse la mascarilla de oxígeno uno para después ayudar a los demás a ponérsela.

    Para salvar o ayudar a alguien, primero hay que salvarse uno mismo.

    La vida es como un escenario. Sé libre. Escribe y desarrolla tu propia historia.

    Y entonces podrás tener invitados que llegarán para un capítulo, una temporada o toda la serie.

    Algunos se quedarán, otros se irán. Algunos cambiarán tu historia. Otros te enseñarán lo qué no quieres volver a vivir.

    Y algunos otros harán que tu vida sea todavía más increíble.

    Pero la historia sigue siendo tuya.

    ¿Cómo podemos hacer para crear un guión que nos guste?

    Te dejo 5 C., que yo considero pueden ayudar.

    1. Conocernos.

    ¿Cómo vas a saber qué tan genial eres si no te has dado la oportunidad de saber quién eres?

    No te tengas miedo. Háblate. Escúchate. Pregúntate cosas.

    Te aseguro que tu versión te va a encantar.

    No puedes escribir una vida que no te has permitido leer y entender primero.

    2. Coherencia.

    A mí no me gusta mucho el término de que usamos máscaras para enfrentar la vida. A mí me gusta más decir que desarrollamos roles.

    Somos hijos, pareja, trabajadores, familia, amigos, compañeros, jefes… Todos esos roles deben tener coherencia con lo que decimos que somos.

    Y necesitamos, sobre todo, tener una sobrecarga de honestidad que nos permita regresar si nos estamos alejando de quienes somos.

    Jamás te traiciones a ti mismo solo por encajar en una película que no es tuya.

    3. Congruencia.

    Que lo que hacemos y decimos esté alineado. Se congruente con que tus pasos vayan hacia el camino que quieres vivir.

    Porque la congruencia es lo que queda cuando las luces se apagan, se quita el escenario y desaparecen los aplausos.

    Ahí estás tú… Contigo.

    4. Conexión.

    Con todo lo que te rodea. Personas, cosas, seres y, sobre todo, contigo mismo.

    Conecta con tu yo interno, con esa parte de ti que también es parte de la divinidad. Escúchala.

    A veces ahí, adentro de nosotros, están las respuestas que tanto buscamos afuera.

    5. Cuidado.

    Y esta palabra debe ir cargada de cariño, de compasión, de la capacidad de perdonarte, de claridad, de confianza.

    De todos esos ingredientes que necesitamos para vernos con sinceridad, pero también con ternura, reconocimiento y mucho amor.

    Porque sí:

    Eres lo que tú crees de ti.

    Así que cree en ti y todo será posible.

    Cuando entiendas que tu historia es la más importante porque es tuya, y decidas vivirla como protagonista, te darás cuenta de que puedes hacer pausas, equivocarte, aprender, tener éxito, ser feliz, crear tu marca personal, ser un gran talento, tener un plan B y todo el abecedario. Y empezar de nuevo todas las veces que sea necesario

    Puedes cambiar de capítulo, de escenario. Puedes cambiar el final que habías imaginado.

    Puedes volver a empezar reescribirla cuántas veces quieras, por una sencilla razón:

    Porque la historia es tuya.

    Y entonces podrás construir una gran historia que, cuando algún día la mires desde lejos, provoque dos cosas:

    Una, que te guste y que puedas verla y sentirte feliz de haberla vivido.

    Y dos…

    que hayas puesto orgulloso a tu niño interior.

    Así que dale el guion más divertido, valiente, auténtico y genial que puedas imaginar.

    Haz que valga la pena verlo.

    Y recuerda:

    Tú eres el protagonista de tu historia. Solo no olvides que los demás también lo son de la suya.

    Y quizá ahí esté una de las grandes claves para vivir mejor:

    hacernos responsables de nuestra historia sin intentar escribir la de los demás.

    Un abrazo grande, con cariño y que tú historia sea increíble y digna del horario estelar. ❤️

    María 🤍

    Maria.com


  • ¿Cuántas veces alguien nos ha dicho que lo que nos falta es esforzarnos más?


