
Hay sueños que nadie sabe que tenemos. Pero lo peor de todo es que, a veces, hasta nosotros mismos nos olvidamos de ellos.
Hoy quiero contarte la historia de un sueño que quizá nadie que me conozca sepa o recuerde. Para ser sincera, hasta a mí se me había olvidado.
Cuando era pequeña, recuerdo que veía los grupos de baile folclórico con sus vestuarios coloridos, su fuerza, sus sonrisas enormes y esa manera de adueñarse del escenario, orgullosos de sus raíces.
Verlos bailar hacía que se me enchinara la piel. Después supe que, además, hacían grandes viajes por el mundo.
Todo eso hizo que me maravillara de la danza y me imaginara bailando con esas faldas largas de mil colores y esos zapatos que, para mí, hacían retumbar la tierra.
Ahí nació un sueño que no recuerdo haberle contado a nadie.
Y que jamás se cumplió.
No porque dejara de quererlo, sino porque, sin darme cuenta, dejé de mirarlo.
No diré que fue porque no hubo oportunidad, porque no tenía los medios o porque alguien más me lo impidió. No. Creo que fue un sueño al que no le puse la debida atención. Uno de esos que vamos dejando a un lado entre los «no» de la vida, mientras atendemos otras cosas que parecen más importantes que aquello que nos enchina la piel.
Cada uno de nosotros tiene su propio «porqué» para dejar de lado sus sueños. Habrá quien lo haga porque tuvo que trabajar, porque las circunstancias no se lo permitieron, porque alguien le dijo que no podía o, simplemente, por ese miedo que nos dan los sueños cuando parecen muchísimo más grandes que nosotros.
Y los terminamos guardando en una cajita, de esas que escondemos en un armario o en algún rincón donde rara vez volvemos a mirar.
Pero siempre he creído que, cuando realmente deseamos algo, Dios, el universo o como usted le llame hace que las cosas se acomoden.
Hace un mes me apareció un anuncio en una red social. En letras grandes y con una mujer bailando, decía: «¿Quieres aprender a bailar danza folclórica? Inscríbete en el municipio».
¿Han visto a una niña descubrir que le regalaron la muñeca que tanto deseaba? Pues así me sentí yo. ¡Así que me inscribí!
¿Qué podría pasar? Era solo un curso. Algo aprendería; quizá a enderezarme un poco o, simplemente, a hacer ejercicio. Además, estaría cumpliendo algo que tenía pendiente por hacer, aunque fueran solo unas clases.
Lo que no sabía era que esas clases formaban parte de un grupo formal, con presentaciones y todo. Y nos invitaron a los nuevos a participar.
Y aunque las rodillas tienen sus dudas, el corazón ya dijo que sí.
Así que en noviembre tendré una presentación de danza folclórica.
Por primera vez en mi vida.
¿Y saben qué?
¡Soy muy feliz!
Hoy te lo cuento para hacerte parte de mi felicidad, pero también porque me gustaría que mi historia te recuerde que no deberíamos guardar nuestros sueños en una cajita, olvidarnos de ellos y dejarlos para después, porque quizá ese después nunca llegue.
Así que me encantaría que fueras a buscarlos. No importa la edad: siempre es un buen momento para empezar lo que uno desea.
Porque cuando comienzas a hacer lo que deseas, se van desencadenando muchos otros deseos. Los míos comenzaron precisamente con escribir; este blog es uno de ellos. Luego se sumó un espacio para conversar y escuchar otras historias. Si todavía no lo conoces, te invito a buscar en YouTube Perspectiva – Charlas.
A veces nos acostumbramos tanto a vivir atendiendo lo urgente, lo necesario y lo que los demás esperan, que dejamos de preguntarnos qué es eso que todavía nos hace ilusión.
Y un día, casi sin darnos cuenta, dejamos de bailar.
Por eso, antes de irme, quiero preguntarte:
¿Qué sueño has dejado pendiente? ¿En qué momento lo guardaste? ¿Y cuánto te ha costado dejarlo ahí?
Hoy puedo contarte, con una sonrisa y con los zapatos de baile esperándome, que vale la pena abrir esa cajita.
No sé cómo me irá en esa primera presentación. Pero ya no le tengo miedo a mi sueño, porque no hace falta bailar perfecto: hace falta bailar con el corazón. Lo importante es que voy a estar ahí, haciendo lo que alguna vez soñé, aunque con los años olvidé cuánto lo deseaba.
Así que, si tienes algo pendiente contigo, ¿por qué no empezamos por sacudir el polvo de los recuerdos y abrir esas cajitas donde guardamos los sueños que todavía podrían hacernos felices?
Yo los dejo porque voy a ensayar.
Los sueños están esperando.
Y es que la vida es precisamente eso: una invitación constante a bailar, aunque no siempre nos guste la música que nos ponga.
Así que, si ya estamos aquí…
Un abrazo con cariño.
¿Bailamos?
María 📚🍀❤️ ✨