    Pero creo que el problema no está en cuántas ganas le echemos. Empieza cuando ya no necesitamos que nadie nos lo diga, porque nos lo decimos nosotros mismos.


    Algunos tenemos un problema con la sobreexigencia. Sentimos que todo puede estar mejor, que siempre hay algo por aprender, otro proyecto por empezar. Como si nunca fuera suficiente. Y detrás a veces hay algo todavía más complicado: creer que para ser aceptados, reconocidos o queridos tenemos que ser mejores.


    De descansar, mejor ni hablamos.


    Yo fui así durante muchos años. Bueno, probablemente todavía tengo algo de eso. Un rato libre me parecía vida desperdiciada. Sentía una carrera contra el tiempo: viajar, conocer, crear. Muchas veces ni había terminado un viaje y ya estaba pensando en el siguiente. Me pasaba igual con los proyectos, las ideas y hasta las personas: perdían su encanto demasiado pronto, porque mi cabeza ya estaba en lo que seguía.


    Y ese era precisamente el problema. Estaba metida en tantas cosas que mis ganas se diluían. Nada concluía y, muchas veces, lo verdaderamente importante se quedaba sin tiempo.


    Esto viene de hace años. En la prepa estudiaba inglés, francés, tomaba clases de baile, era porrista, sargento de la escolta, consejera directiva, y siempre había algún evento social. Nuestro grupo de amigos era enorme, éramos como 30, y siempre estábamos haciendo algo.


    Muchos años después me encontré a una persona de esa época.


    —Hola, María.
    No tenía la menor idea de quién era.
    —No te acuerdas de mí, ¿verdad? Estuvimos juntos en la prepa.
    Y no, no me acordaba.
    —Tú eras de los populares. Siempre estaban haciendo algo. Yo solo iba a estudiar y regresaba a mi casa a descansar.


    No sé si fue un reproche. Quizá fue la vida diciéndome algo: de tantas cosas que hacía, no me había dado tiempo de recordar a las personas. Y eso me pegó fuerte, porque a mí me gusta la gente.


    Con los años supe un poco de su historia, y no ha sido mala. Creo que hoy tiene mucha paz, probablemente más de la que yo hubiera imaginado entonces. Quizá mientras yo sentía que había que correr para no desperdiciar la vida, él simplemente estaba viviendo la suya.


    Tal vez hacer más nunca fue lo mismo que vivir más.


    Con los años la exigencia no disminuyó. Si alguien necesitaba ayuda, yo la ofrecía aunque no me la hubieran pedido. Y pedirla yo… no era opción. ¿Cómo iba a necesitar ayuda si siempre podía?


    Ahí está uno de los grandes problemas del «echeganismo»: confundimos estar ocupados con avanzar, y hacer mucho con aprovechar la vida. Hasta llegamos a pensar que estar cansados significa que lo estamos haciendo bien.


    Pero las ganas sin dirección son una fórmula perfecta para el desgaste. Por eso hoy pienso que «échale ganas» no es una estrategia. No porque las ganas no importen, claro que sí, sino porque necesitan rumbo. Elegir dónde sí, dónde no, qué merece nuestro tiempo y qué podemos soltar. Bien dice el dicho: el que mucho abarca, poco aprieta.


    Madurar ha sido entender que no tengo que hacerlo todo ni estar en todo, y que un espacio vacío en la agenda no es vida desperdiciada. Quizá echarle ganas también sea aprender a canalizarlas hacia lo que nos hace sentir plenos, y darles la estructura suficiente para construir la vida que sí queremos y que vale la pena vivir.


    Así que hoy te invito a echarles ganas… pero de otra manera. Te dejo un ejercicio.


    Toma una hoja y escribe: ¿A qué le estoy echando ganas hoy? Trabajo, proyectos, personas, compromisos, pendientes, preocupaciones… todo.


    Luego pregúntate frente a cada cosa:
    ¿Lo hago porque realmente lo quiero?
    ¿Porque me acerca a la vida que quiero?
    ¿O solo porque siento que tengo que hacerlo?


    Y todo eso elige solamente tres. Tres cosas que hoy sí merecen tus ganas, tu tiempo y tu energía.


    Termino con una pregunta que también me hago yo:


    Si dejaras de demostrar cuánto puedes hacer y empezaras a elegir cómo quieres vivir, ¿a qué le echarías ganas?


    Nos leemos pronto.


    María 📚❤️✨🕯️

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  • “Si ayudo a una sola persona a tener esperanza no habré vivido en vano.”

    Martin Luther King Jr.

    🤍

    • No estás deprimida, estás distraída.
    • Agarra una escoba y verás cómo se te quita la depresión.
    • ¿Qué es eso de que estás deprimida? Solo te falta fe.
    • No estás deprimida, es que te falta ponerte las pilas.
    • ¿Cómo vas a estar deprimida? Agradece lo que tienes.


    🤍

    Esas frases las escuché más ocasiones de las que hubiera querido.

    Y así de duro suena, en algunas ocasiones, el famoso “échale ganas” que varios hemos usado para tratar de “motivar” a los demás, o que simplemente usamos para describir algo que no entendemos, aunque, curiosamente, quizá nosotros mismos hemos sentido.

    La depresión, al igual que muchos temas en la actualidad, se ha vuelto una situación compleja.

    Hay quien no la menciona por miedo a ser juzgado y hay quien, cuando lleva mucho tiempo viviendo con ella, puede llegar a sentir que ya no sabe cómo salir de ahí.

    Y no, no es tan sencillo como abrir una puerta e irte.

    Pero sí se puede pedir ayuda. Sí se puede buscar una salida. Y, muchas veces, esa salida empieza por poder decir: “No estoy bien.”

    Desafortunadamente, hoy las redes sociales y los ambientes donde nos movemos nos han exigido —o nos hemos exigido— ser exitosos, inteligentes, casi perfectos, tal como se ve ahí.

    Las vidas perfectas que vemos en redes sociales como Instagram, o laborales como LinkedIn, en vez de verlas como motivación o como lo que son —perfiles creados para mostrar una parte de la realidad—, empiezan a generarnos una sobreexigencia que puede volverse peligrosa.

    Así que hoy quiero hablar de eso: de la depresión, de la salud mental y de todo lo que se genera alrededor de ello.

    En septiembre, y especialmente el 10 de septiembre, es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, para poner especial atención en un tema del que necesitamos hablar.

    Porque hablar del suicidio no significa incitar a nadie a realizarlo.

    Hablarlo permite que muchas personas puedan ponerle palabras a sus miedos, sus dolores y sus necesidades.

    Nos permite mirar desde otra perspectiva lo que estamos viviendo y, sobre todo, encontrar caminos para pedir ayuda.

    Trabajar con la salud mental debe ser prioritario.

    Actualmente se están abriendo foros, terapias y organismos que ayudan con estos temas y a los cuales podemos acercarnos.

    Punto importante: debemos acudir a personas que sean profesionales, que ayuden, pero sobre todo, que sepan cómo hacerlo.

    Pero hay algo que todos sí podemos hacer.

    Darle al otro todo lo bueno que podamos.

    Sí. Aunque pareciera que no importa, todas las veces que nos guardamos un cumplido, una frase linda o un reconocimiento, tal vez nos estamos guardando una pequeña llave que podría ayudar a alguien a abrir esa puerta que tanto está buscando cruzar.

    A mí me gusta creer que lo bueno que nosotros tenemos que decir de otra persona no nos pertenece.

    Le pertenece a esa persona.

    Y si nos lo quedamos, es como si estuviéramos robando algo que es de alguien más.

    Les daré un ejemplo.

    Una de mis tías ha estado enfermita, un tema serio. A ella le gusta una agrupación musical, de la cual conozco a uno de sus integrantes.

    No somos amigos, pero sí tengo la confianza de pedirle que grabara un mensaje para echarle porras. Después de varios intentos, me lo mandó.

    Y eso hizo que mi tía se alegrara y se emocionara. No diré que con eso se aliviara, ni mucho menos.

    Pero lo que a ellos les tomó grabar un video de un minuto fue nada comparado con la emoción y el gusto con el que lo recibió mi tía.

    Si nos diéramos cuenta de todo el bien que podemos hacer con detalles tan sencillos como:

    “Qué bien te ves.”
    “Qué guapa estás hoy.”
    “Qué bien te quedó tal cosa.”
    “Qué buena tu idea.”
    “Me gusta mucho lo que haces.”

    nos daríamos cuenta de que podemos fortalecer a otra persona y, quizá, hacerle el día un poquito mejor.

    Otro ejemplo me lo dio mi madre.

    Mi prima estaba de cumpleaños hace unos meses y su frase de felicitación fue:

    “Tú tenías que nacer, le hacías falta a este mundo.”

    Cuando la escuché, hasta yo sentí bonito. Porque es verdad.

    Todos, aunque no lo creamos, le hacemos falta a este mundo.

    Tal vez nunca sepamos a quién ayudamos con una palabra, una llamada, un mensaje, una sonrisa o un simple:

    “Qué bueno que estás aquí.”

    Así que, por favor, si tienes algo bueno que decir, no te lo guardes.

    Nunca sabes cuándo una palabra tuya pueda cambiar una historia.

    Además, diría una frase religiosa:

    Lo que sale de tu boca, sale de tu corazón.

    Así que seamos fuente de bondad.

    Enfoquémonos en que lo que digamos vaya cargado de cosas buenas, de aquello que decidimos aportar al mundo y de quienes decidimos ser.

    Porque no somos buenos ni malos; somos personas que decidimos hacer cosas buenas o malas.

    Así que elijamos la bondad, antes de que se nos olvide que existe.

    Y no lo olvides: aunque no lo creamos, todos tenemos un lugar en este mundo. Todos somos importantes.

    Por favor, si ocupas ayuda, búscala. Pedirla no te hace débil; al contrario, es de valientes hacerlo.

    Y recuerda algo que quizá hoy necesitas escuchar:

    Le haces falta a este mundo. ❤️


    Con cariño,


    María 🤍

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  • Una buena conversación puede cambiar nuestra perspectiva y una nueva perspectiva puede cambiar nuestra historia.

    Cambiar tu perspectiva puede ser la magia que convierte tu vida en una obra de arte.


    Perspectiva no es solo una palabra que me ha acompañado en las últimas semanas, como el nombre del proyecto de conversaciones y entrevistas que he estado construyendo — y que me ha permitido darle vida a cosas increíbles y conocer personas extraordinarias.


    También se ha convertido en una nueva forma de mirar la vida.


    Es entender que darte la oportunidad de ver de otra manera el mundo es abrir la posibilidad a un universo completo.

    Cuando nos abrimos a otras perspectivas, no solo aprendemos: transformamos nuestra propia historia.


    Y a veces, sin darnos cuenta, también el mundo de alguien más.


    Cambiar de perspectiva no es sencillo, aunque sí puede ser profundamente enriquecedor.


    Y se puede cambiar de muchas formas,  una de las primeras es aprender a ser nosotros mismos. Darnos la oportunidad de sentir, de vivir nuestras emociones y dejarlas pasar, incluso darle la bienvenida al enojo, para que se quede el menor tiempo posible. Sentirlas, revisarlas, dejarlas ir, para que hagan el menor daño posible… o el mayor bien.


    Otra, que a mí me ayudó mucho es quitándole el ME a todo.


    Me dijo.
    Me hizo.
    Me ofendió.


    No.


    Las personas no me hacen. Las personas hacen cosas, reaccionan, toman decisiones. Y casi nunca tiene que ver con nosotros. Cuando comenzamos a quitar el ME, podemos observar a los demás con un poco más de claridad. Y desde ahí puedes decidir si quieres estar cerca de una persona que actúa así.


    Una persona no me grita.
    Grita.


    Una persona no me ofende.
    Ofende.


    Una persona no me decepciona.
    No cumple sus promesas.


    Necesitamos ver a las personas tal cual son y respetarlas desde esa punto. Porque no es que seamos bipolares o cambiantes, es que simplemente reaccionamos a la situación. Por ejemplo, quizá todos conocemos a alguien que, en ciertos momentos, se transforma. Se vuelve más seguro, más claro, casi una mejor versión de sí mismo.


    Y que, con el paso de los días, vuelve a ser esa versión de siempre, esa en la que ya no confías del todo.


    A mí también me costó aprender a ver esas dos versiones sin quedarme solo con la que más me gustaba. Durante mucho tiempo juzgué a las personas con un peso demasiado alto y un criterio demasiado estricto.


    Si alguien era bueno, casi lo santificaba. El problema era cuando ya no se comportaba con la imagen que yo había creado. En ese momento me rompía el corazón o yo lo desaparecía de mi vida


    Y de verdad, no hay ofensa ni daño mayor que cargar a alguien con una imagen de perfección que ni tiene ni debería tener.


    Ahora prefiero quedarme con las dos versiones. Ver a la persona completa, no solamente la que más me conviene creer. Y desde ahí decidir qué tan cerca quiero estar.


    Otra buena forma de cambiar de perspectiva: es dejar de preguntarnos quién tiene la razón y empezar a preguntarnos qué podemos aprender de lo que estamos viendo.


    Porque cuando dejamos de necesitar que nuestra versión sea la única correcta, algo cambia.


    Ya no tenemos que defender cada emoción, justificar cada decisión ni convertir cada desacuerdo en una batalla.


    Podemos simplemente observar. Y observar también es una forma de aprender.


    Por eso hoy, además de que Perspectiva es una de mis palabras favoritas, también lo es «a veces».


    —Eres buena, María.

    —¡A veces!

    Intento que sea la mayoría de las veces, pero no siempre es así. Y ya no trato de serlo siempre.


    Lo que procuro es que las veces que no lo soy no afecten tanto a terceros.


    Y sin darme cuenta, ese mismo ejercicio – aceptarme a veces, no siempre – se volvió parte de lo que Perspectiva significa para mí. Ahí es donde dejó de ser solamente un proyecto de entrevistas para convertirse en algo más personal.


    Me ha regalado conversaciones que me han hecho pensar, personas extraordinarias que de otra manera no habría conocido, momentos que me han removido cosas por dentro y, sobre todo, la oportunidad de escuchar historias distintas a la mía.


    Mientras intentaba abrir un espacio para que otros compartieran su perspectiva, terminé descubriendo que yo también necesitaba cambiar algunas de las mías. Y eso ha sido lo más bonito de este proyecto: que mientras creía estar construyendo Perspectiva para los demás, también la estaba construyendo dentro de mí.


    Y quizá esa es la verdadera perspectiva: no la de mirar hacia afuera, sino la de animarte a mirar hacia adentro.


    Cambiar de perspectiva no significa estar peleado con tu esencia ni convertirte en otra persona. Es entender que todos podemos mirar lo mismo y sentir diferente.


    Es aceptar que muchas veces no estamos viendo la historia completa y que no podemos juzgar la reacción de alguien solamente desde nuestro lugar.


    Entender que existen otras formas de ver la vida, no significa pensar como el otro. Ni tampoco perdonar, justificar o aceptar todo.


    Significa preguntarnos:
    ¿Qué parte de la historia no estoy viendo por estar mirándola únicamente desde mi lugar?


    Porque quizá cambiar de perspectiva no siempre cambia lo que ocurrió. Pero sí puede cambiar la historia que nos contamos sobre lo ocurrido.


    Y tal vez la vida se vuelve un poquito más grande cuando, de vez en cuando, tenemos el valor de movernos de lugar…


    aunque sea solamente para mirar desde otra Perspectiva.

    Con cariño…

    María 📚❤️🍀✨🕯️

    Perspectiva-charlas 🎧🎙️🎥. (Aquí encontrarás el canal de Youtube)

    .

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  • Hay recuerdos que no te muestran tu vida, te la regresan.

    Hoy este escrito tiene soundtrack, si pueden escuchen la canción: Antes de que nos olviden, de Caifanes. Así suena mi historia del día de hoy.

    ✿⁠ 

    Hay una serie en la plataforma de Amazon que se llama «Nadie nos va a extrañar».
    La historia, en resumen, es de un grupo de estudiantes que están en el último año de preparatoria, 4 personajes que van creando una amistad, una identidad y su futuro.


    Todo se desarrolla para el último año, es 1995. Por cierto, exactamente en ese año yo terminaba la preparatoria y me iba a la universidad.


    Si ya podrán sacar más o menos cuál es mi edad. 🫣


    Al momento de ver la serie, poco a poco se me vinieron muchos recuerdos. La forma como nos vestíamos, de hablar, los bailes, la música increíble y sobre todo esa manera de ver el mundo y el amor.


    Esas amistades que asegurábamos durarían eternamente. Esos primeros amores que, con un poco de suerte, serían un cuento de hadas y viviríamos felices para siempre.


    Estábamos convencidos que lograríamos nuestros sueños o eso que queríamos ser, o simplemente vivíamos la vida en ese momento, sin importarnos ni preocuparnos por el mañana.


    Asegurando que nadie nos iba a extrañar, porque no perderíamos nunca a nadie.


    Pero algo sucede con el tiempo, con los años y con los daños, fuimos olvidando todo eso genial, divertidos y seguros que éramos.


    Olvidamos, incluso, cómo dolía de verdad. En ese tiempo los dolores eran verdaderos dramas y no esto de ir por la vida fingiendo que nada duele, nos comportamos como si las decepciones no dolieran y fingimos superarlas de inmediato, porque ser vulnerable actualmente es peor que maldecir en una iglesia en plena Semana Santa.


    Y de repente, sin darnos cuenta, nos convertimos en alguien muy diferente, en ese alguien que ni uno mismo extrañaría.


    Es como si el tiempo nos fuera cansando poquito a poquito y la vida nos obligara, o en realidad nosotros mismos, a ser fuertes, impecables, inteligentes.


    Y lo peor es que mientras otros admiran eso, nosotros nos seguimos sobrecargando mucho más de lo que podemos. Porque nos es muy difícil sentirnos suficientes.


    Nos comenzamos a medir por lo que producimos, cuánto sostenemos a los demás y cuántos soportamos sin rompernos. Nos medimos en qué tan útiles somos y perdimos la esencia de hacer todo de verdad.

    .

    En ese tiempo si había que dormir, se dormía sin preocupaciones; si nos enamorábamos, lo hacíamos cursimente; todo se hacía como si nos fuera la vida en ello… con pasión.


    O por lo menos mi generación sí era así.
    Vivíamos viviendo, haciendo amigos aún con esos últimos tintes de niños que juraban con el dedo chiquito que estaríamos juntos para siempre.

    🤍

    Y no solo eso: asegurábamos que nos comeríamos al mundo. Y un día, sin darnos cuenta, luchamos en una guerra interminable por tratar de que el mundo no nos coma a nosotros.


    Con los años las amistades se fueron y los amores cambiaron, y nos volvimos tan resilientes que quizá ya no nos damos cuenta de que algo nos está doliendo.


    Así que hoy quiero no sólo recordar esa época, quiero volver a sentir así, quiero que antes de que nos olviden, hagamos historia. La nuestra, algo de esos adolescentes que amaban de verdad la vida, debe quedar por ahí.


    Quizá haya que buscar a algun amigo que aún recuerde lo increíble que somos, o le volvamos a dar una oportunidad al amor. Ya sea reconstruir el que lleva tantos años y recordamos lo genial que fue al principio. O quizá algo mejor, qué tal si somos honestos y también confesamos lo que por nuestra culpa hemos destruido, y lo volvemos a construir.


    O si no lo tenemos, darnos la oportunidad de abrirle la puerta, pero no perseguirlo, si no convirtiéndonos en todo eso que pedimos en los otros. Para que ese amor bonito llegué.


    No estoy diciendo que finjamos o nos convirtamos en alguien que ya no somos, es regresar a ese yo de hace algunos años, que nos recuerde eso que nos hacía bailar sin preocuparnos, soñar con la firmeza de que se haría realidad y, sobre todo, que volvamos a ser nosotros y estemos seguros que si alguien pregunta.


    ¿Nadie nos va a extrañar?

    Respondamos que sí, que sin duda sí habría alguien que nos extrañaría. Porque recordamos como es amar y amarnos de verdad.


    Pero lo más importante,  que no nos extrañemos nosotros mismos. Ni volvamos a permitirnos perdernos.


    Y como dice la canción… antes de que nos olviden, romperemos jaulas y gritaremos la fuga.

    Porque no hay que condenar el alma.

    ✨

    ¿Bailamos?.

    ✨

    Con cariño …

    🤍

    María 📚❤️🍀✨🕯️

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  • Y con un poco de  suerte, alguien nos lo regala sin que lo pidamos.


    ¿A dónde vas?… Si de lo que huyes, te seguirá a donde vayas.


    Hace dos meses hice una pausa de escribir, según yo duraría mucho más que dos meses, porque ya parecía el mundo de alguien más que el mío.

    Me empecé a preocupar demasiado porque casi no me leían, si alguien opinaba que eran muy largos,  los cortaba, otros que se leian sin chiste y ahí voy a hacerlos graciosos. Aparte de todo esto, pues no dejaban, igualito como los otros tantos proyectos en los que estoy 🫣.


    Tengo que confesar que buscaba que todos los escritos fueran de utilidad, tuvieran un tip, un consejo, una enseñanza.


    Y poco a poco terminé olvidando por qué creé este espacio, y lo estaba convirtiendo en un curso o mentoría, contado a través de una historia.


    El mundo según María es otra cosa: un espacio donde se habla sobre lo bueno, sobre lo no tan bueno, sobre lo simple.


    No todo en esta vida debe ser una lección o una clase, hay cosas que pasan simplemente porque así son. Eso sí , todo nos puede ayudar a avanzar.


    Porque la vida es eso, un constante crecimiento, es un viaje continuo, no un destino.


    Deberíamos entender que la felicidad, el amor y las cosas buenas son lo normal. Pero pareciera que vivimos buscándolo siempre e intentando lograr algo que ya existe. Y terminamos complicándolo en lugar de conseguirlo.


    Sé que aún estoy muy lejos de entender y aplicar al 100 por ciento todo esto. Y tampoco diré que no debería importarnos lo que los demás opinen. Sí es importante, pero ojo, con ciertas restricciones.


    Solo debe importar lo que viene de quienes nos aman y a quienes amamos.
    De las personas que buscan construir y no destruir. Y de quienes realmente desean lo mejor para nosotros.


    ¿Cómo podremos saber quiénes son estas personas? Quizá es difícil saberlo, pero lo que sí creo es que es gente que se alegra por nosotros y nos hace sentir que no estamos ni tan solos ni tan locos.


    Un favor, cuando nosotros seamos quienes tengamos algo que decir de quienes nos importa y amamos, no olvidemos lo que ya  dije: no todo tiene que ser una lección, ni un sermón y mucho menos un curso.


    Si ustedes tienen a alguien a quien aman (familia, pareja, amigos) y lo que buscan es que sea y esté mejor, no olviden decirle también que es bueno…


    No usen la típica «te lo digo por tu bien» o el «a mí quién me importa que mejores eres tú». Nunca seremos perfectos, ni hay que buscar serlo.


    Confíen en ellos, díganles también todo lo bueno que sienten, lo bueno que creen que son. No todo debe enseñarse con regaños, ni comparaciones, ni con un «es que tú debes mejorar».


    Habrá momentos donde simplemente hay que estar, así sencillito, en silencio, con un abrazo. De esos que nos hacen sentir seguros


    Porque aunque uno mismo debería ser suficiente, importarnos y no ocupar a nadie más, la verdad es que no es cierto, ocupamos de los demás, además la soledad no siempre es buena compañera.


    Y aunque quizá no siempre lo encontremos, tal vez en el fondo lo único que buscamos es tener a alguien que nos cuide… hasta de nosotros mismos.


    Ese alguien que nos haga sentir que tenemos un lugar a donde pertenecemos.

    🤍

    Así como se siente cuando tenemos un boleto de regreso a casa.


    Con cariño,


    María 🤍✨

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